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Mayo 23, 2012, 12:33
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(Moderador:
Líam
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[Johto]La Ruta de las Medallas.
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Tema: [Johto]La Ruta de las Medallas. (Leído 300 veces)
Leo
Mago Dragón
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[Johto]La Ruta de las Medallas.
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Septiembre 20, 2008, 16:06 »
El joven saltó el arbusto extasiado. Aterrizó y levantó el polvo de la senda.
-¡Por fin! -gritó. Los pájaros salieron de los árboles y alzaron el vuelo asustados. El muchacho abrió una de sus pokéballs, de la que salió un pequeño dragón azul que se enroscó en su brazo- ¡Pensaba que nunca saldríamos de ese bosque, Dratini! -aseguró mientras reía y daba vueltas en círculos. Pronto, se mareó y se detuvo, sentándose en el suelo. Extrajo un mapa de su mochila y lo miró- Veamos... debemos estar por aquí -señaló un punto entre Ciudad Cerezo y Ciudad Malva. Sobre la carretera podía leerse “Ruta 30”- Así que tengo que ir hacia la izquierda... ¡Arg, mira que perderme así nada más salir de Primavera...! -se lamentaba el entrenador. Su pokémon se acercó a su rostro y le lamió la cara- Gracias, Dratini -le sonrió- Será mejor que nos pongamos en marcha, vuelve a tu pokéball -le pidió. Se levantó y apuntó al pokémon dragón con la esfera. El rayo de luz roja lo engulló e hizo desaparecer. El entrenador se retiró el polvo del pantalón y continuó caminando, tras asegurarse que seguía la ruta correcta.
-Buenos días, entrenador -le saludó un muchacho algunos años mayor que nuestro héroe. Llevaba un traje azul que cubría todo su cuerpo hasta el cuello- ¿Vienes a desafiar al Líder Pegaso? -aventuró.
-Así es. Es mi primer combate de gimnasio, así que si puedes explicarme cómo debo actuar... -pidió. Aunque había estudiado en el gimnasio de Ciudad Endrino, nunca se había interesado por las formalidades previas al combate.
-Por supuesto. Verás, debes inscribirte en aquella máquina de allí -señaló una maquina semejante a la que había en cualquier Centro Pokémon para que los entrenadores se registraran en el Congreso Plata- y se te otorgará un número y una hora. A esa hora deberás esperar aquí a que se te llame por los altavoces y pasar a la sala de combates -señaló un ascensor- Nuestra sala de combates está en lo alto de ésta torre, allí te esperará el Líder Pegaso. Si le vences, te entregará la Medalla -miró su reloj- Como has llegado pronto, puedes pasar directamente a la sala de combates, no hay nadie haciendo cola ahora mismo. ¡Buena suerte! -deseó.
-Gracias por todo -tras un apretón de manos, el entrenador se dirigió al ascensor. Pulsó el botón y las puertas metálicas se abrieron ante sí. Entro al ascensor y pulsó el último piso, marcado como “Sala de combates”. Comenzó el ascenso. Mientras subía, respiró hondo y cerró los ojos. Debía prepararse, era su primer combate de gimnasio oficial: ¡tenía que ganar cómo fuera!
La puerta del ascensor se abrió, cegando a Leo. El Sol brillaba con fuerza esa mañana, y le daba de cara. Tardó un poco en acostumbrarse al salir del habitáculo. Ante él, se aparecía un enorme campo de batalla. Era más pequeño que el que había en el Gimnasio Endrino, pero era bastante imponente. La azotea circular de la torre estaba cercada por unas gradas vacías en los bordes, para evitar que la gente cayera al vacío. Pero no había techo, lo cuál ofrecía al líder una gran ventaja ya que sus pokémon voladores tendrían más espacio para maniobrar.
El joven entrenador emitió un silbido de admiración.
-¡Bienvenido, entrenador! -gritó desde la otra punta del campo un joven de unos veinte años. Se tapaba el ojo izquierdo con un mechón de su pelo azul, y llevaba una indumentaria similar a la del recepcionista con el que habló antes. En su hombro derecho estaba apoyado un Pidgey que miraba inquieto hacia todos lados- ¿Vienes a desafiarme?
-Así es -el joven dio un paso al frente, infló una de sus pokéballs y miró al líder con ojos decididos- ¡Mi nombre es Leo, de Ciudad Endrino! Y tú serás el primero que derrote en mi camino para convertirme en un Maestro Dragón.
-¡Vaya! -se sorprendió Pegaso, que se acercó a su posición de combate. Un árbitro oficial apareció de un ascensor situado a uno de los lados de la zona de combate- Entonces acepto tu desafío, Leo.
-El combate será a dos pokémon. Se enfrentarán el aspirante Leo contra el Líder Pegaso. Si el aspirante gana el combate, se le otorgará la Medalla Céfiro. ¡Que comience el combate! -exclamó, levantando el banderín.
Leo hizo el primer movimiento. De la pokéball salió un charmander.
-Sal, Pidgey -murmuró con voz amigable al pokémon en su brazo el líder de gimnasio. El pidgey bajó aleteando hasta el campo de batalla. Charmander le miró con desprecio y luego miró a su entrenador. Leo le sonrió.
-Supongo que no nos toma en serio -respondió a la pregunta silenciosa de su pokémon. El pokémon emitió un gruñido de aprobación y se dispuso a acabar con esa broma de rival.
-¡Adelante! -el árbitro dio la señal de inicio.
Al instante, el Pidgey movió sus alas y lanzó arena a los ojos del pokémon de Leo, que no tuvo tiempo para evitarlo. Charmander se llevó las patas a los ojos, tratando de retirarse la arena, incapaz de ver.
-Maldita sea... -murmuró el entrenador- ¡Charmander, ten cuidado, salta a la derecha! -el pokémon realizó el movimiento justo a tiempo para evitar ser embestido por el Pidgey, que iba directo hacia él. El pokémon ave viró su rumbo en el aire y embistió por detrás al Charmander, que no pudo evitarlo, cayendo al suelo y golpeándose el rostro contra el mismo.
-¡Charmander, levanta! -le ordenó Leo. El pokémon tardó unos segundos en levantarse, y cuando estaba apunto de mantenerse a dos patas, el Pidgey comenzó a picotearle la cabeza. El pokémon consiguió mantenerse de pie, y con las garras trataba de ahuyentar al Pidgey, incapaz de ver. Poco a poco abría los ojos, pero aún no era suficiente- ¡Ascuas, Charmander! No dejes que se acerque a ti -el pokémon gruñó y comenzó a liberar fuego por su boca en todas direcciones. Una de las pequeñas bolas casi golpea a Leo, y otra estuvo apunto de quemar el banderín del árbitro, que amonestó a Leo. El entrenador pidió perdón y ordenó a su pokémon detener el ataque. Al menos podía abrir algo los ojos - ¡Ahora apunta bien! -le avisó Leo. El pokémon asintió y se dispuso a continuar su ataque ígneo. El Pidgey se acercaba de frente, confiado en su victoria. Charmander se mantuvo quieto, preparándose para el ataque definitivo. Al parecer Pegaso no se había dado cuenta que Charmander ya era capaz de ver. El pokémon gorrión se encontraba a escasos centímetros de la lagartija de fuego cuándo ésta liberó su chorro ardiente.
El pokémon pájaro emitió una especie de gruñido de dolor y cayó al suelo chamuscado. Por suerte, el poder de Charmander no era muy grande y las quemaduras no eran de gravedad. Pegaso gritó algo sobre que Leo “recibiría una lección sobre respeto a los pokémon pájaro”, pero el entrenador se encontraba muy feliz celebrando la victoria con su charmander. Era el primer pokémon de gimnasio que derrotaban.
-¡Muy bien, Charmander, lo has hecho genial! Ahora descansa -Leo le rascó la cabeza y lo metió en su pokéball. Había hecho un gran trabajo, pero sabía que no sería capaz de continuar combatiendo. Ahora le tocaba a su mejor baza.
-Dratini, hazlo lo mejor que puedas -el pokémon dragón salió al campo de batalla. Se enroscó y esperó ordenes de su entrenador. Sabía lo que tenía que hacer y lo importante que era para Leo ese combate.
-¿Un Dratini? Vaya, se nota que vienes de Ciudad Endrino. ¡Muy bien, Pidgeotto, te toca! -Pegaso lanzó la pokéball al aire y de ella surgió un Pidgeotto más grande de lo común.
-¡Ahora se pone interesante la cosa! -exclamó Leo, preparándose para el combate. Dratini aulló y el árbitro dio comienzo al combate. El Pidgeotto bajó en picado hacia el pokémon dragón- ¡Onda Trueno! -Dratini expulsó de su boca un rayo que se dirigía hacia el Pidgeotto. El pokémon volador lo evitó con agilidad y embistió al dragón. Leo mandó levantar a su pokémon y le ordenó lanzar una vez más la Onda Trueno.
-¡No servirá de nada! Mi Pidgeotto está acostumbrado a esquivar ataques eléctricos -rió Pegaso.
-Tsk... -Leo veía como su Dratini estaba siendo vapuleado por la rapidez del ave. Dratini era incapaz de agarrarlo en una repetición porque siempre lo esquivaba. Era demasiado rápido... - ¡Dratini! Onda Trueno circular, ¡ahora! -ordenó el entrenador. Su pokémon asintió y comenzó a vomitar rayos mientras movía su boca en círculos. Al elevarse, los rayos formaban grandes círculos, de los que Pidgeotto no podía salir. El pokémon, a la vista de que no podía escapar de esa cárcel, decidió un ataque frontal contra Dratini- ¡Acaba con ésto! -le indicó Leo con una sonrisa. Ese ataque frontal había sido una temeridad, muy fácil de contrarrestar. El ave recibió de lleno el impacto de una Onda Trueno. Sus alas no podían moverse, y apenas atinaba a graznar débilmente mientras su cuerpo se paralizaba. Observaba cómo caía al suelo sin poder remontar el vuelo. Un haz de luz roja le salvó a menos de un metro del suelo.
-Muy bien, tú ganas, Leo -aceptó Pegaso, cabizbajo. Buscó en su bolsillo una medalla mientras Leo celebraba la victoria con Dratini, enroscándose el pokémon en el cuerpo de su entrenador y lamiéndole la cara mientras éste reía. Pegaso se acercó a la pareja y le mostró a Leo una medalla en la palma de su mano- Es la Medalla Céfiro, que demuestra que me has vencido en un combate pokémon. Ésta es tu primera medalla de, espero, muchas. ¡Buena suerte en tu viaje, ha sido un combate memorable! -le deseó Pegaso mientras le estrechaba la mano.
Y así Leo salía feliz del Gimnasio Malva, observando su primera medalla del Congreso Plata. Ahora sí podía decir que era un verdadero entrenador pokémon. Ahora comenzaba su largo viaje.
