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Febrero 08, 2012, 11:46
Atomic  |  Zona Creativa  |  Gran Biblioteca (Moderador: Líam)  |  Tema: Nuestra Navidad I y II Búsqueda Avanzada
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Tema FijadoLocked Topic Tema: Nuestra Navidad I y II  (Leído 3872 veces)
Electron

Maestro Psi



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Mensajes: 5.085


« Respuesta #30 : Diciembre 31, 2005, 19:25 »

-¿Y para qué se supone que es esto?
El silencio fue toda la respuesta que recibió. Al pie de las escaleras del Salón Principal, una de las mayores estancias de la Gran Biblioteca, resultaba extraño no escuchar las agitadas voces de los foreros que formaban ya parte del propio ambiente del lugar. Especialmente en un día como aquél.

La gigantesca estancia, ya acogedora de por sí, había sido totalmente redecorada. Unas lujosas moquetas con estampados rojizos y negros cubrían ahora el oscuro parqué. Las luces de las velas, que se extendían suspendidas en el vacío desde los altísimos arcos del techo, estaban acompañadas por el crepitante fuego de la chimenea, y  las butacas que solían ocupar el centro de la sala habían sido apoyadas contra las paredes y sustituidas por una gigantesca mesa. En ese momento, permanecía vacía.

-No tengo la menor idea, Zero,- habló por fin Kyro, que en ese momento miraba con aire soñador los copos de nieve que caían en el jardín –pero creo que mejor estábamos fuera que custodiando esa cosa. ¿Qué podría pasarle aquí?
-Bueno, Líam nos lo ha pedido como favor. Será un regalo de un amigo o algo así.
-¿Y nos lo da a nosotros en lugar de guardarlo en su habitación?- intervino Minun, que no quitaba ojo de encima a Keny. –Me parece que no sabe dónde se mete.
-¿Dónde mete lo qué?
-La estrella, Arcal. Y Kyro tiene razón, podríamos dejarla aquí. No creo que ese terrible monstruo devorador de regalos lo ataque si Elec – acentuó especialmente esa última palabra, casi derribándolo al pasarle el objeto como si de un balón de rugby se tratase- lo vigila.
-Claro, yo vigilo mientras los demás lo pasáis pipa con la nieve. No eres lista ni nada, Tao.
-A mí no me incluyas. Yo me voy a mi cuarto a descansar un rato-, alegó Tenebrus haciendo un gesto de mano a modo de despedida.
-¿Tú vienes, no, Eni?
-Lo siento, Leo, pero prefiero quedarme. Alguien tendrá que vigilar esto si os vais…
-Una baratija, como otra cualquiera. No sé qué le veis de especial…
-Simplemente que nos ha sido confiada, abejita zumbona-, respondió ella autoritariamente.
-Tú misma, conmigo no contéis para…
-¿Pero por qué discutís por una simple estrella en miniatura? Vamos, nos la llevamos y ya la vigilamos mientras.-
Leo se dio la vuelta con un suave movimiento de capa, en ademán de marcharse. Algunos se dispusieron a acompañarle, pero a medio camino pareció pensárselo mejor. Se detuvo durante unos instantes, a medida que se le ensombrecía el rostro. Lentamente extendió la mano, como si estuviese intentando palpar algo que a los demás resultaba invisible.
-Leo, ¿qué pa…

Antes de que Enilla pudiese terminar la pregunta, un estruendo en algún lugar cercano a la chimenea la interrumpió. Instintivamente todos se giraron hacia el lugar del que procedía la explosión.
Un denso humo blanco se expandía rápidamente desde lo que parecía una canica de tamaño medio… pequeño… apenas se distinguía.

-¡Allí arriba!
 
Y entonces lo vio.

Una silueta miraba fijamente a los usuarios desde una repisa situada sobre la chimenea. Su aspecto era lo más extravagante que Elec había visto en su vida. Una camisa azul, combinada con una corbata entre el rojo y el fucsia, un sombrero de copa blanco y...
-¿Un monóculo? Será hortera…
Karela no desacertaba, pero no era eso lo que miraba Electron en ese momento. El desconocido llevaba una capa blanca, descaradamente holgada, y contemplaba a los usuarios por encima de la neblina con una arrogante sonrisa.

Todo ocurrió en un instante. El desconocido saltó del vasar hacia Electron. Éste y Kyro alzaron las manos y dispararon sendas esferas oscuras, que impactaron de lleno en la altanera figura. Como si hubiese recibido un golpe en el estómago, éste salió despedida hacia atrás, trazando un arco hacia el suelo…

¡CRASH!

Los restos del jarrón quedaron esparcidos frente al fuego. No así el humo que, como consciente de su derrota, remitió hasta desaparecer por la chimenea.

-Gracias, Kyro, buen trabajo-, dijo un sonriente Electron, como si acabase de salvar el mundo.
-Déjate de gracias… ¿Qué has hecho con la estrella?
-Tranquilo, la tengo aqu… aqu… ¡Diantre, ha desaparecido!
-¡Keny, escupe! –, gritó Minun.
-Pero si yo no…
-Ejem, chicos…
-¡Escupe, desgraciado!
-¡Vuelo, vuelo!
-¡CHICOS!

LaoTzé señalaba al techo con una sonrisa nerviosa.
Allí, en lo más alto de la cúpula, la nieve causaba un viento gélido que penetraba por una ventana abierta en la cálida Biblioteca… y una figura encapotada salía de ella, con algo brillante en la mano.  
Una nota escrita en pergamino cayó entonces en medio del círculo de usuarios.
Su brevedad era insultante:

* Cuando el dividido espíritu de Atomic encuentre la magia que vuelva a reunirlo, los ojos veran lo que la Creación les había negado. *

……

-Jo, qué elegancia… así da gusto ser robado.
-No es momento para bromas, Elec. Ya podemos recuperarla, o Líam nos usará para preparar la cena…
-Eni, yo no sé cocinar.
-Muy bien. Ahora búscale otro sentido-, replicó con gesto inocente.


La nieve seguía entrando por la ventana. Nadie se había molestado en cerrarla. Comenzaba a refrescar en la sala.

-Me siento fatal. Se la ha llevado delante de nuestras narices.
-Sé lo que quieres decir, Enilla. Pero aún podemos encontrarla…
-Ya podemos ponernos, Minun… pero no es solo por eso-, dijo mirando con tristeza a su alrededor.

Leo se encontraba junto a las puertas de cristal que conducían a los jardines, al parecer absorto en sus pensamientos… como si algo le faltase.
Soro contemplaba la mesa donde, otros años, estarían comiendo a esas alturas. Pero ese año no…
Incluso Wario había descendido de su torre de moderación, preocupado por el estado de la Biblioteca. Recordaba los concursos de chistes de otras Navidades…
Electron meditaba en el lugar donde minutos antes había estado el jarrón.
<<¿Minutos? Ya parecían horas…>>

El silencio en la sala era sepulcral. Todo parecía carecer de sentido...

-Sí, lo sé… como si echásemos en falta algo…
-Algo que en realidad nunca hemos necesitado-, terminó Electron.
-Habla por ti, Elec. Si a ti no te importa que se la hayan lleva…
-No he dicho eso, Wario. Creo que todos sentimos…
-A mí no me metáis en esto-, rugió la voz de Tenebrus desde el piso de arriba –yo no he tenido nada que ver con esto.
-¿Y no podríamos comprar otra?-, sugirió Tao. –Seguro que no era la única del mundo…-
-Conmigo no contéis. No pienso poner ni un cooper, yo no tengo la culpa. Y menos para un adorno, que es lo que es.
-No será necesario poner nada, Raistlin. Bastará con descifrar el enigma-, replicó Enilla, tajante.
-¿El cartógrafo no dice nada?
-El cartógrafo está acostumbrado a trabajar con planos y coordenadas, no con acertijos, Gengar-, protestó Lao.

Elec ya no sabía qué pensar. El problema no parecía tan difícil, pero lo cierto es que aún no había logrado sacar nada en claro.
<<Vamos… solo se trata de encontrar una estrella… encontrarla…>>


Elec sobrevolaba ahora la Ciudad de Atomic.
<<Buscar directamente… decepcionantemente sencillo…>>
Hacía rato que los usuarios habían llegado a la conclusión de que la mejor manera de descifrar la nota era investigar sobre el terreno.

Miró hacia arriba. Un imponente dragón azulado giraba sobre la torre de Administración, la más alta de Atomic. Su estampa era realmente majestuosa. A aquella altura sin duda habría una buena ventisca. Sin embargo, esto no parecía preocupar a su señora, sentada donde terminaba su cabeza y empezaba el cuerpo. Las escamas de la criatura brillaban con cada copo de nieve que caía sobre ellas…
Decidió descender.
Floppy continuaba vertiendo un extraño “anticongelante” por los caminos de piedra que se abrían paso entre la arboleda nevada de los jardines. En un banco de piedra, protegidos por un escudo energético, Enilla y Lao consultaban diversos planos de la Ciudad.
-Esta zona está descartada-, oyó decir a Enilla.
-¿Tú crees que habrá…?
-No, habría detectado alguna alteración en el espacio-tiempo. Está aquí, sin duda.
Era un alivio descubrir que Lao también se lo había planteado. Lo último que quería pensar Electron era que todo Atomic buscaba en la dimensión equivocada. Continuó avanzando.
Atsumu y Jolti exploraban en ese momento la entrada a la Biblioteca, vestidos como detectives del XIX. Elec prefirió pesar que lo hacían para protegerse del frío. Justo en ese momento una enorme sombra apareció sobre ellos.
Miró hacia arriba. Lo reconoció al instante.
Del tamaño de un estadio de fútbol moderno, con la superficie totalmente metálica,  un gigantesco zepelín sobrevolaba en ese momento la Zona Creativa del foro. En su cabina Elec distinguió una figura explorando los tejados con su catalejo. No sabía qué le sorprendía más; verle sin su habitual compañía femenina, o sin sus inmaculadas ropas barrocas. Parecía haberse levantado a toda prisa.

