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Mayo 23, 2012, 12:46
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Tema: Bonjour a la Francia-Ham!  (Leído 2346 veces)
Leo

Mago Dragón



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« Respuesta #45 : Octubre 05, 2009, 13:32 »

André había estado esperando hasta que Bijou llegara esa mañana a la Villa Olímpica. Ayer, tras ganar el partido de fútbol, el hámster le comentó algo. Hoy era su día. Pero, cómo sólo se celebrarían dos pruebas, y ambas eran semifinales -con lo que los números de equipos participantes se reducían a cuatro- no empezarían hasta bastante avanzado el día, sobre las doce de la mañana la primera prueba y sobre las cuatro de la tarde la segunda. Y la pareja tenía un papel importante en ambas.

Por éso, los Fran-Hams se habían marchado esa mañana pronto, para dejar sola a la pareja. André se lo agradeció a sus compañeros, prometiendoles que si pasaban a la final en la primera prueba, les prepararía una comilona que jamás olvidarían.

El hámster esperaba sentado en la sala de estar oeste con una maceta con tierra apoyada en la mesa frente a él.


-¿Esa es la planta de la que me hablaste? -preguntó la hámster parisina, sentada a su lado, tras saludarle con un apasionado beso. Se había percatado de que los Fran-Hams no estaban en el Club, y sabía que era algo planeado por André.

Al sentarse, la Princesa Blanca había caído en la cuenta de que había una maceta encima de la mesa. Hacía ya unos días que su novio le había comentado que el Príncipe Arco le había regalado una planta mágica, pero habían decidido esperar a un día especial para empezar a regarla.

-Así es -dijo el hámster- Quizá te preguntes porqué he decidido sacarla hoy... Bueno, ayer te vi un poco abatida por haber perdido la final de tenis individual, y cómo hoy jugamos las semifinales dobles, pensé que ésto te animaría un poco -sonrió- ¿Te apetece regarla un poco?

-Eres un cielo -comentó la hámster risueña- Por supuesto, vamos a ello -asintió vehemente. André rió y se levantó en busca de una regadera. Había comprado una la tarde anterior en previsión de ésto.

El hámster asomó por la puerta tras un momento, y Bijou se levantó y recogió la planta. La dejarían en el exterior, para que la bañara el Sol.


-Ten -André tendió la regadera a Bijou. No era la primera vez que los hámsters regaban plantas, hacían lo mismo con las que tenían dentro del Club. Pero Bijou negó con la cabeza.

-Tenemos que sujetarla los dos. ¿No se supone que funciona con el amor? -sonrió. André asintió y entonces sí, la Princesa Blanca sujetó la regadera. Las patas de André quedaron por encima de las suyas, cubriéndolas.

Juntos, lentamente, inclinaron la regadera de color azul, que vertió una fina y suave lluvia sobre la tierra que llenaba la maceta.

-Pues ya está -comentó André tras unos segundos, mientras volvían a erguir la regadera. Bijou asintió y le besó en la mejilla.

-Me pregunto cuánto tardará en crecer -preguntó la hámster. Pero, para su sorpresa, su pregunta sería respondida antes de lo que esperaba. Un pequeño brote verde asomó del interior de la tierra, tímido pero decidido. Bijou observó a su novio incrédula: nunca había visto una planta crecer tan rápido.

-Es el poder de nuestro amor -le aseguró André, con una sonrisa. Bijou rió y se lanzó contra el hámster, abrazándolo y tirándolo al suelo, obligandole a soltar la regadera, que vertió su contenido por el jardín sobre el que los dos hámsters reposaban mientras se besaban apasionadamente.


La pareja dominaba sin grandes problemas el partido. Ya habían ganado el primer set, y en el segundo ya habían conquistado cuatro juegos a dos.

Alexandre y Brigham eran un equipo terrible. Mientras Alexandre, de constitución más grande, contaba con una fuerza impresionante con la que golpeaba la pequeña pelota con fuerza, Brigham, más pequeño y ágil, se movía con rapidez y era difícil que se le escapara la esfera limón.

El partido se estaba alargando mucho, cada punto costaba a la pareja un gran esfuerzo. Pero no se rendirían, y ganarían. Bijou, con un potente saque, ganó el quinto juego. Si ganaban el siguiente juego, conseguirían pasar a la final.

El juez de línea les permitió un breve descanso en los bancos a la derecha de la pista. André bebió un poco de su agua y dejó caer el resto sobre su cabeza, guardando un poco para hacer lo mismo sobre la cabeza de su novia. La hámster por su parte le sonrió suavemente... estaba bastante agotada.

-¿Segura que quieres continuar? -preguntó André preocupado. La hámster asintió.

-Ya te lo he dicho... ésto es una prueba de amor. No quiero que el pequeño brote se marchite -explicó. André suspiró y acarició la cabeza de su novia.

-Qué tonta eres... No te sobrepases, ¿vale? -Bijou asintió y le besó en la mejilla. Ambos hámsters se levantaron, era hora de continuar.

Volvieron a sus puestos, en ésta ocasión André se encontraba en el fondo, mientras Bijou protegería la cuerda. La hámster observó a su amado prometiéndole que no dejaría pasar ninguna. El hámster le respondió que no pasaba nada si también le dejaba demostrar que merecían la victoria.

Ella rió. Él también. Los comentaristas hicieron comentarios picarescos y el campo se sumió en el silencio para dar comienzo al posible último juego del partido.


-¿Entonces no os importa? -volvió a consultar el hámster naranja, mientras ayudaba a recoger los platos. Sus ojos aguantaban a duras penas, y los hombros estaban caídos. A su lado, la Princesa Blanca presentaba el mismo aspecto. Habían ganado sin problemas la prueba, pero a qué precio... Ambos hámsters estaban agotados, apenas podían mantenerse en pie. Aunque la comida preparada por André había sido revitalizadora, al hámster sólo le había cansado más.

-Claro que no. Avisaremos de vuestra ausencia a los organizadores y no tendréis que preocuparos de nada -les animó Pierre- Vosotros lo habéis hecho muy bien pasando a la final, ahora nos toca a nosotros. ¡Pasaremos a la final de Baloncesto y ésta noche cocinaré yo!

-Quita, quita -rebatió André, recordando la última cena de Pierre, algo... aguada, para su gusto- Ya me encargo yo. Os estaré esperando con un suculento banquete después de la prueba, ¿de acuerdo? -sonrió.

Los Fran-Hams asintieron y rieron. La pareja se miró al uno al otro alegres: tenían unos amigos excelentes.

-Entonces nosotros nos vamos a dormir -comentó Bijou, agarrando del brazo a André y tirando de él para sacarlo del salón- Bon nuit, Fran-Hams -se despidió con una sonrisa pícara que el hámster naranja no podía ver.

-Al final van a levantarse más cansados de lo que están... -comentó por lo bajo Sandrine a su marido, que suspiró y se encogió de hombros.

-De todos modos, ¿qué tiene de mala mi cocina? -preguntó, a lo que la única respuesta que obtuvo fue un abrazo de su esposa por la espalda.


La pareja recibió a sus compañeros con una amplia sonrisa y un delicioso olor proviniendo de la cocina. Parecían mucho más descansados, y ambos estaban expectantes por que sus camaradas les explicaran los pormenores del partido.

Pero las caras cansadas y poco halagüeñas de sus compañeros lo decían todo. Los hámsters desviaban la mirada de la pareja, incapaces de decirles la verdad.

-André, hemos... -comenzó a decir Pierre.

-Bueno ¿tendréis hambre después del partido, no? -le cortó el hámster. Pierre le miró a los ojos- ¡Hay que ver qué suerte, seguro que ha sido muy divertido! -continuó. El resto de hámsters se unieron a la estupefacta mirada de su compañero.  André estaba intentando quitarle hierro al asunto...

-Bueno, nosotros tampoco nos hemos aburrido -comentó Bijou con una sonrisa- Ya nos lo contaréis todo con el estomago lleno, ¿vale? -guiñó un ojo a sus amigos.

-Gracias, chicos... -aceptó Pierre en nombre de todos sus amigos. La pareja había sido muy amable al no recordarles su amarga derrota, e incluso disimularla con una celebración de victoria.

Pasaron la tarde riendo y comiendo, ahogando las penas en la deliciosa cena que su líder les había preparado. Aunque al final les anunciaron la derrota, André volvió a camuflarlo con que lo importante era que se habían divertido jugando. Y continuaron cenando, olvidando el mal sabor de boca con zumo de uva recién exprimido.



Los participantes esperaban en fila a unos metros tras la valla de seguridad que los separaba de la pista y el foso de arena. Sophie le echó un rápido vistazo antes de ponerse a hablar con Cachet y Arielle. Se trataba de una pista de unos 40hm y la tabla de batida, que indicaba el momento en que los atletas debían dar el último salto y caer dentro del foso, estaba a 11hm del mismo. Gracias a que sólo mujeres participaban en la prueba, sólo se tendría en cuenta la tabla de batida indicada para las hembras. Después, un gran foso de arena blanca se extendía otros 10hm, y un metro que marcaba la distancia se había apostado a la derecha del rectángulo que formaba. Un árbitro esperaba a la izquierda del mismo, para determinar el punto exacto dónde caían las atletas.

Sophie suspiró y se adelantó, era su turno. Tal cómo había estado practicando, tomó posiciones al inicio de la pista. Tendría tres oportunidades de alcanzar una buena marca. Estiró las patas y dio unos pequeños botes, como su hermano le indicara. Realizó unos pequeños movimientos de brazos y piernas y se preparó. El juez de línea a su lado le dio el visto bueno, y la hámster comenzó a correr. Tras coger algo de carrerilla, saltó apoyándose en la pata derecha. Inmediatamente al alcanzar suelo, hizo lo propio con la izquierda, y finalmente saltó apoyándose nuevamente en la pierna derecha, unos centímetros antes de llegar a la tabla de batida. En el aire, trató de alargar su cuerpo y abrir las piernas lo máximo posible para llegar lo más lejos que pudiera. Cayó sobre el foso, levantando una gran cantidad de arena que resbaló de su pelaje. Le dolía un poco el lomo por la caída, pero no había sido serio. Se levantó y desvió la mirada hacia el metro, tratando de discernir su distancia. Había cubierto algo más de la mitad del foso.

-16,35hm -anunció el juez situado a la izquierda del foso. Cuestionó con la mirada a su compañero encargado de vigilar la tabla de batida, que tenía la bandera blanca levantada- Salto válido -aceptó. Sophie saltó de alegría y sonrió a sus dos amigas, que la animaban desde las vallas. Con ése salto, la hámster se ponía en cabeza. Pero no debía confiarse: debía mejorar esa marca, para ganar la medalla y regalársela a su hermano.

Se posicionó para el segundo salto. Repitió la operación anterior, poniendo aún más empeño, tratando de forzar la distancia a la tabla de batida con tal de raspar algún centímetro. Pero parecía que esa vez había arriesgado demasiado, ya que el juez de línea había levantado la bandera roja, invalidando el salto. Al parecer había pisado la línea sin querer.

Al tercer salto fue más precavida, por lo que perdiendo la ventaja de acercarse a la línea, sólo pudo marcar 16,30hm. Pero la hámster estaba satisfecha, porque sus amigos, sentados en primera fila en aquél estadio, la animaban y parecían muy contentos con su actuación. Especialmente su hermano, que la miraba con una sonrisa de oreja a oreja, que también alegró a la hámster que volvió a su posición con una amplia sonrisa. Esperaría hasta el final de la prueba, segura de haber hecho un excelente trabajo.


-Majestad -le susurró la hámster mientras el Príncipe Arco le colgaba la medalla de plata- Mi hermano dice que os agradezca la planta que le entregasteis el otro día -sonrió al hámster al ver cumplida la misión que su hermano le había dado.

-Dile que no fue nada, y que espero que esté creciendo bien. Iré a veros pronto -respondió Arco, sin importarle que los otros dos atletas le escucharan. Arielle ya había recibido la medalla de oro y la observaba encandilada, mientras que Cynthia, del equipo Le Pavot, esperaba su turno inmersa en sus propios pensamientos. Lo había hecho bien, pero no había conseguido superar a Sophie. La hámster asintió a la petición del futuro rey y éste continuó entregando la última medalla.


El Sol brillaba con fuerza cuándo iba a dar comienzo la segunda prueba del día. A unos metros del foso dónde Sophie había conseguido la medalla de plata en la prueba de Salto Triple, su hermano, Pierre y los gemelos Alex y François calentaban, esperando el comienzo de la prueba de obstáculos relevo. El primero en correr sería Alex, que correría doscientos metros y pasaría el cilindro plateado al siguiente corredor, su hermano. Después iría Pierre y finalmente André. Todos debían saltar en el trayecto cuatro vallas, apostadas a una altura de 50hcm. Los corredores fueron llamados a tomar posiciones: el equipo Amitié correría en la pista número cinco. Alex se despidió de sus compañeros con una sonrisa y se posicionó en su marca, mientras el resto hacía lo propio. El hámster grisáceo daría todo para conseguir esta medalla de oro.

El árbitro dio el pistoletazo de salida, y los hámsters comenzaron la carrera. La primera valla se encontraba a unos 50hm de la salida, por lo que era fácil verla venir. Pero la segunda llegaba poco después del primer salto, y Alex no la esperaba. Consiguió saltar, pero no pudo evitar golpearla con el pie izquierdo, haciéndola caer. Éso le hizo bajar algo el ritmo, pero consiguió saltar las dos vallas que le separaban de su hermano sin grandes problemas. François alargó la pata izquierda hacia atrás para recoger el testigo de su hermano y echar a correr. Alex esprintó para entregar el relevo y François echó a correr. Deseaba tanto como su hermano ganar la carrera, para demostrar que el equipo Amitié seguía dando fuerte. Pasó sus cuatro vallas sin problemas, y pasó el cilindro a Pierre. En esos momentos, sólo el corredor del equipo Le Bastille iba delante de ellos. Pierre comenzó a correr, esforzándose al máximo, pero no pudo evitar tirar la primera valla. La tercera también cayó, y comprobó cómo Charles, de los Franletas, le adelantaba, concentrado en la carrera. Saltó la cuarta valla y confió el testigo a su líder y mejor amigo, André, al que dirigió una mirada de disculpa. André sonrió: sólo tenía que esforzarse un poco para superar a Lionel y Dean, no era nada. Comenzó a correr, y no tardó mucho en seguir la estela de Dean. Lionel se encontraba ya saltando la tercera valla, tras superar a Dean en la segunda. André saltaba las vallas con la misma gracia con la que saltaba entre copas de árboles, y realmente recortaba la distancia con Dean. Los últimos 50hm tras saltar la última valla, aunque ambos sabían que el vencedor era Lionel, se esforzaron al máximo por obtener la medalla de plata.

Dean cruzó la línea de meta, y a un segundo lo hacía André, que frenó y giró la cabeza en busca de sus compañeros, a los que saludó batiendo las patas con el relevo en las manos, riendo y gritando sus nombres. No estaba triste por haber quedado en tercer lugar, todo lo contrario: estaba muy satisfecho con los esfuerzos de sus amigos, que habían dado lo mejor de ellos. Después se acercó a Lionel y Dean, con los que tuvo un apretón de manos y charló animadamente, mientras los grupos se reunían nuevamente. Al parecer ellos también estaban muy contentos por la forma en que sus compañeros habían corrido.

Los tres equipos se juntaron y se felicitaron mutuamente. André se reunió con sus compañeros y rió con ellos, felicitándoles por la carrera, mientras se dirigían a recoger las medallas que se habían merecido. No importaba el color, sólo que eran suyas.


El líder de los Fran-Hams se arrodilló frente al borde de la piscina y metió sus patas delanteras en el agua, empujándolas luego con fuerza contra su pecho para que el agua le golpeara. Calentó los brazos batiéndolos en espiral e hizo lo mismo con las piernas. Estaba preparado. Observó a Lionel a su derecha y le deseó suerte con una sonrisa. Aunque eran rivales, había aprendido a apreciarlo como un amigo. Lionel le devolvió la sonrisa y ambos se concentraron en la prueba. André volvería a correr en la pista número tres, y el líder de los Franletas lo haría en la cuarta. En ésta ocasión, pensó André, podía usar el estilo de natación que él deseara: brazada, mariposa... Éso le convenía, ya que era mucho más rápido nadando a su aire que siguiendo las pautas de la competición, cómo en la anterior prueba. Además, en esta ocasión, debería dar cuatro vueltas a la piscina, completando así un recorrido de 400hm. Era una dura prueba, pero ganaría.

Se posicionó juntando las patas traseras y flexionando las rodillas, preparado para saltar al agua. Escuchó el pitido de la bocina y se lanzó al agua, junto a los otros siete corredores.

Comenzó a batir las patas con fuerza, el agua se abría a su paso y no le costaba nada avanzar. Observó cómo en la pista número dos Lubin, del equipo Le Violet, se zambullía en rápidos buzoneos, con los que se impulsaba al salir. Se acercaba al límite de la piscina, así que André buceó y, bajo el agua, realizó un giro de ciento ochenta grados, cambiando su posición. Se impulsó con las patas traseras flexionándolas sobre la pared y salió disparado, para emerger y seguir nadando. Se encontraba en cabeza, seguido muy de cerca por Lubin.