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Leo
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Re: [Johto]La Ruta de las Medallas.
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Respuesta #1 :
Octubre 05, 2008, 21:52 »
Las estrellas quedaban eclipsadas por la luz que provenía de Pueblo Azalea. También la brillante Luna Llena quedó oculta por una extraña nube negra que provenía de la ciudad.
-Oh, mierda... -murmuró el entrenador, echando a correr hacia el pueblo en llamas. Desde la colina pudo ver con claridad cuál era el edificio que ardía. Volvió a maldecir y continuó su camino.
-¡Wooper, pistola agua! -el ataque del pokémon se unió al de otros muchos que trataban de apagar las llamas del gimnasio Azalea. La policía había llegado y evacuado la zona llena de curiosos, dejando sólo a aquellos entrenadores con capacidad para trabajar junto al equipo de bomberos. Unas pocas ambulancias habían llegado también, recogiendo a los pokémon bicho del interior del gimnasio que habían inhalado humo o resultado heridos.
Las llamas devoraban el edificio del gimnasio, sin que los entrenadores y bomberos pudieran hacer gran cosa salvo mantener aislado el fuego. La noche se presentaba larga y tediosa para todos...
-Buen trabajo -la enfermera Joy entregó a Leo una jarra llena de chocolate caliente mientras descansaba en el suelo. El Sol despuntaba por el horizonte, y hacía apenas unos minutos que habían terminado de extinguir las últimas colillas que quedaban del incendio. El entrenador sonrió a la enfermera mientras recogía su taza, para suspirar después mirando el ondulante chocolate- ¿Ocurre algo?
-El gimnasio está destrozado, así no podré enfrentarme a Antón...
Efectivamente. Pese a los esfuerzos de entrenadores, pokémon y bomberos, fue imposible salvar el gimnasio. Todo en su interior era madera, por lo que ardió hasta que toda se consumió. No se tuvo que lamentar ninguna pérdida humana ni pokémon, pero los daños materiales eran cuantiosos. Lo poco que se mantenía en pie de aquella estructura carbonizada tendría que ser demolido.
Alguien posó su mano sobre el hombro del entrenador, que alzó la cabeza para ver de quién se trataba. Era un muchacho que habría cumplido la mayoría de edad hacía relativamente poco. Tenía el pelo verde y vestía con una camiseta morada y unos pantalones pesqueros marrones. Sus ojos miraban el chamuscado edificio tristes, casi deseando llorar.
-No te preocupes por eso, entrenador -habló con una voz tranquila, pero llena de tristeza- ¿Tú ayudaste con un Wooper, verdad? -rememoró.
-Ah, sí... -Leo había visto la cara de ese muchacho antes.
-Muchas gracias. Mi nombre es Antón, y soy el líder del gimnasio que intentaste proteger. Te estoy muy agradecido por todo -esbozó una sonrisa mirando a los ojos del entrenador.
-¡Eres tú! -exclamó Leo- ¿Qué demonios ocurrió aquí anoche? -nadie había sabido responder a su pregunta, simplemente habían visto el fuego y habían acudido.
-Cierto problemilla con un pokémon de fuego que no supo acatar las ordenes de su entrenador -explicó sin darle mucha importancia. Aunque en sus ojos podía verse la ira- En fin, tengo que arreglar algunos asuntillos -se despidió con un golpe en la espalda.
-¿¡Cuándo podré enfrentarme a ti?! -preguntó el entrenador en un grito a la figura que se alejaba rápidamente.
-Dentro de cinco horas abro el gimnasio -respondió con una pequeña risotada Antón.
Aquel pequeño descampado debía llevar abandonado años. Las marcas del precario estadio pokémon en su centro estaban desgastadas, había una gran cantidad de baches en el campo de combate y las malas hierbas afloraban por doquier. Los árboles tampoco habían sido cuidados desde hacía mucho tiempo, y muchos de ellos estaban secos. Leo saludó al líder de gimnasio abriendo una de sus pokéball, de la que salió Charmander.
-Veo que has venido. Muy bien, empezaremos el combate antes de que vengan los demás aspirantes. Me has caído bien, Leo -sonrió.
-¿Sin árbitro? -gritó el entrenador aspirante desde su parte del campo mientras de la pokéball que lanzó Antón salía un Butterfree.
-Yo haré a las mismas de líder y de árbitro -reveló el líder de gimnasio- El combate será a dos pokémon. Buena suerte, muchacho. ¡Butterfree, Somnífero!
El pokémon mariposa comenzó a batir las alas, liberando de sus membranas un polvo azulado. Charmander respondió al ataque llevándose las manos al hocico y vomitando un lanzallamas, lo cuál obligó a Butterfree a detener su lanzamiento de esporas, que desaparecieron chamuscadas. El pokémon bicho aprovechó para embestir con un golpe directo al Charmander.
Aprovechando la vuelta a la carga de su rival, la lagartija de fuego le golpeó con un arañazo cuándo se acercó lo suficiente en la cara. Lanzó un lanzallamas, que Butterfree logró esquivar, aunque su ala derecha salió levemente perjudicada. Volvió a lanzar esporas, ésta vez de un color amarillo.
-¡Charmander, es el paralizador! -advirtió Leo. Charmander asintió y comenzó a girar sobre sí mismo, dejando que las llamas de su cola se dispersaran, quemando las esporas que se le acercaban.
Butterfree contraatacó con un Psico Rayo que impactó de lleno en Charmander. El pokémon comenzó a disparar fuego aleatoriamente. Antón temió lo peor. La historia volvería a repetirse...
O no. Charmander movió bruscamente la cabeza de lado a lado para despejarse y lanzó un lanzallamas que golpeó de lleno a Butterfree, que esperaba órdenes de su shockeado entrenador. Cayó al suelo derrotado.
-Mierda... lo siento, Butterfree, me dejé llevar por el pánico... -hablaba a la pokéball del pokémon derrotado mientras lanzaba la siguiente con la otra mano. Un Ledian apareció en el combate, y salió en un rápido vuelo contra Charmander. Comenzó a golpearle con sus cuatro brazos en la cara, para esquivar justo en el momento en que el pokémon vomitó un lanzallamas.
-Es rápido -murmuró Leo. Miró a Charmander. El pokémon había sufrido muchos daños de ese ataque, bufaba y comenzaba a tambalearse. Pero no estaba acabado. El Ledian era endiabladamente rápido, se movía de un lugar a otro y a Leo le costaba seguirle la pista. Descendió desde el cielo en picado para golpear en la cabeza a Charmander- ¡Voltereta! -el pokémon realizó la orden en el momento justo. Al girarse, la cola golpeó en la cara a Ledian, quemándole con la llama de la punta. El pokémon salió despedido unos metros- ¡Lanzallamas! -atacó con la cabeza en el suelo, golpeando en la espalda al pokémon bicho.
-Parece que esto se ha acabado -sonrió Antón. Algunos entrenadores ya habían llegado y observaban el combate emocionados. Ledian trató de levantarse, pero volvió a caer al suelo. Levantó la mano aceptando la derrota y recogió a Ledian, mientras Leo corría hacia su pokémon con los brazos abiertos. Lo abrazó y alzó. Como respuesta a su felicidad, recibió un pequeño lanzallamas en la cara.
-Charmander... el combate ya ha terminado... -comentó mientras caía al suelo.
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Leo
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Re: [Johto]La Ruta de las Medallas.
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Respuesta #2 :
Noviembre 05, 2008, 10:59 »
Ciudad Trigal. Una gigantesca urbe, metrópoli de Johto, llena de vida y con muchísimos alicientes para los turistas. Su crecimiento económico le había permitido no sólo construir una estación de radio que emitía a todo Johto, sino también comenzar un proyecto de metro que llevaba un par de años funcionando con rutas comerciales y de personal entre Trigal y Azafrán, aumentando todavía más su popularidad, al convertirla en una forma rápida y barata para viajar entre Johto y Kanto.
El casino de la ciudad, así como sus empresas de productos para entrenadores y el subterráneo con diversas tiendas para ellos, convertían a la ciudad en una parada obligatoria para cualquier aspirante a Maestro Pokémon. Y eso siempre traía fondos. Los comerciantes se frotaban las manos cada vez que un entrenador entraba en su tienda, ya que sabían era venta asegurada.
Ciudad Trigal era todo diversión y derroche.
-¿Y entonces porqué demonios tengo que estar cuidando de críos? -Leo se maldijo en su interior mientras jugaba al pilla pilla con algunos niños de cinco años en el Gimnasio. Dratini y Charmeleon también jugaban con ellos, el primero haciendo de cuerda para saltar a la comba, y el segundo llevando a un par de niños a sus espaldas. Wooper lanzaba burbujas que los niños se afanaban en explotar, mientras que Ditto se transformaba en objetos a petición de los pequeños.
-Porque me debes una ventana -Blanca se acercó al entrenador y le guiñó el ojo- No quisiste aceptar mi otra oferta -le reprochó.
-¡No voy a salir contigo de buenas a primeras! Yo he venido a por tu medalla, no a ligar -le espetó. Blanca se enfurruñó y le dio un capón.
-¡Los hombres sois todos unos brutos! -se giró- A las cinco de la tarde tendrás tu combate, aunque no esperes vencerme fácilmente -se giró nuevamente para sacarle la lengua, antes de salir de la pequeña guardería-.
-Vaya líder está hecha... ¡Charmeleon, cuidado, que los quemas! -exclamó el entrenador.
El campo de combate del Gimnasio Trigal era... demasiado pijo. Leo se llevó la mano a la boca tratando de evitar vomitar. Las paredes, rosas, estaban cubiertas de lacitos y estrellas de colores. Unos pilares a los lados de la zona límite del ring tenían pintadas figuras de caramelos y dulces mientras ascendían en espiral. Los asientos de las gradas tenían forma de Clefairy.
-Al menos el ring es normal -se animó Leo. La arena marrón del campo de batalla y las franjas blancas contrarrestaban con el resto del estadio. El entrenador suponía que la Liga no le permitiría cambiar ese elemento del campo. La líder, al otro lado, miraba el suelo asqueada, cómo si destrozara la belleza del resto del estadio. La muchacha vestía un traje blanco bastante suelto, sin mangas y con una pequeña falda rosa. Guiñó al entrenador y le lanzó un beso. Leo simplemente desvió la mirada.
-El combate será a dos pokémon sin límite de tiempo, el aspirante Leo se enfrentará a la Líder Blanca por la Medalla Planicie. ¡Que comience el combate! -el árbitro levantó el banderín. Las pokéball volaron.
-¡Clefairy, a jugar! -Blanca dio un giro de danza antes de lanzar su pokéball.