Continuó avanzando en medio de las ráfagas de aire…

Sin saber cómo, había llegado al lago que se extendía desde la gigantesca esfera rojiblanca de los torneos Pokémon hasta la sección de Japan, formando un polígono irregular con Ocio y Mitología.
Allí, en el centro de la superficie helada, un chico con gafas y pelo moreno esperaba junto a una improvisada entrada al agua. Por el humo verdoso que salía, Elec adivinó que había pedido prestado a Floppy su “anticongelante”.
Pasaron unos minutos hasta que se rompió la superficie. Una especie de gato azul con cola de sirena saltó sobre la capa de hielo, para aterrizar junto a su entrenador. Tras una caricia, éste hizo un gesto al psíquico.
<<Nada bajo el agua…>>

Un rugido espantoso lo sacó de sus pensamientos. Elec suspiró. Ya se empezaba a acostumbrar.
Cyan volaba sin control sobre la Ciudad de las Catedrales, bramando al aire.
Sobre un tejado próximo, Taoeris discutía acaloradamente con sir Mikel.
-… supieses conducir ese melón gigante…
-Disculpadme, querida. No acostumbro a viajar entre nubarrones negros-. Recalcó especialmente esa última palabra, lanzando una mirada fulminante a Kyro, que en ese momento se daba a la fuga.
<<Nada por allí arriba.>>

-Arriba…

Algo parecía brillar en lo alto.

Elec se acercó lentamente. Lo que quiera que fuese, no parecía tener intención de moverse.
Parecía simplemente una mota de luz. Le extrañó haber visto algo tan pequeño a tanta distancia.
Miró un instante hacia abajo. El sinfín de ventanas de las catedrales parpadeaba con una luz anaranjada, delimitando a la perfección su silueta. Algunas sombras continuaban moviéndose con gran agitación por el patio.
Se obligó a concentrarse en aquella diminuta centella.

De cerca solo era un núcleo de color ambarino, que se dispersaba apenas unos milímetros en un aura blanquecina.
Acercó la mano. No parecía sólida, pero se sentía incapaz de traspasarla.
Instintivamente, Elec chasqueó los dedos. Una pequeña chispa apareció en la palma de su mano.
Con bastantes dudas la acercó a la partícula luminosa…
-¿Elec?

Casi salió de su levitación.  Dio tal sobresalto que casi se traga ambas esferas.

-¡Leo! No vuelvas a hacer eso en tu… Oye, ¿qué haces aquí arriba?
-Ya ves, ahora resulta que vuelo-, dijo como quien explica que acaba de aprender a montar en bicicleta.

Electron iba a añadir algo cuando la mota lumínica hizo algo extraño Por un momento brilló con una intensa luz blanca. Después comenzó a parpadear…
-Jo, cada vez te salen cosas más chulas-.
-Chsst…
Comenzó a difuminarse. Con cada parpadeo parecía expandirse ligeramente. Y de nuevo luz blanca…
Finalmente se detuvo.

Los dos chicos la miraron extrañados. Estaba exactamente igual que antes, pasando por alto que ahora tenía el tamaño de una cereza. Algo parecía moverse dentro…

Electron se acercó de nuevo. Escrutó como si se tratase de una antigua cerradura…
De pronto se le iluminó la cara.

-Leo… ¿podrías pedirle a Tao que venga un momento?
-No creo que me cueste mucho encontrarla-, respondió el Mago Dragón mirando hacia abajo. Por todas partes se oían voces femeninas, impartiendo órdenes a una criatura que no cesaba de bramar.

*******

Un chico moreno permanecía de pie frente a una chimenea. Tenía aspecto pensativo.
De la nada aparecía una mano que le aplastaba una estrella en el pecho una vez… y otra…
A su derecha, un chico de pelo puntiagudo ondeaba su negra capa. Parecía intentar convencerle de algo.


********

-¿Elec?

Esta vez no se dejó impresionar. Se limitó a voltear la cabeza.
La joven estaba flotando junto a Leo. Era una escena realmente extraña. Electron no sabía si su gesto era de impaciencia (llevaba una correa negra que hubiera servido para atar un barco al barco) o de aturdimiento por su paseo entre las nubes.
En todo caso, se esforzaba por sonreír.

-¿Podrías acercarte un momento, Tao?
No necesitó leerle la mente. <<¿Si puedo acercarme? ¡Estamos flotando en mitad de la nada!>>
Solo vio la rizosa cabeza de Tao frente a la centella durante un momento. Un nuevo destello, de más intensidad que el anterior, le cegó.

********

Ahí estaba. La Diosa Dragón obsequiaba a su amigo con aquel objeto que tanto trabajo les estaba dando. Ahora, a su lado podía verse también el perfil de Kyro.

********

Todo seguía igual. Ni Taoeris ni Leo parecían en absoluto impresionados por la nueva transformación de la esfera.
No tuvo que pedirlo de nuevo. Ambos se dirigieron rápidamente al corazón de la Ciudad…

********

Tenebrus subía por las escaleras que conducían a los dormitorios, con aire molesto.
Beeman y Enilla charlaban desenfadadamente, mientras los demás discutían quién debía quedarse…


********

Zero… Karela… Jekill…San Pokelink…

Uno a uno todos los usuarios se iban acercando a aquella luz que ya iluminaba la ciudad entera. Algunos habían tomado asiento sobre alguna nube cercana. A nadie parecía importarle la ventisca que les azotaba. Aquella ventana al pasado continuaba mostrándoles extractos de Navidades pasadas.  Las competiciones junto al lago… el intercambio de regalos… un árbol decorado con un sinfín de esferas oníricas…

Pedro… Hacon…

… la Cena de Nochebuena… la búsqueda de Navi… el intercambio de postales…

Enilla… Gengar… Lao…

Entonces, unas chispas comenzaron a surgir de aquel globo de fantasía.


No quedaba nadie en la Ciudad. Incluso Floppy y Pingu parecían haber abandonado sus puestos…

Una lluvia de estrellas azuladas iba dejando su rastro en el cielo, a medida que se precipitaban sobre las Catedrales.
Sus formas etéreas se perdían al tocar cualquier superficie, haciéndola brillar de un modo especial. No así sus estelas, que se arqueaban en todas direcciones, formando una semiesfera que poco a poco iba cubriendo el foro entero.

No, no quedaba nadie… salvo una persona. Una persona que sonreía, sentada al borde del lago, viendo aquella lluvia de magia que cubría cada centímetro cuadrado de superficie, como habría hecho el agua de verdad.
Entonces se puso en pie. Se adentró hacia el centro del lago, justo donde Taiki había perforado en su intento por encontrar la estrella. Sin siquiera retirarse el guante, tocó la superficie del agua…



Electron aún no comprendía bien lo que acababa de ocurrir. Muy abajo, en la Ciudad de las Catedrales, todo parecía diferente. Los edificios brillaban ahora con luz propia, alumbrando cada rincón de los exteriores.
Los árboles, aún nevados, lucían estrellas de cinco puntas en la cima de sus copas, y pequeñas hadas de todos los colores se ocupaban de decorarlos con cualquier cosa que encontraban. Acto seguido, las rozaban y éstas comenzaban a brillar.

Había comenzado una batalla de nieve entre los Jentays y la Pokémafia y, los que pertenecían a ambos, simplemente se divertían mirando o paseaban alegremente por los caminos de la ciudad.
De vez en cuándo se oía algún sorprendido “¡Eh, esta nieve no moja!” por parte de los sorprendidos guerreros.
En el lago, Karela y Bunny trataban de enseñar a Ifrit y Kyro a patinar, mientras Kouji, Ojosapo y demás participaban en el concurso de bolas de nieve.
-¿Y no podías representar otra cosa, Arcal?-, protestaba una colérica Enilla.
-Vamos, Enilla, solo es un juego-, respondía un paciente Bug.
-Además, ¿qué tienes en contra de mi Torre Eiffel?
-¿Eiffel? ¿Y cómo llamas a esos bultos de nieve?
-Ehmm… ¿los restos de la torre?

En lo alto, Leo y Taoeris libraban su clásica batalla de fin de año, iluminando a los foreros con sus rayos.
Cosa en realidad innecesaria, pues la estrella seguía iluminando toda la Ciudad como un faro en la noche.

Solo Electron continuaba allí arriba.
Contemplaba la estrella, ahora rebosante de energía, que unas horas antes Líam les había prestado. Abajo todo parecía maravilloso… pero aún había algo que le preocupaba.

-Aún no estás convencido…
Elec se giró. Allí estaba, contemplándole a través de su monóculo. El viento había remitido pero, sin embargo, su capa continuaba ondeando, como por arte de magia.
-Pues no… la verdad es que no-, reconoció el psíquico fastidiado. Le fastidiaba que su amigo le psicoanalizase.

El hombre se acercó, sin prestar atención a la gravedad que tiraba de él, y se sentó a su lado.