André realizó el último giro, ya sólo quedaba la recta final de 100hm. Cada vez que movía los brazos, sentía leves pinchazos debido al cansancio. Sus piernas también respondían más lentas y parecían más pesadas, pero tenía una amplia ventaja con sus rivales y éso era lo importante. ¡Esa medalla era suya!, pensó mientras esprintaba los últimos metros, hasta tocar con la pata la pared. La bocina sonó en ése instante, anunciando que la prueba había obtenido un ganador. André suspiró y se zambulló para recomponerse. Sus rivales llegaron poco después: Cynthia, del equipo Le Pavot y Lionel fueron los que consiguieron llegar después, a escasos segundos del hámster naranja.

-Por fin me vas a entregar mi propia medalla de oro, ¿eh? -rió por lo bajo André, mirando a las gradas dónde se encontraba Arco y sus compañeros, que celebraban la victoria. El monarca sin embargo sólo sonreía y tenía su mirada fija en la piscina.
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« Respuesta #46 : Enero 22, 2010, 12:00 »

-¿Que tú qué? -André se dejó caer sobre el sofá. La cabeza comenzó a darle vueltas, y se llevó la pata derecha a la misma tratando de mitigar el dolor. Bijou se mantenía de pie frente a él, con cara de preocupación.

-Estoy embarazada, André -aseguró, su tono de voz suave, pero compungido.

-Pero... ¿cómo? ¿Cuándo...? Si somos muy jóvenes y... -tenía que haber algún error. No podía ser cierto. La boca se le resecó, comenzó a sudar y cada vez la cabeza le dolía más- ¿Estás segura de...? -no pudo continuar. Bijou se había lanzado sobre él, tumbándolo sobre el sofá y besándolo apasionadamente. El hámster disfrutó del beso, era lo único que podía calmarlo en ese momento.

Cuando sus labios se separaron, la hámster encima suya le miró unos segundos hipnotizada y echó a reír. Una risa dulce, alegre... una risa que enamoraba a André.

-¡Tonto! ¡Eres muy tonto, André! -aseguró la hámster, pasando sus patas por la espalda de su amado y abrazándolo con fuerza mientras reposaba la cabeza sobre su pecho- Era una broma, no estoy embarazada -anunció- Aunque no me importaría -añadió coqueta.

-¿Que no...? -André respiró aliviado- Bijou, con eso no se juega. ¡Me habías asustado! -le recriminó, dándole un juguetón capón.

-Jo, yo pensaba que te haría ilusión -rebatió simulando estar molesta- ¿Tan pocas ganas tienes de ser el padre de mis hijos?

-¡N... No es eso! -aseguró ruborizándose- Pero somos muy jóvenes y... -Bijou le silenció con un beso.

-Bueno, te perdono por esta vez. Ahora vamos al estadio, Sophie tiene que estar apunto de participar -comentó la blanca hámster, retirando su abrazo.


La hámster marrón sonreía mientras agachaba la cabeza para recibir su medalla. En esos momentos, se encontraba en el escalafón más alto de la tarima, seguida de aquella arisca hámster del equipo Franletas que no quiso hablar con ella en la comida y un pequeño hámster del equipo Pavot llamado Evans. Arco le sonrió, y la hámster devolvió la sonrisa y agradeció la medalla de oro. Mientras el joven príncipe entregaba los otros dos metales, la cogió y miró ensimismada, con una amplia sonrisa en el rostro. Mantenía la compostura, tal como su hermano le había enseñado y pedido. Según le había dicho, era una ceremonia muy importante y debía comportarse según el protocolo.

Esperaba ansiosa el momento de poder bajar de la tarima y correr a abrazar a su hermano, que celebraba junto al resto de los Fran-Hams su victoria en la prueba de Salto de Longitud. Estaba segura de que el hámster le obsequiaría con una deliciosa comida por su buen trabajo.


-Bienvenidos forofos del deporte al velódromo de París, dónde se disputará la prueba de Ciclismo en Pista en modalidad de Kilómetro Contrarreloj -anunció Gilbert desde la cabina ubicada a pie de pista.

El velódromo era una construcción ovalada y cubierta, en cuyo centro se encontraba una pista cónica de madera que daba vuelta al estadio. Alrededor de la pista, se encontraban las gradas, y sobre ellas, en el techo, algunos focos para iluminar la estancia y una enorme pantalla electrónica que mostraba los tiempos de los corredores.

Éstos esperaban en un pequeño túnel en medio de las gradas, junto a sus bicicletas. Lucette era la elegida por el equipo Amitié para la prueba. Charraba animadamente con Avice mientras esperaban su turno. La hámster color caramelo recordaba levemente ruborizada las palabras de ánimo que André le había dedicado.

-Hubiera preferido que te apuntases a más pruebas individuales, pero estoy seguro de que lo harás genial aquí -le dijo el hámster, con una sonrisa- ¡Quién sabe, quizá en un año o dos estés corriendo el tour! -añadió jovial. En esos momentos, Lucette se sintió realmente feliz.

-Lucette te toca -la sacó de su ensimismamiento Avice, que la miraba divertida. Lucette asintió y comenzó a caminar junto a su bicicleta- ¡Buena suerte! -le dedicó la hámster del equipo Franletas.

La hámster suspiró y salió a la pista. Cientos de vítores la aclamaban, pese a ser una de las miembros del equipo Amitié más desapercibidas, muchos hámsters habían caído presos de su encanto natural y silbaban halagos. La hámster se ruborizó, al no estar acostumbrada a ser el centro de atención. Caminó con su bicicleta dentro de la pista y se colocó en posición.

Repasó mentalmente las reglas: debía comenzar a correr en cuánto sonara la señal. El objetivo era dar cuatro vueltas, equivalentes a un hamkilómetro. Debía hacerlo lo más rápido posible, pues la prueba era a contrarreloj. Había estado practicando ya que el velódromo era de acceso libre para los competidores. La hámster había tenido que aprender a marchar forzadas a montar en bicicleta, pero fue un proceso rápido. Le gustaba montar en bicicleta, disfrutaba de la brisa en el rostro que mecía sus bigotes y además era un buen modo de mantener la figura, bromeaba con las chicas.

Montó sobre la bicicleta y posó la pata derecha sobre el pedal, mientras con la izquierda se apoyaba sobre el suelo, esperando el momento de comenzar la carrera.

Los Fran-Hams la observaban desde las gradas, animándola. Lucette les dirigió una sonrisa confidente y se concentró en la prueba.

El sonido de la bocina dio comienzo a la prueba. Lucette se impulsó con la pata izquierda y comenzó a pedalear. Las bicicletas de la modalidad de ciclismo en pista eran especiales, no contaban con frenos, y con sus pedaleos cada vez aumentaba más y más la velocidad.

La hámster pedaleaba con fuerza, estaba haciendo un buen tiempo. Los hámsters hacían la ola conforme pasaba, y le animaban con vítores de animo. Ella pasaba algo de vergüenza, pero se divertía. Estaba contenta, disfrutando de la carrera. Se alegraba de que André les hubiera animado a participar. Al principio ella no le veía mucho futuro, pero conforme pasaban los días, y empezaban a entrenar, poco a poco iba disfrutando del deporte. Estaba siendo una aventura muy divertida, y además pasaba mucho tiempo cerca de André.

Continuaba su carrera, ya había hecho la mitad de las vueltas, y estaba teniendo un buen tiempo, a juzgar por los gritos de ánimo de los Fran-Hams.

Tenía que ganar. Ganaría para sus amigos, y entonces se habría merecido la deliciosa comida que André había hecho. Aceleró, no debía perder el tiempo. Ésta era su oportunidad para demostrar al hámster lo que valía. Apretó las patas contra el manillar y se concentró en la carrera, tratando de hacer el mejor tiempo posible.


-Es un placer y un orgullo entregar la medalla de oro a una joven tan apuesta -comentó Arco a Lucette cuándo ésta bajó la cabeza para que el hámster le colgara su medalla.

-Sois muy halagador, Majestad -aceptó Lucette con una sonrisa- Pero ésta victoria no es sólo mía, sino de todo el equipo Amitié -aseguró. Esperaba alguna respuesta por parte del futuro monarca, pero éste sólo se quedó mirándola fijamente durante unos segundos. La hámster se sonrojó levemente avergonzada y carraspeó para sacar al príncipe de su ensimismamiento.

-Oh, perdona... tenía la cabeza en otro lado -explicó hablando de forma casual. Efectivamente, estaba pensando en el equipo Amitié... ¿entregaría alguna medalla más a André? El torneo se estaba acabando... y entonces tendría que despedirse de su amigo y volver al aburrido Palacio. Suspiró y continuó entregando medallas a los equipos Le Bastille y Franletas. Ahora le tocaba a él y estaba seguro de que ganaría.


-Has estado muy callado todo el día, André -comentó la blanca hámster mientras practicaba algunos swings con su raqueta en el vestuario- ¿Todavía le das vueltas a lo de esta mañana? -bromeó, acercándose a su amado, que se ajustaba las muñequeras sentado en un banco.

-No es eso, mon cherie, es que... ¡bueno, eso también! Vaya bromitas gastas -comentó, haciendo reír a la hámster- Verás, hoy es un día muy especial. Nos vamos a enfrentar a Avice y Lionel. Ya los has visto jugar en dobles, son muy buenos -aseguró- Hoy los Fran-Hams han conseguido dos victorias, y si nosotros ganamos también, habrá sido un pleno. Además, hemos estado entrenando muy duro para caer ahora -suspiró preocupado. Un instante después sintió cómo Bijou le abrazaba por la espalda.

-Esto es una prueba de amor, querido -aseguró la blanca hámster con su voz suave y angelical- Ganaremos seguro, puesto que nuestro amor es inigualable. No te pongas nervioso, todo irá bien -anunció sonriendo. André asintió y se levantó.

-Pues vamos a ello -exclamó decidido.


André devolvió con fuerza la pelota, directa a Lionel. Los dos hámsters se encontraban luchando por la pelota en primera linea junto a la red. Tras ellos, sus novias esperaban atentas por si sus amados dejaban pasar la pequeña bola. Pero éso no sucedía. Los dos hámsters llevaban peleando por ganar el punto más de cinco minutos. Los ojos de ambos se cruzaban cada vez que golpeaban la pelota, y en ellos podían ver una apasionada rivalidad. Ninguno de los dos quería preocupar a sus novias, que descansaban tras ellos. Ambas estaban cansadas del duro partido. Ellos también, pero aguantarían por ellas.

De repente, André escuchó la voz de Bijou tras él, y supo qué hacer. Dejó que la pelota pasara tras hacer un amago de golpearla, que pilló de improvisto a la pareja del equipo Franletas. La princesa blanca golpeó con fuerza la esfera, que pasó la red y rebotó lejos del alcance de Lionel y Avice, que vieron cómo la pelota se perdía en el fondo de la pista y sus rivales ganaban el juego.

André se giró y en un arrebato besó a Bijou mientras el estadio estallaba en un fuerte aplauso tras el gran juego de ambos equipos. El juez de línea decidió otorgar un breve descanso a los competidores. Las parejas tomaron asiento y abrieron botellas de agua con las que se refrescaron. André y Lionel se miraron el uno al otro, separados por unos metros. Ambos se levantaron ante la sorpresa de sus novias y se dirigieron hacia la red, sin desviar la mirada del otro.

-No lo haces nada mal, Naranjito -comentó Lionel.

-Tú tampoco, Lioncito -rebatió André con una sonrisa pícara. Él también tenía un mote para Lionel. Bueno, en realidad se le había ocurrido a Bijou.

-Bueno, espero que comprendas que no puedo perder. Avice me mataría -rió el hámster.

-Supongo que lo mismo va para mi -suspiró André- Aún así, tendréis que esforzaros -sonrió satisfecho- Bijou y yo os llevamos un poquito de ventaja -añadió. Efectivamente, con este nuevo juego que acaban de ganar, estaban a un solo juego de proclamarse ganadores del set y del partido.

-Bueno, ante todo me lo voy a pasar bien -sonrió Lionel, alzando la pata derecha. André asintió y la chocó con la suya. Poco a poco iban haciéndose amigos- Buena suerte -le deseó. El hámster naranja devolvió el deseo y ambos se dirigieron nuevamente con sus chicas, a las que simplemente sonrieron como toda explicación.

Al cabo de un minuto, el juez de línea les llamó a la pista nuevamente. Debían reanudar el partido.


-Pago yo, tranquilo -anunció Lionel, recogiendo el pequeño plato dónde el camarero había traído la cuenta, antes de que lo hiciera André- Tomatelo como un regalo por ganar, lo habéis hecho muy bien -le guiñó un ojo. El hámster naranja y sonrió agradeciendo el detalle. Giró la cabeza hacia su izquierda, dónde Bijou estaba sentada y charraba animadamente con Avice. Las dos habían hecho muy buenas migas y llevaban toda la noche hablando de muchos diversos asuntos. La hámster blanca se percató de que su novio la observaba cuando Avice se lo indicó con un significante movimiento de cabeza. La hámster se giró hacia su novio y le sonrió, a lo que el hámster respondió tomando su pata derecha bajo la mesa.

-Bueno, será mejor que nos vayamos ya, es tarde -comentó André, levantándose de la mesa. Se colocó tras Bijou y la ayudó a retirar la silla. La hámster lo agradeció levantándose y besándolo. Avice lanzó una mirada molesta a su novio, que no había tenido el detalle. Lionel desvió la mirada y recogió la factura, prefería pagar en la barra. Se dirigió hacia allá, intentando alejarse de su novia... sin éxito.

La pareja estrella del equipo Amitié, que había mostrado sin reparos su amor durante el partido de tenis que acabaron por ganar, miró por la ventana del restaurante antes de reunirse con sus nuevos amigos. Se encontraban en un restaurante ubicado en la mismísima Torre Eifel, en uno de los pisos intermedios. Ellos solían ir muchas veces, e incluso eran conocidos de Chef Ham, el chef del restaurante. Habían decidido invitar a Lionel y Avice después del partido, para celebrar el divertido encuentro. Las vistas de París desde allí eran increíbles. Podía verse la bella ciudad del amor iluminada, con el Arco del Triunfo saludando desde la lejanía con su bella iluminación. André cubrió a Bijou con un abrazo y le murmuró algunas palabras al oído que hicieron que la hámster riera coqueta.


-Estaba pensando... -comentó Lionel, cuando las parejas se frenaron en medio de la plaza de la Villa Olímpica, dispuestos a dirigirse a sus respectivas viviendas- ¿Qué plan tenéis para mañana? Es día de descanso, si queréis podemos... -comenzó a explicar.

-Verás, mañana teníamos pensado ir a la piscina a entrenar un poco con Sebastién, a ver si conseguimos que se le quite ese miedo a las alturas. No es por la medalla, es que no me gusta verle triste, y creo que le vendrá bien superar sus miedos -añadió rápidamente.

-Oh, vaya... nosotros seguramente daremos una vuelta por París. Desde la Torre Eifel hemos visto algunos sitios interesantes -comentó Avice con una sonrisa.

-Bueno, espero que lo paséis bien -terminó de despedirse André. Había sido un día agotador, y sólo quería llegar a la villa y dormir... bueno, si Bijou le dejaba, suspiró escuchando cómo su novia se despedía de la otra pareja mientras apretaba con fuerza su brazo derecho con ambas patas.


Los Fran-Hams esperaban en la entrada a la piscina cubierta donde habían quedado. André se mostraba nervioso y caminaba de un lado a otro con las patas delanteras cruzadas y las cejas enarcadas. Faltaba Sebastién. Habían decidido ayudar al pequeño hámster a superar su miedo a las alturas en el último día de descanso, pero éste no se presentaba y era cerca del mediodía. ¿Se habría rendido antes siquiera de intentarlo?

De repente el pequeño hámster apareció corriendo desde la lejanía. Llevaba la gorra de nado cubriendo su cabeza, André sonrió satisfecho al observar que el pequeño venía preparado. Estaba claro, él no era de los que se escondían bajo su cama.

-Perdonad, tuve problemas en casa -comentó bajando la cabeza levemente avergonzado. Sus amigos le habían esperado y él llegaba tarde.

-Bueno, pues vamos dentro -propuso Pierre quitando hierro al asunto, a lo que todos asintieron y entraron en las instalaciones. La piscina de nubes, así como la normal, estaban llenas. No tendrían problemas a la hora de practicar. Aún así, André se acercó a hablar con el técnico cercano a la extraña máquina que creaba nubes. Se sorprendió de pensar que el mismo hámster estaba siempre allí, fuera a la hora que fuera, pero comprobó que no era así, sino que se trataba de otro hámster, pero muy similar al anterior. ¿Podían tratarse de hermanos o gemelos? Preguntaría a Arco al respecto...

