Lord Iranur
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« : Abril 21, 2011, 10:26 » |
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¿Qué mejor manera tenía yo de volver aquí qu con un relato? Para los que no me conozcan... Bueno, va, al lío, es imposible que alguien no me conozca. Sobre el relato poco puedo decir. Lo escribí hace unos meses para una amiga. Los que hayan jugado a World f Warcraft lo entenderán un poquito más. La técnica es lo que más me interesa poner en juego. Tiene un pirncipio muy de primero de escritura, pero es lo que pasa cuando me caliento a escribir después de mucho tiempo. De todas maneras este tipo de tema se presta mucho a la grandilocuencia, así que puede que cuele y todo. Bueno, a ver si el volver aquí me anima a escribir un poco. PD: Antes de que alguno de mis allegados diga algo... apenas juego ya ¬¬
Los árboles, oscuros y espinosos, de ramas frías, yermas y retorcidas, como la misma muerte; el viento, gélido y agonizante bajo sus copas. Luz espectral de haces reptantes y esquivos; sombras fluctuantes como almas que vagan. Muerto el firmamento, noche de olvido. Pocos corazones, incluso entre los más valientes, habrían vacilado ante la posibilidad de alcanzar un reconfortante y rápido final si entre éste y aquel horror hubiesen tenido que decidir. La soledad vuelve débiles los espíritus; que se fortalecen, no obstante, en compañía de almas amigas. Y cuando dos almas han crecido juntas y el lazo que les une ha madurado como un árbol en la plenitud de su vida, el fruto de la incondicionalidad les ofrece el mejor bálsamo contra el miedo, y contra cualquier otro sentimiento profano. Aquel nexo era además excepcional en su caso, y les hacía mucho más fuertes. Por eso ella no flaqueaba. Ambas correrían el mismo destino juntas, lo sabía. No había razones para dudar. Acarició el lomo de la loba y sonrió al introducir sus dedos por entre su espeso y, en aquellos momentos, enmarañado pelaje, recordando sus comienzos. Una hembra fuerte y de temple decidido, siempre lo supo, desde que la convirtiera en su acompañante. Luego, cuando alcanzó la edad adulta, y en su época dorada –la de las dos-, Rhena se había unido a ella en su particular empresa en pos de lo que consideraba un mundo más justo, y habían viajado juntas hasta que Azeroth y Draenor dejaron de albergar secretos para ellas. No había habido suceso importante, plasmado en los anales más tiernos del mundo, desde que tuviera lugar la batalla de Hyall, en el que Ladai y su inseparable cánido no tomaran parte importante. Y no terminada aquella crucial escaramuza que sucedió a la apertura del portal oscuro, el indeseado y temido momento llegó: y El Rey Lich se alzó de nuevo triunfante tras años de inquietante letargo. El arco de una y los colmillos de otra tuvieron allí su último y feroz desafío, del que salieron triunfantes y con los mayores honores. “Sus flechas grabaron en la memoria lo que las plumas de otros tratarán con desatino de expresar para conocimiento de las futuras e incontables generaciones”. Así rezaba la inscripción de una glorieta, en una plaza de su humilde y ahora olvidado pueblo natal. Lo cierto era que aquél había sido el culmen de sus hazañas. Tras ello, poco quedaba por hacer, pues el mundo había adquirido un cariz menos cruel. Pero los finales felices se tornan amargos a los labios de los aventureros, que disponen, cuando ya no se les necesita, de tiempo para recordar a los caídos, y para reflexionar sobre la sangre derramada; sobre tanta muerte innecesaria. Las huellas de muchos héroes importantes se habían esfumado inmediatamente después del hundimiento de la plaga, envueltas en una niebla de triste melancolía. Poco podían pensar que, tras unos escasos meses de ilusoria victoria, otro mal emergería de las mismas entrañas del mundo para abrasarlo, y que de nuevo los héroes serían llamados con desesperación a las armas. Pero por entonces, la existencia de Ladai, como la de otros tantos viejos amigos con los que ya no mantenía contacto, estaba vacía, y su rumbo había sido incierto. Cómo había llegado a aquel lugar, no lo sabía apenas ni ella misma. La esperanza de saborear de nuevo la antigua gloria, y el amor por las viejas y bien concluidas hazañas, la habían hecho sobrevalorar