-¡Vamos allá! -el entrenador lanzó con fuerza su pokéball. Una pequeña masa rosa se quedó en el suelo mirando a su rival con sus embobados ojos. En unos segundos, adoptó la forma del Clefairy.
-¡Eso no vale! ¡Copión! -le acusó la líder de pokémon normal.
-Esto es surrealista... -murmuró Leo, incrédulo- ¡Destructor, Ditto! -el pokémon transformado se dirigió rápidamente a su rival y trató de golpearle con su puño derecho. El Clefairy esquivó el ataque sin problemas y arremetió con otro Destructor que si acertó.
-¡Ja! Una copia no puede ganar al original -se burló nuevamente, sacándole la lengua.
Ditto se recuperó del golpe y arremetió con un Doble bofetón. La cara del Clefairy original se volvió roja, no sólo de los golpes, sino también de ira. El pokémon emitió un gruñido, que amedrentó a Ditto, y le devolvió el Doble bofetón.
Ditto cayó al suelo, pero a una orden de su entrenador, se levantó y comenzó a cantar. La voz era simulada, pero nadie sería capaz de distinguir entre la original y la falsa. El Clefairy enemigo comenzó a cerrar los ojos y tambalearse, presa del ataque Canto.
-¡Espabila, Clefairy! -le ordenó la entrenadora. El pokémon se pellizcó los mofletes y parecía estar más despierto que nunca. Lanzó un Destructor, que Ditto esquivó por los pelos.
-¡Metrónomo! -exclamaron ambos entrenadores a la vez. Sus pokémon comenzaron a mover los brazos. El asalto se decidiría en el próximo movimiento.
El tiempo pasaba eternamente lento. Leo veía cómo el Clefairy rival movía sus pequeños brazos, entonando esa rítmica canción. Jugarse el asalto a suertes... era algo que odiaba. Pero no había otra opción. Había oído mucho sobre el movimiento Metrónomo de Clefairy. Era capaz de provocar tanto la victoria como la derrota, al efectuar cualquier movimiento existente en el mundo pokémon. Y eso era lo que más miedo le daba. Se alejó unos pasos, el movimiento estaba terminando.
-¡Clefairy! -exclamaron ambos pokémon, poniendo la nota final a su canción. Sus dedos se volvieron azules, y luego el resto de su cuerpo se rodeó de esa aura. Brillaron y se produjo una gran explosión.
El humo tardó unos instantes en disiparse, y, cuándo lo hizo, el Clefairy de Blanca yacía debilitado en el ring. Leo iba a celebrar la victoria, pero el humo reveló que su Ditto había vuelto a su forma original y también había caido debilitado.
-¡Empate! -proclamó el árbitro- ¡Ambos entrenadores deben recoger sus pokémon!
-Odio el Metrónomo... -murmuró Leo molesto, recogiendo a su Ditto con vergüenza. Pasó la mano por su chaqueta sopesando cuál sería su siguiente pokémon.
-¡Pagarás por lo que le has hecho a Clefy! -gritó molesta Blanca- ¡Eres muy guapo, pero también un bruto! ¡No aguanto a los brutos! -lanzó su último pokémon, un Miltank. Leo sonrió y decidió probar suerte. Charmeleon salió a combatir vomitando fuego por la boca mientras mostraba sus afiladas garras.
Charmeleon lanzó una bocanada de fuego, pero Miltank con un gran salto lo esquivó. Se enrolló en el aire y, al caer, comenzó a moverse con rapidez. Era el temible ataque Desenrollar. Pero Leo estaba preparado.
-¡Charmeleon, Excavar! -el pokémon comenzó a remover tierra con sus afiladas garras, y se introdujo en el agujero justo a tiempo para evitar la embestida del pokémon rosa, que dio un pequeño bote al chocar con el bache. Consiguió estabilizarse y se mantuvo dando vueltas, expectante. Leo sabía que su Charmeleon tendría que salir en cualquier momento o se quedaría sin aire para mantener avivada su llama- ¡Ahora, sal Charmeleon! -el pokémon retiró la tierra, y de un poderoso salto salió de su escondite. Por desgracia, Leo no había calculado bien la posición de su pokémon y el de Blanca, y aunque su intención era embestir desde abajo a Miltank no lo pudo conseguir. El pokémon continuó su carrera, ahora con un objetivo al que abatir. Charmeleon esquivó la primera embestida con una voltereta, y contraatacó vomitando fuego contra su rival. No obstante, dada la velocidad a la que giraba Miltank, pudo repeler el ataque. El fuego chocaba contra la esfera y se dividía en varios frentes, pero no parecía dañar al pokémon. Miltank golpeó a Charmeleon, incapaz de detener el ataque con su lanzallamas.
El pokémon lagarto cayó al suelo, herido. Pero su orgullo innato y su gran fuerza de voluntad le ayudaron a levantarse rápidamente y volver al combate.
-Si no se para con el fuego... ¡habrá que emplear la fuerza! -exclamó Leo dando una orden a su pokémon. Charmeleon bramó, y colocó los brazos en forma de jarra, dobló las piernas y se preparó. Miltank venía contra él en un ataque frontal, directo. Estiró los brazos frente a si y trató de contener la demoledora fuerza del pokémon bovino. Era una lucha entre dos fuerzas terribles. Charmeleon gruñía tratando de evitar que el Desenrollar le echase hacia atrás, mientras Miltank no podía más que esperar que su fuerza fuera mayor. Una vez la fuerza disminuyó lo suficiente, Charmeleon bramó y levantó por los aires a su rival, que cayó al suelo unos metros más adelante. Jadeaba, y observaba cómo el Miltank perdía el equilibrio y comenzaba a girar sin control en círculos. En unos segundos, volvió a su forma normal, vistosamente mareado.
-¡Chamusca esa vaquita! -le ordenó Leo con una sonrisa. Charmeleon usó sus últimas fuerzas para lanzar un potente lanzallamas contra su rival, que gimió de dolor. Blanca gritó al igual que su pokémon y se llevó las manos a la boca, incrédula. Charmeleon cesó en su ataque para recuperar el aliento, pero no haría falta: Miltank cayó al suelo debilitada. El árbitro levantó el banderín, dando la victoria a Leo.
-Lo has hecho genial, Charmeleon -lo devolvió a su pokéball tras que el lagarto profiriera su grito de triunfo.
-¡No es justo! -exclamó Blanca- ¡Eres un bruto, Leo! -se acercó a él a regañadientes, tras recoger a Miltank. Rebuscó en su bolso rosa y sacó una medalla de color dorado con forma de rombo. La sostuvo por unos momentos y se la tendió a Leo con la mano abierta. El entrenador fue a recogerla, pero ella cerró la mano- Un beso y te la doy -guiñó un ojo. La líder volvió a abrir la mano a una orden del entrenador y éste se la arrebató, ruborizado e iracundo.
-Ése chico... -murmuraba la líder mientras lavaba la espalda a su Miltank, horas después de que el entrenador se marchase del gimnasio- Es bastante mono -sonrió, levemente sonrojada.
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Leo
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Re: [Johto]La Ruta de las Medallas.
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Respuesta #3 :
Diciembre 03, 2008, 00:43 »
-¡Dratini, usa la Onda Trueno! -el entrenador sudaba. Ése... ése rival era demasiado poderoso. Esa pequeña y rechoncha criatura se reía de él con una frenética risotada, mientras le sacaba su lengua. Su entrenador por su parte le miraba con una sonrisa de victoria, mientras Leo sólo podía temblar. Ése pokémon... ¿qué demonios ocurría? No había tenido problemas para derrotar al Gastly, pero ése Gengar... ¡Charmeleon había caído de un sólo golpe! Y ahora Dratini no podía hacer nada. La corrosiva lengua del pokémon fantasma le había quemado parte de su escamoso lomo, y el pokémon luchaba mientras aguantaba el dolor.
-Recoge a tu pokémon -le ordenó otra vez Morti- Si tú temes a la oscuridad, tu pokémon no podrá ganar nunca -Leo apretó el puño. No pensaba darse por vencido.
-¡Dratini, Furia Dragón! -el pokémon enarcó las cejas y emitió un gruñido agudo, preparándose para lanzar su nuevo ataque. Pero de repente, se detuvo. Comenzó a temblar y cayó al suelo. Una sombra similar a un Haunter apareció del cuerpo caído de Dratini y se giró a Leo, riendo. Desapareció tan rápido como vino, y Morti dio una señal al juez de línea. Éste levantó el banderín.
-¡Dratini no puede continuar, el líder Morti ha ganado el combate! -declaró. Leo bajó la cabeza y corrió hasta su pokémon. Lo agarró en brazos para notar que estaba frío.
-¿¡Qué demonios le has hecho a Dratini?! -exclamó el joven entrenador. Morti le miró por encima del hombro.
-Tranquilo, se recuperará. Te recomiendo llevarlo a un Centro Pokémon, ahora debe estar sufriendo unas terribles pesadillas...
-¿Vienes a retarme? -el maestro de fantasmas sonrió malicioso. Cómo la vez anterior, acababa de despachar a otro entrenador que no había comprendido la naturaleza de los pokémon del abismo, y Leo había acudido para reclamar su medalla.
-¡Vengo a vencer mis miedos! -sonrió con seguridad el entrenador. Infló una de sus pokéball y se apresuró a colocarse en su posición en el ring.
-Parece que has aprendido algo -aceptó Morti con brillo en los ojos- Muy bien, no te lo pondré fácil -un aura oscura apareció a su espalda, como la anterior vez. Leo se convenció de que éso era producto de uno de los pokémon fantasma de Morti.
El juez levantó el banderín tras explicar las reglas de la batalla: dos pokémon, sin limite de tiempo. Hizo hincapié en que era el segundo intento del entrenador Leo, lo que le mosqueó levemente. La pokéball de Leo cayó cerca del centro del mapa. Un charmeleon apareció, bramando con fuerza. Ésta vez no se amedrantaría.
-Vamos a demostrarle lo que son las agallas, Charmeleon -le animó el entrenador. Morti suspiró divertido. Un Gastly apareció detrás del lagarto pokémon. Leo no tuvo que dar ninguna orden, como en el anterior combate: ya lo esperaban. El Gastly recibió una bocanada de fuego en la cara, por lo que tuvo que alejarse volando algunos metros para reponerse. Charmeleon continuó con su ataque, sin mucho acierto. El pokémon fantasma se teleportaba y reaparecía en distintas posiciones cercanas, esquivando los ataques.
-¡Usa el Rugido, Charmeleon! -pese a que el fantasma careciera de oídos, el bramido de su rival consiguió amedrentarlo lo suficiente como para paralizarlo unos segundos, situación que aprovechó para golpearlo con otro lanzallamas que impactó de lleno, haciéndole caer al suelo.