Mientras tanto, los Fran-Hams se acercaron a la piscina junto a Sebas. El pequeño hámster miró la extraña superficie algo asustado y nervioso. Él no temía ese agua, estaba blandita, no estaba muy fría y además sabía bien. Pero fue alzar la vista hacia arriba, a la plataforma que se alzaba varios hammetros hacia arriba terminando en un pequeño tablón que servía de trampolín para la prueba. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero la pata amiga de un hámster se posó en su hombro, liberándolo de la oscuridad que le comenzaba a rodar. El pequeño se giró para observar la cara amiga de Pierre, que le sonreía. Iba a responder, cuando otras dos patas le empujaron por la espalda y le lanzaron a las nubes.

Las dos hermanas rieron mientras Sandrine les soltaba una suave reprimenda y Sebas se mantenía a flote en el agua, incrédulo. De repente, las dos jóvenes hámsters, que se encontraban en el borde de la piscina riéndose de Sebas, se cayeron también a la superficie esponjosa.

-Tened más cuidado chicas -comentó André apostado tras dónde hasta hace un segundo se encontraban sus hermanas- No os acerquéis mucho al borde, o podéis caeros -añadió disimulando una sonrisa picara.

-¡Jo, André! -protestó Sophie dentro de las nubes, chapoteando.

-¡Ahora verás! -amenazó Marie, tratando de salpicar a los hámsters fuera de la piscina con las nubes, que se derretían a medio camino.

Todos rieron. Aprovechando la algarabía, Bijou empujó a André también a la piscina, pero el hámster agarró la pata de su novia y la arrastró con él. Todos volvieron a estallar en risas, incluido Sebas, que observaba a los hermanos lanzarse nubes entre ellos. Disfrutaba nadando entre nubes con sus amigos, quizá no era algo tan malo después de todo.


-Según el funcionario, Su Majestad el Príncipe Arco ordenó que hoy las piscinas estuvieran llenas para que los equipos pudieran practicar -explicó André una vez salieron del agua, mientras se secaban el pelaje con toallas sentados en un banco- La verdad es que ha sido un detalle -comentó, omitiendo el detalle de que era algo que había hablado con el propio príncipe. Por supuesto, no le había pedido que mantuviera funcionales ambas piscinas, pero al parecer era algo que el joven hámster había decidido por sí mismo- Así que tendremos bastante tiempo para practicar, Sebas -una de las cosas que más temían era que no diera tiempo a que el pequeño hámster superara su miedo al pensar que las piscinas cerrarían a una determinada hora-.

-Comprendo, así que por eso está llena la piscina de agua también -comentó una voz que André conocía bien. Sonrió y se giró para saludar con una pata al alto hámster, que se encontraba solo- Bonjour Amitié -saludó al equipo.

-¿Qué te trae por aquí, Dean? -preguntó André. Sabía que el hámster podía nadar, pero no pensaba que hubiera venido a entrenarse. El hámster le miró con ojos agotados, incluso tristes.

-Venía a felicitaros. Vais primeros en la clasificación, ayer hicisteis un trabajo excelente, os merecíais todas las medallas -anunció. Su voz era sincera, y un tono de satisfacción y admiración ribeteaba- Habéis demostrado tener un potencial increíble, y sois actualmente los favoritos para ganar las pruebas. Mis chicos y yo estamos sorprendidos con vuestro avance, y bastante contentos también. Porque, además, está claro que os divertís como buenos amigos, y eso es lo más importante a la hora de hacer deporte -anunció con una sonrisa. Los Fran-Hams asintieron.

-Gracias, Dean, es una alegría escuchar esas palabras viniendo de ti -aceptó André en nombre de su equipo. Había aprendido a respetar al hámster dada su siempre seria fachada.

-Nosotros vamos a esforzarnos y darlo todo, todavía podemos arrebataros el primer puesto -anunció- ¡Pero hoy voy a tomarme un descanso! -suspiró. André nunca había visto a Dean comportándose tan libertino. El alto hámster posó un segundo la pata sobre su hombro y se despidió cordialmente de Pierre y Sandrine, con los que había hecho muy buenas migas. Tras éso, se dirigió a paso firme hacia la piscina de agua, dónde comenzó a realizar los preparativos para darse un baño. Parecía que más que a entrenarse, había venido a pasarlo bien. Aún así, al líder de los Fran-Hams no le cabía duda de que el hámster estaría vigilandoles. Seguramente quería comprobar con sus propios ojos cuán fuerte era su determinación. No le decepcionaría.



El hámster escaló sin problemas las escaleras de la plataforma, alcanzando la cima dónde se encontraba el trampolin. Realizó un rápido calentamiento moviendo las extremidades y se acercó a la fina tabla de madera. Se colocó en la punta y estiró los brazos. Miró hacia abajo, hacia la piscina de nubes. Todos sus amigos le observaban expectantes. Dio un par de suaves botes, haciendo que la tabla se doblara suavemente, y finalmente dio un gran bote, alzándose en el aire y hacia delante, cayendo al vacío, hacia la piscina.

El joven hámster se introdujo en la mágica superficie con las patas delanteras estiradas y la cabeza delante, en forma de misil. Un gran chapoteo de nubes sucedió a la inmersión, y el animal salió pocos segundos después.

-¿Ves? No es tan difícil -comentó el hámster dentro de la piscina al pequeño hámster que le observaba desde fuera junto al resto de sus amigos- Sólo tienes que concentrarte en lo que haces y no mirar abajo -sonrió el líder de los Fran-Hams, nadando hacia la escalera para salir de la piscina.

-Ya, pero... -comenzó a rebatir Sebastién, pero se detuvo cuando André le agarró de la pata y tiró de él. Su pata estaba húmeda, y el pelaje del hámster goteaba. Las extrañas nubes compartían algunas características con el agua, por lo que los animales también se mojaban con su contacto. El líder de los Fran-Hams arrastró a su amigo hasta la base de la plataforma.

-Vamos, empieza a subir -le apresuró- No hay nada mejor que aprender a marchas forzadas -comentó con una sonrisa. Sebas le miró con un rostro cargado de temor- Venga hombre, yo iré detrás de ti. Si te caes, te cogeré -prometió. Sebas suspiró, no era precisamente lo que quería oír.

-¡Ánimo Sebas! -le alentó Sophie- ¡Nosotros te esperamos en el agua! -dijo, lanzándose en bomba al mar de nubes.

-Qué remedio... -murmuró el hámster, comenzando la escalada. André le siguió poco después. Esta era la parte fácil, pensó Sebas. Simplemente no tenía que mirar atrás, sólo al frente. Llegó a la cima y esperó a que André la alcanzara también. Al contrario que él, que se movía lento y atemorizado, André iba rápido y grácil por la escalera, como si fuera natural en él escalar. Realmente, pensó Sebas algo avergonzado, los hámsters escalaban árboles... él mismo adoraba escalar el Arco del Triunfo con sus amigos de vez en cuando. Pero esa plataforma era distinta. Allí tenía que mantener el equilibrio sobre una fina y estrecha tabla, y cualquier fallo podía hacerle caer fuera de la piscina... Trató de desechar esos pensamientos y prestó atención a André.

-Bueno Sebas, ya estamos aquí arriba. Lo primero que quiero que hagas, es que respires hondo y espires. Te ayudará a calmarte -sonrió mientras el hámster hacia lo que pedía, algo atropellado por la tensión- Ahora estiremos un poco -comentó, comenzando a mover las patas delanteras y después las traseras, en sucesión. Sebastién le imitó- Y ahora, vamos a acercarnos al trampolín, con cuidado.

El pequeño hámster tragó saliva y se acercó siguiendo las indicaciones de su amigo. André le seguía de cerca, por si tenía que intervenir. El pequeño hámster no pudo evitar mirar abajo, y la cabeza comenzó a pincharle. Volvía a sentir nausas y a marearse... no iba a funcionar. De repente, notó la pata de André sobre su hombro, y sus ojos se centraron en la piscina. Todos sus amigos jugaban entre las nubes y miraban hacia arriba, invitándolo a unirse a su diversión. Y, para ello, tendría que lanzarse. Todos contaban con él, y él quería ir con sus amigos.

El pequeño hámster enarcó las cejas, inspiró y se acercó a la pequeña plataforma, decidido. André, a su espalda, le observó con una sonrisa complacida. Aquél pequeño bribonzuelo, asustadizo por naturaleza, estaba a un paso de superar sus miedos, con tal de poder reunirse con sus amigos. El Príncipe Arco le había dicho que estaba seguro de que Sebas lo conseguiría gracias al poder de la amistad... André pensó que, pese a su juventud, el futuro monarca era más sabio de lo que aparentaba.


Sebastién cerró los ojos para concentrarse un instante. Dejó de oír los vítores de sus compañeros, todo se volvió oscuridad. Sólo sentía el trampolín ondulando bajo su peso. Dio un pequeño brinco, luego otro más. Abrió los ojos y comprobó cómo todo su mundo se movía arriba y abajo. Pero no se amedrentaría, esta vez no, por sus amigos. Se impulsó con un gran brinco hacia adelante, lanzándose al vacío. Comenzó un descenso en picado hacia las nubes que conformaban el techo de su mundo en esos breves momentos. Realizó media pirueta lateral en el aire y finalmente cayó recto dentro de las nubes, que amortiguaron el golpe y le permitieron flotar al cabo de un segundo.

El estadio estalló en aplausos. Todos recordaban el estrepitoso fracaso del hámster en la anterior prueba, pero ésta vez lo había conseguido. Incluso sus rivales del resto de equipos aplaudían al comprobar que Sebastién había superado sus miedos y había conseguido ejecutar un bello salto.

Sebas sonrió. Lo había conseguido.


-¡Por Marie y Sebas! -exclamó el líder del equipo Amitié, alzando su vaso de zumo sobre la mesa llena de manjares. El resto de sus amigos alzaron sus vasos también y todos brindaron.

-Tampoco es para tanto, hermanito... Gané a Arielle de casualidad, y Cachet lo puso difícil también. ¡La amiga de Dean parecía una pluma! -comentó Marie rememorando su participación en la prueba de Saltó con Pértiga, a primera hora de la mañana. Había tenido que madrugar mucho y estaba que se caía de sueño, pero decidió que pasaría la noche en vela celebrando una fiesta con sus amigos. O al menos, hasta que André la obligara a irse a la cama.

-Y yo sólo quedé tercero... Annette y Alexandre son muy buenos -suspiró Sebas- Pero bueno, estoy contento de haber podido superar mis miedos -sonrió.

-Aunque los equipos Franletas y Le Bastille se llevaran las medallas de oro y plata, Sebas, tú has sido el verdadero ganador de la prueba -le aseguró Pierre dando un sorbo a su copa de vino.

-¡Gracias a vosotros! -aseguró el hámster feliz.

-Las pruebas están llegando a su fin... -murmuró André, pensando en voz alta, mientras contemplaba hipnotizado el interior de su vaso de zumo, medio lleno, medio vacío.
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« Respuesta #47 : Enero 25, 2010, 13:05 »

apresuró en intentar arreglarlo. Pero Arco rió, y André comprendió que no estaba molesto.

-No te preocupes, no pasa nada -quitó hierro al asunto. Comprendía los motivos de André aunque fuera un poco- Los franceses sois así... -rió nuevamente, de mejor humor- ¿Sabes? De todos los países dónde he estado... Francia es sin duda el que más me gusta. No sólo porque he hecho mi primer amigo, sino porque... ¡bueno, vuestro acento es gracioso! -rió otra vez.

-¿Nuestro acento? -repitió André algo extrañado. Era cierto, los franceses tenían un acento un tanto peculiar. Se unió a la risa con su amigo y comenzaron a hablar de otros diversos asuntos. La noche avanzaba mientras los dos amigos charlaban animadamente.

De repente, André saltó de su asiento en la base de la fuente.

-¡Ya es muy tarde! -exclamó- Y seguro que los Fran-Hams siguen de fiesta -comentó algo molesto- Arco, ¡mañana me entregarás otra medalla de oro! -anunció, despidiéndose atropelladamente del futuro rey. Realizó una reverencia y salió corriendo hacia su vivienda mientras Arco le despedía ondeando su paraguas.

-Eso espero, André... -alzó nuevamente la vista al cielo nocturno- Sabes... -murmuró al viento- Realmente estoy muy contento de haber venido a París. Ya que he podido hacer un amigo para siempre, y ahora sé que nuestros destinos están entrelazados... -comentó misterioso a aquél hámster que no podía oírle, ya que corría en dirección a encontrarse con su equipo. Arco pensó que también era hora de olvidar, antes de que las doncellas se percataran de su marcha. Abrió la concha a su espalda y aleteó en dirección a su cuarto.


La carrera había terminado. Los tres hámsters se recuperaban, jadeando y sudando.

-Me has decepcionado... esperaba más de ti -le recriminó también Lionel. André no se atrevió a mirar a ninguno de los dos a la cara. Simplemente, desvió la mirada a su pista... de las diez vallas que había en el camino, él había tirado cuatro. No era el que más había tirado, pero Lionel había saltado las diez y Dean sólo había tirado cinco.

El hámster sabía que había fallado. Aunque había quedado en segunda posición, no había dado lo mejor de si, y sus amigos estaban molestos por ello. Él los entendía, también estaba disgustado consigo mismo.


-Es un honor para mi entregarte la medalla de cobre, André Bresson -anunció Arco, pasando el cordel de la medalla por su cuello. Aunque André lo aceptó con una reverencia, en su mirada se mostraba la tristeza por no haber podido cumplir la promesa que le hizo ayer. Lionel, en el escalafón más alto, a su derecha, esperaba su turno para recibir la medalla, mientras que Dean, un poco más alejado, había aceptado ya su medalla de cobre. El hámster todavía no se había atrevido a dirigirles la palabra.


-Espero que lo hagas mejor -comento Lionel pisando con fuerza la bellota que serviría de balón. André asintió, algo recuperado, y le dio la pata.

-Voy a marcar más que tú -aseguró.

Y así comenzó la final de fútbol bellota, la segunda prueba del día. Pese a la oferta de los Fran-Hams de que André descansara, había decidido participar de delantero. Sophie se encargaba de la defensa, mientras que Pierre se encargaba de la portería y Sebastién controlaba el medio campo.

Con esa misma formación habían ganado la semifinal, y pretendían ganar de igual modo la final. Los jugadores de ambos equipos tomaron posiciones y esperaron al pitido inicial del árbitro.


André tomó la medalla de plata como capitán del equipo Amitié. Habían perdido 3-2, sí, pero había sido un partido muy divertido y no había nada decidido hasta el último segundo. Por eso, esa medalla le sabía a oro, y así se lo hizo saber a Arco, que acababa de entregar la medalla de cobre al equipo Le Pavot, con una amplia sonrisa. Además, aplaudió cuándo Lionel recogió la medalla de su equipo. Realmente se lo merecía después del partido que había hecho.


-Parece que al final podré ofrecerte esa final que tanto querías -comentó André. Ésta vez él y Bijou habían sido los que habían ido a hablar con Dean a sus vestuarios cerca de la playa. La final de voleibol les enfrentaría una vez más, en el penúltimo día de las pruebas.

-Así es -comentó Dean. Parecía algo abatido. André lo comprendía, tal y como se encontraba actualmente el medallero, era imposible para su equipo ganar las pruebas- Sé lo que piensas, André.  Realmente estamos algo abatidos, no vamos a ganar esta competición aún con lo mucho que hemos entrenado -suspiró- Pero sabiendo que el equipo Le Jardin tampoco lo hará, y que vosotros y los Franletas estáis en tan buena forma, estamos tranquilos. El deporte de esta nación está sano y salvo -sonrió.

-¿Entonces vosotros...? -comenzó a preguntar Bijou.

-Aunque no vayamos a ganar, tampoco tenemos intención de tirar la toalla. Sería un insulto para vosotros y para el resto de equipos -explicó, adivinando la pregunta de Bijou- Jugaremos ese partido de voleibol. Quiero ver cuán fuerte es vuestro vínculo -anunció. André asintió y agarró la pata de Bijou para reforzar su siguiente afirmación.

-¡Es invencible! -exclamó, enarcando las cejas entusiasmado. Demostraría a todos que eran merecedores de la confianza puesta en ellos.


-Esto se acaba ya, tranquila... -murmuró André. Era el último saque. El partido se había alargado durante más de hora y media, el Sol se encontraba en su punto más alto en ese instante. La final se había jugado a dos sets, reñidos puesto que cada equipo había ganado un set y el último iban 11-14 a favor del equipo Amitié. Bijou mostraba muestras de cansancio desde hacía un rato, al igual que él mismo. Temía que el pequeño esguince que la Princesa Blanca se hiciera hacía algunos días volviera a producirse, y por eso tenía que terminar pronto el partido. Lanzó la pelota hacia arriba. El Sol le golpeaba directamente en los ojos, pero no le importaba. Lanzó con toda su fuerza la pelota hacia el campo contrario, pero Arielle la controló sin problemas. Dean la colocó cerca de la red y la hámster dio un salto, dispuesta a interceptarla. Pero ocurrió algo inesperado: André corrió hacia la red y saltó junto a Bijou. Arielle no lo esperaba, pero aún así no perdió la concentración. Golpeó con fuerza la pelota, tratando de lanzarla al fondo de la pista, ahora vacía. Pero la pareja no lo permitió. Bloquearon la pelota, cada uno con una pata, y ésta cayó en un punto que ni Dean ni Arielle podían llegar.