su situación y actuar como alguien mucho menos experto de como era ella en realidad. Los detalles poco importaban. Ahora, en aquel bosque que helaba la sangre, aguardaba a un enemigo invisible y oscuro como la noche. Y con él, su propio fin. Y los pocos instantes que la separaban de aquel desenlace no se debían al temor, ni aún menos al instinto de supervivencia, pues aquellos mecanismos de autodefensa no surtían efecto con ella desde hacía mucho tiempo. No; ella no estaba huyendo. Era, por el contrario, el deseo de atesorar aquellos últimos momentos con su eterna alma gemela lo que la impulsaban a resguardarse tras aquellos troncos mortecinos. Y había algo más. Pues se dice en las más insignes obras épicas que las figuras más importantes de la historia saben con antelación, porque quizás el destino dicta que es justo, cuándo van a enfrentarse con su muerte, para acometerla con el valor y la dignidad merecidos. Y ahora Ladai podía saborear aquella sensación, captando con nitidez el final que se avecinaba. Sentía que debía prepararse, y afrontar aquella última batalla con el mayor esfuerzo y la mayor eficacia que se debía a sí misma y a su compañera. Sintió entonces como la loba gruñía a su lado, probablemente aprobando sus pensamientos. -Hasta aquí hemos llegado... -sentenció en un susurro apagado, pues no hubiese hecho falta algo menos sutil. Su mirada se asentó en el vacío y divagó durante un minuto- Quiero que me prometas algo, Rhena… que lo que hagamos de ahora en adelante lo haremos no sólo por nosotras, sino también por los demás. >>En este punto, creo que hemos cumplido casi todos nuestros propósitos y por eso estoy tranquila. Pero aún con nuestros esfuerzos combinados y nuestra resolución, nunca hubiésemos logrado todo esto solas. Por eso quiero que hagamos esto por los que no están ahora con nosotros: por todos nuestros amigos, los más leales, aquellos con los que hemos combatido codo con codo y a los que debemos la vida y el estar ahora aquí. Esto debes tenerlo en cuenta… y nunca lo olvides, si sales… si salimos de aquí con vida. Los ojos del animal resplandecieron al recordar y el rostro de la cazadora se colmó de emoción… y de decisión. De pronto a su alrededor las ramas se agitaron por todas partes como presas del pánico, azotadas por un soplo de viento que exhalaba algo sobrenatural. El vacío fue recorrido por presencias inconsistentes, que trazaron un círculo a su alrededor. Y las ánimas cantaron la nada, tratando de minar su aplomo y de someterlas a la locura. Pero el temple de ambas era inquebrantable, y su canto no hizo más que reforzarlo. Ahora Ladai se había incorporado y esperaba ya dispuesta tras un tronco, y alzó la voz con tanta fortaleza que los espectros se evaporaron y una luz de pureza invadió el claro cercano: -Me envías débiles banshees para que me atormenten y aturdan, dejándome incapacitada. ¡Mucho presumes de tu poder y muy poco acostumbras a usarlo! Una voz reverberó oscura y hueca, como un hálito que emergía desde las profundidades del averno: -Tu muerte está cerca, bien lo sabes –pronunció con lentitud y monotonía. -Intuyes mi muerte y te escondes. Quizás crees que tampoco le resta mucho a tu vida y por eso temes mostrarte. -Eres demasiado insolente, cazadora. No deberías presumir de tus proezas con tanta vanidad. Podrías desdecirlas. -No es el orgullo el que me pierde, sino la impaciencia y tu cobardía –le espetó Ladai con furia. -Mide tus palabras o tu final podría ser mucho más cruel, si terminan molestándome –por primera vez en su tono se atisbó una chispa de emoción; y era tan cruel y oscura que helaba la sangre. Las almas retornaron y su canción volvió. -Hablas de vanidad, viejo brujo, pero la tuya supera con mucho la mía. Te saturaste de poder y aún así no quedaste satisfecho, recluyéndote en tu desquiciado pequeño mundo de pesadilla como un poseso para intentar saciar sus deseos de omnipotencia. Te has consumido, convirtiéndote en una carcasa vacía y sin fuerzas, que burla la muerte tan sólo porque su reseco cuerpo apenas precisa atenciones vitales… Y por eso ya te crees inmortal, ¡y aún más, invencible! ¡Pues atiende, poderoso e inmortal brujo! Que tus pusilánimes artimañas acaben hoy conmigo si así ha de ser… Pero si el mismo Sargeras fue