-Fíjate… todos están contentos. Tienen la Navidad que deseaban… Y parecen estar pasándoselo en grande.
-Lo sé, pero… Esta estrella… Nosotros antes ya…
-Te comprendo. Te da la sensación de que no hubiera habido Navidad de no ser por esto, ¿verdad?-, hizo un gesto con la cabeza hacia la luminosa esfera.
-Sí… y abajo, los adornos, las luces…
-La Navidad es un tiempo para disfrutar con los amigos y la familia-, respondió el hombre con un suspiro. –No debería estar condicionada por todo eso-.

Elec estaba alucinando. Era la primera vez que se sentía como si alguien le leyese la mente…

-Mira abajo-, continuó el hombre.
-¿Sí?
-¿Qué ves?
-Bueno… La verdad es que todos parecen estar disfrutando mucho…
-Haciendo algo que, en realidad, pueden hacer cualquier día-.
Elec no lo había pensado, pero su amigo tenía razón. La nieve no era algo que escapase al control de Lao, y sin duda el encapotado no tendría ningún problema para conseguir otra estrella en cualquier época del año.
<<Siempre podría ser Navidad…>>
-Es algo difícil de ver. Con el ajetreo del año, poca gente se da cuenta. Todo esto…-de nuevo señaló las miles de luces que ahora brillaban por todo Atomic- es solo para recordarnos que está aquí… y para crear ese ambiente distinto y especial que tanto nos gusta a todos.

<<Ah, no. Por ahí no paso.>>
-Para nada-, respondió el psíquico. –No deberíamos depender de la ornamentación para poder sentir todo esto…
-¿Te ves capaz de conseguirlo por ti mismo?-, replicó el chico, con una inocente sonrisa.

Ahora sí le había pillado. Aquella era la pregunta que le había traído de cabeza desde que se fue a la cama.

-Yo…debería… debería ser capaz de conseguirlo-, respondió por fin.

Pero ya no había nadie allí.

Ahora Electron lo comprendía todo. La vigilancia de la estrella, la búsqueda por el foro… La Creación había negado a las personas ver lo invisible… Solo cuando todos se juntaron de nuevo había aparecido lo que tanto habían buscado. Y, aún sin que hubiese aparecido… allí habría estado.

Echó una última mirada al cielo de la noche, y se zambulló en el aire, en dirección a la ciudad.
Realmente todo estaba precioso. Sus amigos continuaban con los juegos de la noche, y en el interior del edificio ya se aspiraba el aroma de la cena.
-Elec, corre, mira lo que ha esculpido Ar…
 
¡PAF!

Una bolazo de nieve le impidió terminar la frase a su amigo. Entre risas, se dirigieron juntos al lago.
Por el camino, completamente limpio de nieve, Líam paseaba con sus peluches, felicitándoles por el trabajo bien realizado.
Durante un instante, Electron y él se miraron y sonrieron. Desde luego, había alguien que sí tenía claro el significado de la Navidad. Le pareció que le guiñaba el ojo…

De repente, Elec. miró de nuevo hacia el cielo, donde hacía nada se había encontrado con el desconocido.

-¿KID?
 
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"Un espíritu libre, un susurro mágico"
"Si quieres evitar olvidar tus recuerdos, guárdalos en el corazón..."
"Si algún día oyes mi voz, sabrás que mi estilo es hablar a través de mi tiempo y mi espacio al tuyo."

 
enilla151
Visitante
« Respuesta #31 : Diciembre 31, 2005, 19:42 »

Quien dice que la nieve es bonita es porque no ha pasado una noche en una fría taberna de pueblo, congelado hasta la médula, y sin una manta de mala muerte con la que taparse, y no digamos ya un fuego. Al menos, eso es lo que pensaba Kalos, asesino profesional, de treinta y cinco años de edad y cuyo primer diente había salido a los nueve meses. Claro que esto último era un detalle de lo más irrelevante, pero su madre siempre lo había proclamado con orgullo a propios y extraños al presentarlo, así que había adquirido la costumbre de hacerlo él también. Tampoco es que importara mucho, por cuanto que quienes solían oír su retahíla completa de presentación acababan más fríos que sus pies en ese momento, así que no iba a traumatizarse con formalidades.
-¡Posadera! -gritó con recia voz, muy diferente al tono, casi sibilante, que empleaba para dirigirse a sus futuras víctimas-. ¡Posadera! -volvió a gritar a los pocos segundos, al ver que la puerta continuaba herméticamente cerrada.
Al poco rato, una mujer con la nariz cubierta de verrugas, y que un niño en la edad de leer cuentos de hadas hubiera identificado rápidamente como bruja malvada, abrió la puerta.
-¿Sí? -preguntó, antes de añadir, con cierto retintín en la voz-. Caballero.
-Tráigame una manta que sea bien gorda. Y algo de café caliente -bufó-. No me sorprende que este sitio tenga este aspecto de tasca si dejan morir de frío a sus clientes.
-Hum... No sé si podré encontrar una manta apropiada -fingió pensar en voz alta la vieja-. Después de todo, hay mucha gente que las necesita.
Hastiado, Kalos lanzó unas monedas sobre el suelo, sacándolas de un saquillo que llevaba colgado del cinturón, mirando con desprecio cómo la mujer se apresuraba a arrodillarse para cogerlas.
-¡Dése prisa! ¡Y más le vale que el café esté bien cargado! -vociferó mientras la otra salía, dando un portazo. ¡Si le pudiera poner las manos encima...! -murmuró furioso, casi para sí.
Un ligero ruido se dejó oír bajo las sábanas de la cama situada al lado de la suya y, un momento después, una cabeza femenina, con la melena enmarañada, se volvió hacia él.
-¿Tenía que ponerse así? -balbució, aún medio dormida.
-¿Y qué pretendía? ¿Que le dejara a la condenada mujer hacer lo que le viniera en gana? Esa tía se va a comer mi dinero tarde o temprano -respondió bruscamente, a la vez que se comía a su interlocutora con los ojos. No era guapa, ni mucho menos, pero hacía mucho tiempo que no yacía con una mujer, y no era hombre a quien la abstinencia le hiciera sentir bien. Tan obsesionado estaba con esa nueva idea, que ni se paró a preguntarse qué demonios hacía una mujer en una habitación reservada habitualmente para hombres. Tampoco es que fuera preocuparle mucho, de todas maneras, ya que, cuando puedes solucionar la mayor parte de los problemas a los que te enfrentas con un tajo bien dado, tiendes a pensar más con tus instintos y menos son la cabeza, si es que la utilizas para algo.
La mujer, advirtiendo el brillo en los ojos el hombre, se apresuró a echarse lo que parecía ser un abrigo por encima de los hombros, antes de sentarse, apoyando la espalda en la pared.
-¿Y qué esperaba que hiciera? -preguntó ácidamente-. ¿Que le sirviera gratis?
-¡Si esa zorra gana el triple de lo que trab...!
-¡Señor! -le interrumpió la mujer con ojos llameantes-. ¡Haga el favor de cuidar ese vocabulario!
-Haz el favor de contener tú tu lengua al hablar conmigo, mujerzuela, si no quieres que añada una cicatriz a tus múltiples defectos.
-No serán tan numerosos, a juzgar por cómo me miraba hace apenas unos instantes...
El asesino hizo un rápido gesto, con intención de sacar su cuchillo, pero la puerta abierta le disuadió momentáneamente. Tras ella, entró de nuevo la posadera, llevando una taza llena de un líquizo oscuro, y una manta a modo de chal, que dejó en el suelo.
-Aquí tiene -fue a decir algo desagradable de nuevo, pero se contuvo al ver la expresión del hombre, saliendo apresuradamente de la estancia.
-¿Ves? Así se hacen las cosas -comentó con autosuficiencia, volviéndose hacia donde estaba la fémina. O quizás debería decir había estado, porque la destartalada cama aparecía vacía-. ¿Eh?
Un ruidoso sorbo a sus espaldas le llamó la atención. Al desviar la vista hacia allí, vio a la mujer bebiendo tranquilamente del café... de su café.
-¡Perra! -gritó, golpeándola con el canto de la mano, de forma que tanto ella como la taza cayeron al suelo, con tan mala suerte que la taza fue a volcarse justamente sobre sus prácticamente desprotegidas piernas.
-¡Merecido se lo tiene! -gritó la mujer, frotándose la dolorida mejilla-. Ahí tiene su precioso café, arruinado. ¿Tanto le costaba haberme dejado beber? Por no hablar ya... -se asomó a la ventana para coger unos copos de nieve del exterior, que se pegó a la cara.
-¡Cierra! -gritó el hombretón, con la cara desencajada de dolor, pues el humeante líquido había caído con tal mala fortuna que, encima, dudaba que pudiera probar a ninguna mujer durante, al menos, una semana más-. ¡Me estoy helando!
-¿Después de tirarse ese café encima? Permítame que lo dude. Tome -dijo, en un tomo más normal, tomando entre sus manos un poco más de nieve del alféizar-. Póngase esto.
Un nuevo manotazo envió la nieve desperdigada por toda la habitación.
-¿¡Para qué me lo da!?
-¡Para que se lo ponga, ya se lo he dicho! -replicó airadamente la joven. Tomó un poco más-. ¿Va a cogerlo o al menos tendré el placer de enviárselo a la cara antes de mandarlo a la mierda?
Kalos le dirigió una mirada furibunda.
-Démelo -masculló. La mujer le puso la bola en las manos-. ¡Ay! ¡Está helada! ¿Y si me lo aplica usted?
-¡Ni lo sueñe! Bastante he hecho con acercársela, idiota. ¿Qué esperaba que estuviera? ¿A noventa grados?
-¿Grados?
-Déjelo... -resopló-. ¿Le alivia?
-Hum... puede -respondió con el ceño fruncido.
-En ese caso, lo mínimo que podría hacer es agradecérmelo.
-Prefiero pagarla -escupió el hombre, arrojando otra buena cantidad de monedas sobre el suelo. Sin embargo, ella no las cogió-. ¿¡Qué hace!? ¡Recójalas!
Con un suspiro, la femenina figura se movió por la habitación, recogiendo una a una las monedas, antes de lanzarlas de nuevo sobre el regazo del hombre.
-No las quiero. Guárdese su apestoso dinero.
-Pero... -balbució el otro estupefacto, no le había ocurrido nada parecido en su vida-. ¿Por qué?
-Porque, de hacerlo, incumpliría una promesa.
-¿Una promesa? -repitió el hombre, agradeciendo no tener su cuchillo en la mano, pues sin duda se le habría caído al suelo de la impresión.
-Sí... una promesa hecha a una joven. Le contaré.
-No me interesa.
-Me da igual -afirmó, terca-. Va a tener que oírla de todos modos, no se puede mover... -el asesino emitió un gruñido de derrota-. Escuche...
Bajo la ventana de la habitación, de nuevo cerrada, unos hombres habían encendido una hoguera para quemar los restos de la matanza.
-... hace unos años, quizá dos, o puede que más, cuando estaba yo en una ciudad perseguida por un batallón de guardias bastardos...
El hombre soltó un resoplido que sonó como: "sabía que no eras trigo limpio".
-... una joven apareció de repente a mi lado y me ayudó a escabullirme por una callejuela lateral, hasta llegar al bosque que había a las afueras de la ciudad. Allí, prácticamente caí dormida, porque llevaba el día entero trabajando...
"En qué trabajarás tú"
-¿Piensa callarse, o le echo sal sobre la herida?
Tan sólo el silencio siguió a esa amenaza, así que, la mujer, arrellanándose de nuevo en la cama, siguió contando.
-... cuando desperté, me había traído comida y agua fresca, y me dijo que había solucionado "mi caso" con los guardias. Nunca sé cómo lo hizo, pero yo ya había probado a ofrecerles pasar una noche con ellos y no me funcionó, así que supongo que les pagó, pero lo cierto es que así era...
-¡Narices! ¡Como que me voy a creer yo ese cuento de hadas! ¿Por qué iba a ayudar a una tía como tú?
La voz de la mujer sonó extrañamente serena.
-Eso mismo le pregunté yo.
-¿Y?
-Y me dijo que, en su mundo, estaban en una época llamada Navidad... y que en esa época todo el mundo se ayudaba, y se quería, y todos estaban juntos...
-Y tú fuiste y te lo tragaste. Si cuando digo que las mujeres no piensan...
-¡No! -interrumpió la mujer con rabia-. No me lo creí. Pero sonaba bonito... así que cuando exigió de mí una promesa como pago, acepté.
-¿Y cuál era esa promesa? ¿La de hacer el tonto en estas fechas?
-La de hacer algo desinteresadamente por alguien en esta época... ¡y bastante que cuesta!
-Un poco de nieve... no es que hayas hecho mucho -comentó el hombre, escupiendo en dirección al rincón-. Aunque creo que tu preciosa filántropa no se va a enterar aunque quiera, así que... Eso, si es que existe.
-Ella dijo que la cosa más nimia sería suficiente...
-Te dejaste engatusar por su palabrería, seguro. Una época basada en el cariño... ¡fu! Qué idiotez.
-Bueno, yo ya he cumplido con mi promesa. Aunque sólo sea para demostrarme a mí misma que soy capaz de hacerlo, no crea que soy una niñata que sigue esperando cuentos de hadas. Si me disculpa -se levantó con ligereza- seguro que vienen clientes.
Abrió la puerta rápidamente y se fue, sin cerrarla tras de sí. Kalos la miró partir, bamboleando sus caderasm, con una sardónica sonrisa en el rostro. Luego, pareció acordarse de algo, y rápidamente rebuscó en sus ropajes hasta encontrar el papiro con la información de la que había de ser su próxima víctima, un trabajito por el que le habían pagado muy bien...
Lo miró durante unos instantes y luego se aproximó renqueando a la ventana, arrojando el papel a la hoguera que crepitaba fuera.
-¡Qué más da! -dijo para sí-. Después de todo... a lo mejor así en un futuro hay quien me ofrece un harén gratis. ¡Es Navidad!
Y dio un codazo para cerrar la ventana, cuyo frío cristal se rompió en mil pedazos.
« Última modificación: Enero 02, 2006, 00:57 por enilla151 » En línea
 