El árbitro pitó el final del encuentro, con victoria del equipo Amitié. André y Bijou, tirados sobre la arena, se abrazaron y entregaron el uno al otro en un apasionado beso. No importaba que la arena les hiciera cosquillas entre el pelaje, ni que cientos de hámsters les mirasen. En ese momento de felicidad, aquél paso que habían superado juntos, el mundo era sólo ellos.


-Es un placer y un honor entregaros la medalla de oro -dijo Arco, entregando a André y Bijou, respectivamente, una medalla de oro. Los tres hámsters se sonrieron fugazmente, mientras Dean y Arielle a la izquierda y Lionel y Avice a la derecha aplaudían con sus medallas de plata y cobre, respectivamente, colgando del cuello.

-Esta tarde descansarás, ¿vale? -le murmuró André a Bijou cuándo bajaron de la tarima- Yo me encargaré de todo -añadió cuando la hámster iba a repicar. Ésta suspiró y asintió. Cuando André se le metía algo en la cabeza...


El baloncesto no era uno de los deportes con mayor difusión en Francia, pero el hecho de que fuera la penúltima prueba de las pruebas había conseguido que el pequeño polideportivo cubierto estuviera lleno. Un par de hámsters se afanaban en pasar una mopa por la pista, para retirar el sudor y las pisadas del anterior partido, en el que los Franletas habían ganado al equipo Le Bastille por un ajustado resultado.

El equipo Amitié esperaba en los bancos a pie de pista el inicio del partido. Todos estaban mentalizados para el partido, debían jugarse el tercer puesto con el equipo Le Pavot. André comentaba la formación con los miembros de su equipo. Jugarían el partido Pierre, Alex, François y él. Habían elegido a los hámsters más altos debido a que las canastas estaban a una altura considerable.

Sonó la bocina, y salieron al campo. André tomó la pelota naranja que el árbitro le lanzó y dio un par de botes, calentando. Iba a ser divertido, sonrió.


-Es un honor entregarte la medalla de cobre como representante del equipo Amitié, André -anunció Arco pasando la cinta que sostenía la medalla tras el cuello del hámster- Habéis hecho un fantástico partido -añadió.

-Gracias, Majestad -murmuró André realizando una suave reverencia. A la mañana siguiente se disputaría la última prueba. Y entonces los Ham-Ham Games de Francia habrían terminado.
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« Respuesta #48 : Mayo 21, 2010, 19:14 »

La mesa del salón estaba llena de deliciosas pipas y diversos zumos, todos preparados por André con mucho esmero y dedicación. Esa mañana era especial, y por lo tanto, el desayuno que compartían todos los Fran-Hams también.

Como comentaba André mientras servía a su novia un poco más de zumo, sería el último día en el que se celebrarían las pruebas. Pierre y él serían los encargados de participar en la última prueba, la maratón.

Si hoy ganaban, conseguirían suficientes medallas de oro para ser el equipo elegido para representar a Francia en las Olimpiadas.  Era algo por lo que habían trabajado duro, aseguró el hámster, y realmente se lo merecían.

-Podéis confiar en Pierre y en mí -aseguró- Conseguiremos Oro y Plata, ¡ya veréis! -fanfarroneó.

André sintió cómo su novia tiraba de su brazo, obligándole a sentarse y terminar el desayuno. Ya tendría tiempo para hablar después de las pruebas, le indicó. El hámster rió asintiendo. Hoy estaba muy feliz. Pese a que el tener que despedirse de Arco le entristecía un poco, comprendió que el objetivo del príncipe al venir a Francia era asegurarse que los Juegos Olímpicos serían un éxito. Y no podía quejarse, pensó el hámster alegremente.

Al fin y al cabo, las pruebas se habían realizado con normalidad y se había dado un gran espectáculo. Además, como decía siempre Arco, el objetivo principal de hacer amigos se había cumplido.

Sonrió y tomó un sorbo de su zumo de naranja. Hoy iba a ser un día muy divertido.



El interior del estadio estaba a rebosar, ningún hámster quería perderse la prueba final. El Rey Arco en persona había bajado del palco y se encontraba fuera de la pista, cerca de los corredores, supervisando personalmente la prueba.

Mientras André calentaba y charraba animadamente con Pierre, Lionel y Charles, desviaba la mirada de vez en cuando al monarca. Siempre que lo hacía, el Rey le estaba mirando fijamente, sentado en su asiento.

Decidió concentrarse en la prueba. Correrían dos miembros por cada equipo, lo que hacía un total de dieciséis corredores. Tendrían que dar una vuelta completa a la pista de atletismo y después saldrían por los pasillos del estadio al exterior, dónde tendrían que seguir corriendo hasta llegar a los Campos Elíseos. Allí, darían la vuelta al Louvre y regresarían al estadio, dónde tendrían que dar una vuelta más al estadio antes de terminar la carrera. En total unos 35ham kilómetros.

Era una durisima prueba de fuerza y aguante. Los hámsters debían realizar una larga carrera que pondría a prueba su condición física. Pero André estaba preparado para ganar. Se esforzaría al máximo y le daría la victoria a su equipo, para poder volver a ver a Arco.

-Buena suerte -le comentó Dean, a su derecha en la calle número tres junto a Alexandre. André y Pierre ocupaban la calle cuatro, mientras que Lionel y Charles se encontraban algo alejados, en la pista número siete. André devolvió el deseo, se sentía un poco triste porque Dean ya no sería capaz de ganar las pruebas. De hecho, esta batalla era entre él y Lionel... entre Amitié y Franletas. El equipo que ganase obtendría la medalla de oro necesaria para ser elegidos como el equipo que representase a Francia en los Juegos Olímpicos del Reino Arco Iris.

Sonó el pistoletazo de salida, y todos los corredores comenzaron su marcha. Nadie se sorprendió al observar que más que correr, caminaban. Ninguno de ellos iba tan rápido como en las carreras de 100hm o siquiera como en una carrera normal. Iban a un ritmo más alto que el andar simple, pero no iban demasiado rápido para lo que se podía esperar de una carrera. Pero todos comprendían que, en aquella maratón tan larga, no era prudente gastar todas las fuerzas pronto, ya que no serían capaces de llegar hasta el final.

André trataba de mantenerse entre los primeros puestos, pero no luchaba por la cabeza. Ya llegaría el momento.


Tras dar la vuelta al estadio, el pelotón continuaba unido. Los dieciséis hámsters continuaban la carrera a un ritmo pausado. La calle había sido vallada a ambos lados, creando una ruta que los hámsters debían seguir. Cientos de hámsters se apiñaban en los bordes de las vallas de contención, animando a los corredores. Parecía que todos los hámsters de Francia habían salido a las calles para observar la carrera. André reconoció a los gemelos, que les animaban con una pancarta, y se lo comentó a Pierre a su derecha. Saludaron y continuaron concentrados en la carrera. Aún quedaba mucho camino por delante y no debían malgastar energía.

Cuando abandonaron la zona segura, dónde los humanos no podían verles, la afluencia de hámsters era menor... era algo lógico, no podían exponerse a ser pisados o descubiertos por los humanos. Pero, aún así, algunos se asomaban cuando los corredores se acercaban, incluso corrían en paralelo hasta que se cansaban y se retiraban.

Poco a poco, el pelotón se iba haciendo cada vez más ancho, con aquellos que se separaban tanto por arriba como por abajo del mismo. André y Lionel compartían la cabeza en aquél instante, cuando los primeros árboles de los Campos Elíseos, que André conocía tan bien, empezaban a despuntarse en el horizonte.


-¡Buena suerte! -exclamaron las hermanas de André cuando el grupo entró en los Campos Elíseos. Se encontraban en la cima de la copa de un árbol, observando la carrera desde la sombra otorgada por las hojas. André y Pierre habían conseguido destacarse por varios metros de sus competidores, las jóvenes observaban cómo la comitiva de hámsters se desperdigaba en una larga fila que asemejaba una flecha en aquél momento.

-¡Ganaremos! -exclamó André saludando con una pata a sus hermanas. Se animó y aumentó el ritmo, sólo para que su hermana estuviera orgullosa de él. Frente a él podía ver ya el palacio del Louvre. La enorme estructura que en su tiempo fue Palacio, daba una larga sombra que los hámsters que empezaron a correr sobre la misma agradecieron. Ese día era especialmente caluroso, así que el correr a la sombra era un alivio.

André esbozó una sonrisa de satisfacción al observar, unos metros más allá, en uno de los limites de la calzada, una larga mesa con algunas botellas de agua y pipas de girasol. Algunos hámsters se habían apostado alrededor, pero, frente a la mesa, sólo se encontraban unos pocos elegidos. Bijou, Sandrine y Avice, junto a otros cinco hámsters, esperaban el momento en el que los corredores pasaran por allí para entregarles una botella y un tentempié.

Cuando André se acercó, seguido de Pierre y Lionel, que conformaban el trío en cabeza, Bijou se adelantó con una botella de agua en una pata y una pipa de girasol en la otra.

-Suerte -le deseó con una sonrisa la hámster cuando André pasó justo a su lado, recogiendo los objetos mientras seguía corriendo. Para su desgracia, no podía perder tiempo, ya que el resto de corredores se acercaban tras ellos.

-Merci -anunció el hámster mientras seguía su carrera. Comió la pipa con celeridad, pero procurando masticar bien para que no le sentara mal, y bebió un poco de agua. Ya venía haciendo falta, pensó. Se echó el resto del agua por la cabeza para refrescarse y lanzó la botella al suelo, reanudando la marcha a un mayor ritmo. Echando un vistazo atrás, observó que el pelotón se le aproximaba, así que no podía tomárselo a la ligera.

Esta carrera estaba siendo más dura de lo que esperaba, suspiró mientras volvía a mirar al frente, entristecido por haber tenido que dejar a Bijou tan pronto. No obstante, ya tendrían tiempo para celebrarlo después.

Continuó corriendo, aumentando un poco al ritmo, al observar que Charles se le acercaba tras haber sobrepasado a Lionel. Comenzó a virar para girar en la primera esquina del Louvre, ahora comenzaba la verdadera carrera.


-Bueno Gilbert, han sido tres semanas llenas de emoción en las que hemos disfrutado de unas pruebas dignas de las Olimpiadas oficiales. Todos los equipos clasificados han demostrado estar a la altura y han luchado por las medallas con esmero y determinación, pero siempre desde la deportividad y la amistad. Hemos presenciado la sorprendente forma del equipo Amitié, que viniendo de la nada y siendo, según sus propias palabras a nuestra cadena, “un grupo de amigos que buscaban algo de diversión” han conseguido colocarse como uno de los finalistas de estas pruebas. Y es que esta prueba es vital para decidir el equipo que nos representará en las Olimpiadas. Tanto los desconocidos, el equipo Amitié, como uno de los favoritos al inicio de las pruebas, el equipo Franletas, se encuentran empatados a medallas, por lo tanto, el equipo que quede en mejor posición en esta prueba será el escogido -explicó el comentarista.

-Exacto, así que todos deben esforzarse al máximo. Auguro una batalla reñida entre los líderes de los equipos, y estoy seguro de que mostrarán un espíritu deportivo como nunca hemos visto hasta ahora -de repente calló un segundo- Sarah nos pide la conexión, al parecer los primeros corredores de la cabeza están llegando a las inmediaciones del estado -comentó.

-Sí, bonjour Gilbert -comentó Sarah apostada a uno de los lados de la pista, rodeada de curiosos y espectadores- Me encuentro en estos momentos a unos 300hm de la entrada sur del estadio, podemos ver la puerta desde aquí, que está siendo despejada para que los corredores puedan acceder sin problemas a los túneles del estadio. Los primeros corredores ya empiezan a asomar por el sur, se trata... ¡de André Bresson y Pierre Lumiere, del equipo Amitié; y Lionel Rossen, del equipo Franletas! ¡Parece que todo va a decidirse finalmente entre estos tres competidores, aunque, espera un momento...! -comentó, al notar algo extraño en el grupo que andaba en cabeza.


-André -le llamó Pierre, a su espalda. El hámster naranja notó la voz compungida de su compañero, y giró la cabeza preocupado. El hámster adulto bufaba y se notaba que tenía problemas para seguir el ritmo- Lo siento, pero creo que estás solo. Hazlo lo mejor que puedas amigo -comentó entristecido.

-¡Dalo por hecho! -sonrió André. Pierre le devolvió la sonrisa y disminuyó la marcha, permitiendo a  Lionel avanzar. André le dirigió una mirada decidida a su rival y continuó la marcha, pasando al lado de Sarah que comentaba la retirada de Pierre.

André centró la vista en la entrada del estadio. Ya quedaba muy poco. Su corazón latía con fuerza, quizá por el continuo bombeo que realizaba en la larga y agotada carrera, quizá por la excitación de encontrarse tan cerca del Príncipe Arco. Muy pronto le dedicaría la última victoria, la que le permitiría volver a verle al llegar las Olimpiadas.

Entró a los túneles, siendo animado por decenas de hámsters al igual que algunos miembros de los Fran-Hams, a los que dirigió una rápida sonrisa. Lionel le seguía de cerca y, en la quietud de los túneles, los dos hámsters entablaron una rápida conversación mientras la luz del final del tunel se aproximaba más y más.

-Tú y tus amigos sois buenos -comentó Lionel, apostándose a la derecha de André con un gran esfuerzo. El hámster naranja esbozó una sonrisa al tiempo que se mordía el labio inferior. Estaba bajando el ritmo si había permitido a Lionel acercarse tanto.

-Gracias, vosotros tampoco lo habéis hecho mal -comentó André rápidamente. No quería malgastar el aliento para los metros finales, ya que no taba que empezaba a faltarle.

-Si te soy sincero, cuando os vi en la fiesta... pensé que no ibais a llegar muy lejos. No estabais preparados, no habéis recibido ningún entrenamiento serio, sólo un mes jugando entre vosotros -comentó despreciativo- Pero... me he dado cuenta de algo. Y es que... siendo amigos, habéis conseguido más que muchos equipos que simplemente nos unimos para las Olimpiadas. Charles, Cachet y Annete se han convertido en buenos amigos, pero lo que nos unió al principio fue el deporte. La amistad nació después. En vuestro caso es al contrario... vosotros eráis amigos, y usasteis el deporte como plataforma para vuestra diversión. El Príncipe Arco tenía mucha razón -sonrió.

-Gracias Lionel... Aunque me sabe algo mal que gente tan preparada y con tantas ganas como Dean y su equipo no hayan conseguido llegar hasta aquí, creo que... se lo debemos. Nosotros debemos ganar para que su esfuerzo se vea recompensado -comentó André. No comprendía cómo Lionel podía hablar tanto, con lo que a él le costaba entonar una simple frase.

-Bueno, después de esta competición los equipos pueden variarse -comentó- Así que gane quien gane, espero que volvamos a vernos en las Olimpiadas. André... -le llamó por su nombre, algo que sorprendió al hámster parisino- Eres un buen amigo. Buena suerte -deseó.

-Lo mismo digo, Lionel. Que gane el mejor -deseó recíprocamente André. La luz estaba a sólo unos pasos, ya podían escuchar el rumor de los aficionados esperando su entrada.

Los dos hámsters salieron a la vez del túnel sur del estadio. Todos los ojos, de los cientos de hámsters apostados en las gradas, se clavaban en ellos. Exclamaciones y silbidos, así como aplausos, hicieron el estadio estallar en un ruido ensordecedor.

Todos animaban a los dos hámsters por igual, ya que ambos habían hecho una excelente carrera y ambos merecían ganar. En cuanto los rayos del sol golpearon sus ojos, los hámsters se colocaron a cuatro patas y comenzaron a correr. Ahora era un todo o nada, debían dar una vuelta al estadio completa antes de terminar, así que ambos harían un largo sprint. Estaban agotados, para nada su velocidad se igualaba a la de la carrera de 100hm lisos o la de relevo, iban mucho más lentos, pero porque sus cuerpos no les permitían ir más allá.

André sentía, cada vez que apoyaba las patas en el suelo para impulsarse, como le pinchaban y en algunos momentos incluso parecía que fuera a resbalarse. Su cuerpo le pedía a gritos que parase, su cabeza comenzaba a golpearle periódicamente como si le estuvieran martilleando, su corazón estaba apunto de explotar y sufría de flato. Pero no se rendiría. No le fallaría a su equipo, ni a Dean, ni a Arco.