-Éso ha estado bien... -murmuró Morti, devolviendo a Gastly a su pokéball- Pero luchar enbravecidamente para ocultar tus miedos no sirve -Leo sintió un escalofrío. Todo se volvió mucho más oscuro. El entrenador sentía como el pecho le oprimía y sus dedos se congelaban. La saliva se amontonaba en su boca pero su boca estaba seca. Gengar apareció en el campo de batalla. Ése maldito pokémon había sido el protagonista de sus pesadillas los días anteriores. Su cara burlona no era más que una de sus más malvadas virtudes.
El joven desechó todas esas dudas y ordenó a su Charmeleon atacar con un lanzallamas. El Gengar avanzó su mano derecha y el ataque se dividió, evitando golpear al pokémon. ¡Todo volvía a ocurrir igual! El fantasma morado chilló, y los oídos de Leo comenzaron a retumbar. No podía dar ordenes a Charmeleon, no podía pensar con claridad. Sólo pudo observar cómo una bola sombra lo estampaba contra la pared tras la explosión que sucedió al contacto con el pokémon.
-¡Mierda! -exclamó, recogiendo a Charmeleon. Agarró la pokéball de Dratini y la miró detenidamente. Su pokémon ya había sufrido mucho por su terquedad, pero era su única oportunidad... -lanzó la pokéball al aire y Dratini apareció en el combate. Se enroscó y esperó ordenes. Las escamas del pokémon eran mucho más brillantes que antes, pensó Morti: Dratini había mudado de piel.
-¡Genial, Dratini, te has curado del todo! -celebró Leo- Ahora vamos a darle caña a ese fantasmita -exclamó. Su pokémon gruñó, listo para el combate.
Gengar rió, vomitando un líquido morado dirigido a Dratini. El pokémon se deslizó y lo esquivó sin problemas. Ahora que había mudado la piel, el contacto con el suelo era distinto y se movía con más facilidad.
Devolvió el ataque con una Onda Trueno, que Gengar esquivó teleportándose. El combate transcurría igual que la última vez, pensó Leo descorazonado.
Gengar continuó apareciendo y desapareciendo, mareando a Dratini, que lanzaba Ondas Trueno a distintos lugares con la intención de acertar. El rechoncho fantasma apareció detrás del pequeño dragón y le lamió la espalda con su lengua. Dratini bramó de dolor.
-¡No! -exclamó Leo. Aunque Dratini era más rápido ahora que había mudado de piel, también más sensible. Ése ataque tenía que haberle hecho mucho daño. Morti se cruzó de brazos.
-¿Y bien? ¿Te rindes ya, o voy a tener que volver a enseñarte el poder de la oscuridad? -amenazó. Para dar énfasis a las palabras de su maestro, el Gengar comenzó a acercar su mano derecha a la cabeza de Dratini, inerte en el suelo. De repente, el pokémon comenzó a brillar con fuerza, haciendo que el fantasma tuviera que retirarse y cubrirse los ojos. Leo sonrió.
-Me temo que ésta vez sí seré capaz de superar mis miedos -el pequeño dragón comenzaba a aumentar su forma mientras seguía imbuido de aquella extraña pero penetrante luz. Era cálida, dulce... Gengar la odiaba, y así lo hacía ver, al cambiar su rostro siempre sonriente por una cara de preocupación. La luz desapareció, mostrando a un pokémon con un color azulado más oscuro que su anterior forma. Dos bolas azules en su cola y otra en su garganta brillaban, mientras batía las pequeñas alas de su cabeza para alzarse en el aire. Su cuerno brilló amenazante- ¡Muy bien, Dragonair! -sonrió el entrenador de dragones. Su pokémon se giró hacia él y le dirigió una sonrisa y un gruñido con su melodiosa voz.
-La cosa se pone interesante... -murmuró Morti.
-Dragonair, ¡demuéstrale de qué están hechos los dragones! -el pokémon lanzó otra onda trueno, que Gengar, liberado del embotamiento a causa de la luz, no tuvo problemas en esquivar. El fantasma abrió su enorme boca y de ella salió un ente abstracto con una forma que Leo recordaba con temor, disparado hacia el dragón volador. El pokémon cerró los ojos y la esfera azul de su garganta brilló, cubriéndole a él y a su entrenador con un velo sagrado. Ésa luz hizo desvanecerse el espíritu malvado de Gengar, que se retiró, tratando de escapar de esa luz.
-Así que ésto es un Velo Sagrado... -murmuró Leo. Era... tan cálido. Se sentía en completa paz y armonía, sentía... a Dragonair. Leo cerró los ojos un momento, para disfrutar de su primera conexión directa con su pokémon. Éste era uno de los momentos más venerados por aquellos que recibían las enseñanzas de la Orden del Dragón. Muchos tardaban años en dominar ésta relación con su pokémon, pero Leo lo había conseguido nada más evolucionar su Dratini. Los pensamientos, los sentimientos de su pokémon, viajaban por su interior, y aunque aún era pronto para descifrarlos, sabía que estaban ahí. Abrió los ojos- ¡Dragonair, acabemos con ésto! -sonrió- ¡Usa toda tu furia!
Dragonair bramó, y las tres esferas de su cuerpo comenzaron a brillar con un tono rojizo. Abrió su boca, frente a la mirada atónita de Gengar y Morti. Ésta era la primera vez que el pokémon fantasma sentía el verdadero miedo. El dragón volador escupió su bocanada de fuego azul, que impactó de lleno a su rival.
Gengar cayó al suelo debilitado.
-Al final sí que has superado tus miedos... enhorabuena -murmuró Morti, mientras guardaba a su pokémon y buscaba en sus bolsillos la medalla Niebla.
-¡Dragonair, lo hemos conseguido! -exclamó el entrenador, corriendo hacia su pokémon- ¡Ya verás cuándo Débora se entere de ésto! -lo abrazó del cuello, y el dragón lo elevó unos centímetros en el aire- ¡Qué ganas tengo de aprender a montarte!
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Respuesta #4 :
Mayo 06, 2009, 23:27 »
Growlithe apareció en el campo de batalla y comenzó a observar el nuevo entorno. Olisqueó la tierra por la que habían pasado cientos de pokémon antes que él y bufó. Leo le llamó la atención con un silbido.
-Escucha amigo, sé que este es tu primer combate así que no te voy a forzar mucho. Siéndote sincero -alejó la cara de la lengua de Growlithe, que había corrido hacia él para lamerle-, no creo que aguantes ni el primer asalto. Pero me has caído bien -sonrió- así que vamos a ver hasta dónde llegas -sentenció picaresco. Growlithe asintió con dos ladridos y dio la espalda a su nuevo amo, concentrándose en su rival: Yasmina había lanzado la pokéball de su Magneton. El pokémon imán triple flotaba en el aire y sus blancas cuencas observaban al perro cómo si se tratara de poco más que una mosca. Growlithe gruñó y esperó la orden. Cuando el árbitro levantó el banderín, se lanzó en una carrera contra el Magneton. El pokémon emitió su eco metálico y se alejó flotando lejos del alcance del pokémon de fuego, que había saltado tratando de alcanzarle. Tras varios infructuosos saltos, el imán emitió una risotada robotizada- ¡Ascuas! -ordenó Leo. No sabía si ese Growlithe salvaje había aprendido ya algún ataque de fuego, pero probó suerte. Tras unos segundos de duda, su fiel can abrió la boca y lanzó unas pequeñas llamaradas que Magneton esquivó con problemas, de hecho chamuscó uno de los tornillos de sus “extremidades” inferiores.
El pokémon pareció molestarse, y la propia entrenadora enarcó la ceja.
-Deberías tomarte las cosas más en serio -comentó seria- Onda Trueno -pronunció las palabras, y en el mismo momento el Magneton cargó en las puntas de sus imanes el ataque paralizador. De ellas salieron rayos de luz que se juntaron frente al pokémon metálico y formó una esfera que se agrandaba por momentos. La esfera se dirigió con rapidez al Growlithe, que echó a correr asustado.
-¡Agilidad, Growlithe! ¡O Rapidez, o Ataque Rápido! ¡Pero alejate de esa cosa! -las palabras de Leo eran innecesarias. El pokémon corría, y aunque estaba acostumbrado a correr por los verdes prados de Johto, el interior del ring de combate era mucho más pequeño. En un descuido, y sin detener su frenética huida, salió del rectángulo de combate y el juez levantó la bandera anunciando su descalificación- Eso pasa por hacer pruebas antes del combate... -murmuró Leo, recogiendo avergonzado a su pokémon. Yasmina le miró con ira. No parecía molesta porque el entrenador la hubiera subestimado enviando un pokémon sin entrenamiento, sino porque no se estaba esforzando al máximo. Ella, en el fondo de su corazón, deseaba que Leo ganara ese combate. Pero no por ello iba a ponerle las cosas fáciles.
Era hora de escoger al segundo pokémon, y Leo lo tenía muy claro. Sonrió, el combate estaba ganado sólo con éste pokémon.
-¡Charmeleon, muestra tus garras! -invocó a su segundo pokémon. La lagartija de fuego emergió en un haz de luz y bramó. Magneton se echó atrás algo asustado, pero pronto se recompuso. Dio una vuelta de tonel en el aire e hizo que sus imanes chispearon, mostrando que estaba listo para el combate. Charmeleon dejó entrever una sonrisa formada por unos caninos y unos colmillos propios de un poderoso carnívoro. El árbitro dio la orden de continuar el combate. El lagarto de fuego vomitó un potente lanzallamas que cogió desprevenido a Magneton, pero que esquivó con un Doble Equipo. Un ejercito de Magneton se cerraban en un circulo alrededor de Charmeleon, que les miraba desconfiado.
Los Magneton comenzaron a cargar sus rayos y los lanzaron a la vez. Pero Charmeleon había sido más rápido y se había escondido debajo del ring excavando un túnel. Desconcertados, los Magneton esperaron. Se encontraban a varios metros por encima del suelo, y su rival no sabía cuál de ellos era el real. O eso parecía.
Una garra tan dura como el acero golpeó por la espalda al Magneton original frente a la atónita mirada de Yasmina, que recuperó rápidamente la compostura.
-El olfato de tu Charmeleon es increíble, Leo -comentó. Leo asintió con una sonrisa pícara mientras felicitaba a su pokémon que bramaba mientras mantenía una de sus patas sobre el Magneton.
-Estoy muy orgulloso de sus capacidades olfativas -explicó el entrenador orgulloso- Reconoció el hedor a metal de tu pokémon y el resto fue fácil -se encogió de hombros- Y ahora es cuando esto termina -aseveró, sonriendo malicioso. Pero su mueca se tornó una fila línea cuando Yasmina sonrió. Era la primera vez que había visto a la entrenadora sonreír... una sonrisa encantadora.