Líam

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« Respuesta #32 : Enero 02, 2006, 02:44 »

Abrió los ojos de golpe y se topó de narices con un precioso cielo estrellado con miles de luceros blanquecinos en argentino titilar. ¿Había muerto? ¿Era aquello lo que se veía, el cielo del que todos hablaban? La paz de la noche le envolvía y poco a poco fue aceptando su nueva condición con tranquilidad, como un descanso merecido y buscado. Estiró entonces su manos, sintiendo el frío de la nieve sobre la palma abierta y un calambre helado recorrió su cuerpo, devolviendo sus sentidos a la realidad. El último disparo le había sobresaltado y por un momento no fue consciente de que todo había sido un sueño.
Se incorporó y recorrió toda la plaza con la mirada, atento, curioso. Se rascaba la cabeza mientras pensaba que aquel remedio no había dado respuesta a sus preguntas. Se levantó, pero al comenzar andar, tropezó con su propia túnica, enredad en sus pies, lo que le devolvió de un golpe al frío tacto de la nieve, esta vez en su rostro. Se dio la vuelta y volvió a contemplar el cielo. Sus labios temblaban por el frío y su cabello rubio le acariciaba la frente movido por la brisa gélida, mientras miraba detenidamente el firmamento y no miraba nada a la vez. Inconscientemente había conseguido observar las estrellas en su totalidad, en su apabullante y angustiosa grandeza infinita, haciendo que del frío que sentía en sus huesos se contagiase también su alma. Se sentía tan pequeño...
Comenzó a mover piernas y brazos, arriba y abajo, formando en mitad de la plaza del Limbo un “ángel de nieve”. ¿Por qué le preocupaba aquello? Era un ser tan insignificante ante aquel universo inabarcable y se preocupaba por nimiedades. ¿Era correcto poner empeño en buscar respuesta a una pregunta aparentemente tan banal? Él siempre había valorado los pequeños detalles, las alegrías de la vida... ¿Estaría dejando de ver el bosque por fijarse demasiado en el árbol? ¿Y si aquello era normal? ¿Y si simplemente había llegado a un punto donde no era capaz de seguir engañándose con nimias gotas de cristal y era incapaz de retirar la vista de aquella gran nada de problemas existenciales que le rodeaban?
¿Qué le estaba pasando? Siempre había luchado contra esos comportamientos, contra aquel escepticismo que rechaza cualquier otro método que no sea la reflexión pesimista o completamente aséptica, armándose de simpatía, buen humor y esa alegría interior cuyo origen desconocía, pero que guardaba y compartía con los demás, sabedor de estar haciendo lo correcto, de haber escogido un sabio camino.
Ahora, sin embargo, le apabullaban las dudas, los interrogantes, las imágenes grises y él mismo no era capaz de hacerse ver la realidad. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿Era aquella la realidad? ¿Era lo que pregonaba, su mensaje, la Navidad como síntesis de todo aquello, una simple droga para mitigar y esconderse del dolor que provoca verlo todo claro?
Se perdía a sí mismo en aquel océano de estrellas y temía no volver a encontrarse esta vez. Un minúsculo lucero brilló por un momento, lanzando un destello y volvió a su posición normal. No es que fuera algo del otro mundo, de hecho, a pesar de ser algo inusual, nadie se hubiese fijado en ello a simple vista. Sin embargo, él sí que lo había visto y en el mismo momento, una minúscula lucecita se había encendido en su interior. Puede que no fuera nada, pero le empujaba a levantarse y a esperar un poco más con fuerza sutil y apenas perceptible.
Los tonos celestes se tornaban poco a poco ambarinos, de un naranja cálido y acogedor, pero aún pálido. Se levantó del suelo y se echó la capucha sobre la cabeza.
- Empieza el espectáculo...- y se alejó con una sonrisa en los labios.
Los primeros rayos del alba se colaban por la ventana de Minun, calentando su rostro y despertándole con suavidad. Abrió los ojos, todavía soñoliento y se estiró todo lo largo que era, lanzando un gran bostezo.
A un lado de la cama le esperaban sus zapatillas, forradas con lana de cordero, calentitas y agradables. Se dirigió al baño, pero tropezó con su propio calzado y fue entonces cuando se dio cuenta de que algo había cambiado allí. La habitación era exactamente la misma, nada había cambiado de lugar y todo era igual que las mañanas anteriores y aún así, era como si se encontrase en un lugar extraño, en una imitación o ligera variación de su propio cuarto... como si la perspectiva hubiese cambiado.
El sol acababa de salir y la nieve hacía que la poca luz iluminase toda la calle. Aún así, no se veía un alma, sólo el susurro ocasional del viento, que de vez en cuando golpeaba algún cartel o una ventana abierta, se oía fuera.
En una de las calles cercanas a la Gran Biblioteca se veía una casa de ladrillo, espaciosa, bien adornada y con abundantes ventanas. La puerta era de madera, simple, pero con un grabado en la mitad superior y una mirilla de cristal.
De repente, tras ella comenzaron a oírse ruiditos, engranajes girando y encajando los unos con los otros, hasta que todo volvió a cesar con el mismo improviso. Todo volvió a la normalidad y el silencio se adueñó de nuevo de la calle.
Instantes después, la hoja de madera se abría, sólo un poco, y un iris oscuro aparecía en la rendija. Se abrió después un poco más y asomó una cabecita de pelo castaño y mirada curiosa. Miró a un lado, a otro y volvió a desaparecer tras la puerta.
La vez siguiente surgió la mitad del torso, cubierta con una capa y una bufanda. Fue entonces cuando vio que, en la acera contraria, una escena muy similar se repetía con un muchachito de pelo negro y mirada más desconfiada. El chaval de la bufanda salió de su casa despacio y cerró con llave de un golpe, cayéndole parte de la nieve del tejado en la cabeza.
El otro muchacho de pelo negro le observaba. Era un niño, no habría sabido determinar la edad. Iba vestido con un jersey de lana rojo, un pantalón de color crema y le cubría una capa de color negro, con una bufanda blanca al cuello. Su pelo era de un castaño claro y sus ojos, profundos y penetrantes. Bajo el brazo cargaba con una gran estrella de Navidad.
De repente se dio cuenta de que le estaba mirando y ambos chavales se quedaron un tiempo mudos, mirándose fijamente, escrutándose en busca de pruebas que pudiesen apoyar la sospecha que rondaba sus cabezas.
- E... ¿Elec.?- murmuró el jovencito de pelo negro, saliendo un poco más allá del quicio de la puerta.
- ¿Tene?- le respondió el otro, perplejo.
De las casas vecinas, más niños comenzaban a aparecer por las puertas, temerosos algunos, otros con gran ilusión y alegría. Todos permanecían en silencio.
Se miraron los unos a los otros, clavaron sus miradas en los ojos de su compañeros durante un instante. Todo lo que había ocurrido el día anterior, lo que habían soñado aquella noche... se sentían avergonzados, apenados de haber perdido una oportunidad única en... ¿o no? De repente, las sonrisas aparecieron en sus rostros y se contagiaron los unos a los otros. ¡Aún no era tarde, el sol brillaba, la nieve estaba más fría y suave que nunca y el día no había hecho más que empezar! ¡Aún era Navidad!
Todo estalló en gritos y júbilo y las puertas de las casas comenzaron a repiquetear al paso de sus ahora de nuevo jóvenes dueños, que no querían perder ni un segundo de aquella preciosa mañana de navidad. ¡Los errores del pasado, el orgullo, las formas o las apariencias, todo era parte del pasado! Risas infantiles inundaban las calles de la Ciudad de las Catedrales, iluminando con sus sonidos cristalinos cada casa, palacio y plaza, brillando con luz propia en la prístina y pura nieve blanca. ¡Era Navidad y había que disfrutarla!
El pequeño Electron echó a correr calle arriba, en dirección a la biblioteca, cuando fue alcanzado por un fuerte bolazo de nieve, seguido de una risa aguda. Se dio al vuelta y vio a una niñita vestida de negro, que se reía, llevándose las manos a la boca, como queriendo esconder su pequeño crimen. De repente, el joven miró a los alrededores y sonrió malicioso.
- Ahora que no hay ningún dragón cerca te vas a enterar...
Y a renglón seguido se lanzó sobre ella con un puñado de nieve en la mano.
En la otra punta de la ciudad, un pequeño Atsumu caía en la trampa de Wario y era electrocutado al darle la mano. Un jovencito con gafas y abrigo azul paseaba con un Eeve a su lado y una gran piruleta en la mano, mientras el responsable, firme y serio líder de la Ciudad de las Catedrales cabalgaba a lomos de un Pokelink que estaba empezando a solidarizarse con Epona, con una espada y un gorro de general en la mano. Soro, Keny y Minun se dedicaban a saquear las tiendas de dulces y turrones, subidos a la gigantona y cubiertos por un gran abrigo largo, unas gafas oscuras y un bigote.
De vuelta en la explanada de la Gran Biblioteca, el pequeño conflicto entre Elec. y su amiga había acabado por convertirse en una guerra con todas sus letras y la entrada era un verdadero campo de batalla. Las bolas de nieve silbaban por todas partes, los caídos se amontonaban alrededor de una hoguera improvisada para secarse, mientras la Unión Femenina, dirigida por la valiente Almirante Tao, enviaba a sus damas francotiradoras a luchar contra los bravos soldados de la Alianza Dragón (o Bragada 69, como se empeñaba en llamarla Arcal), comandados por el autonombrado General Leo (que en realidad se limitaba a pegar gritos como un descosido, mientras Lao elaboraba estrategias que luego sus compañeros se pasaban por el arco del triunfo, engrosando el grupo afincado cerca de la hoguera). En mitad de la refriega Ark, Jolti y Fructuoso llevaban a cabo un “todos contra todos”, culpando después a los del equipo contrario.