Se concentró en el frente, era hora de girar la última curva. En el trayecto de la misma, observó por el rabillo del ojo a Lionel, que estaba a su misma altura, también con obvios síntomas de cansancio. Después de la carrera, estaba seguro que, ganase quién ganase, ambos caerían rendidos al caliente suelo de gravilla de la pista, sin importarles el dolor, que en realidad sería un bálsamo en comparación con lo que estaban sufriendo.

Sólo unos pocos metros más, ya podía ver la cinta blanca frente a él...

Golpeó la cinta con el hocico. ¿Había ganado? En verdad ahora no le importaba. Agotado y sabiendo que había cumplido, el cuerpo de André colapsó y el hámster tropezó, rodando algunos metros hacia delante sin hacerse más que pequeños rasguños y manchando su pelaje. Lionel había conseguido parar con un poco más de gracia, pero también se había lanzado sobre el suelo, agotado.

Ninguno de los dos sabía quién había ganado, y era algo normal, porque habían llegado prácticamente a la vez. Al cabo de unos segundos, se acercó uno de los jueces y anunció al vencedor.


-Nos confirman que el ganador de la prueba de Maratón es... ¡el atleta Lionel, del equipo Franletas! Con esta medalla de oro, el equipo Franletas se coloca en cabeza y queda como el elegido para representar a Francia en las Olimpiadas del Reino Arco Iris -explicó Ghilbert entusiasta- Ha sido una dura competición y al final podía haber ganado cualquiera... Pero, ¿qué es esto? ¡Mis ojos están presenciando uno de los actos deportivos más preciosos de toda mi carrera! -exclamó de repente- ¡Los dos competidores se han levantado del suelo tras conocer el resultado y se han dado un abrazo mientras ríen juntos!

Efectivamente, en el campo, aún con el sabor de la derrota en la boca, André reía y se abrazaba a Lionel. No les importaba el sudor ni lo que pensaran los demás, el néctar de la amistad limpiaría el mal sabor de boca del hámster.


-Es todo un honor para mi entregar la medalla de oro de la prueba de Maratón al atleta Lionel del equipo Franletas, que ha demostrado una fortaleza física inigualable en esta prueba -comentó Arco pasando la cinta de la que colgaba la medalla de oro por detrás del cuello del hámster, que la aceptó gustoso con una reverencia. Arco le sonrió, también tenía una buena relación con él y estaba feliz de su victoria.

-Lo has hecho muy bien, atleta André -comentó Arco cuando le entregó la medalla de plata a André. Lejos de mostrarse abatido, el hámster sonreía de oreja a oreja, como si hubiera ganado la maratón- Tú y tu equipo nos habéis demostrado a todos lo preciosa que puede llegar a ser una amistad. Estoy seguro de que, aunque no hayas vencido, todos coincidirán conmigo en que eres un verdadero ganador -explicó. Lionel y Dean, que se encontraban en primer y tercer lugar respectivamente, aplaudieron las palabras del futuro monarca, y todo el estadio estalló en una ovación a André, incluso más grande de la que profirieran segundos antes al proclamarse campeón Lionel.


-Al final no hemos ganado -comentó André mirándose al espejo, mientras se ajustaba el nudo del cuello y dejaba exhalar un largo suspiro. Hablaba con Bijou, que se encontraba en el tocador de la habitación terminando de aplicarse pinta labios. Vestía un traje de noche holgado de color morado compuesto por una pieza, que incluía una camisa de mangas abiertas y una falda con bordes negros. André por su parte llevaba un esmoquin gris con una corbata azul oscuro. Se estaban terminando de preparar para la gran noche de gala, dónde se despedirían de Arco y el resto de equipos definitivamente. André recordaba con un nuevo suspiro la ceremonia de clausura de las pruebas de las que habían vuelto hacía tan solo hora y media. No habían tenido casi tiempo para darse una ducha -juntos, por supuesto... para ahorrar tiempo- y cambiarse.


El Sol descendiente iluminaba el cielo y las nubes volviéndolas de un color anaranjado y rosado. Al mismo tiempo, dos hámsters, uno con el iris naranja y otro con el iris rosado, se perdían en sus pensamientos contemplando el techo parisino.

-Excelencia, es la hora -comentó una de las doncellas a su amado príncipe, rompiendo su concentración.

-Oh, de acuerdo... -comentó perdido el futuro rey, acercándose a la hámster y dedicándole una forzada sonrisa.


-André, ¿pasa algo? -preguntó Bijou apretando con fuerza la pata derecha de su novio. André reaccionó al impulso y sonrió a la Princesa Blanca.

-No, nada... sólo pensaba que el cielo está precioso esta tarde -comentó, y después desvió la mirada hacia alrededor. Se encontraba rodeado de sus amigos y el resto de equipos, todos hablando animadamente, en el centro del estadio principal. Las gradas estaban a rebosar, nadie quería perderse la clausura. Una tarima se había montado enfrente de la pista de atletismo, y un hámster ataviado con un pijama azul apareció tras uno de los túneles del estadio rodeado de otros hámsters mucho más altos y tres hámsters que compartían una ropa similar, y se dirigió a la tarima. André reconoció a los hámsters que acompañaban a Arco como sus doncellas, el presidente de la organización olímpica francesa y el Ministro de Ocio y Deporte.

El príncipe subió las escaleras de la tarima en primer lugar, seguido de su séquito, y se acercó al micrófono apostado en medio de la misma. Todo el estadio se sumió en silencio cuando el hámster se paró detrás del mismo, dispuesto a comenzar su discurso.

-Amistad -empezó Arco- Con la idea de hacer florecer ese sentimiento entre todos los hámsters, mis ilustres antepasados crearon los Ham Ham Games. Yo, como futuro Rey del Reino Arco Iris, he tenido el honor de poder llevar a cabo otra edición de los mismos, y que esta sirva de plataforma para extender el sentimiento de amistad entre todos los hámsters -hizo una leve pausa- Yo también he hecho muchos amigos en Francia -explicó con una sonrisa, y rápidamente giró la cabeza hacia los altos cargos a su espalda... aunque André sabía perfectamente que se refería a él y a los Fran-Hams- El deporte nos ha unido a todos, y he de agradeceros a todos los participantes vuestra predisposición al juego limpio y, ante todo, a aprender de los errores. En estas pruebas hemos vivido finales de infarto, hemos visto actitudes honorables y amistades florecer en medio de una competición. Todos lo habéis hecho muy bien, y aunque sólo un equipo haya sido escogido, para mi, todos sois vencedores. Francia será representada por esplendidos deportistas, estoy seguro de que quedará en muy buena posición -deseó con una sonrisa- Espero que atesoréis vuestra experiencia en París y en estas pruebas en lo más hondo de vuestro corazón, porque son muy valiosas y, cuando estéis tristes o abatidos os ayudarán a recuperar el animo. Yo, desde luego, jamás olvidaré estas pruebas -anunció llevando la mano al pecho-¡Enhorabuena a todos los participantes, ha sido un placer conoceros! -exclamó- All Hail the Rainbow! Vive le France! -gritó a pleno pulmón. Era la primera que André le escuchaba hablar en un idioma que no era el común. Todos los hámsters le corearon, aunque ellos nunca habían hablado en inglés. El estadio también explotó en vítores a Francia, y algunos sueltos al Arco Iris. Unos fuegos artificiales multicolor alumbraron el cielo parisino que empezaba a oscurecerse, deleitando a todos los presentes. Arco sonrió y apagó el micrófono, tras lo cual abrió su paraguas y realizó un giro completo sobre sí mismo, creando un pequeño Arco Iris que creció en tamaño mientras cubría a los miembros de todos los equipos, que sintieron un calor místico dentro de ellos, aliviando su espíritu.


-¿Todos listos? -comentó André entrando a la sala de estar, donde todos los Fran-Hams se habían reunido. Todos vestían de etiqueta y se habían arreglado para la ocasión. Incluso Sebas, que había sustituido su gorra por un sombrero de copa. El pequeño hámster bufó con una sonrisa pícara.

-Esperabamos a los reyes de Saba -comentó, y todos echaron a reír. Realmente André y Bijou se habían tomado su tiempo. No obstante, André no se enfadó... estaba feliz de que sus compañeros no estuvieran deprimidos por la derrota. Todo lo contrario, parecían bastante alegres. Se sumó a la risa de sus compañeros y les invitó a salir hacia la fiesta.


-Han sido unas semanas muy divertidas, ¿eh? -comentó el hámster parisino, entrando en la terraza. El futuro rey del Reino Arco Iris, que perdía la vista en la contemplación de las iluminadas calles de París, se giró bruscamente al escuchar la voz de André. Sorprendido, saludó a su amigo con una pata.

-¿Cómo has sabido que estaba aquí? -preguntó, a lo que el líder del equipo Amitié esbozó una sonrisa pícara.

-Tus chicas siempre están pensando en ti y vinieron expresamente a buscarme para pedirme que hablase contigo. Parece que hay algo que te preocupa -comentó André, acercándose más a Arco. El pequeño hámster del Arco Iris desvió la mirada de su amigo.

-Esas tontas... les dije que me dejaran solo -suspiró- Bueno, supongo que no podía irme sin despedirme de ti -sonrió.

-No tienes intención de irte, ¿verdad? -comentó André. Arco borró su sonrisa y desvió la mirada.

-¿Cómo...?

-Eres un libro abierto, Arco -rió el hámster parisino ante la incredulidad de su amigo- Pero no puedes hacer eso, y lo sabes -comentó más serio.

-¿Y qué quieres que haga, André? -rebatió Arco- ¿Volver a Palacio y quedarme encerrado hasta las próximas pruebas? Tú no sabes lo que es estar allí, sin un amigo...

-Tienes a tus doncellas, Arco. Esas chicas harían cualquier cosa por ti -aseguró.

-Ellas siempre están de aquí para allá haciendo trabajos... en cierto modo su vida es incluso más dura que la mía -suspiró- Por eso quiero quedarme aquí, en Francia... ¿Podría irme a vivir contigo? -pidió, con sus iris rosados brillando de ilusión. André se rascó la cabeza.

-No estoy seguro de que mi madriguera sea un lugar acorde al estatus de un príncipe, Arco... -comentó André.

-Puedo adaptarme -aseguró rápidamente Arco, tras lo que se giró y apoyó en la barandilla del balcón. André se acercó con cautela, recordaba la mala experiencia con la misma- Sólo tienes que ver ésto... -señaló a la vista que contemplara cuando André llegó- Esta ciudad rebosa vida, tanto por el día como por la noche. Hay mil aventuras que vivir aquí, y todo es tan... libre... -se giró hacia André, apoyándose sobre la barandilla con ambas patas y suspiró- ¡Es una ciudad mágica! -exclamó.

De repente, sonó un crujido y sintió cómo caía hacia atrás. Se había apoyado con demasiada fuerza sobre la barandilla, que todavía estaba siendo reparada, y los apuntalamientos se habían soltado, haciendo caer la misma.

El joven príncipe comenzó el descenso al vacío, aunque no estaba preocupado. Abriría sus alas y...

Una cálida pata sujetó su pata derecha y tiró de él. Arco observó como André se había apoyado sobe el borde de la ahora derrumbada barandilla y había agarrado su pata. El hámster parecía hacer un gran esfuerzo para evitar que Arco, suspendido sobre la nada, cayera al vacío.

-André... -murmuró el monarca.

-Siempre hay que ser precavido cerca de estas cosas... -respondió André- Nunca se sabe cuándo puede romperse y hacerte caer. No te sueltes.

-Te olvidas de que puedo volar, André -rió Arco, abriendo sus alas un poco- Pero está bien. No me soltaré -aceptó la pata de su amigo, agarrándola con la otra suelta. El hámster naranja hizo un enorme esfuerzo, pero finalmente consiguió poner a Arco sano y salvo en la terraza- Muchas gracias amigo -comentó el futuro monarca mientras André jadeaba, tratando de recuperarse.

-Te debía una -sonrió André, incorporándose- ¿Sigues pensando en quedarte? Ya ves que la ciudad no es todo risas y juerga -aseguró- Tus padres, tus súbditos... ¿has pensado en ellos, Arco? Si no regresas, te echarán muchísimo de menos. Tienes que convertir en un buen Rey para ellos -anunció el hámster del país en el que nació la primera república.

-Supongo que tienes razón -se rindió con suma facilidad el hámster del Arco Iris- Al fin y al cabo el pueblo necesita alguien que les guíe... -suspiró- Perdona, me he comportado como un idiota.

-Aún así esto no significa que no puedas venir a hacernos visitas cuando quieras... Majestad -comentó André con una suave reverencia- Realmente disfruto de tu compañía, amigo -sonrió.

-Dalo por hecho -aceptó Arco, dando un fuerte apretón de manos a André- Quizá deberíamos volver a la fiesta -sugirió. Tras la afirmación del hámster parisino, ambos volvieron a la fastuosa sala llena de hámsters.




André se había reunido con todos sus amigos en la puerta del Ham-Ham Club. Debían entregar la llave de su vivienda en la villa olímpica al mediodía y, aunque tenían prisa para llegar cuánto antes y despedirse de sus rivales, allí estaban esperando.

Miraban al cielo, cubierto por espontáneas nubes blancas sobre un mar azul. De repente, una larga línea curvada cubrió todo el cielo. Un Arco Iris apareció sobre aquél mar, y André sonrió. El Príncipe Arco, del Reino Arco Iris, se marchaba de vuelta a su país tras haber supervisado las pruebas de selección francesa para los Ham Ham Games... y hacer un montón de nuevos amigos.

Los iris de los Fran-Hams se llenaron de rojo, naranja, amarillo, verde, azul, violeta y añil mientras observaban partir al futuro rey del Reino Arco Iris.


-Supongo que no vas a aceptar mi oferta -comentó Lionel de brazos cruzados.

Los Fran-Hams habían llegado a tiempo a la villa olímpica para despedirse de sus rivales. Lionel y el resto de Franletas habían salido ya de su vivienda con las maletas, dispuestos a dirigirse al río dónde, según le había contado el hámster de pelaje caramelo a André la noche anterior en la fiesta, cogerían un barco hacia Le Havre.

-Como ya te dije ayer... te agradezco la oferta, pero no puedo irme de París. Os deseo la mejor de las suertes, Lionel -deseó con una sonrisa sincera, ofreciendo una pata para un apretón.

-Merci -agradeció su antiguo rival- Nos esforzaremos para ser dignos vencedores -sonrió. Todo su equipo recogió las maletas del suelo- Supongo que esto es un adiós.

-Piensa en un hasta luego -comentó André guiñando un ojo- Te prometo que estaremos allí animándoos cuando se hagan las pruebas.

-¡Os esperaremos! -gritó Avice, irrumpiendo en la conversación- Bijou, tú y yo tendremos la revancha entonces -avisó a la Princesa Blanca, que asintió soltando una risilla.


Los Fran-Hams se despidieron batiendo las patas de sus antiguos rivales y nuevos amigos, que abandonaban la ya vacía villa olímpica. Todos los equipos habían partido ya. André ya se había despedido del equipo Le Bastille que abandonaron la ciudad tras la fiesta, y se había topado con Auguste y Blandine esa misma mañana mientras se dirigían hacia allí. Aunque parecían algo abatidos, intercambiaron palabras amables con el equipo Amitié y desearon volver a verse en otra ocasión. André sonrió, parecía que las palabras de Arco habían calado hondo en ellos.

Así, mientras veían partir a los miembros del equipo Franletas, ganadores de las pruebas de selección francesa para los Ham Ham Games, terminaba una de las mayores y más divertidas aventuras vividas por los Fran-Hams, que siempre recordarían ya que no sólo habían podido disfrutar buena parte del verano del deporte, sino ya que además habían hecho muchos amigos.


-Tengo el presentimiento de que nos volveremos a encontrar... -murmuró Arco dentro del carruaje que lo llevaría del puerto del Reino Arco Iris a Palacio. Sus doncellas, frente a él, se cuestionaron con la mirada, pero finalmente sonrieron, al observar cómo su príncipe se derrumbaba sobre el mullido cojín del asiento y descansaba al fin.
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« Respuesta #49 : Febrero 21, 2011, 22:39 »

NOTA: ESTE EPISODIO ESTÁ MAL COLOCADO. ES UN SPOILER Y NO SÉ PORQUÉ LO PUSE COMO EPISODIO 51, HA SIDO UN ERROR. AÚN ASÍ LO DEJO, PERO ESTE EPISODIO NO ES CONTINUIDAD DEL ANTERIOR.

El Sol despuntó en la madrugada parisina. Aquél parecía otro tranquilo día de finales de verano. Los habitantes del Club de la Francia-Ham se levantaron descansados y expectantes por saber lo que les deparaba el nuevo día. Habían decidido salir de acampada al campo de girasoles de los Campos Elisios, dónde jugarían un partido de fútbol-bellota y comerían deliciosas pipas de girasol recién recogidas.

Todo sería felicidad y jolgorio en aquél día de finales de verano, antes de que las nubes se cerraran sobre París y el frío invierno les obligara a pasar la mayoría de los días dentro del Club.

-Bonjour, chicas -saludó con una sonrisa André a sus hermanas. Éstas devolvieran la sonrisa complacidas al observar que su hermano acarreaba en sus patas tres platos con el desayuno.