una vez derrotado por su orgullo, ¡te aseguro que mis flechas sabrán al menos herirte! -Risibles son las palabras en las que desgastas tus energías, heroína. -Oculto no me permites gastarlas en otra cosa, bastardo. ¡Sal y demuestra tu invencible poder! -Lamentarás tus prisas… Ladai acarició con delicadeza y mimo la cuerda de su arco con las yemas de los dedos, en un pequeño ritual de buena suerte que repetía antes de cada batalla -… lamentarás tus prisas… ¡¡Y desearás la muerte para no poder volver a evocar el infierno que desataré sobre ti!! Una violenta tormenta esferas ardientes se formó de inmediato en el bosque incendiándolo todo con un fuego verde espectral. El apagado canto de las banshees se convirtió en un inclemente aullido de agonía y miles de espectros se volvieron visibles y asediaron a la cazadora. Y entonces algo penetró en el interior de Ladai y quebró su determinación. Sintió terror, un terror extremo e insoportable, y sólo quiso dejar de existir. Sin concierto, comenzó a correr, tratando de escapar de una sensación que se aferraba a su pecho y parecía estar corrompiendo su alma. Los años que restaban de su vida se le estaban escapando, destruyendo. Y por mucho que intentase huir, sólo podía aguardar con desesperación a que la tortura terminase con ella. Pero el ladrido apremiante de Rhena disipó la cortina de magia por un segundo fugaz y la arquera recordó que no estaba sola. Fue consciente de la argucia del hechicero y reaccionó con presteza, reconociendo aquel encantamiento y tornándolo en su ventaja. El canal a través del cual el taumaturgo estaba absorbiendo su vida era diáfano y apenas visible, pero su entrenada visión captó su dirección antes de que la locura volviese a controlarla, y como un rayo se posicionó impecable y alzó su arco en un único movimiento, lanzando con resolución una flecha ineludible. Un grito de sorpresa y furia confirmó que había acertado el blanco, e inmediatamente ordenó a la loba con una rápida señal que se lanzara resuelta hacia el lugar. Sin embargo, aquel brujo no había alcanzado su renombre de modo inmerecido, y aún con la guardia baja supo corresponder al inesperado contraataque. Y cuando la propia Ladai se aproximaba hacia donde él se encontraba, un estallido como de un relámpago la cegó por unos segundos y la obligó a retroceder. Al recuperar la visión, lo que antes pareció ser la figura de su enemigo se había convertido en un montoncito de cenizas que acababa apenas de asentarse. Escuchó su risa etérea, que se convirtió súbitamente en una carcajada, exhalando su aliento implacable y convirtiéndolo en un vendaval. La tierra tembló, y de ella brotaron al tiempo decenas de cuerpos humanos descompuestos y sin vida, como marionetas grotescas, que comenzaron a rodearla. Por entonces, la cazadora había recuperado su compostura, y no se permitió en adelante el menor error. Quién hubiese podido ser el pintor que con dicha apreciase aquella escena, en la que el horror y la belleza se unían en aquella única y perfecta comunión, capaz de haber enamorado al corazón más frío. Ladai, con la soltura y esbeltez de una dríade, combatía aquel horror de fantasmas intangibles y muertos resucitados, lanzando una tras otra todas las flechas de su carcaj, en una coreografía tan grácil que convertía su técnica en arte. Por suerte para ella, conservaba un limitado conjunto de dardos consagrados, regalo de un viejo amigo, que había conservado sencillamente porque le recordaban a él. Ahora, inesperadamente, resultaban ser lo único útil frente a las huestes reanimadas del brujo. -¿Cuánto más pretendes retrasar lo que ha de llegarte? –preguntó el brujo, de nuevo sin ánimo. -¡Todo lo que sea necesario hasta que el castigo que mereces caiga sobre ti! –exclamó la arquera, advirtiendo que ahora su voz no había provenido de la nada, y lanzando otro proyectil hacia donde creyó que resultaría mortal. Erró el tiro; y justo entonces un golpe seco en la nuca la arrojó al suelo y casi la hizo desvanecerse. Al instante notó cómo algo brotaba del suelo e iba reptando con aspereza por su cuerpo inmóvil como un centenar serpientes, hasta que lo cubrió por completo. El suelo sobre el que yacía comenzó a deshacerse después, y la tierra se convirtió en fina arena. Las raíces que