Karela, Bunny e Ifrit habían descubierto las delicias de la congelación del estanque y se lo pasaban de maravilla patinando sobre la superficie helada.
Dentro, las cocinas del Biblioteca eran un auténtico infierno. No contentos con su pillaje en las confiterías, Soro, Keny y Minun, ayudados ahora por Aldebarán e IBJ se dedicaban a convertir la despensa en un escenario del tiro al blanco (exceptuando al último, que prefería comerse la munición), mientras Flopy, Pingu y los demás peluches hacían un esfuerzo hercúleo por acabar las pastas de Navidad, con Blanka, Mary y Wanda, tirándoles de las orejas, las aletas o lo que tuviesen más a mano y recordándoles que, por muchos aires de reposteros que se dieran, seguían siendo adorables peluches al alcance de niñas pequeñas, que no parecían ser muy receptivas al “Que no soy un Mr Potato, chicas”.
En la sala principal, un muchachito de blanco tenía que ponerse de puntillas para colgar las bolas del árbol de Navidad. Se esforzaba mucho y de hecho era bastante alto para su edad, pero aún así decidió que ya era hora de pedir un poco de ayuda mágica. De un salto, comenzó a levitar, mientras colgaba a distancia las bolas que había traído consigo.
Ya sólo le quedaban tres. Tendría que volver a bajar otra vez en cuanto acabara... si es que lo conseguía antes de que llegara la Noche de Reyes, porque a la velocidad a la que iba... En fin. Una aquí, otra en aquella rama, ésta otra al lado del hombre de jengibre, la roja la pondría un poco más arriba, la siguien... Un momento...
Miró abajo y vio cómo un joven de pelo negro, con un gorro moscovita, le lanzaba más bolas y adornos.
- Pensé que necesitarías ayuda- sonrió.
- De hecho, todos lo pensamos- dijo Kyro, desde la puerta, por donde comenzaban a entrar los demás niños, cargados con cajas llenas de espumillón, acebo y guirnaldas.
El muchachito de blanco sonrió de nuevo de oreja a oreja. Aunque las dudas que albergara no se hubiesen despejado, algo en su interior le decía que iba por buen camino.
- Gracias a todos, de verdad,- sonrió de nuevo, antes de mirar al muchacho al pie del árbol- pero Raist, aunque me gusten mucho, deja de pasarme sólo las bolas rojas, ¿quieres?
El chaval de abajo estalló en carcajadas y la decoración de la sala pudo dar comienzo de verdad.
Todos ayudaban en lo que podían: los que no luchaban a muerte con el espumillón, pensaban en dibujos originales para los ventanales, mandaban refuerzos a las cocinas o llenaban bandejas de turrón, polvorones y mazapán (no sin alguna baja en los dulces). Los ecos de villancicos durante el trabajo, el resonar de las risas infantiles en las ancestrales paredes de la Biblioteca, era como si el verdadero espíritu de aquel lugar hubiese renacido reinante en su imperio de libros, de sueños encuadernados. No importaba nada si las guirnaldas estaban torcidas, si las bolas no hacían juego o si los turrones llenaban o no las bandejas, lo importante era que disfrutaban haciéndolo, disfrutaban expresando sus mejores deseos en aquella época señalada, disfrutaban decorando con sus amigos su segunda casa. Los adornos no eran lo importante, lo esencial era lo que simbolizaban: el compartir todos un mismo sentimiento, la alegría común.
Elec se acercó al abeto, mirando a todas partes para comprobar que nadie le estuviese observando. Había algo que le inquietaba desde el día anterior y que tenía que saber. Disimuladamente, le dio una patada al abeto y se cubrió la cabeza. Al ver que no caía coco alguno, achacó toda la historia a la irónica exageración de Maxwell y sonrió, justo a tiempo para que un coco le cayera en todo el ídem. El golpe, o mejor dicho el sonido a hueco (algunos discutían si del fruto o del cráneo), alertó a los demás, que se echaron a reír, mientras Makin salía de su escondrijo entre las ramas, enseñando victorioso otro de los cocos. Si había sido Líam el que había arreglado el entuerto o Elec. el que lo hizo bien desde un principio, eso nunca se supo... aunque la verdad es que daba igual.
El niño rubio contemplaba el árbol con ilusión y alegría. Puede que no fuera el más bonito que había visto, pero si el más bello y así lo demostraba el brillo de las velas en sus grandes ojos verdes, que devoraban cada adorno, cada bola y cada cadena con esa voraz emoción, cuyo secreto sólo los niños conocen.
- Líam...- una voz, débil y apagada, le sacó de sus ensoñaciones.
Al darse la vuelta descubrió frente a él a una niña, una niña rubita, con un precioso vestidito verde y un osito de peluche blanco en una de sus manos. Su cabello de oro estaba recogido en dos largas trenzas, que flanqueaban su rostro encarnado y expresión triste.
- ¿Sí?- preguntó él con una gran sonrisa.
- Líam, yo lo siento...- la sonrisa de él se relajó un poco y un cierto gesto de ingenua confusión apareció en su rostro.- El otro día... ayer... yo... bueno, tú estabas triste y yo... yo debí haber dicho algo y...
La pequeña interrumpió su parlamente al ver que la cara del chico se acercaba y se detenía a pocos centímetros de la suya. Sus ojos estaban muy, muy abiertos y parecía observar algo con detenimiento.
- Oye...- se acercó un poco más- vestida así te pareces un montón a una muñeca de porcelana que tiene Tao.
La niña tuvo que reprimirse para no estampar el oso de peluche en la cara de su amigo.
- Líam...
- ¿Sí?- volvió a responder, con idéntica expresión a la de antes.
Le observó por un momento, plantado allí con jersey de punto, su bufanda verde y su pequeña capa blanca, a los pies de aquel reluciente árbol de escaso gusto, pero entrañable estampa. No es que viera a un hombre completo o a una persona muy segura de sí misma, pero... alguna razón le decía que el otro día, al no decir nada, puede que no hubiese actuado por egoísmo, que no se le hubiera pasado, sino que... simplemente lo hubiese dejado pasar. Quizá lo hizo inconscientemente, quizá pensó que era mejor así y no lo recordaba, lo cierto es que no podía estar segura. Algo le decía, viéndole ahí, plantado con su sonrisa serena y jovial, que no había hecho mal en su momento, que si realmente lo hubiese necesitado, su campana interior no habría tardado en sonar. Hay momentos en los que es mejor no intervenir, personas que están acostumbradas a resolver ciertas cosas por sí solas y problemas que es mejor dejar que se solucionen de por sí.
No veía nada de lo pensado al comienzo, simplemente veía a su amigo... y le conocía bien.
- Nada...- contestó ella y sonrió- nada en realidad.
Le vio alejarse, como se alejan los lobos jóvenes que presienten aún un largo viaje por el bosque nevado y recordó entonces un dicho y pensó en el nuevo significado que su especial amigo le daba.
Líam sonrió para sí, empañó un monóculo con su aliento y lo limpió con su bufanda, antes de soltar una pequeña carcajada y volverlo a guardar a la luz de la estrella del árbol.
A media mañana, exhaustos ya de tanto decorar, se desplomaron sobre las butacas y la alfombra de la sala de lectura. Justo en ese instante se abrieron las puertas de las cocinas y comenzaron a salir bandejas con pastas y tazas de té, café y chocolate. En la retaguardia, armados con una cuchara de palo y una espumadera, aparecieron Pingu y Flopy, tiritando y cubiertos de tiritas y vendajes.
- ¿Cómo os habéis librado de ellas?- preguntó un jovencito con jersey, camisa blanca, pantalones negros y zapatos náuticos, que respondía al nombre de Melkor.
- Laz hemos zobodnado con dulcez- respondió, señalando a un recodo, donde las niñas se atiborraban pasatas, hombres de jengibre y chocolate en abundancia.
Una vez todos tuvieron algo que comer y beber, Líam les pidió que formaran un corro y desapareció para buscar algo. Volvió con una esfera perfecta de cristal, del tamaño de un balón.
- Venid, quiero enseñaros algo...- les instó-. ¡Y deja de quemarme las figuritas del belén, Beeman!
El niño, vestido con ropa oscura y de mirada algo extraviada, dejó al niño medio quemado en el pesebre y se acercó al círculo de mala gana y gruñendo, o más bien zumbando.
- ¿Qué es, qué es!- preguntó Karela, ansiosa.
- Lo importante no es su nombre, sino su lo que hace- dejó en el aire, con ese tonillo tan misterioso.
Dejó la esfera en el centro y se retiró hacia atrás.
- Vamos, no tengáis miedo. Sólo tenéis que tocarlo...
Tras varios instantes de indecisión, Kouji se levantó, tímido, pero con decisión y se acercó al globo de cristal no sin algo de miedo a lo desconocido. Alargó la mano poco a poco y al final se atrevió a tocar la esfera. Apenas los dedos rozaron la fría y cristalina superficie, el interior de la esfera comenzó a llenarse de un humo blanco, que poco a poco se fue disipando, dejando a su paso una imagen clara. Tan absortos estaban los pequeños, que no notaron cómo todo a su alrededor se desvanecía de igual manera... volviéndose humo...
« Última modificación: Enero 02, 2006, 13:47 por Líam » En línea