-Bonjour, André -respondieron las dos al unísono antes de hincar el diente a las tostadas que su hermano había dispuesto frente a ellas. El hámster volvió a la cocina para regresar con tres vasos de zumo de melocotón. Cuando se sentó a la mesa, comprobó que sus hermanas ya habían devorado prácticamente todo su desayuno.

-Sois unas glotonas -comentó con una sonrisa- Espero que en el picnic dejéis algo para los demás -rió quedamente. Sus hermanas balbucearon algo con la boca llena molestas, pero André las tranquilizó con una sonrisa- Chicas, ya lo hablamos hace un tiempo pero... ¿Sabéis porqué salgo todos los miércoles por la tarde un rato a pasear? -preguntó de repente. Sus hermanas negaron con la cabeza- Voy a ver a Papá y Mamá -reveló el hámster con una fina linea en sus labios. Pretendía ser una sonrisa, pero le costaba sonreír hablando de ese tema- Me paso horas allí, les cambio las flores y hablo con ellos sobre nuestras aventuras. Les conté todo sobre las Olimpiadas, sobre nuestra batalla por proteger su campo de girasoles -hizo especial hincapié en el “su”- y sobre todo lo que vivimos junto a los Fran-Hams. Aunque sé que ellos nos están viendo desde allí arriba, creo que no está de más contarles lo que solemos hacer.

-¿La próxima vez podemos ir contigo, hermanito? -preguntó Sophie al ver que André hacía una pausa.

-¡Claro! Estoy seguro de que les entusiasmará -sonrió- Pero no es ahí hacia donde quería dirigir la conversación -se sonrojó levemente y rascó la nuca- Veréis... siempre que voy, me reafirmo en la promesa que le hice a Papá. Le prometí que os protegería pasase lo que pasase... Hasta ahora he cumplido la promesa más o menos bien, ¿no? -sonrió y miró a Sophie. Aún recordaba aquél incidente con Joan... pero sólo esperaba que ella lo hubiera olvidado- Cuando me marché de viaje... temí romper esa promesa. Pero al final resultó que el haberos obligado a quedaros en París fue buena idea -comentó amargo, recordando a Nathalie, la hámster que dio su vida por él. Suspiró, un suspiro cansado, como el de un anciano- Sois mi bien más preciado, chicas... no sé que haría si os pasara algo.

-¡Mientras estés con nosotras es imposible que pase nada, hermanito! -exclamó alegre Sophie- Al fin y al cabo, eres muy fuerte -sonrió.

-Además, nosotras ya no somos unas niñas que necesiten que estés encima de ellas todo el día -replicó Marie sin acritud- Te lo pondremos fácil -aseguró guiñándole el ojo a su hermano.

Éste rió. De buena gana. Una risa que alegró las almas de sus hermanas y del matrimonio que acababa de entrar por la puerta del Club.

-Bonjour -saludaron los dos hámsters acompañados de sus pequeñas crías montadas en su carrito.

-Vaya, ¿cómo es que te has puesto el pañuelo? -comentó al rato Sebas una vez llegó al Club. Efectivamente, André se había anudado al cuello el pañuelo blanco que, junto a los de color azul y rojo de sus hermanas, había comprado por motivo del cumpleaños de las jovencitas.

-Hoy es un día especial, ¿no? -se limitó a contestar con una sonrisa el hámster.


-Excuse moi, llego tarde -se disculpó la blanca hámster al llegar a la entrada del club. Llevaba una mochila rosa a la espalda y un sombrero de paja en la cabeza. André sólo había visto ese sombrero una vez antes: el día que regresó de Le Havre. En ese día soleado realmente el sombrero le ayudaría a soportar el calor un poco mejor. André la besó y los Fran-Hams saludaron.

-Ya estamos todos entonces -anunció Pierre- ¡Vayámonos! -exclamó. Todos asintieron y comenzaron a caminar hacia los campos de girasoles. No quedaban muy lejos del Club de la Francia-Ham, así que se lo tomaron con calma. No había prisa en aquél día de finales de verano.


El día transcurría con total normalidad. Los hámsters llegaron pronto al campo de girasoles, y comenzaron a jugar. Saltaron de girasol en girasol, bajaron por los verdes troncos para volver a escalarlos, recogieron algunas pipas para un rápido tentempié... La brisa era suave y refrescante, y mecía sus bigotes con caricias. Bijou se sentó sobre un pequeño girasol que había quedado eclipsado por sus compañeros de alrededor. Agradeció la sombra y la compañía de su amado, que se sentó a su lado una vez localizó a la blanca hámster.

Un inquietante sonido rompió la tranquilidad que había envuelto a ambos hámsters, que trataban de echar una cabezadita a la sombra de los girasoles. André inclinó el pecho para percibir mejor el sonido, obligando a Bijou, con la cabeza recostada sobre él, a levantarse. Le miró extrañada.

-¿Ocurre algo, André? -preguntó. El rostro de su amado era una fría máscara. Había visto ese rostro antes: algo iba mal.

-Oigo un ruido... -murmuró. Se levantó rápidamente- Puede que no sea nada, pero creo que voy a investigar. ¿Puedes reunir a los Fran-Hams? Esconderos en algún lugar seguro -le pidió. Iba a saltar al tronco de un girasol cercano para escalar, pero Bijou le cogió la pata derecha y le retuvo. André la miró.

-Ten cuidado -le rogó. Su rostro mostraba una creciente preocupación, y sus ojos se empañaron levemente. André sonrió y le dio un largo beso seguido de un fuerte abrazo.

-Volveré -acarició su coleta derecha, lo que hizo que la hámster riera sonrojada y bajara la vista, ocultándola bajo el sombrero de paja. Sonrió y, ésta vez sí, saltó al tronco y escaló hacia la superficie formada por girasoles.

La hámster levantó la vista para observar cómo su amado escalaba. Juntó las manos preocupada y, tras esperar unos segundos a que André desapareciera de su vista, marchó a cumplir con lo que le había pedido.


Seguía escuchando ese sonido. Era un constante aleteo, ahora lo percibía claro. No era como el aleteo de Paolo, suave y tranquilo. Éste era rápido y poderoso. Buscó a cualquiera de sus amigos para avisarles del problema. El pelaje de la cabeza se le erizó y un escalofrío recorrió su espalda. ¡Sus hermanas comían pipas ajenas al peligro! Echó a correr hacia ellas, que todavía no se habían percatado de su presencia. Observó cómo, tras ellas, un punto negro se hacía más y más grande en el cielo. ¡Era un cuervo! Se forzó a correr más deprisa, mientras gritaba. Sus hermanas le miraron y saludaron alegres, pero pronto escucharon el aviso de su hermano y echaron a correr hacia él asustadas. No se giraron: no hacía falta. Escuchaban el aleteo acercándose cada vez más hacia ellas. Pero André si lo veía: el cuervo había localizado a los pequeños hámsters y se había lanzado en picado para agarrar sus presas.

Continuó con la frenética carrera. Corrió diez veces más rápido que en la prueba de 100hm lisos de las Olimpiadas. Saltó el último girasol antes de llegar junto a sus hermanas, a la vez que el cuervo graznaba y alargaba sus garras traseras.


Sophie fue empujada a la izquierda con fuerza y cerró los ojos lastimada. Se había golpeado con la parte madura del girasol. Los volvió a abrir rápidamente, alarmada. Oyó a Marie gritar el nombre de su hermano, y observó cómo el cuervo seguía hacia adelante con el hámster en sus garras.

-¡André! -se unió al grito de su hermana Sophie. Comenzó a llorar- ¡Hermano, no te vayas! -no podía hacer nada. El cuervo alzaba el vuelo, dejándolas atrás. Y ella no podía correr. Sus patas se habían quedado clavadas al suelo del miedo.

-¡No pasa nada! -el hámster sentía el dolor de las garras clavándose en su carne. Maldijo su mala suerte... había salvado a Sophie, pero él había sido cazado en su lugar- ¡Os quiero, chicas! Estaré bien -fue lo último que éstas oyeron mientras el cuervo continuaba el vuelo, alejándose. El hámster trató de zarandearse, con el solo resultado de clavarse más aún las garras. Además, pensó mientras observaba el suelo a bastante distancia, soltarse ahí sería un suicidio.


Bijou observó cómo el cuervo alzaba el vuelo con André en sus garras. El sombrero voló de su cabeza cuándo echó a correr tras la estela del ave. No paraba de gritar su nombre, las lágrimas salían despedidas de su rostro mientras se forzaba a sí misma a continuar corriendo. Oyó por detrás que el resto de Fran-Hams la seguían, pero no les esperaría. ¡Tenía que rescatar a su amado!

No se detuvo un instante. Terminó el campo de girasoles y bajó al suelo, dónde siguió corriendo. Le faltaba el aliento, le dolían las piernas, pero no frenaría. No podía gritar más, su garganta estaba reseca, pero tenía que alcanzar a aquél cuervo. Poco a poco, el punto negro sobre el cielo en que se había convertido desapareció, pero ella siguió corriendo.

Y corriendo.


Las calles de París bullían de actividad en aquella tarde. Los turistas iban de un lado a otro, los parisinos salían de compras o disfrutaban de un paseo por el parque. Toda París parecía sumida en un estado de absoluta felicidad. Sin embargo, la joven hámster blanca lloraba. Abrazaba con fuerza el pañuelo blanco manchado de sangre y lloraba.

Se encontraba en un parque para humanos, bajo una arboleda. Sólo había encontrado aquél pañuelo impregnado con pequeñas manchas de sangre carmesí.

Aunque trataba de no pensar en ello, de impedir que esos pensamientos entraran en su cabeza... era todo lo que quedaba de André.


Llegó la noche y, en cuanto María apagó la luz del cuarto, Bijou salió corriendo hacia el parque. Allí se encontró junto a los Fran-Hams, que esperaban bajo la luz de uno de los faros que iluminaban la noche en París. Continuarían buscando durante toda la noche, y le encontrarían. Aunque hacerlo supusiera el mayor de los dolores.


Las nubes se cerraron en aquella gris mañana. Completamente contrario al día anterior, parecía que hoy todo el mundo respetaba la tristeza del grupo de amigos que se arremolinaban frente a dos lápidas de mármol en aquella zona del otrora tiempo parque infantil. Ahora habían colocado a la derecha de las lápidas una tercera, sobre la que habían colocado numerosos ramos de rosas y una foto del yaciente.

La foto mostraba un alegre hámster naranja, posando junto a sus hermanas una tarde que salieron a la feria parisina. Pero hasta el marco negro de la foto parecía entristecer el ambiente.

Una blanca hámster, que había recogido su pelo con dos lazos negros, uno a cada lado de la cabeza, miraba la lápida hipnotizada. Nadie se atrevía a hablar, nadie se atrevía a darle unas palabras de consolación. Las dos hermanas del fallecido lloraban y lloraban, y sus lágrimas parecieron subir de la tierra dónde caían al cielo, ya que una suave llovizna comenzó a empapar a los Fran-Hams. Pero ninguno se movió. Incluso Paolo y Paulina, que no podrían volar si su pelaje se mojaba más, se quedaron allí.

Bijou se arrodilló frente a la tumba de su amado André y alargó la mano, cómo intentando tocarle.

-En mi corazón sigues vivo, mon amour -murmuró- Allí dónde estés... yo siempre estaré contigo -aseguró, reposando la cabeza entre las piernas flexionadas y rompiendo a llorar. Leyó para sí una vez más la inscripción de la lápida, incapaz de dar crédito a lo que había acontecido:

“Aquí yace André Bresson Brumel. Tus hermanas, novia y amigos no te olvidan.”


« Última modificación: Abril 26, 2011, 22:54 por Leo » En línea


 
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« Respuesta #50 : Abril 26, 2011, 22:52 »

-¡Excelente, fantástico, magnifiqué! -vitoreaba el director a los actores. Realmente parecía muy satisfecho con el resultado. Sus aplausos resonaban en la inmensa sala de actos del Teatro Nacional, el más importante de toda Francia. La obra que acababa de presenciar era digna de las expectativas del teatro, sino más. Y los actores, aquellos noveles que había encontrado de casualidad paseando por los verdes Campos Eliseos, habían demostrado un talento y una disposición sin igual. Una sola gota fue derramada por sus ojos como aprobación ante tamaña belleza.

André, sosteniendo a Bijou en brazos y besándola en un eterno instante, no pudo más que observar los ojos de su amada. Sus labios se separaron y saludaron al director, tal como les habían enseñado. Las patitas de ambos se juntaron para realizar la ovación con la que agradecerían al público el haber asistido a su actuación y las cortinas de terciopelo rojo se cerraron delante de ellos.

El hámster suspiró, y Bijou le abrazó con fuerza.

-¡Has estado genial, Draco! -gritó con efusividad la hámster.

-Tú también lo has hecho muy bien... María -aceptó el hámster con una sonrisa. Había sido agotador, no entendía como ella podía ser tan afectiva tras este duro trabajo. Una mano se posó sobre su espalda. Era la de otro de los actores, el que había actuado de Ralse, el gran rival de Draco.

-Habéis estado genial los dos, una excelente actuación -aceptó el hámster de mediana edad. André había aprendido a respetarle no solo como a alguien con mayor experiencia, sino como a un buen compañero. La rivalidad entre ambos se limitaba al papel en la obra que desempeñaban.

-Muchas gracias Duke -agradeció André con una sonrisa. No se había dado cuenta, pero todos los actores de la obra habían salido nuevamente a escena. Eso significaba...

Las cortinas de terciopelo volvieron a abrirse y, nuevamente, los actores saludaron al director, único público en esa última prueba antes de la actuación.

Cuando las cortinas volvieron a cerrarse, André cerró los ojos un instante, recordando lo que les había metido en aquél lio...


Los Fran-Hams habían decidido que hoy jugarían a las aventuras. Continuarían una aventura anterior a la que jugaron hacia unos días, en la que habían decidido los papeles al azar. La suerte quiso que Bijou fuera la princesa capturada por el malvado conde Sebas, y tuviera que ser rescatada por el caballero André. Con la ayuda de los gemelos escuderos François y Alexandre, y con la magia de los brujos del bosque Pierre y Sandrine, decidieron encaminarse al castillo del conde Sebas, a rescatar a la princesa Bijou y las doncellas Lucette, Marie y Sophie.

Durante el camino desde la casa del valiente caballero André, al castillo del malvado conde Sebas, el hámster vivió cientos de aventuras donde conoció a sus compañeros de batalla. Y, cuando por fin llegaron al castillo, se vivió la más épica de las batallas jamás acontecidas con tal de salvar el amor entre el caballero y la princesa. Mientras los labios de los protagonistas se unían en una última escena de amor verdadero, alguien interrumpió el juego con unos fuertes aplausos y vitores.

-¡Bravo, magnifiqué, trés bien! -gritaba un hámster de pelaje grisaceo con grandes puntos marrones alrededor de su cuerpo mientras se acercaba al grupo de amigos. André rompió el beso con su amada algo molesto por la interrupción, pero se dirigió al extraño con cortesía.

-¿Puedo ayudarle en algo? -preguntó acercandose al mismo, mientras sus amigos hacían lo propio.

-¡Sí! Tú y la doncella, ¡ayudadme con mi última obra! -exclamó, señalando a André y Bijou.

-¿Excuse moi? -André no salía de su asombro. El hámster parecía contrariado, no le gustaba dar más explicaciones de las necesarias.

-Quizá deba presentarme primero. Je suis Guillerm Lain, escritor y director de obras de teatro -anunció inflando el pecho. Esperaba que los hámsters frente a él exclamaran de asombro. Sin embargo, los hámsters eran demasiado jovenes para interesarse por el teatro y conocer sus enormes éxitos como “Sueño de Verano” y “Como el joven hámster conoció a su doncella”. Tras unos segundos de incomodo silencio, carraspeó y continuó- El caso es que, paseando por los Campos Elíseos, no pude evitar observar vuestra pequeña... aventura -comentó- Aunque el desarrollo es muy cliché, los personajes carecen de personalidad y la actuación de la mayoria ha sido poco más que de libreto... vosotros dos -volvió a señalar con el dedo a André y Bijou, cosa que comenzaba a mosquear al hámster- habéis hecho una personalización impresionante de vuestros personajes, y se podría decir que entre los dos hay quimica -asintió con una sonrisa pícara.

-Somos novios, sabe -habló entonces Bijou, abrazando a André por la espalda.

-Más importante... ¿nos ha estado espiando? -se puso a la defensiva el hámster naranja.

-Para nada, el parque es libre ¿sabes? -rió jocosamente- Simplemente disfruté de vuestro juego como un espectador más -se encogió de hombros- Entonces, ¿aceptáis mi oferta? Quiero que me ayudéis con mi última obra. ¡Será un total éxito, y quiero que vosotros la protagonizéis!

-Sería un honor, señor, pero... ni Bijou ni yo somos artistas profesionales. Acabamos de salir de las pruebas de selección del equipo olimpico francés, y estamos algo cansados... -comentó André.