Charmeleon comenzó a retener en sus fauces el lanzallamas final que chamuscaría al Magneton, y estaba tan concentrado en su presa que no se dio cuenta de las expresiones de los entrenadores. Sus ojos bramaron de ira al observar que el pokémon comenzaba a emitir electricidad por todo su cuerpo, dañando la pata del pokémon. Éste se separó de un salto y el Magneton se levantó. El combate no había terminado.
El pokémon eléctrico lanzó un rayo directo a Charmeleon, que esquivó con un acrobático salto. Lanzó un lanzallamas que dañó el sector izquierdo del Magneton, que bramó de dolor. Continuó su carrera y usó sus garras furia contra el metálico rostro del pokémon. Debido a que el metal del que estaba hecho todavía estaba caliente, el daño fue mayor. Magneton lanzó un rayo a quemarropa que dañó a ambos pokémon y los envolvió en un haz de luz.
Cuando los entrenadores pudieron volver a ver, Magneton se encontraba en el suelo inconsciente y Charmeleon a unos pasos, con las garras llenas de quemaduras pero con una sonrisa victoriosa en el rostro. Yasmina recogió a su pokémon y pronunció unas amables palabras a la pokéball. Después, recogió otra de entre los pliegues de su camina y la lanzó. Una enorme serpiente de metal emergió, y Leo no pudo evitar estremecerse. Era uno de los pokémon más grandes y tenebrosos que había visto nunca.
Pero su pokémon no se amedrentó. Charmeleon miró hacia arriba, hacia su enemigo, y exhaló por la nariz unas pequeñas llamas aceptando el reto.
Steelix bramó con furia y los “engranajes” de su cuerpo metálico comenzaron a girar, creando surcos en el suelo. El banderín se alzó y el pokémon serpiente, supuestamente lento dado su tamaño, lanzó la cabeza derecho a su rival, abriendo sus enormes fauces dónde sólo se veía un negro fondo. Charmeleon esquivó el golpe de un gran salto, escalando por la cabeza del Steelix, que la alzó nuevamente y trató de sacudir al pokémon. Éste trató de agarrarse con sus garras, pero la superficie del pokémon era demasiado dura, así que cayó de bruces al suelo. Giró sobre sí mismo para esquivar un coletazo que dejó una gran estela de polvo así cómo un inmenso surco.
Disparó un lanzallamas a la parte blanda entre engranajes, cómo su maestro le había enseñado. El gigante gruñó de dolor y sacudió la cola tratando de embestir nuevamente. Al mismo tiempo, bajó la cabeza, dispuesto a devorar a la lagartija.
Pero una vez más, Charmeleon se escondió en un agujero. Era como su segundo hogar. De repente sintió como el suelo temblaba, y lo comprendió al instante. ¡Ese bastardo de Steelix estaba saltando para causar un terremoto! Decidió que enfrentarse a la bestia era mejor que quedar aplastado, y salió.
Leo se sorprendió de la acción de su pokémon. Mientras él seguía levemente asustado por la impotente figura del pokémon acero, su compañero no había flaqueado ni un instante y ahora encaraba al pokémon. Steelix lo rodeó con su cola en un descuido de Charmeleon y empezó a apretujarle. Charmeleon no bramó de dolor, su orgullo se lo impedía, pero en su rostro se distinguía una mueca de sufrimiento.
-¡Charmeleon, Giro Fuego! -ordenó. El pokémon abrió la boca y escupió una bocanada de fuego al rostro de Steelix, que cerró los ojos y soltó un poco a su presa. Usando una prominente fuerza, Charmeleon se soltó y, al caer al suelo, lanzó más llamas contra su enemigo, que fue envuelto en un huracán de fuego. El pokémon de Leo bramó, seguro de su victoria.
Cuando la columna de fuego se dispersó, no había ni rastro del Steelix. En su lugar, sólo había un inmenso agujero.
-¡Maldición, Charmeleon, llena ese agujero de fuego! ¡Hazle salir! -bramaba Leo, impaciente. En cualquier momento el pokémon podía aparecer de la nada y devorar a su compañero. Charmeleon de un gran salto se colocó en la base del túnel y empezó a escupir bocanadas de fuego. El suelo tembló y Steelix salió volando de otro agujero en la superficie, seguido de una inmensa llamarada que casi rozó el techo del gimnasio. Su cola estaba al rojo vivo y era obvio que el pokémon sufría. Cuando el pokémon serpiente tocó el suelo, sin vacilar un segundo y lleno de ira, se lanzó sobre Charmaleon. Éste dio un gran salto y el pokémon acero hundió su rostro en el suelo. El pokémon de Leo corrió la candente cola y la agarró con sus patas magulladas. Aunque fuera un pokémon de fuego, el dolor de las llamas era perceptible- ¡Fuerza! -exclamó Leo con una sonrisa. Su pokémon bramó, como nunca lo había hecho, y sus músculos se tensaron. Los dientes se estrujaron en una mueca de esfuerzo y finalmente comenzó a virar haciendo girar al gigantesco pokémon frente a la atónita mirada de Yasmina y el árbitro. Pronto tomó suficiente velocidad para que el pokémon acero se confundiera con una enorme peonza, y lo soltó. Se estampó contra una pared, en la que formó una abolladura e hizo retumbar todo el gimnasio. El árbitro perdió el equilibrio, pero Leo y Yasmina permanecieron en sus posiciones.
-¡Entrenador Leo de Ciudad Endrino es el ganador! -anunció tras incorporarse rápidamente el juez. Yasmina suspiró aliviada, y recogió a su pokémon. Volvió a emitir en un murmullo imperceptible unas palabras a su Steelix, mientras el entrenador de dragones corría hacia el centro del ring esquivando los agujeros para chocar los cinco con su pokémon. Ambos rieron y Leo le felicitó por el gran trabajo. Lo devolvió a la pokéball y le prometió que esa noche tendría una abundante cena.
Yasmina se acercó lentamente al entrenador. Tenía muchas cosas que decirle, pero no era el momento ni el lugar. Esta vez actuaría como líder de gimnasio, ya habría tiempo después para hablar de tú a tú. Con porte solemne, abrió la palma de su mano frente al entrenador con una medalla en forma de hexágono de color azul oscuro. Era la medalla Mineral, la quinta en el camino de Leo hacia el Congreso Plata.
-Aquí tienes la Medalla Mineral, entrenador Leo -anunció- Has luchado bien, tus pokémon han demostrado su valía y eres merecedor de ella -el entrenador recogió la medalla con los dedos y la sostuvo frente a sí, admirándola unos segundos.
-Gracias Yasmina -agradeció- Ha sido un combate muy divertido -sonrió y dio la mano a la entrenadora. Ésta la agarró vacilante.
-Me gustaría hablar contigo... en privado, sobre algunos asuntos -comentó en un murmullo. Leo no percibió el leve sonrojo que teñía las mejillas de la Líder de Gimnasio mientras asentía con entusiasmo.
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Respuesta #5 :
Julio 20, 2009, 16:11 »
Leo suspiraba mientras la bocina del barco anunciaba que estaban cerca de su destino. Efectivamente, el entrenador observaba desde la cubierta, apoyado sobre la barandilla del crucero en la lejanía un montículo de tierra y unas montañas al fondo, se trataba de Ciudad Orquídea. Había pasado las famosas Islas Remolino sin grandes problemas, ese día el agua estaba tranquila.
No obstante, no estaba alegre por llegar a su destino con tanta rapidez y sin problemas. Su cabeza seguía hecha un lío por lo acontecido con Yasmina. ¿Qué significó aquello? Se sonrojó levemente mientras se llevaba una de las manos a los labios. Una de sus pokéball se contoneó, y el joven rió.
-¡Dragonair, no seas cotilla! -exclamó.
-Ésta es la última, Charmeleon -alentó a su compañero. El pokémon agarró la enorme roca con las garras delanteras y la movió a la derecha. Bufó exhausto- Muchas gracias, amigo. Te mereces un descanso -agradeció el entrenador, guardando el pokémon- Hay que ver, ¿a quién se le ocurre poner unas rocas para entorpecer el acceso al líder? Hablaré con Lance de ésto... -amenazó al aire, molesto. Echó a andar hacia el nuevo camino abierto. Había llegado a la arena de combate. El rectángulo era igual que en cualquier otro gimnasio, una extensión de tierra delimitada por franjas blancas pintadas en el suelo. Al otro lado del mismo se encontraba un hombre mayor sentado en una butaca, apoyada una mejilla sobre el puño. Vestía sólo con un pantalón corto blanco y la mayoría de su pelo había bajado hasta el bigote y las patillas. Unos otrora tiempo pectorales se desdibujaban sobre su rechoncha barriga.
-Al fin llegas -habló- Mi nombre es Aníbal, soy el líder de este gimnasio. Has demostrado una gran fuerza al conseguir llegar hasta aquí retirando las rocas -aceptó.
-No ha sido nada, mi Charmeleon las levanta cinco veces más grandes todos los días -esbozó una sonrisa maliciosa Leo- Mi nombre es Leo, de Ciudad Endrino. Vengo a reclamar tu medalla -anunció, recogiendo la pokéball de Dragonair e inflándola. Aníbal rió con fuerza.
-¡Muy bien, ese es el espíritu! -aceptó, levantándose de su asiento. Un juez de línea entró por una puerta de servicio y se colocó en posición al igual que los dos combatientes.
-El combate por la Medalla Tormenta entre el aspirante Leo y el líder Aníbal será a dos pokémon sin límite de tiempo. ¡Que comience el combate! -exclamó el juez.
-Dejame los honores a mi, jovencito -exclamó Aníbal, lanzando con fuerza una pokéball. Tras el haz de luz apareció un Primeape. Su característico pelaje marrón estaba lleno de canas blancas por todos lados, pero el pokémon parecía tan vital como los más jovenes de su especie. Chasqueó sus puños y ensayó algunos golpes en el aire- Vamos, viejo amigo. ¡A darlo todo!
-Esto será rápido -anunció Leo, lanzando la pokéball de Dragonair- ¡Vamos allá!
El juez de línea levantó el banderín dando comienzo al combate. Dragonair alzó el vuelo, justo a tiempo para esquivar el rápido puñetazo de Primeape. Pero el pokémon no se dejaría vencer tan fácilmente, dio un potente salto y se colocó sobre la espalda de Dragonair. El pokémon de Leo giró el rostro sorprendido, para recibir en la cara un puñetazo de Primeape. Dolorido, comenzó a contonearse tratando de lanzar al suelo a su enemigo. Pero el primate se agarraba con todas sus fuerzas a la escamosa piel del pokémon mientras continuaba golpeándole por todo el cuerpo.