Esta firma es la prueba de que la dominación mundial no está reñida con el arte... ¡Gracias, Eni!
 
Kouji Hana
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« Respuesta #33 : Enero 02, 2006, 10:18 »

Sueños. Milagros que ocurren sólo en la mente. Deseos que todos nos hacemos y que todos, hasta que despertamos, logramos obtener. Mundos infinitos, lugares ocultos más allá del infinito. Simplemente quería contar una historia respecto a un chico muy soñador que fue capaz de vivir lo que muchos llamamos Navidad.

Nils Hassel era un pequeño chico que siempre había vivido una Navidad tal y como deseaba, sólo tenía siete años, no era, precisamente, adulto o adolescente. No era rico, ni mucho menos, pero era sumamente soñador, eso le daba siempre buenas alegrías, con un simple juguete, que muchos niños hubiesen desechado, él jugaba todo el año, para él era su tesoro, su único regalo. Quizás era por la larga fila de funciones que daba a sus regalos, por poco que fuesen, pero siempre sabía encontrar lo que a ojos de cualquier otro era imposible o, simplemente, inexistente. Ese año, no viviría solo la Navidad, sus padres estaban con él, pero también otro personaje estaba cerca.
 La muerte se iba a llevar a su padre. Un terrible resfriado atrapó a su padre mientras dormían cerca de una casa, no podían permitirse nada parecido a un refugio. Pagar a un médico, eso no podía ser, no podrían calmarle el resfriado, peligro mortal. Para muchos, un resfriado es poco, una “aspirina” u otra medicina y todo solucionado. Pero mucho más potente es en la calle, con apenas una manta en la que dormir todos, con apenas un plato para comer todos. Nils veía que a su padre le iba mal, y nada podía hacer, pero tuvo que pensar y tuvo una idea. “Conseguiré curarte”, le dijo, y su padre, sonriente, le dio un abrazo, que sería el último si Nils no lograba salvarlo.

Para salvar a su padre, Nils, chico inocente, recogió sus cosas y, con una pequeña bolsa, se dirigió al pueblo más cercano. El viaje fue cansado, no por ello peligroso, pero Nils caminó firme, sabía que él podría curarle. Buscó un médico por toda la ciudad, pero no lograba encontrarlo, pero Nils no desistió. Puerta en puerta le fueron echando, pidiéndole mucho dinero, pidiéndole que pagase algo. El pequeño fue, esta vez, hasta una casa no muy grande, allí le atenderían, si podían hacer algo. Nils llamó tres veces a la puerta, con pequeños golpecitos que daba estando de puntillas para llamar. Al poco rato, le abrieron la puerta. Nils estaba demasiado nervioso, demasiado apurado, y articular palabra no podía, los nervios no le dejaban. Tiritando le decía al señor “por favor, le pido ayuda”, y el hombre a su petición, le preguntó qué sucedía. Nils pudo decir que su padre estaba enfermo, pero el médico le dijo bien claro que a mendigos no atendía. La puerta se cerró de golpe, y Nils no vio a nadie. Por mucho que girase, el tiempo se hacía tarde.

No había nadie en la calle, excepto una lucecita. Nils vio esa luz y le preguntó qué podía hacer. La luz, como si de alguien se tratase, le respondió con voz profunda: “Vuelve”. Nils, con una lágrima en su mejilla, no hizo caso a la luz, y siguió a la ciudad, buscando el médico. Él sabía, o creía, que no sería demasiado tarde, que si él estaba bien, su padre lo estaría. Pero, por si acaso, siguió buscando.

El alba llegó, y la gente salía de sus casas, Nils, en un pequeño banco, durmiendo estaba. Al oír los coches, al escuchar algunos ruidos, Nils despertó y fue, simplemente, hacia una chica que lloraba. Tendría más de diez años que Nils, pero él, simplemente, la consoló. Ella estaba llorando la muerte de su abuelo, los años le habían atrapado y, simplemente, había abandonado el mundo mortal. Nils le explicó lo de su padre, y la chica le dijo que ella lo ayudaría, era una doctora, iba a ayudarle. Ella tampoco tenía mucho dinero, pero haría lo que pudiese para ayudar al padre de Nils. Llevó sus medicamentos y siguió a Nils. El pequeño y la doctora estaban a punto de llegar, pero de repente pasó un coche que, sin mirar que el chico pasaba, lo atropelló.

Nils abrió los ojos. Seguía vivo, mucho pedir era para él. La gente del coche, a su lado, estaba llorando, suplicando perdón. La doctora había salvado a Nils, eso estaba claro. Pero… ¿Qué hacían los padres de Nils ahí? ¿No estaban en la calle algo lejos? La doctora aseguró que, en un momento, había dado unas pastillas a su padre, y que, tras cinco días durmiendo que Nils llevaba, él estaba perfectamente.


La doctora se dirigió a ayudar a todos los mendigos de la ciudad, sin ningún tipo de pago. Algunos decían que perdía dinero, pero ganó prestigio y años más tarde salió de la ciudad para ayudar a todos los mendigos que no pudiesen pagarla, y Nils la ayudaba, él era su ayudante.