la sujetaban –pues ésas eran sus ataduras- tiraron de ella hacia abajo: tanto sus fosas nasales como su boca fueron poco a poco obstruidas por el polvo, y se vio obligada a cerrar los párpados. -Ya estás condenada… ¡húndete en el fango, insignificante mujer, y soporta allí los pilares de mi futuro imperio! Incapaz de contestar, ni de hacer ninguna otra cosa, Ladai fue poco a poco engullida por la tierra, mientras trataba de encontrar algo reparador en aquel nuevo silencio. E imbuida en ausencia, se dejó mecer por ella… -Comprenderás porque la gente teme ser enterrada viva mejor que nadie... –se burló el brujo. Pero de nuevo, su imprudencia le delató. Y Rhena, que desde hacía mucho rato y pretendidamente se había mantenido al margen de la batalla, a la espera del momento oportuno, descubrió por fin a su objetivo y se abalanzó desde las sombras hacia él, derribándolo. Sin darle tiempo a defenderse, la loba clavó sus colmillos en la carne acartonada del nigromante; pero inmediatamente advirtió el error que acababa de cometer, cuando saboreó la ponzoña que recorría su sangre medio coagulada. La misma ponzoña que se hallaba en sus uñas ennegrecidas, que desgarraron su costado cuando la cogió con su mano cadavérica y la lanzó contra un árbol. Allí quedó ya sin sentido el animal, que fue pateado en los últimos minutos que la quedaban por el brujo, hasta que el sadismo de éste quedó satisfecho. Y él volvió a carcajearse, seguro ya de su victoria, deleitándose con ella. Hasta que giró sobre sí mismo y volvió de nuevo la vista sobre la fresca tumba de su contrincante. Advirtió entonces, incrédulo, cómo las raíces que la cubrían, antes podridas, se elevaban ahora frescas sobre el suelo formando una especie de burbuja protectora. -¡¡¡Qué demonios es este truco!!! -gritó colérico. A partir de ese momento todo sucedió muy rápido. La flora del bosque se regeneró cual fénix a un ritmo alarmante, acabando con todo rastro de putrefacción y sustituyéndola por verdor y vida. Al mismo tiempo, una onda de luz se expandió resplandeciente, desintegrando los cadáveres, disolviendo las ánimas y consumiendo el fuego en un solo instante. A lo lejos el ruido de la tormenta comenzó a desaparecer, y pronto las nubes se disiparon y la luna derramó su luz sobre el claro, revelando en él la existencia de otro ser. Una pantera, oscura como una sombra, pero de ojos fulgurantes, se encontraba a tan sólo unos pasos frente al desesperado brujo. -Tú… -balbució- tú… ¡¡Qué has hecho!! -Devolver las cosas a su estado natural –le habló el animal-. E impedir que te lleves una vida. He hecho sencillamente lo que debía hacer. El hechicero trató de articular palabra, pero el felino volvió a tomarla: -Ése es mi cometido, la máxima por la que me guío. Y no suelo excederme en mis pautas… Pero tú… además de corromper este lugar… además de interferir en el desarrollo de la naturaleza… te has atrevido a atentar contra su integridad. Supo por el modo en que pronunció las últimas palabras que la pantera se estaba refiriendo a la cazadora, y un escalofrío trepó por su columna vertebral como una mano helada. Retrocedió, invadido quizás por primera vez en su vida por el miedo. -No… -el brujo torció su sonrisa en una mueca desagradable, repentinamente envalentonado- no puedes… Sé lo que eres: eres un druida. No atentarás contra mi vida tan gratuitamente. -Eres estúpido –le escupió el otro-. ¿Te piensas que no he matado antes? Cientos, miles de veces… mucho más de lo que ni tú podrías imaginar… Seres como tú, atroces, despiadados, hacéis que el mundo sea un lugar atestado de maldad y de espanto, y que la única manera de purgarlo de todo ello sea atentando contra la propia vida. Así que cierra tu asquerosa boca, criatura despreciable, porque eso no te servirá. E incluso si no hiciera falta destruirte para limpiar definitivamente este paraje de todo mal, no contemplaría yo tu muerte como un atentado contra la vida, pues tu existencia no merece tal calificativo. Tú no eres más que una enfermedad. Sus ojos intensificaron su brillo. El nigromante volvió a retroceder. -No… ¡¡¡¡Nooo!!!! ¡¡Este lugar es mío!! ¡Yo lo he creado con mi poder, yo… yo lo he erigido, fruto y reflejo de mi grandeza ilimitada! ¡¡Quiénes sois vosotros para usurparlo!! Su risa