-¡Sabía que me sonabáis! ¡Sois del equipo Amitié! -exclamó dando un bote. Realmente parecía un hombre bastante vivaracho- ¡Con más razón os necesito, seréis el reclamo perfecto! Por favor, os lo suplico, ¡sólo para el début! -pidió. André suspiró. La idea no le parecía mal. De hecho, esa mañana habían estado discutiendo un rato largo hasta decidir qué hacer, y entonces vino la idea de terminar la aventura. Estaban siendo unos días muy aburridos. Pero... no quería que el resto de Fran-Hams se sintieran desplazados.

-¡Venga, no seáis tontos! -les animaba Sebastién- Una oportunidad así solo se da una vez en la vida.

-¡Hermanito, yo quiero verte vestido con brillante armadura! -le pidió Sophie con una sonrisa.

-Además, si lo hacéis mal siempre podemos reirnos -picó un poco Marie.

-Seguro que será divertido, no seas tímido André -le aseguró Sandrine. Ella siempre intentaba animar a André desde el punto de vista de una madre.

El hámster suspiró y miró a su novia.

-¿Qué, lo hacemos? -le preguntó. La hámster de coletas azules no tardó en asentir con la cabeza y una sonrisa.

-¡Será divertido! -fue todo lo que hizo falta para que André se diera por vencido. El hámster miró al desconocido que les había felicitado por el juego, y le tendió una pata.

-Cuente con nosotros, señor Lain. Todavía no nos hemos presentado adecuadamente, je suis André Bresson y mi compañera es Bijou Lemerciel -calló un instante para que el resto se presentara y continuó- Quizá deberiamos ir a mi casa a hablar el tema con calma. Puedo servirle un té o un café si lo desea -ofreció.


Y así se había visto inmerso en esta pequeña aventura junto a Bijou. El resto de Fran-Hams acudían a los ensayos y les ayudaban en la medida de lo posible. Resultaba que Guillerm Lain era un director novel cuyas dos anteriores obras no habían tenido mucho éxito entre el público, aunque el se empeñaba en que la culpa era de la “masa” inculta, que no sabía apreciar el arte y las consideraba grandes éxitos. Sin embargo, había conseguido un promotor para una tercera obra, que era la que ellos iban a representar. “La guerra del amor”, el título de la obra dejaba bien claro de qué trataría la misma, pero André no era quién para criticar.

Mientras estudiaba el papel y ensayaba junto a Bijou conocieron a otros muchos actores. Al principio éstos estaban algo molestos al ver que los hámsters escogidos para los papeles protagonistas eran dos principiantes que el director había encontrado en la calle. Sin embargo, incluso ellos tuvieron que admitir que el papel parecía haber sido hecho para esa pareja. Simplemente eran los verdaderos Draco y María, y su actuación era conmovedora.


El día de la actuación llegó. Tal como vaticinó Guillerm Lain, el que los protagonistas de su obra fueran dos de los más famosos miembros del Equipo Amitié, que hacia poco más de un mes habían creado un gran revuelo en el mundo del deporte francés al casi ganar las pruebas de selección para las Olimpiadas, provocó que se vendieran todas las localidades. El teatro más grande de París estaba lleno hasta la bandera para ver su tercera obra, la que esperaba fuera un gran éxito y le catapultara a la fama, con la ayuda de los actores que le había acompañado en obras anteriores y a la joven pareja.

Había una gran expectación. Los Fran-Hams habían conseguido asientos en uno de los palcos del teatro, reservado para autoridades y personas importantes. Al ser amigos del director, este les había proporcionado esos asientos. Aún así el hámster guionista no podía evitar suspirar al pensar que había perdido la oportunidad de que alguien importante se sentara allí...

No obstante, ahora no era momento para perderse en divagaciones. La obra estaba apunto de empezar, tenía que asegurarse de que los escenarios estuvieran listos, los trajes preparados, el maquillaje de los actores terminado... Corría de un lado para otro sin descanso comprobando que todo iba a la perfección.

-Trés bien -terminó por decir con una amplia sonrisa, reunido con todos sus actores y algunos miembros del equipo de gestión. Todos estaban ya preparados, vistiendo sus trajes y expectantes por el inicio de la obra. El nerviosismo era latente- Habéis llegado hasta aquí, y ahora es cuando hay que demostrar lo que valéis, chicos -empezó su discurso- Hay fuera hay cientos de hámsters esperando escuchar la historia de amor de Draco y María. Es nuestro deber hacersela llegar y hacerles disfrutar de ella. Pero, ante todo, vosotros mismos tenéis que pasarlo bien. Si lo hacéis como en los ensayos, mañana no se hablará de otra cosa en toda la ciudad. ¡Mucha mierda! -terminó, con una gran sonrisa y un pequeño bote. Realmente era un hombre entusiasta. Todos asintieron y se desearon buena suerte. André miró a Bijou y entre los dos, en un solo instante, transcurrió una conversación entera en la que prometieron esforzarse al máximo.


Las luces se apagaron en todo el teatro, y los espectadores callaron. Sabían que la obra estaba apunto de empezar.

Al tiempo que un solitario foco apuntaba al centro de la plataforma, donde sólo un hámster se encontraba delante de las cortinas echadas, una flauta comenzó a entonar una suave canción, siendo secundada por un violín.

-Hace mucho tiempo, cuenta la leyenda... existían dos reinos. El Reino del Este, gobernados por el Principe Ralse, un joven de gran valor y fuerza; y el Reino del Oeste, gobernados por la Princesa María, una apuesta joven de gran corazón. Sin embargo, desde tiempos inmemorables ambos Reinos estaban en guerra. Tras centurias de batallas, las tropas del Principe Ralse habían comenzado un asalto final a las tierras del Reino del Oeste, que eran incapaces de detener su avance. En un último intento de detener a los invasores, el Gran Héroe del Oeste, Draco, decidió salir a luchar para proteger el honor de su amada María.


El foco se apagó y la música cesó. Con un gran aplauso, las cortinas comenzaron a elevarse mientras la plataforma era iluminada.

André, vestido como el Héroe Draco, esperaba detrás. Tras él un escenario que asemejaba unas montañas en las que se había librado una batalla.

Suspiró. La función acababa de comenzar.
« Última modificación: Abril 26, 2011, 22:55 por Leo » En línea


 
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« Respuesta #51 : Mayo 24, 2011, 12:11 »

-Oh, María... Oh, María... -comenzó a entonar el hámster la llamada a su amada. Estaba terriblemente nervioso, pero no dejó que su voz temblara por ello. La armadura del hámster estaba empañada en sangre, un chorrillo de sangre caía de su cabeza y a su alrededor, algunos cadáveres de maniquíes estaban desperdigados, tanto con la armadura del Este como del Oeste. El hámster tenía la espada enfundada, pero estaba claro que había acontecido una épica batalla. Y, ahora, tras el combate... el héroe Draco se encontraba solo en el campo de batalla, llamando a su amor- Aunque te llamo desde tan lejos... ¿mi mensaje llegará a tu corazón? Oh, cuanto añoro estar contigo... -terminó el párrafo el hámster parisino. Estaba realmente satisfecho, pero ahora llegaba lo más difícil.

Se llevó la mano al pecho, y comenzó a convulsionarse. Tosió, y empezó a arquearse sobre su estómago. Al cabo de unos segundos, dejó caer una de sus rodillas, hincándola en el suelo, seguida de la otra. Quitó la pata del pecho y con ambas tocó el suelo, tratando de mantener el equilibrio aunque fuera a cuatro patas. No dejaba de temblar, hasta que sus patas traseras resbalaron y cayó de bruces al suelo con un golpe seco que, debido al silencio en el teatro por la tensión de la escena y la falta de música, se oyó resonando en todo el habitáculo.

Bijou pensó que la actuación de André había sido tan realista que a lo mejor realmente tenía un problema, pero cuando cayó el telón para preparar la siguiente escena, mientras los espectadores estallaban en aplausos, el hámster se levantó y fue a su encuentro, dándole un apasionado beso.

-¿Qué tal he estado? -preguntó el hámster. Los aún vivos aplausos del público eran respuesta suficiente, pero él solo quería la opinión de María.

-Tu mensaje me llegó alto y claro -comentó Bijou llevándose una pata al corazón con una sonrisa.

-Menos mal -sonrió el hámster. Observó como tras Bijou se acercaba el señor Lain.

-¡Has estado magnifico, Draco! -admitió con una gran sonrisa- ¡El público está entusiasmado! Incluso a mi casi se me salta una lagrimilla -dijo emulando limpiarse las lágrimas con un pañuelo. Después, se giró hacia Bijou- María, ahora te toca a ti. Tardaremos un par de minutos en terminar de preparar el decorado, espero que estés preparada -conforme hablaba, Ralse, el rival de Draco, vino y le entregó un ramo de flores que la blanca hámster guardó en uno de los pliegues de su traje. La dama asintió enérgicamente.

André echó un vistazo al atuendo de su novia. Se trataba de un traje de una pieza, sin mangas y que terminaba en una falda holgada, similar a un traje de boda. Mantenía sus coletas, recogidas en lazos verdes, y llevaba un gran lazo atado a la cintura que realzaba su figura. Realmente estaba preciosa. Se sonrojó levemente cuando comprobó que su amada le miraba con una sonrisa pícara. A saber cuánto tiempo llevaba mirándole así.

-El señor Lain dice que como el traje está hecho a medida, cuando acabe la obra, me lo puedo quedar -comentó la hámster, guiñando un ojo a su novio- Bueno, ¡me toca ya! -añadió enarcando las cejas decidida. Besó fugazmente a su novio y corrió al escenario. André suspiró. Estaba seguro de que lo haría genial.


Un foco apuntó al señor Lain, que volvía a narrar el próximo arco de la historia mientras el escenario terminaba de cambiarse a su espalda, tras la cortina echada.

-Tras largas batallas, el Oeste cayó, y María fue tomada por el Príncipe Ralse del Este. Sin embargo, ella nunca dejaría de llamar a Draco, su verdadero amor -calló y la luz se apagó. Mientras los pliegues de la cortina se elevaban y la música empezaba con un suave solo de piano, el público aplaudió y el señor Lain abandonó el escenario.

Cuando las luces volvieron, se reveló un cambio total de localización. Ahora el fondo mostraba un bello cielo estrellado, delante del cual se encontraba un grupo de tarimas que simulaban una de las atalayas del castillo del Oeste, donde María había sido tomada por el Príncipe Ralse. La piedra gris contrastaba con el blanco atuendo de la dama, que aparecía de entre las sombras de la planta baja de la torre y se acercaba al balcón. Era su gran momento, y todos lo esperaban con expectación.

-Oh, mi héroe... Querido mio... ¿Realmente estamos hechos para vivir separados? -comenzó su turno María. El teatro quedó prendado de la melodiosa voz de la hámster- Las promesas de amor eterno todavía suenan en mi corazón... -comenzó a moverse a través del escenario, dirigiéndose a unas escaleras para alcanzar la segunda planta de la plataforma que había sido montada en menos de cinco minutos- Soy la oscuridad... tú la luz de las estrellas brillando en la lejanía... En estas horas de desesperación, te alzo esta plegaria, a ti mi estrella del atardecer... -se detuvo antes de alzar las escaleras, seguiría cantando mientras pasaba por ellas a la siguiente planta- ¿Deben ser mis votos eternos estar con él y no contigo? -Bijou caminó hasta un lugar designado con una X, y se detuvo- Si sólo estuvieras aquí para calmar mi miedo... por favor, ¡habla y guíame otra vez! -en ese momento, una nube de humo apareció frente a  una puerta detrás de la hámster, que en la arquitectura de la torre servía para alcanzar el punto más alto. Los espectadores no vieron como de un doble fondo salía el héroe Draco y sólo vieron como aparecía entre el humo.

-Vamos María, sígueme -indicó el hámster guerrero, comenzando a bailar alrededor de María. La hámster parecía jovial, sin embargo, no podía llegar a tocar a Draco. Así lo demostraba, ya que su rostro comenzó a mostrarse cada vez más desesperado. Draco volvió a su posición original, y rió alegre. Una nueva nube de humo apareció eclipsándolo, y cuando desapareció, sólo quedaba el ramo de flores que María llevaba oculto en su traje. En ese breve periodo de tiempo, André se había vuelto a esconder y Bijou había dejado el ramo en el suelo. Lo recogió y, con él en las manos, pasó por la misma puerta que su novio y se elevó hasta el punto más alto de la torre, donde le esperaba un balcón. Allí continuó cantando los últimos párrafos.

-Debemos partir ahora. Mi vida sigue... Pero mi corazón no se rendirá -lanzó el ramo de flores, que con un bello arco cayó al vacío- Conforme parto, dejame oír cuanto signifiqué para ti... Tan gentil, tocaste mi corazón. ¡Seré siempre tuya! No importa lo que venga, no envejeceré un sólo día... te esperaré, por siempre... -calló, y contempló la noche. El Canciller apareció en la torre se apostó a su espalda y carraspeó.

-El Príncipe Ralse busca compañera para el baile -informó. Dada la reticencia de la hámster, que ni siquiera se dio la vuelta, estalló- ¡Deja el pasado atrás! Nuestro reino se está adaptando al espíritu del Este -la amonestó. La hámster suspiró, y siguió al canciller de vuelta al castillo, mientras el telón bajaba una vez más, para un último cambio de escenario.

La explosión de aplausos hizo temblar todo el teatro. ¡Una actuación perfecta! André no pudo evitar mostrar efusivamente a su amada cuán bien había estado, pero ambos tenían que prepararse para el final de la obra. Ya tendrían tiempo después para felicitarse mutuamente.


Al cabo de unos diez minutos, tras un breve descanso, se llevó a cabo el acto final de la obra. El público esperaba impaciente el desenlace que prometía ser épico.

Todos los actores estaban en sus puestos, las partituras preparadas y el escenario listo. El señor Lain salió una última vez al escenario enfocado por una sola luz para narrar el inicio del último párrafo.

-Esa misma noche, el Príncipe Ralse hospedó un magnifico baile para celebrar su victoria y el compromiso con María -anunció, dejando que las cortinas subieran. La música comenzó a sonar mientras abandonaba el escenario y todo se iluminaba.

Varios grupos de hámsters charlaban en una bella sala con cortinas de seda y suelo de marmol con unas escaleras que llevaban al hall principal. Los invitados eran nobles del Este que charlaban con sus mujeres y amistades celebrando la victoria, mientras que en el centro, con algo de reticencia y más juntos de lo que André habría querido, el Príncipe Ralse y María bailaban frente a la mirada de satisfacción de todos. Se mantuvieron así durante más de un minuto... cuando la función comenzaba a aburrir, se produjo un cambio repentino en la música, conducido por tres poderosos golpes de tambor.

-¡Mi señor! -se oyó una voz desde fuera del escenario, y rápidamente un soldado vestido con el atuendo del Este entró en la sala. El baile se detuvo y el príncipe parecía realmente contrariado.

-¿Qué significa esto? -bramó iracundo.

-¡Supervivientes del Oeste han invadido el castillo! -anunció a viva voz. Los nobles comenzaron a cuchichear indecisos, mientras que la cara de María se iluminó. El Príncipe Ralse se separó de la hámster y gritó a viva voz la evacuación de los nobles y la llamada a la guardia.

Al cabo de unos segundos, tanto soldados del Oeste como del Este llenaron la sala y comenzaron a luchar con espadas y mazas. La música era frenética, perfecta para un ambiente de batalla.

-¡Esto es un ultraje, matadlos a todos! -bramaba el Príncipe Ralse, mientras se dirigía con María al hall principal. Pero allí, su rostro palideció y no tardó en liberar su espada. De la zona izquierda del escenario aparecía un hámster, ataviado con una armadura plateada que los espectadores conocían bien. El hámster se apostó frente a Ralse y le miró desafiante. Después, clavó su vista en María.

-¡María! -bramó su nombre a los cuatro vientos, tratando de mantener un tono de canción.

-¡Draco! -respondió la princesa con un ribeteo de alegría- ¡Sabía que volverías a mi, mi amor!

-¡Pícaro insolente! -le insultó Ralse, echando a María a un lado- ¡Truhán de las huestes del Oeste! ¿Cómo te atreves a hablar a mi Reina, María? -imprecó.

-¡Nunca tendrás la mano de María! -respondió Draco llevando la pata a la espada en su cinto- ¡Moriré antes de que ese día llegue!

-¡Entonces es un duelo! -aceptó Ralse desenvainando su propia espada. André hizo lo propio y ambos tomaron posición el uno frente al otro. Se giraron y saludaron con una cortés reverencia a María, tras lo que se separaron unos metros para dar comienzo al duelo.

-¡Moriría felizmente por ella! -anunció Draco, lanzándose al ataque.

-Mi amor por ella no conoce límites -dijo Ralse, dispuesto a entablar combate y corriendo hacia su rival.

Las espadas repicaron al golpearse entre ellas en el centro del hall. María se llevaba las patas a la boca y observaba el combate preocupada. No quería que Draco perdiera.