Sé que no es una historia realmente Navideña, pero creo que el ambiente da un poco a entender eso de la solidaridad, aunque muchos sólo lo sean durante esta época del año. Espero que ésta haya dado a entender algunas cosas que quería transmitir, y que creo que, simplemente, han pasado a través de los ojos del texto.

¡¡ÁNIMO REI!! ¡¡TE AMO INFINIDAD!! -^3^-

PD: ¿Por qué todo me queda tan corto? xD
« Última modificación: Enero 02, 2006, 10:20 por kouji » En línea
 
Karela

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« Respuesta #34 : Enero 02, 2006, 15:46 »

La Diosa de la Noche subio las escaleras que dan a las habitaciones, siguiendo al fantasma cadaverico de su novio, temblando de frio y d miedo, temiendo un final mucho mas oscuro de lo que a ella podria gustarle... ifrit se paro frente a su cuarto. la puerta se abrió d par en par como si una ráfaga repentina de viento s hubiera levantado en el pasillo. En la cama donde ace unos minutos dormia profundamente el chico, solo había sábanas revueltas.
-No lo entiendo
-Creo que es bastante fácil de comprender...si sigues con tus malas acciones te quedarás sola...
-Ifrit...
-Así es
-..no..no..no puede ser...

Sus ojos se abrieron humedecidos. estaba en el sillón, con la ventana abierta, con la cabeza ladeada, mirando hacia el exterior
-¿Dónde...?
Todo resultó ser una pesadilla de navidad.
-Ay...mi cabeza...mi cuello...
-Te dije que no bebieras-dijo Ifrit, que acababa de bajar del dormitorio
-¡Ifrit!-la chica pegó un salto y corrió a abrazarlo
-¿Qué te has tomado?
-Er...nada, cosas mías, te echaba de menos
-Si hemos pasado todas las vacaciones junt..
-¡¡Buenos díass!!-dijo Kyro bajando las escaleras, al oír voces en el salón
Karela y Kyro cruzaron sus miradas y todo quedó en silencio. Luego el muchacho giró la cabeza como si nada hubiera sucedido y salió afuera a ver la nieve.
-Creo que tengo deberes estas navidades...

Todo el mundo estaba en pue de guerra ya, menos Líam, que despertó con el alboroto de las risas de alegría y felicidad de sus compañeros foreros.
Bajó todavía frotándose los ojos, con flopy a su lado...y al llegar al salón, su mirada se iluminó al ver todo adornado. Electrón se reía de los cocos del "abeto", Karela patinaba en el lago helado empujando a Bunny para que callese estrepitosamente. Taoeris se enfrentaba a la Bragada 69 junto a Kassie, Beauty y Hamli, con hermosas metralletas de nieve comprimida y una sonrisa malévola poseyendo su alegría. Todo era divertido, feliz, perfecto...
Y Líam mostró la Gran bola.

Karela se vio rodeada de niebla espesa, ese humo blanco que primeramente había visto Kouji ahora la había envuelto a ella.
2005-Shadowsphere
Karela se encontró d pronto en su dimensión, su mundo...
No se esperaba algo así...además, ¿qué zona era aquella? no podía recordar...aquellos cráteres le sonaban
Un silbido resonó en el cielo y el eco hizo presencia.
La muchacha se giró mirando al cielo, buscando alguna pista que le devolviera la memoria de aquel lugar.
Desesperada echó a correr, siguiendo el rastro del sonido, buscando su procedencia. Tropezó innumerables veces con sus pies descalzos, abriéndose heridas, sangrando abundantemente, pero no podía parar..lo que la llamaba era algo tan importante para ella que no le parecía doloroso tanto derramamiento de sangre...una pekeña lucecita morada la esperaba a lo lejos, entre las rocas nevadas.
Por fin llegó. exhausta, se arrodilló. sus piernas y pies estaban morados, del frío, pero no le dio importancia...sus ojos se posaron en la mirada de aquella persona
-Bienvenida otra vez, Reina
tras la mujer, de presencia divina y aura oscura pero a la vez generosa, se encontraba el salón del palacio que tantas veces había recorrido en los tiempos de guerra. -¡pero q...!
Dentro todo el mundo bailaba vestidos de fiesta, todos los foreros...
y al entrar, dijeron al unísono..
-¡Feliz Navidad!
Estaba en casa con su familia...qué visión tan fantástica
Sus heridas se cerraron y las chicas del foro la vistieron con un largo traje negro de adornos rojo sangre..la fiesta acababa de comenzar, tenían toda una noche de fiesta, alegría y buena compañía.

risa  
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« Respuesta #35 : Enero 09, 2006, 00:00 »

Una mirada se escapó por un momento hacia la ventana de la Gran Biblioteca.

Una enorme casa de muñecas lucía junto a ella. Había sido decorada con varias capas de papel rojo, fucsia y violeta. Haciendo homenaje al famoso cómic, su pared frontal brillaba por su ausencia, y en sus tres pisos relucían los adornos que un chico acababa de terminar. Un pequeño grupo de chicas le miraba, llenas de admiración.
-¿Os gusta? Lo llamaré Arcal’s Love Palace-, dijo arqueando una ceja.
-¡Es preciosa! ¿Puedo meter mi muñeca nueva?-, preguntó una radiante chica morena.
-Creo que le queda sitio en el cuarto de mi Arcalsalchica-, respondió el chico con idéntico gesto. Varias manos se lanzaron en ese momento a colocar sus propios juguetes en los lugares que continuaban vírgenes.

Un poco más lejos, Danot, con una nueva gama de chistes, divertía a un grupo de chicos que hacían corro a su alrededor.
-¡…Con Licor del Polo!
-¡Bisel, ese es para encarcelarte!-, soltó Pedro.
-¡Pero si es del libro que me regalaste!
Todos los presentes estallaron en risas.
-…pero qué dijo que…-
-Preguntó cómo se emborrachaban los pingüinos-, respondió Jolti sin mirar a Saúl. Parecía estar pasándoselo en grande, aunque a su amigo no se le escapó que escondía un enorme tomate tras la espalda.

¡¡PLAC!!

Un bólido rojo se precipitaba hacia un barranco cercano a toda velocidad.
Por el otro lado del abismo, un coche de idéntica forma, en color negro, imitaba la actuación del primero.
Avanzaron a gran velocidad, recorriendo la escasa distancia que los separaba, cada vez más cerca del precipicio, dando un gran salto sobre la plataforma… y precipitándose al vacío con un sonido metálico.
-¡Argh, me has tirado!
-Es culpa tuya, casi consigo hacer el “doble mortal con pirueta lateral”. Minun permanecía de pie, con apariencia frustrada, junto a una montaña rusa en miniatura, de superficie totalmente lisa. Sus acrobáticos senderos terminaban en un enorme salto, tras el cuál proseguía el camino. En dirección diagonal, otra pista concluía el recorrido en sentido inverso, pasando por el mismo barranco. A su lado, Electron, todavía con la mano sobre un pulsador que hacía las veces de zapato gigante, contemplaba su salto fallido, con aspecto pensativo.

A poca distancia, sobre una lujosa mesa de madera, Enilla, Ark y LaoTzé continuaban con su desafío de Trivial.
-Vamos, lanza otra-, provocó el chico moreno. –Puedo con todo-.
-Te has empollado las respuestas, Max-, respondió su amigo, con aire desafiante.
-Venga, a ver si acertáis ésta-, añadió la chica con una sonrisa. Seis prismas de distintos colores lucían en su regazo. –¿Cómo se llama…?
-¿… la madre del delantero de la selección brasileña?
-¡KENY!
Ambos chicos comenzaron a correr tras el recién llegado. Muchos hacían pausa en sus juegos para contemplar su persecución.

En medio de tanta diversión, un oscuro pensamiento asaltó a Electron. Una visión del instante en que la diversión terminaría, pues algo le decía que no volvería a pasar un rato como aquel en mucho tiempo.
No supo si por absurda o por su propia inseguridad. Tampoco se lo planteó, simplemente desechó la idea. En medio de tanta alegría, sabía que nada podría estropear aquel momento mágico.

 
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"Un espíritu libre, un susurro mágico"
"Si quieres evitar olvidar tus recuerdos, guárdalos en el corazón..."
"Si algún día oyes mi voz, sabrás que mi estilo es hablar a través de mi tiempo y mi espacio al tuyo."