Dragonair realizó el ataque Repetición tras la orden de su entrenador. El Primeape, aún atrapado dentro del enroscado cuerpo de la serpiente dragón, continuaba golpeando tratando de zafarse. Finalmente Dragonair menguó un poco su agarre, y con su fuerza Primeape consiguió liberarse. El pokémon agarró el cuerpo de la serpiente y lo apretujó, tratando de hacer un nudo con su esbelta figura. Pero Dragonair, harto del maníaco incordio, lanzó un Dragoaliento a quemarropa. El ataque impactó en el mono, que cayó al suelo, levantando polvo, y pasó cerca del cuerpo del dragón, que no pudo más que bajar un poco la altura, agotado.
-¡Dragonair, a tu derecha! -le avisó Leo justo a tiempo para que el pokémon cargara y lanzara una Onda Trueno a Primeape, que volvía al ataque. El ataque impactó de lleno debido al ataque frenético del pokémon primate, que cayó al suelo nuevamente, incapaz de moverse- ¡Muy bien! -exclamó con una sonrisa. Dragonair asintió, pero no mostró mayor entusiasmo. Estaba demasiado cansado.
Aníbal gritó lleno de ira y recogió a su pokémon.
-¡Esto acaba aquí! -exclamó, lanzando la siguiente pokéball. Un Poliwrath salió de la misma. Arrugas se dibujaban bajo sus siempre enarcados ojos, y la espiral de su pecho aparecía desdibujada. ¿Cuántos años tendrían los pokémon de ése líder?, se preguntó Leo mientras sopesaba la situación. Dragonair podía combatir, pero era obvio que el continuo vapuleo de Primeape le había dejado agotado. El pokémon giró su cabeza hacia su entrenador, y Leo pudo comprobar en sus ojos que quería continuar luchando.
-No te esfuerces demasiado -le convidó Leo. El pokémon asintió y se concentró en el combate. En el instante en el que el juez levantó el banderín, Leo ordenó a su pokémon cubrirse con un Velo Sagrado- Poliwrath es capaz de llevar a la confusión con esa espiral... será mejor prevenir que curar -pensó.
Pero no se esperaba lo que venía de frente. El rayo helado salió disparado desde la espiral del pokémon de agua, sorprendiendo tanto al entrenador de Ciudad Endrino cómo a su pokémon.
-¡Dragoaliento! -acertó a bramar Leo. Dragonair cargó rápidamente el ataque y escupió el fuego azulado, que impactó contra el Rayo Hielo, provocando que ambos ataques comenzaran una lucha de poder. El hielo se derretía y caía al suelo en forma de gotas de agua o bien subía al techo evaporado. El ambiente se volvió algo más húmedo debido a ésto. Pero Dragonair estaba exhausto, y perdía cada vez más terreno.
Leo, notando que en cualquier momento su pokémon colapsaría, le ordenó detener el ataque. Dragonair hizo lo propio y esquivó el Rayo Hielo enroscándose como un muelle y dejando pasar el ataque por el interior del circulo que había formado. Leo apuntó hacia él con la pokéball y le ordenó regresar.
-Lo has hecho genial amigo -sonrió- Ahora... ¡veamos qué tal se te dan los gimnasios! -exclamó, lanzando la pokéball al aire. Ésta se abrió a una alta altura, y de ella emergió un pokémon redondo de cuerpo azul. Flotaba y caía lentamente hacia el suelo gracias a los tres pompones de algodón que le ayudaban a disminuir la caída. Se posó sobre el terreno de combate y contoneó los brazos- Jumpluff, éste es tu primer combate de gimnasio desde que te capturé siendo un Hoppip. Es hora de que demuestres tu valía -el pokémon gruñó, y el árbitro levantó el banderín. Poliwrath se lanzó al ataque liberando burbujas desde su espiral. Leo ordenó a su pokémon contrarrestar con sus esporas. La sala se llenó de pequeñas explosiones en el instante en que las burbujas contactaban con las esporas.
De entre la conmoción y las fuertes luces creadas por los ataques en colisión, surgió inesperadamente el pokémon de Aníbal, que se acercaba con un puño cerrado. Leo ordenó a su pokémon alzar el vuelo, pero Jumpluff era lento. No obstante, consiguió aflojar el impacto levemente con el pompón de su cabeza. La mano de Poliwrath se llenó de esporas y Leo sonrió, aunque su pokémon había caído al suelo herido.
-¡Usa el Giga Drenado! -ordenó Leo. Jumpluff bramó y lanzó algunas pequeñas esporas a su rival, que no pudo esquivarlas. El pokémon comenzó a convulsionarse de dolor mientras las esporas crecían en tamaño. Tras unos segundos, volvieron a Jumpluff, que se cubrió por un aura verde durante un instante y se levantó recuperado- ¡Ahora Paralizador! -el pokémon se contoneó y de su cabeza y brazos surgieron algunos dientes de león amarillentos. Poliwrath reaccionó rápido con unas Burbujas, causando el mismo caos que antes- ¡Esta vez estamos preparados! -anunció Leo. Poliwrath apareció de entre la cortina de explosiones con el puño brillando. Ese ataque parecía mucho más poderoso- ¡Rayo Solar! -ordenó. El pokémon asintió y vomitó la carga de luz que había ido guardando desde el comienzo del combate.
El ataque pilló desprevenido a Poliwrath, que aunque trató de esquivarlo, le fue imposible. Trató de atravesarlo con su puño, pero no pudo más que ver cómo era engullido por el rayo. Gritó de dolor antes de la explosión que desencadenó el ataque.
-¡No! -gritó Aníbal llevándose las manos a la cabeza. Al disiparse el humo tras la explosión, su pokémon yacía en el suelo, magullado por todos lados y debilitado. Lo recogió y golpeó el suelo con ira con un puño. Leo por su parte corrió a abrazar a Jumpluff, que movía sus pompones emocionado.
-Muy bien, Jumpluff -le acarició el pompón de la cabeza con suavidad- ¡Has estado fantástico! -aseguró. Se levantó al sentir que la sombra de Aníbal le cubría. En su palma abierta había una medalla marrón en forma de puño.
-Es la Medalla Tormenta. Me has ganado limpiamente, así que es tuya. Espero que sigáis mejorando, tú y tus pokémon... ¡y que saques un poco más de musculo! -rió estruendosamente.
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Re: [Johto]La Ruta de las Medallas.
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Respuesta #6 :
Noviembre 14, 2009, 00:03 »
El campo de batalla estaba hecho completamente de hielo. Algunos montones sólidos asomaban desde el suelo, creando obstáculos alrededor del campo. Las líneas que delimitaban el centro del mapa estaban marcadas por cinta adhesiva blanca. Unas rendijas de las que salía viento helado se encontraban en un inadvertido relieve en los bordes del campo.
El ambiente estaba caldeado, pese a que en la sala el aire acondicionado estaba a toda potencia y la carne se ponía de gallina. Pero al entrenador no le importaba. Estaba ardiendo de deseos de obtener la medalla de Pueblo Caboa, la medalla que arrebataría de las frías manos de... Fredo.
El líder de gimnasio le observaba desde el otro lado del campo con un rostro tan helado como su actitud. Desde que había entrado al gimnasio, había cambiado. Si ya fuera del mismo se había comportado bastante seco, ahora directamente parecía una estatua de hielo. Finalmente, habló cuándo el juez de línea tomó posición.
-Tu Profesora me ha indicado que no te lo ponga nada fácil -aseguró- Parece que tiene muchas esperanzas puestas en ti, jovencito -añadió, inflando una pokéball. Una sonrisa fue pincelada en su fría máscara.
-La Profe siempre preocupándose por mi -comentó sarcástico el entrenador, sacando su propia pokéball. A la orden del juez de línea, ambos lanzaron los pokémon. El combate sería, como de costumbre, a dos asaltos. Leo podría cambiar de pokémon si lo deseaba, pero Fredo no.
La luz de las esferas desapareció y volvieron a las respectivas manos de los entrenadores, desvelando los pokémon que se enfrentarían sobre el frío suelo. Por parte de Leo apareció Umbreon. El oscuro pokémon tuvo unos pequeños problemas para mantenerse erguido en la resbaladiza superficie, pero pronto se estabilizó. Desvió una mirada de desdén a su maestro, y se concentró en el rival que tenía delante. Una masa de grasa y pelo castaño de la que sobresalían un par de cuernos blancos. Piloswine bufó, listo para la lucha.
-¡Finta, Umbreon! -le urgió Leo. Sabía que el Piloswine de Fredo, pese a tener casi la misma edad que el líder, sería un duro hueso de roer. No había que tomárselo a la ligera. Umbreon gruñó, y se lanzó al ataque. Pero sus patas resbalaron en el frío suelo, y del impulso sólo pudo ir deslizándose torpemente hacia su rival, que le respondió con una potente cornada que lanzó al pokémon siniestro por los aires. A continuación, disparó desde su hocico pequeños témpanos de hielo con la intención de dañar a Umbreon. Pero éste aprovechó el impulso aéreo para dar una voltereta sobre sí mismo y recobrar el control, cayendo sobre uno de los numerosos montes de hielo del campo- ¡Ahora sí! -exclamó Leo sorprendido frente a la capacidad de su pokémon. Umbreon se impulsó desde el montículo y se lanzó hasta Piloswine, golpeándole rápidamente con la cola, e impulsándose desde él hacia otro montículo, para rápidamente volver al ataque.
Repitió la operación durante cuatro golpes seguidos, hasta que el Piloswine comenzó a dar vueltas sobre sí mismo. Pedazos de hielo del suelo salieron disparados en todas direcciones mientras alrededor de Piloswine se creaba un tornado helado que agrandaba por momentos. Umbreon se alejaba como podía, tratando de no ser engullido por el viento. Uno de los pequeños tempanos de hielo impactó en su pata trasera derecha, clavándose en la misma. El pokémon apretó los dientes de dolor, pero no pudo evitar perder el equilibrio y caer al hielo, tras lo que fue engullido por el viento helado, que pronto cubrió prácticamente todo el espacio del campo.
Leo esperó tranquilo. No tenía que perder los nervios. Umbreon se las apañaría ahí dentro.
-¡Confío en ti! -exclamó el entrenador. La voz llegó a través del vendaval a su pokémon, que movió las orejas al escucharlo y, posteriormente, sonrió para después adaptar una postura ofensiva. Había conseguido subir a uno de los montículos de hielo. El combate sería entre él y su presa. Los entrenadores no tendrían nada que ver. Volvió a esbozar una mueca malvada, que se vio truncada al ver cómo Piloswine se acercaba a toda velocidad hacia él. Sus cuernos brillaron, y el montículo sobre el que se apoyaba Umbreon estalló en mil pedazos. Por fortuna, el pokémon había conseguido escapar a otro de un salto. Lanzó una bola sombra, pero el Piloswine se dejó deslizar por el hielo y el ataque sólo pudo perforar el mismo y extinguirse en el agua bajo la superficie helada. El mamut recobró la carrera lanzándose contra Umbreon, que decidió pasar a la acción directa. De un salto se subió a la chepa del mamífero de la tundra y le mordió. Piloswine bramó de dolor, los incisivos del pokémon oscuro se clavaban profundos en su carne. Umbreon odiaba el sabor a pelos de su victima, pero aguantaría porque sabía que así le causaba suficiente dolor. La reacción de Piloswine no se hizo esperar, y comenzó a zarandearse, tratando de expulsar a su jinete. Umbreon se agarró con sus garras y con toda su fuerza, pero finalmente salió disparado y se deslizó por el duro hielo algunos metros a la derecha del pokémon mamífero.
