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Mayo 23, 2012, 13:14
Atomic  |  Zona Creativa  |  Gran Biblioteca (Moderador: Líam)  |  Tema: Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament [Relato largo] Búsqueda Avanzada
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Tema: Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament [Relato largo]  (Leído 2201 veces)
Danot Okino

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« : Febrero 25, 2008, 02:45 »

Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament
(Pokémon: みんなの旅 / アドヴァンストーナメント)


Bienvenidos a Pokémon: Minna no Tabi (Pokémon: El viaje de todos, en japonés), más conocido como MinT, el universo creativo que servirá de escenario a determinados fics que escriba usando la franquicia de Pokémon; con eso dicho, debe entenderse que Advance Tournament es solo uno de los ellos dentro del grupo, aunque quizá sea el de mayor extensión dentro de este universo completamente ficticio.

Advance Tournament (AT, para acortar) toma como base el ya conocido viaje de un Entrenador Pokémon en búsqueda de medallas de los diferentes Gimnasios situados en las variopintas regiones a lo ancho de todo el universo conocido; la historia comienza con Danot, un Entrenador de ciudad Cherrygrove que las reúne, y conforme avance la narración de el fic irán apareciendo otros personajes, cada uno con una historia y objetivo en particular. Debe señalarse que actualmente AT tiene la clasificación de PG-16 (público en general a partir de los 16 años), aunque esto es relativo, ya que cualquier persona con el suficiente criterio puede disfrutar de la historia sin recurrir al botón "Report"; esto es porque la historia puede contiene material que podría ser inadecuado para el público en general y conforme a las reglas, cumplo con advertir su presencia (si es necesario, se señalará al inicio de un capítulo si éste posee contenido de ese tipo)

Un punto a tener en cuenta de los fics pertenecientes a este universo creativo es el hecho que, como todo lo que intento escribir, son redactados en estilo narrativo, por lo que pueden esperar descripciones completas de personajes, Pokémon, lugares y otros entes plausibles de ese proceso.

Respecto a la sección de Notas del Autor, la actualizaré al final de cada volumen (es decir, cada doce episodios); esto es, para poder procesar con tranquilidad la información relevante acerca de los personajes y otros datos importantes, y no terminar revelando detalles demasiado imporantantes antes de que los lectores puedan revisar la historia en sí. Agradeceré mucho que ustedes, los lectores, recomienden algún tema adicional para ser tratado en este tema, a través del tema de comentarios del fic; en todo caso, sinceramente espero que puedan disfrutar la historia.

PD: Cualquier comentario o duda, aquí.



Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament

Índice
Notas de Autor I - Personajes
Notas de Autor II - Información adicional

Volumen I

Round 000 — Las ventanas del alma (Prólogo)
Round 001 — Rompiendo el hielo
Round 002 — ¿Casualidad o causalidad?
Round 003 — Infierno glacial
Round 004 —
Round 005 —
Round 006 —
Round 007 —
Round 008 —
Round 009 —
Round 010 —
Round 011 —
Round 012 —

Volumen II

Round 013 —
Round 014 —
Round 015 —
Round 016 —
Round 017 —
Round 018 —
Round 019 —
Round 020 —
Round 021 —
Round 022 —
Round 023 —
Round 024 —

Volumen III

Round 025 —
Round 026 —
Round 027 —
Round 028 —
Round 029 —
Round 030 —
Round 031 —
Round 032 —
Round 033 —
Round 034 —
Round 035 —
Round 036 —

Volumen IV

Round 037 —
Round 038 —
Round 039 —
Round 040 —
Round 041 —
Round 042 —
Round 043 —
Round 044 —
Round 045 —
Round 046 —
Round 047 —
Round 048 —
« Última modificación: Noviembre 08, 2010, 15:44 por Danot Okino » En línea

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« Respuesta #1 : Febrero 25, 2008, 02:52 »

Notas del Autor (Parte I)

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« Última modificación: Diciembre 16, 2009, 02:32 por Danot Okino » En línea