enloquecida y su mirada desorbitada se enfrentaron contra el rostro desafiante del felino. Si no hubiese sido imposible… habría jurado que el druida se estaba divirtiendo. -Imbécil… ¿Acaso creéis que podréis conmigo? ¡¿Acaso crees que lo que has hecho, que nada de lo que puedas hacer acabará conmigo?! –un halo de oscuridad comenzó a concentrarse a su alrededor- Estúpidos insectos… ¡¡Intentadlo las veces que queráis y os aplastaré!! ¡Ninguno de vosotros podrá contigo! ¡Ni tú, ni tu amiga heroína, ni ninguno de los que os sigan! ¡No!... jamás… ¡¡¡¡NO ESTÁIS PRE… -Ni se te ocurra acabar esa frase –le interrumpió en ese instante un susurro a su espalda, tan cercano, que le paralizó. Antes de que se recuperase, una mano experta y decidida le asió por la frente y alzó su cabeza, mientras otra hundía la daga que portaba en su garganta y acababa con su vida. El pícaro sostuvo durante unos segundos al brujo para confirmar su muerte y después lo dejó caer. -No habrías sido el primero en formular esas palabras en mi presencia –dijo sarcástico, contemplando aún el cuerpo exánime-; y te aseguro que tú no eras mejor que él. A continuación lo dejó atrás, avanzó unos pasos y dirigió su mirada hacia la pantera. Asintió levemente con la cabeza, a modo de saludo: -Iranur, Guardián de Cenarius. -Diedrick, Mano de Adal –los ojos del felino repasaron con calma al recién llegado, y acto seguido algo parecido a un resoplido brotó de sus fauces-. Parece que ambos hemos acudido en respuesta a la misma llamada. -¿Qué ha sido todo eso? –inquirió el otro. -¿Te refieres a los efectos gnómicos? –bromeó el druida- Lo de la vegetación y lo de ahí arriba ha sido cosa mía. Y te aseguro que, con los años, cada vez llevo peor la manipulación atmósferica… he tenido que transformarme en gatito para descansar por el esfuerzo. -Ya veo… -meditó unos segundos-. ¿Y lo otro? Fue cuanto menos curioso ver cómo el animal alzaba una ceja, incrédulo. -¿Acaso necesitas una respuesta? ¿Quién crees que ha podido ser? Casi sin que hubiese terminado la frase, un relincho les hizo girarse hacia el Éste. Allí, no muy lejos, en una elevación de terreno y sobre un caballo preciosamente ornamentado, una silueta se perfilaba rodeada de un aura dorada bajo las primeras luces del amanecer. La montura volvió a relinchar y se irguió brevemente sobre las dos patas traseras. El paladín entonces alzó su mano en señal de despedida y se volvió, dándoles la espalda y encaminando su montura a galope tendido hacia el horizonte. El pícaro negó con la cabeza. -Esta vez nos ha hecho llegar justo a tiempo… Algún día, la Alianza y la Horda se exterminarán así mismas –espetó con acritud-, y cuando ya no queden ni sus cenizas, ese tontaina responderá ante mí y me reconocerá que sus distancias no han sido más que una estupidez. -Lo importante es –apuntó el druida- que, pese a que nuestras facciones sean enemigas, él siempre va a ser consciente de que seguiremos siendo amigos… y de la suerte que tiene. Que tenemos todos. -Sobre todo Ladai. Al menos hoy le ha tocado el gordo. Si ese obseso no se pasase la vida vigilándola… Casi como si hubiese escuchado la alusión del asesino, la cazadora, hasta ahora inconsciente en el suelo y ya completamente liberada, gimió con insulsa fuerza. Al momento sus dos amigos se encontraban a su lado, el uno arrodillado, el otro sobre sus cuartos traseros. Ella abrió los ojos. -¿Chicos? ¿Qué hacéis… -Shhh –se apresuró a acallarla Diedrick-. Todo ha acabado, Ladai. Ahora descansa. Pero la arquera se revolvió incómoda -Rhena… -acertó a murmurar- ¿cómo… está? El druida volvió su mirada hacia el animal, a pocos metros de allí, y contestó: -Dudo que tenga algún veneno del que yo no me pueda encargar fácilmente, aunque es cierto que debería dedicarme a ella de inmediato. Tiene un par de heridas feas… -advirtió rápidamente la preocupación en el rostro de su amiga y añadió con rapidez- Descuida… en cuanto la trate apuesto a que se recuperará antes que tú. -Descansa, Ladai –repitió el pícaro-. No tienes nada de qué preocuparte. Ahora estamos contigo, y nosotros nos haremos cargo de todo. Y siguiendo finalmente su consejo, con una sonrisa en la cara, Ladai se sumió en un profundo y tranquilo sueño.
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