El pokémon trató de incorporarse, pero era imposible en un suelo tan resbaladizo. Además, la caída le había provocado serios daños. No pudo más que observar cómo Piloswine cargaba contra él y le embestía, estampandolo contra uno de los pocos pilares de hielo que seguían en pie. Umbreon trató de levantarse, sus piernas flaqueaban... pero no pensaba rendirse. Su orgullo no se lo permitía. Su lealtad no se lo permitía. Alzó la cabeza decidido. Sus ojos rojos brillaron, y los aros de su cuerpo en consonancia. Un escalofrío recorrió su lomo de punta a punta. Sabía que tenía que hacer.
Piloswine había retomado el ataque y se acercaba con rapidez. Umbreon saltó, dispuesto a repetir la misma operación. Piloswine lo esperaba y de su hocico lanzó una bocanada de viento helado al frente mientras corría. Pero Umbreon, en el aire, se desplazó rápidamente hacia un lado usando su Finta. Su cola comenzó a brillar hasta tomar un color blanco cegador. El pokémon dio una voltereta sobre sí mismo e impactó con la cola férrea en la chepa de su rival, que gimió de dolor y cayó sobre el hielo, deslizándose sobre el mismo sin control.
Así mismo, el tornado comenzó a disiparse, y Leo observó sorprendido cómo un Piloswine que trataba de recuperar el control sobre sí mismo salía del mismo y se acercaba hacia él. Finalmente el pokémon pudo recuperar el control y bufó molesto. Umbreon, por su parte, apareció sobre uno de los montículos centrales con pose victoriosa y una sonrisa en el rostro.
-¡Así me gusta! -exclamó Leo satisfecho. Tras varios minutos de permanecer a la espera, la esperanza del entrenador se estaba enfriando. Pero su Umbreon había demostrado ser tan fiel como en otras ocasiones y había resuelto por sí solo la situación. Ahora le tocaba a él retomar la jugada- Muy bien, Umbreon, vamos a... -tuvo que callar, se había mordido la lengua.
Piloswine había comenzado a dar grandes saltos, provocando que todo temblara. Estaba usando el ataque Terremoto. Todos los pilares comenzaron a quebrarse, al igual que la superficie del campo. Umbreon aguantaba a duras penas sobre el pilar central mientras éste se desmoronaba. Pronto sólo quedó la base, ya que el resto de escombros helados alrededor eran tragados por las enormes grietas que se formaban en el hielo, revelando bajo el mismo una piscina. Leo maldijo su suerte, si no hacía algo pronto, Umbreon caería el agua.
Pero Piloswine también. ¿En qué pensaba? ¿Iba a sacrificar a su pokémon? De pronto, se hizo la luz en su mente. Maldijo su dolor de lengua, pero gritó con todas sus fuerzas.
-¡Derribo, Umbreon! -le urgió. Piloswine detuvo el terremoto y también se lanzó al ataque. Umbreon podía correr por el hielo levantado, apoyándose en el hielo resquebrajado. Utilizó su Agilidad para aumentar el poder de su ataque. A su vez, Piloswine preparó su Cornada.
Ambos pokémon golpearon la cabeza del otro con tremenda fuerza. Umbreon salió disparado y se golpeó contra una de las paredes del estadio, cayendo inconsciente. Por su parte, Piloswine se tambaleó y también cayó al suelo inerte. Parecía que el derribo le había dado en el mismo lugar que repetidamente le había golpeado Umbreon, y éso había acabado por aumentar el daño causado. La caída del coloso pokémon causó todavía más estragos al deteriorado campo de batalla, algunas partes del mismo ya eran parte de la piscina. Leo chasqueó la lengua, no había conseguido su objetivo. Recogió a Umbreon y le dedicó unas suaves palabras de aliento. Lo había hecho tremendamente bien.
Fredo retiró su propio pokémon, y al parecer también le dirigió algunas palabras. ¿Quizá el excitante combate había derretido algo de su carácter?
Leo pasó su mano por el cinturón. Había repasado por su mente todas las estrategias posibles, todo el combate, todas las opciones... pero nunca había pensado que tendría que enfrentarse con su único pokémon en un campo que rápidamente se convertía en una piscina. De todos modos, tenía que sacar su mejor baza.
La pokéball de Dragonair vibró cuando el entrenador pasó la mano delante de la misma. El pokémon dragón quería salir, pero desgraciadamente Leo sabía que eso era un suicidio. Quizá su pokémon también, pero no quería defraudar a su entrenador.
Ampharos también quería luchar. Pero el hielo no aguantaría su peso.
Sólo quedaba...
-Pretendía guardar ésto para el combate contra la Profesora, pero... -infló la pokéball al mismo tiempo que Fredo preparaba la suya- ¡Es hora de demostrar lo que vales, Charizard! -gritó, lanzando la pokéball. Un inmenso pokémon anaranjado emergió y bramó su grito de guerra, tras lo que levantó el vuelo. La llama de su cola brillaba feroz, y sus colmillos saludaban al pokémon de Fredo. Dewgong era su elección final, tal como esperaba Leo. El pokémon agradeció la enorme piscina en la que se había convertido el campo de batalla nadando a su antojo y emergiendo sólo para observar durante un breve instante a su enemigo, tranquilo. Fredo por su parte parecía sorprendido. Leo esperaba esa reacción: nadie sabía que su Charmeleon había evolucionado, era algo que había ocurrido sólo unas horas antes. Leo había decidido que sería su baza sorpresa en el combate contra su Profesora, y lamentaba tener que jugar su carta ahora... pero sabía que si no lo hacía, no tendría opción siquiera de enfrentarse a Débora.
En el instante en que el árbitro levantó el banderín para iniciar el asalto, un rayo de hielo y una bocanada de fuego aparecieron desde el agua y el cielo respectivamente, creando una erupción de vapor allí donde colisionaron. El primer asalto quedaba en empate. Leo sonrió, Charizard era capaz de igualar con un pokémon de gimnasio. Pero no todo salía a pedir de boca. El pokémon tenía un espacio muy limitado para volar, y eso se hacía notar mientras era asediado por continuos rayos hielos y rayos aurora, así como oportunos chorros de agua que salían de vez en cuando en dirección a Charizard.
Hasta ahora los había esquivado todos, pero no podía estar a la defensiva siempre. Tenía que pasar al ataque.
-¡Lanzallamas, Charizard! -exclamó el entrenador de dragones. El pokémon comenzó a disparar una bocanada de fuego continua hacia el agua. Poco a poco, el poco hielo que seguía en pie comenzó a derretirse y a formar parte de la piscina, que empezaba a desbordarse y era absorbida por las rejillas a los límites del ring. Dewgong aprovechó la disminución de rapidez de Charizard para lanzar un certero Rayo Hielo que impactó en el ala derecha del pokémon, que cesó su ataque y provocó un grito de dolor. Por suerte el ataque no había llegado a congelar el ala, sólo entumecerla suavemente, por lo que Charizard pudo recuperar el control y maniobrar justo a tiempo para evitar que un pilar de agua le impactara de lleno. El combate parecía una batalla de desgaste en la que Charizard lo tenía todo muy negro. Pero el espiritu guerrero del pokémon avivaba cada vez más su llama, y los ataques cada vez más continuos y temerarios de Dewgong, que debía acercarse a la superficie para lanzar sus ataques, demostraban que la estrategia de Leo estaba surtiendo efecto. El entrenador animó a su pokémon a continuar vomitando fuego sobre la piscina, que lentamente comenzaba a evaporarse. El ambiente comenzaba a cargarse con la humedad, pero los sudores fríos que ambos entrenadores sufrían no les permitían sentir el cargante ambiente- ¡Ahora es el momento, Charizard! -gritó el entrenador pletórico. Charizard bramó, conocedor de lo que estaba por llegar. Su llama creció al doble de su tamaño normal, y el brillo del fuego iluminó gran parte del campo de batalla- ¡Usa tu llamarada! -exclamó apuntando con el dedo a la piscina.
Charizard aceptó la orden. Abrió la boca de par en par, y una enorme esfera de fuego se creó en sus fauces. Fredo observaba la jugada del entrenador de dragones incrédulo. El pokémon de fuego lanzó la esfera hacia el agua, que aumentó de tamaño y se transformó en una forma humanoide que cayó sobre el agua, provocando un inmenso chasqueo del agua al ser evaporada. Pero, aún más importante, fue que la misma comenzó a hervir. Leo sonrió.
En escasez de segundos, una foca saltó fuera del agua cómo si fuera una orca, gritando de dolor y con quemaduras por todo el cuerpo. Y allí estaba Charizard, preparado para agarrarlo en el aire, como un halcón depredador. Lo agarró con sus pequeñas patas delanteras, pero firmes y suficientemente fuertes para mantenerlo sujeto. Leo no abrió la boca: ésta era la victoria de Charizard, él tenía que decidir cómo celebrarla.
Charizard comenzó a dar vueltas en círculos, tomando velocidad, hasta que finalmente liberó a Dewgong lanzándolo contra el agua con fuerza. El agua hirviendo salpicó en todas direcciones cuándo la foca fue introducida con virulencia en el líquido y se hundió algunos metros debido a la fuerza del envite. Pero rápidamente volvió a emerger, sólo para dejar constancia de que había perdido el conocimiento. Fredo lo recogió para evitar mayores daños, y suspiró, mientras Charizard bramaba con fuerza desatada y escupía fuego en todas direcciones para demostrar su superioridad.
Leo, por su parte, compartía la felicidad de su compañero, y aguardó paciente hasta que el pokémon cesó en su celebración para guardarlo en su pokéball.
-Has hecho un magnífico combate, enhorabuena -murmuró a su pokémon. Para su sorpresa, escuchó unas débiles y arrítmicas palmadas provenientes del otro lado del campo de combate. Fredo sonreía ampliamente mientras aplaudía la victoria del entrenador.
-Tu profesora estará más que orgullosa de lo que has hecho hoy aquí, jovencito -anunció- De momento, te hago entrega de la Medalla Glaciar. Ya sólo estás a un paso de la Liga Pokémon, enhorabuena -aseguró con tono cálido.
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Re: [Johto]La Ruta de las Medallas.