 
Líam

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« Respuesta #36 : Enero 11, 2006, 23:10 »

El tiempo parece a veces un mero sirviente, un lacayo fiel al hombre, a la omnisciente criatura que todo lo sabe, que juegas con las leyes del Universo como si fueran juguetes en sus manos. El hombre mide el tiempo, lo distribuye, lo aprovecha cuidadosamente y a veces incluso se permite el lujo de perderlo. Él es magnífico, imbatible, la culminación de toda creación, y por eso todo debe obedecer a sus pueriles deseos de niño malcriado.
Así, cuando ya ha creado su ilusión de control y seguridad, cuando, ya embelesados por los sueños de una hora o los deseos de un minuto o las pasiones de un segundo, nos echamos en sus brazos, confiados, el velo de la mentira cae y descubrimos su trampa, la mortal jaula que ha construido a nuestro alrededor, mientras nosotros nos deleitábamos en nuestras quimeras de dulce gloria. Entonces nos solemos dar cuenta del engaño, de que los criados, los juguetes, las meras marionetas prescindibles e impotentes somos nosotros y que nuestro tiempo ya ha pasado, sabiendo que el último instante de nuestras vidas será la contemplación de la feroz mirada de aquel que juega con nosotros, sabedor de tener en su mano nuestro último momento.
Y, lo más curioso de todo esto, lo cruel y sádicamente irónico es que éste no es más que un monstruo creado por la mente del hombre, pero que acaba por consumirle y devorarle.
Los días han pasado ya, otra Navidad se escapa, lenta, sutil, con el paso del deshielo y el sigilo de la flor naciente. Otro año más se acaba una época que, tras su bello rostro de bondad, amor y dulzura, esconde preguntas, interrogantes y el más preciado de los tesoros, para aquel que se atreva a hacerles frente.
Este año, por primera vez, he decidido cruzar ese umbral, he llenado mi mente de dudas, de preocupaciones, a sabiendas que una vez dado el paso, la entrada desaparece.
La vida no es fácil. Por lo normal, nos enseña su cara más fiera, más atemorizante, nos da golpes inesperados constantemente y nos llena los ojos de negras desgracias. Muchas veces pensamos que no podemos más, que de ésta sí que no saldremos o que, simplemente, no tenemos fuerzas para seguir luchando. Al final, no todo sale siempre bien y en muchos casos lo único que conseguimos tras una lucha encarnizada es volver al mismo punto del camino.
Nuestra luz es débil, titila ante las sombras y nos movemos en mitad de la oscuridad, sin saber si el próximo paso que demos nos llevará al más horrible de los infiernos o a un lugar mejor. Nos cubrimos el rostro con una capa, no sabemos lo que hay a nuestro alrededor, tenemos miedo. Es difícil, debo reconocerlo, y no son pocos los que se pierden, sin embargo, durante un instante, durante dos breves semanas al año, esa pequeña lucecita se envalentona un poco y somos capaces de ver lo que hay a nuestro alrededor. Entonces, cuando la oscuridad cede un poco, a nuestro lado, aparece una personita. Es igual que nosotros, lleva su luz entre las manos y la alimenta como puede. Ahora que su luz y la nuestra son más fuertes, podemos ver su rostro, podemos ver cómo sonríe, cómo nos sonríe. Vemos puntitos luminosos en la fría noche cerrada y nos damos cuenta de que hay más personas en la oscuridad, caminando junto a nosotros, en silencio, pasando inadvertidas, pero siempre a nuestro lado.
Recordamos entonces cómo una vez nos encontramos con otro vagabundo, cómo su luz nos iluminó y la nuestra le iluminó a él y cómo decidimos hacer el resto del camino juntos. Recordamos cómo siempre supimos que estaba allí, a nuestro lado, detrás de nosotros, dándonos calor con su luz, brindándonos apoyo con su aliento. Hubo un día en que su presencia pasó a ser algo cotidiano, en que dejamos de sentir su cuerpo, en que simplemente asumimos que estaba allí y lo olvidamos. Ese día perdimos de vista su luz, volvimos a ver sólo el suelo que pisábamos, a sentir sólo nuestro aliento.
Sin embargo, durante esa época en la que las luces brillan con más intensidad, vemos por primera vez cómo nunca estuvimos solos. Puede que no sean muchos, pero son los necesarios. Nos quitamos las capuchas, ya no tenemos miedo y nos sentimos tan agradecidos, tan contentos de no estar solos, tan unidos en nuestro largo viaje, que nuestras luces comienzan a juntarse, hasta que un gran sol nos ilumina a todos y tenemos que retirarnos las capas, porque queremos disfrutar de el dulce calor que nos proporciona.
Así, más juntos que nunca, agarrándonos fuerte para no olvidar nunca que estamos allí, caminamos sin miedo hacia delante. Quizá ese sol no sirva para ver lo que está más adelante, pero sí para ver lo que hay a nuestro alrededor. Muchas veces, sí que es un valle o un bosque o un camino fácil. ¡Muchas veces recordamos que no viajamos tan mal! Pero la luz de ese sol hace brillar sobre todo ello los rostros que nos acompañan y entonces el valle, el bosque o el camino dan igual.
Ese sol se apaga hoy, hoy volvemos a las tinieblas, a la incertidumbre, pero en dos escasas semanas hemos recordado que lo tardamos un año en olvidar: que no estamos solos en este camino.

 Un día me pregunté qué era la navidad, qué la hacía tan especial, qué es aquello que nos une a todos en estas fechas. Cometí un error, una falta tonta: busqué en las tradiciones, busqué en las culturas, busqué con la razón. La respuesta no estaba en un libro, ni en la reflexión ardua y compleja de una cuestión filosófica, ni a miles de kilómetros de mí. Aquello que conforma esta época, lo que le da sus sentido y su color estaba ante mis propios ojos y no pude verlo. La Navidad no se estudia, no se piensa, no se razona, se siente.
Algunas tierras celebran en Navidad la venida de un Mesías, otros el solsticio de invierno, otros rinden tributo al Viento del Norte. Reina la alegría, reina el amor, nos reunimos para celebrar... No, esto no consiste en reunirse para celebrar, ¡consiste en celebrar que estamos reunidos de nuevo! ¡La Navidad celebra la unión, la Navidad es la unión!
Puede que algunos piensen que me escondo en mentiras edulcoradas, que esto no son más que biombos de colores alegres para esconder un vacío negro. No lo sé, puede que nunca lo sepa. Yo creo que la vida te trata mal, pero ahora que veo a mis compañeros recoger los adornos entre bromas, limpiar las alfombras riendo o volver a sus vidas con una sonrisa, pienso que este mundo es algo maravilloso, un don que se nos ha concedido, la oportunidad de vivir un milagro. La Navidad celebra todo lo bueno de la vida y por eso reúne a los seres queridos, porque ellos son los que hacen de esto un paraíso.
No sé quién la inventaría, desconozco quién diría un día “¡Eh, por qué no nos reunimos todos para pasarlo bien, para recordar lo que hay de mágico en esta vida?”, pero le doy las gracias por estas dos semanas que hacen que podamos vivir un año más, le doy las gracias desde el fondo de mi corazón.
Escribo esto con la esperanza de que, si algún día la oscuridad fuera muy densa, si llegara el momento en el que tu luz desapareciera entre tantas tinieblas, pudieses recordar lo que escribo en estos instantes.
Tú no me conoces, pero espero que estas pocas líneas te den las fuerzas suficientes para vivir un año más.
Disfruta de la vida, te lo mereces.

Líam


Levantó la pluma del papel y la tinta se secó en la punta. Miró una última vez la carta, volvió a leerla y la levantó frente a él. La gélida brisa de Enero se deslizó entre sus dedos y le arrebató con sigilo la carta, entregándosela al viento.
Su mano jugueteaba ahora con los suaves flecos de su pluma blanca, mientras, con los pies colgando sobre el vacío, observaba la Ciudad de las Catedrales desde una colina cercana, como un niño que lo contempla todo juguetón, mientras marca un ritmo con los pies. Y mientras veía a Wario retirar la nieve y a Keny comérsela, pensó que le debía todo a aquel lugar, que sin todos ellos, él nunca hubiera sido lo que es ahora y que parte de la dicha que sentía cada día al levantarse era abrir las cortinas de su habitación y saber que al otro lado estaban ellos.
Una capa ondeaba a sus espaldas, silenciosa, desde hacía algún tiempo.
- ¿No estás muy solo aquí arriba?
Electron miró a los ojos verdes de su amigo, que sonreía levemente y comprendió que a veces no es necesario leer la mente de otra persona para encontrar respuestas a ciertas preguntas.
- Sí...- sonrió él, sentándose a su lado-... ya sé que te conozco.
Deslizó su brazo sobre los hombros de su amigo, mientras ambos compartían aquella vista excepcional, contemplando la Ciudad cubierta por las últimas nieves.
Estaba preocupado. Había notado el comportamiento raro de su amigo, aunque éste hubiese disimulado como de costumbre. Había pensado en qué decir, cómo abordar el tema, qué pregunta hacer. Al final había decidido dejar de pensar y permitir que los acontecimientos siguieran su curso natural.
No habría ido allí si no hubiese presentido que le necesitaban, quizás no para hablar, quizá simplemente para contemplar aquellos tejado cubiertos de nieve.
- ¿En qué piensas?
- Curioso que tú me preguntes eso- rió Líam, risueño, mirando a su amigo.
Lo cierto es que pensaba, pensaba en muchas cosas. Pensaba en el día en que tuviera que abandonar aquel lugar, pensaba en qué haría, cómo podría seguir adelante sin ver a ninguno de ellos todos los días, se preguntaba si su vida podría seguir acaso sin aquel lugar.
Al final sonrió de nuevo.
- Pienso en el año que nos queda por delante. ¡Hay tanto que hacer!
- No cambiarás nunca.
Elec sintió que su labor allí ya estaba hecha y que la respuesta de su amigo, por muy simple que pudiera parecer, encerraba mucho más de lo que parecía.
- En fin, no tardes, cogerás frío- le aconsejó, levantándose.
- Claro, ahora voy...
Mientras el psíquico se alejaba, Líam miró por última vez al cielo. No había rastro de su carta. Ojalá llegue a su destinatario.
Sus ojos se posaron entonces sobre la Gran Biblioteca, a través de cuyos ventanales veía a un grupo de jóvenes luchando por devolver los adornos a sus cajas, frente a la resistencia que éstos oponían y comprendió que él nunca se iría de aquel lugar. Llegaría el día en que tendría que cruzar esas murallas por última vez, pero su recuerdo sería algo que le acompañaría siempre. Sería como una Navidad perpetua.
Aspiró el aire frío de la mañana, con el sol saliendo por el mar e iluminando la Ciudad de las Catedrales. Cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, se sintió en paz.

Fin
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Esta firma es la prueba de que la dominación mundial no está reñida con el arte... ¡Gracias, Eni!
 
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