André había practicado el arte de la espada durante los ensayos, el señor Lain quería que la obra fuera lo más realista posible. Aunque las espadas eran de plástico, emitían un ruido considerable que podía confundirse con el de espadas de metal si se sugestionaba lo suficiente.

-¡Ven a por mi! -dijo Ralse separándose de un salto. Al parecer no podía ganarle en un choque de fuerzas.

-¿Qué significa ella para ti? -le espetó Draco, recuperando el aliento.

-¿Realmente tienes que preguntar? -contestó altivo el Príncipe, en posición de defensa.

-¡Entonces esto solo puede acabar de una manera! -anunció Draco lanzándose al ataque.

-¡En garde, Draco! -contestó Ralse.

Ambos hámsters continuaron su pelea mientras María se movía de un lado a otro, angustiada. Los movimientos estaban ensayados, así que para ambos combatientes, no era más difícil que seguir la coreografía. Sin embargo, para André, luchar por Bijou era algo que sentía de verdad. Estaba metido en el papel y buscaba la victoria a toda costa, aunque procuraba evitar improvisar. Le gustaba luchar, sentía un cosquilleo y una excitación sin precedentes llevando esa espada de plástico. ¡Quizá debería apuntarse a esgrima!, pensó, mientras esquivaba uno de los diestros cortes de Ralse. La épica batalla se prolongó durante minutos, en los que de vez en cuando parecía que o Ralse o Draco saldrían victoriosos, pero con un hábil movimiento, el rival evitaba la asestada letal.

Ambos guerreros se encontraban ahora mismo luchando en las escaleras. Aprovechando una apertura en el flanco derecho de Ralse, Draco clavó su espada, que desde ese ángulo llevó a los espectadores a pensar que realmente una espada había atravesado al hámster. Sin embargo, la misma había pasado por debajo del brazo del animal y estaba sujeta por el Príncipe para mantener el efecto. Draco pateó el pecho del inmóvil Ralse, retirando su espada y haciéndole caer por las escaleras del hall. Era una actuación excelente, aunque algo dolorosa para el Príncipe.

María corrió hacia Draco, y le abrazó el brazo libre de la espada mientras ambos observaban el cuerpo de Ralse.


Sin embargo, la herida no fue mortal... ya que el hámster se levantó, tambaleando, y caminó hacia la salida. Pero se detuvo a escasos metros del lugar de su “muerte”, mirando a la pareja un instante para girarse hacia el público.

La música cambió, a una más alegre y épica.

-Abdico... Este día es tuyo, Draco -comentó a cantar- Maldito seas si dejas a María ir...

André avanzó hasta bajar de las escaleras y desenfundó su espada como señal de su devoción.

-Paz para ti, pues tienes mi palabra... -comenzó a cantar esta vez André, mientras Ralse avanzaba un poco más hacia la salida- Conmigo no conocerá otra cosa que paz -tras estas palabras, tambores resonaron dando inicio a una de las partes más épicas de la actuación. Era el gran momento de gloria de ambos.

-¡María! ¡María! ¡Te amo tanto... ! -entonó el Príncipe Ralse a viva voz- ¡María! ¡María! -se unió Draco a su llamada- ¡Vuelve a mi! -tras unos segundos, las luces se apagaron dejando solo el foco que apuntaba al hall y a las escaleras, por las que Draco subía de vuelta con su amada. Ralse abandonó la escena en silencio, mientras la música volvía a cambiar a otra más tranquila y romántica.

André hizo una reverencia a la dama, que comenzó a cantar.

-Te estoy agradecida, mi amado, por tu ternura y gracia... Veo en tus ojos tan amables y sabios, todas mis dudas y miedos borrados... -se acercó a André un paso y empezó a sonar una flauta- Aunque las horas no tomen en cuenta lo que el Destino nos tenga guardado -comenzó a sonar una flauta- Nuestro amor, venga lo que venga, no envejecerá un día... Esperaré por siempre... -se puso al lado de André, le miró, y ambos se dirigieron al público y cantaron juntos- ¡Esperaremos por siempre! -gritaron a viva voz durante unos largos segundos. Después, se miraron y se besaron apasionadamente, junto a un fuerte abrazo. Los espectadores en gran parte no sabían que eran una pareja real, aunque algunos sí ya que les conocían desde las pruebas para las Olimpiadas. Pero todos estaban seguros de que se trataba de un momento mágico y aplaudieron efusivamente mientras Draco y María se entregaban el uno al otro mientras el telón bajaba.

Todos los miembros del reparto corrieron a escena una vez bajó la cortina, mientras que la pareja separaba sus labios y, todavía abrazados, se sonreían y felicitaban por el excelente trabajo. Ralse entregó a María el ramo de flores y el telón volvió a subir, mostrando a todos los hámsters actores así como al director realizando reverencias.

-¡Que salgan los héroes de la noche! -exclamó Lain, y el reparto empujó a André y Bijou hacia delante- ¡Un aplauso para los héroes del amor! -pidió a los espectadores, que ya estaban aplaudiendo. Simplemente, aplaudieron más fuerte, coreados por el reparto de la obra.

André y Bijou, unidos de las patitas, sonrieron y felices agradecieron al público que hubieran venido esa noche. Bijou lanzó el ramo de flores sobre las primeras filas del teatro, y fue recogido por algún hámster anónimo.

Esa noche había sido mágica. Igual que el reencuentro entre María y Draco.
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« Respuesta #52 : Septiembre 05, 2011, 13:14 »

Habían pasado dos días desde que Draco salvara a María del terrible destino de casarse con alguien que no quería. Aunque el éxito de la obra había sido rotundo y la pareja parisina lo había pasado genial, habían decidido declinar la oferta del director para continuar con su carrera de actores. No hacía mucho que habían terminado las pruebas de selección para las Olimpiadas, y no querían meterse tan rápido en otra aventura.

Sin embargo, pese a la decepción inicial, el director de la obra no tardó en encontrar sustitutos que, si bien quizá no lo harían con tanto sentimiento como la pareja, eran dos actores de renombre que se habían visto interesados por la obra. El éxito estaba asegurado.

André y Bijou querían asegurarse de que la obra seguiría adelante sin ellos antes de dar el no definitivo, así que esta información les alivió mucho. Ahora podían volver a concentrarse en pasar días divertidos con sus amigos en el Club de la Francia-Ham.


Una figura demacrada caminaba por los Campos Elíseos. Llevaba a la espalda una mochila, casi vacía, en la que había guardado comida y algunos enseres personales. Y su estomago le recordaba con un rugido que no había metido suficiente comida. Suspiró. No podía rendirse ahora, tenía que estar cerca.

Su olor estaba por todas partes, eso seguro. Aquello la reconfortó un poco, y continuó caminando, tratando de seguir la dirección en la que era más fuerte dicho olor. Las piernas le fallaban, ya no recordaba cuántos días llevaba caminando.

Tras conocer sobre su actuación en las pruebas de selección para las Ham Olimpiadas, no dudo un instante y emprendió el viaje hacia París, sin importarle su dueña o su trabajo.

Siguió el rastro bajo el Sol de mediodía, que pese a ser finales de Verano, todavía pegaba fuerte. No había desayunado, y la cena había sido paupérrima con lo poco que le quedaba. Tenía tanta hambre que casi le pasa desapercibida un surco en la base de un roble. Allí el olor era muy fuerte, posiblemente fuera su casa. Sin desperdiciar un segundo, entró corriendo en la posible madriguera, y descubrió unos túneles bien cuidados y trabajados. Olía a él y a otros muchos hámsters en todas partes. Continuó caminando, tropezando al arrastrar los pies debido al cansancio, pero manteniendo el equilibrio como podía.

Finalmente, al final del largo túnel con sus respectivas bifurcaciones, encontró una puerta azul. Tras ella escuchaba voces, risas y mucho ajetreo. Parecía que había varios hámsters dentro. De repente, oyó la voz de aquél que buscaba, alegre y riendo. Su corazón le ordenó poner la pata sobre el pomo de la puerta y abrirla con fuerza, pero su mente le recordó el demacrado estado en el que se encontraba. Se tomó un par de segundos para alisar sus bigotes, re-colocar el gran lazo naranja que rodeaba su cintura y ajustar su gorro de paja.

Una vez lista, agarró con la pata el pomo... y perdió el conocimiento debido al cansancio, empujando su cuerpo hacia delante, abriendo la puerta y cayendo de bruces.


-Paolo dice que se pondrá bien, que simplemente ha tenido una bajada de tensión -comentaba una voz que la hámster desconocía. Era la de otra hámster, suave y dulce. Parecía sosegada.

-Menos mal... -corroboró otra voz chillona de niño.

-Aún así, me pregunto porqué ha venido hasta París en este estado... -habló por fin alguien que reconocía. Alguien cuya voz quería oír desde hacía mucho tiempo. Quiso gritar su nombre, pero las palabras no salían de su boca. Tampoco podía mover su cuerpo, estaba demasiado agotada- En cualquier caso... creo que ahora debo estar con ella. Le alegrará saber que ha llegado al fin, y a todos nos alegra su llegada. ¡Le voy a preparar una sopa de pipas que seguro que tiene hambre! -anunció entusiasmado. Oshare sonrió y decidió descansar lo que hiciera falta. Tenía muchas ganas de estar con él, así que descansaría lo necesario para que eso fuera posible.


Abrió los ojos. Veía la techada de tierra de la madriguera donde había perdido el conocimiento. Sonrió. Por fin había llegado...

Notó un delicioso olor proveniente de cerca suya. Se incorporó y vio un plato de sopa de pipa de girasoles rebosando a su lado, junto a una cuchara.

-Bonjour, Oshare -saludó una voz que la hámster conocía bien. André recogió el plato caliente y la cuchara y volvió a sentarse en una silla al lado de la cama de la hámster. Metió la cuchara dentro del plato y la removió, soplando de vez en cuando. No hablaba, pero en su rostro había una sonrisa. Oshare tampoco podía hablar, sólo podía mirar al hámster cuidar de ella, en silencio y sintiéndose como una estúpida- Ten cuidado, quema -comentó, ofreciéndole una cucharada.

-Ah... -Oshare no sabía como actuar. Se incorporó sobre la cama, y acercó su rostro a la cuchara, con la boca abierta, a lo que André aprovechó y la introdujo dentro, ayudándola a comer- Merci, André -hacía tanto tiempo que quería decir su nombre y que él lo oyera...

-No hay de qué. ¿Puedes comer por ti sola? -la hámster asintió, así que André le entregó el plato. Sonrió de oreja a oreja- ¿No te recuerda esta situación a algo?

Oshare asintió, era muy parecido a cuando ella se puso enferma en Le Havre. Comió en silencio la sopa, le habría gustado hablar con André pero tenía muchísima hambre. El hámster se mantuvo ahí, esperando, sin abrir la boca tampoco. Cuando terminó el plato, y mientras lo sostenía en sus patas sin saber qué decir, André rompió el hielo.

-Has sido muy temeraria viniendo hasta aquí tú sola -le reprendió- No eres una hámster de campo, no tienes experiencia para hacer un viaje tan peligroso... y tampoco creo que quisieras dejar a tu humana -comentó. Las palabras cayeron como agua fría sobre Oshare. Ella esperaba que André se alegrara de que hubiera decidido convertirse en una hámster de campo- Pero... ya que estás aquí, supongo que podremos hacerte un hueco en la habitación de invitados hasta que caves tu propia casa -esbozó una sonrisa, que Oshare compartió.

-André, yo tenía... tenía muchas ganas de verte, y de estar contigo -habló por fin, infundida de valor por las palabras de su amado hámster- Ciertamente fue difícil separarme de mi humana, y también tuve que dejar el trabajo... ¡pero realmente quería venir a París! Leí en el periódico sobre las pruebas de las Olimpiadas, y no pude contenerme más. Ha sido un viaje duro y peligroso, pero... lo he hecho por ti, André -anunció con un leve susurro y ojos empañados en lágrimas.

-Oshare... -no sabía cómo decírselo. Cómo decirle que su viaje había sido en vano, que él tenía a Bijou y nada quebrantaría su amor. Que aquél girasol mágico de Arco, que habían plantado en los Campos Elíseos, crecía cada día más y más fuerte. Así que, simplemente, decidió mostrarle su pata derecha, en la que descansaba entre una de sus garras el anillo dorado que, junto al que llevaba Bijou en la pata izquierda, sellaban la promesa que ambos hicieron cuando el hámster volvió de su largo viaje.

La hámster abrió la boca, pero no dijo nada. No podía, ni quería, decir nada. Solamente sintió cómo su corazón se despedazaba y lágrimas amenazaban con salir de las cuencas de sus ojos, que miraban el anillo fijamente con pavor. Pero no lloró, y reunió fuerzas para hablar.

-L... Lo entiendo, André -aceptó reticente. Realmente, alguna parte de ella entendía la situación- Pero yo todavía siento lo mismo por ti. Te quiero -las palabras erizaron el pelaje de André- y eso no va a cambiar.

-Lamento... que la situación sea ésta, Oshare -comentó el hámster desviando la mirada. Oshare le abrazó.

-No tienes nada que lamentar. Muchas gracias por volver a salvarme -agradeció la comida y cuidados con voz suave. Unos segundos incómodos siguieron a las palabras de la mujer, hasta que el hámster hizo amago de moverse y Oshare entendió que era hora de dejar de abrazarle.

-Bueno... ¿puedes moverte? ¿Quieres bajar a conocer a los Fran-Hams? -preguntó con una sonrisa el líder del Club. La hámster aceptó con una amplia sonrisa y un contoneo afirmativo de cabeza.


-Y así es cómo conseguí la medalla de oro -alardeaba orgullosa Sophie a la izquierda de Oshare, mientras ésta bebía té escuchando su historia. Las dos hámsters llevaban tiempo con una agradable conversación, André se alegraba de que se hubieran vuelto tan amigas. Pero Oshare también había tenido palabras con Marie, los gemelos, y el resto de Fran-Hams, incluida Bijou. A la blanca hámster, al principio, le pidió perdón por lo ocurrido en Le Havre y después le dio las gracias por cuidar de André. Bijou aceptó ligeramente entrecortada las disculpas y habló con ella cordialmente, la hámster parisina todavía no sabía si considerar a Oshare una amiga o una rival. Pero de momento, pensó, parecía una chica amable y amistosa.

André estaba algo preocupado, conocía a Bijou y sabía que era una hámster muy celosa. Así que se sintió aliviado al ver que las dos chicas parecían cuajar. Cuando Oshare apareció por la puerta, la blanca hámster fue la primera que corrió hacia ella y parecía la más preocupada. Incluso cuando André le dijo de quién se trataba, su preocupación no disminuyó.

El hámster sonrió. Tenía la mejor novia del mundo... Oshare clavó su mirada en el hámster, y parecía que quería decirle algo, pero se mantuvo en silencio.

-¡Esta noche podríamos hacer fiesta de pijamas! -propuso Marie a Oshare- Solas nosotras tres -añadió inmediatamente después, con una mirada de soslayo a su hermano y una sonrisa maligna. La hámster asintió y Sophie se añadió a la conversación, las tres empezaron a discutir los pormenores de su fiesta. André carraspeó.

-Recordad que Oshare es nuestra invitada y ha hecho un viaje muy largo para llegar aquí -comentó- ¿No creéis que le gustaría descansar un poco?

-No te preocupes André -comentó la invitada con su leve acento francés- Me encantaría pasar la noche con las chicas y... compartir secretos -guiño un ojo a sus nuevas amigas, que rieron coquetas. El hámster suspiró. Al menos se había integrado bien.



-Bueno, voy a llevar a Bijou a su casa, cuando vuelva prepararé la cena -anunció André, acercándose a la puerta con la blanca hámster. Eran cerca de las seis de la tarde, hora a la que Bijou debía volver a su casa. Normalmente solía acompañarla siempre sin tener que decir nada, pero hoy Bijou había insistido en que quería que André la acompañara. Desde que se habían levantado de las sillas alrededor de la mesa del club, la hámster no había soltado la pata de su novio. André no pensaba decir nada, pero era claro que Bijou quería dejarle claro a Oshare que era suyo.

-Que tengas un buen viaje, monsieur -sonrió Oshare, acercándose a la pareja. Besó a André en la mejilla ante la sorpresa de todos, y se retiró unos pasos- Iremos poniendo la mesa y preparándolo todo para cuando vuelvas -añadió.

Bijou no hizo ningún movimiento, ni tampoco dijo nada. Simplemente tiró de André y se dirigió hacia la salida.

-Au Revoir, Fran-Hams. Hasta mañana -se despidió a espaldas de sus amigos. Estos también se despidieron, pero lo que Bijou no pudo ver fue la sonrisa de victoria de Oshare. La hámster parisina infló los mofletes y se mordió los labios al salir del Club, cosa que hizo que André ahogara una risilla.

-Vamos, no te enfades querida -trató de calmarla con un abrazo.

-Eres tú el que duerme con tres chicas... -murmuró la hámster, suspirando.
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