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Respuesta #7 :
Diciembre 14, 2009, 17:07 »
La tensión se respiraba en el ambiente. Leo sudaba copiosamente, incapaz de controlar su ansiedad. Por fin había llegado. Tras cerca de diez meses agotadores, en los que había conocido grandes amigos y enemigos, en los que había reído, llorado y sobretodo, pensó sonriendo por primera vez desde que había entrado al Gimnasio, se había divertido con los pokémon.
Y ahora estaba allí. La enorme sala de combate del Gimnasio Endrino, dónde lucharía por su última medalla. La medalla que le daría acceso a la Liga Pokémon... y a algo más, aunque en esos momentos el joven entrenador no lo sabía.
Estudió una vez más el campo de batalla, intentando quitar parte de su nerviosismo: el Gimnasio Endrino era especial, contaba con dos campos de batalla. Uno de tierra batida, como la mayoría de gimnasios, y otro compuesto por una piscina con algunos islotes flotantes fijos. La líder de gimnasio escogía el campo de batalla a su antojo, lo que convertía al Gimnasio Endrino en el más temido de toda Johto, no sólo por la fuerza de la temible líder dragón Débora, sino también porque los aspirantes desconocían con exactitud dónde lucharían, lo cual coartaba sus posibles estrategias. Todo ésto hacía del Gimnasio de Ciudad Endrino una excelente prueba final para cualquier entrenador que desease llegar a la Liga Pokémon. Leo se enfrentaría a su último reto en la piscina.
-¿Está listo el aspirante? -anunció el peculiar juez de línea. Su traje negro y su capa roja no formaban parte de la indumentaria oficial de juez, y Leo estaba seguro de que ningún árbitro tendría el pelo rosa y en punta. Lance observó al joven con una sonrisa de complacencia, y Leo asintió con la cabeza. Todavía no podía creer que Lance, el mismísimo Maestro Dragón, fuera a supervisar su combate de gimnasio- ¿Y la líder de gimnasio? -preguntó ésta vez a Débora. La líder dragón asintió también, aunque en sus ojos se vislumbraba algo de resquemor. ¿Temía a Leo? ¿O no comprendía, al igual que él, la presencia del Gran Maestro? En cualquier caso, Lance dio la orden, y las pokéball volaron cayendo al agua- El asalto será a un sólo pokémon. ¡Que empiece el combate!
Dos sombras aparecieron del agua. Se trataban de sendos Dragonair, que se mostraron hostiles frente al otro. Cualquier persona habría dado gustosa todas las riquezas del mundo por poder ver a las dos majestuosas criaturas juntas, algo que ocurría en muy raras ocasiones. Pero los tres humanos reunidos allí no mostraron ninguna sorpresa ni admiración. Esperaban este combate.
Leo sonrió, su nerviosismo había desaparecido. Si algo había aprendido en su largo viaje junto a Dragonair, es que sus sentimientos se transmitían al pokémon con facilidad.
-Bueno amigo, éste es el último paso que nos separa de nuestra mesa -dedicó unas rápidas a su pokémon- Tenemos que darlo todo y demostrarle a la Profesora y al Gran Maestro que nos merecemos estar aquí -apretó con fuerza el puño y señaló al Dragonair rival- ¡Vamos allá, ataque Onda Trueno! -ordenó su primera orden. Dragonair bramó y de su cuerno salió una descarga azulada directa al Dragonair de Débora. Éste fue envuelto por una luz que desvió el ataque al contactar con su piel. Era el Velo Sagrado.
El pokémon contraatacó formando un ciclón en medio de la piscina, que comenzó a arrastrar a ambos dragones hacia su vórtice. La virulencia del agua los acercaba sin que pudieran resistir. Leo ordenó a su pokémon hacer uso de Agilidad para salir de ahí, pero era imposible. ¿En qué pensaba la Profesora? De repente, una idea surgió en su mente.
Gritó, algo que debido al sonido del viento Débora no pudo oír, aunque Lance sonrió satisfecho.
Dragonair dejó de resistirse y permitió que el agua le arrestara. Entendía la idea de su Maestro, y se esforzaría por hacer posible su estrategia.
Por su parte, el Dragonair de la líder de gimnasio trataba de ganar tiempo, planeando desactivar el ciclón una vez hubiera absorbido a su rival. Había conseguido sujetarse a duras penas a uno de los pilares que emergían del fondo de la piscina para sustentar las plataformas enroscando su cola. Esperaba escuchar un bramido de dolor, confirmando el impacto del rival. Pero no ocurría nada. Débora también estaba inquieta. ¿Qué estaba ocurriendo? La experiencia le decía que no debía impacientarse, que debía esperar el momento. Algo tramaba su alumno más aventajado.
De repente, se hizo la luz. Bramó la orden, alterada. El ciclón desapareció cuando el pokémon salió de su asombro al escuchar el grito de su maestra. ¿Qué era tan urgente? Pronto lo comprendió.
Un largo pokémon continuaba girando allí dónde hacía unos escasos segundos se encontraba el tornado submarino. El dragón prácticamente mordía su propia cola. Contoneaba su cuerpo mientras giraba y cantaba con suaves y melodiosos sonidos.
De repente se detuvo y volvió a asomar la cabeza por encima del agua, su cuerpo brillaba tenuemente con una anaranjada aura.
-Ha usado la Danza Dragón para mantenerse alrededor del ciclón sin sufrir daños... y además ha aprovechado y ha aumentado su fuerza -murmuró Lance comentando la jugada- Muy impresionante para un novato -comentó, sonriendo satisfecho.
-¡Así se hace Dragonair! -bramó satisfecho Leo. Tenía dudas, pero la jugada había salido estupendamente.
El Dragonair de Débora miró a su compañero de especie iracundo, amenazándole enarbolando su cuerno. El de Leo, por su parte, esbozó una sonrisa de superioridad y alzó la cabeza, mirando a su rival desde arriba.
A la orden de los entrenadores, reanudaron el combate.
Ambos pokémon se lanzaron en un ataque frontal contra el contrario. Contonearon sus cuerpos tratando de atrapar al contrario, convirtiéndose sus largos cuerpos en un nudo que atrapó a ambos dragones, que se enzarzaron en una pelea de mordiscos y punzazos con sus cuernos, incapaces de separarse el uno del otro.
Los entrenadores observaban impasibles la terrible lucha entre sus criaturas. Éste era un duelo de honor entre ambos, ellos no debían intervenir.
La comúnmente noble y pacífica visión de un Dragonair era destruida por la cruenta batalla que ambos dragones llevaban a cabo. Los bramidos de dolor e ira se sucedían mientras los cuerpos se enredaban más todavía.
El Dragonair de Leo recibió un terrible mordisco en el cuello. El pokémon bramó dolorido, mientras Leo se estremecía. Ese ataque había sido terriblemente doloroso, a juzgar por la reacción de su pokémon. No, en verdad, él también había sentido el dolor, aunque hubiera sido sólo por un instante.
Los entrenadores comprendían que el duelo acabaría ahí. En una enzarzada y cruenta lucha entre las dos criaturas enredadas en el agua. Pero, por alguna razón, estaban desanimados. No era éso lo que esperaban. Leo había estado planeando la lucha contra su Profesora desde prácticamente abandonar Ciudad Endrino al iniciar su viaje. Había aprendido mucho, y sus estrategias habían variado siempre... pero nunca pensó que el combate acabaría de una forma tan poco honorable.
Ver a dos majestuosas criaturas pelear de esta manera era algo que entristecía al entrenador, pero no podía hacer nada. Debía permitir a su dragón luchar siguiendo su ritmo y corazón. Si ahora se inmiscuía, sería un gran golpe a su orgullo. Quizá estaba malherido, pero para nada acabado.
La esfera del cuello del Dragonair de Leo comenzó a brillar intermitente. Las dos esferas de la cola se unieron al fulgor, y pronto todo su cuerpo se convirtió en una masa brillante. La cola del pokémon se acortó, consiguiendo liberarlo del abrazo de su rival. Su cuerpo aumentó en tamaño, y unas pequeñas alas aparecieron en su ahora ancha espalda. Salió del agua haciendo uso de ellas, y bramó con fuerza, un bramido sólo ahogado por el grito de satisfacción de Leo.
-¡Genial, Dragonite! -exclamó llamando a su pokémon, que se giró hacia él y sonrió. Dio un par de volteretas en el aire, satisfecho. Era realmente rápido. Débora no salía de su asombro. Nunca había visto un Dragonair evolucionar tan rápido.
-La evolución del pokémon no supone ningún problema para la regla de un sólo pokémon, al tratarse del mismo. El combate puede continuar -anunció Lance. Pese a su fachada externa, que se mostraba neutral, en el interior estaba tan o más sorprendido que la líder de gimnasio. El muchacho tenía madera, pensó.
Ambos entrenadores asintieron. Leo trataba de calmar su alegría, quería saltar sobre Dragonite, abrazarlo y salir volando en su lomo. Pero no podía actuar así de irrespetuoso frente al Gran Maestro.
-¡Vamos allá, Dragonite! -exclamó Leo, dando su última orden- ¡Hiper Rayo!
El dragón asintió y abrió la boca. Débora ordenó a su pokémon contraatacar con un Dragoaliento. El fuego azulado se acercó a Dragonite, pero fue repelido por la fulgurante luz amarilla que vomitó el dragón volador. Aunque el ataque del pokémon en el agua consiguió repeler el Hiper Rayo durante unos segundos, pronto se vio envuelto por el poderoso fulgor dorado que cayó desde el cielo.
Lo único que se oyó fue el bramido de dolor, antes de que Débora recogiera a su pokémon. Una vez Dragonite detuvo el ataque y comenzó a bufar, recuperando el aliento, pudo observarse un enorme agujero cilíndrico en la piscina, que perduró unos segundos hasta que el agua volvió a cubrirlo.
Leo dejó caer los brazos y observó cómo Lance levantaba el banderín a su favor. Había ganado. Había derrotado a su profesora, la temible líder de gimnasio Débora. Con esa medalla, obtenía por fin acceso a la Liga Pokémon.
El entrenador veía ante sí el ansiado camino hacia la gloria. Adelantó la mano en busca de la cálida luz que brillaba al final del camino... cuando sintió cómo todos sus huesos crujían.
Volvió al Gimnasio Endrino, dónde Dragonite le abrazaba con fuerza. Miró hacia abajo, estaba a varios centímetros del suelo, sujeto por el inmenso dragón que le aplastaba contra su gran barriga naranja. Leo rió, y devolvió el abrazo como pudo a su pokémon. El resto de pokéballs del entrenador vibraron mostrando su alegría.
Lance y Débora observaban desde la distancia cómo el joven reía y disfrutaba con su pokémon de la victoria.
Leo lo había conseguido. Había superado la Ruta de las Medallas.
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