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« Respuesta #2 : Febrero 25, 2008, 03:00 »

Notas del Autor (Parte II)

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« Última modificación: Diciembre 16, 2009, 02:34 por Danot Okino » En línea

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« Respuesta #3 : Febrero 25, 2008, 03:03 »

Round 000 — Las ventanas del alma

Cada vez que me reflejo en el espejo me es inevitable pensar en la afirmación de que los ojos son las puertas que llevan a lo más profundo de nuestras mentes, que son un portal hacia nuestro verdadero ser, una ventana que deja ver lo que habita en nuestro interior, lo queramos o no. Afortunadamente, las ojeras causadas por el exceso de trabajo y el escaso descanso de esta semana no han ajado en lo absoluto el brillo de mis celestes irises, que de hecho son la única parte de mí que no ha cambiado con el transcurso de los años, excepto por el hecho de que ya no tengo que ocultarlos tras unas gafas de cristales de una cálida coloración naranja. Me remojo un poco el rostro antes de abandonar ese níveo cuarto y regresar a mi amplio aunque algo desordenado estudio, o al menos da esa impresión gracias a los documentos apilados sobre mi escritorio y mis archivadores; de hecho, los únicos muebles libres de ese detestable subproducto de la burocracia son mi cómoda silla ejecutiva y una repisa en la que se empolvan los trofeos que gané en mi juventud, cuando aún me dedicaba activamente a participar en torneos regionales y enfrentar a rudos Pokémon comandados por sus dedicados Entrenadores. Me siento en la primera, fijando la mirada en las variopintas condecoraciones, la gran mayoría de ellas hechas de oro y unas menos de plata, algunas engarzadas con pequeños rubíes, zafiros, esmeraldas, perlas e incluso diamantes; de todos ellos, no obstante, el que ha capturado mi atención es un trofeo de cuerpo argénteo y asas doradas, cuyo tope luce orgullosamente una diadema de platino finamente trabajada, ya que en cierta forma se relaciona con mi reflexión inicial; contemplarlo me transporta a casi veinte años en el pasado, al día en que por primera vez me enfrenté a él en una batalla total, llevando al límite nuestra capacidad y la de los seis Pokémon que cada uno había seleccionado para dicha ocasión.

Contemplando el conjunto de alhajas que sirven para realzar la belleza de los trofeos, me doy cuenta de que se asemejan mucho a los colores de iris existentes; para empezar tenemos el rojo, a cuyos dueños se les atribuye una personalidad apasionada y vehemente en cada cosa que hacen, en contraste con el azul, que se asocia con la tranquilidad producida por la vista de un hermoso estanque oculto en medio de las montañas; adicionalmente están el verde y el nacarado, siendo una creencia común que el primero pertenece a gente que rebosa de vida y que tiene siempre una gran voluntad para vivir el día a día y que el segundo es característico de individuos sofisticados y elegantes en cada cosa que hacen; finalizando con los símiles de las joyas presentes, está el celeste, una tonalidad tan rara como lo son los diamantes y de cuyos portadores se afirma que son capaces de captar detalles que los demás ocultan al verlos directamente a los ojos... cosa que en mi caso es cierta (de hecho, esa era la razón por la que usaba las gafas que mencioné antes, porque mis amigos sentían que eran atravesados por estacas de hielo cada vez que los miraba a los ojos). La ironía de este recuento es que el color de ojos de esa persona no es ninguno de los anteriores, no porque sea muy raro, sino por el contrario, es tan común que creo que no hay piedra preciosa que se le parezca... debe ser porque los ojos de color café se asocian a personas centradas y con los pies en la tierra, cosa contraria a los sueños e ilusiones que suelen imputarse a los brillantes y afines... aunque en esa ocasión, él estaba luchando por conseguir uno en particular; en fin, mejor dejo de divagar, que tengo mucho trabajo acumulado.

Han transcurrido un par de horas desde que reinicié mi labor y sinceramente ya me siento algo harta con lo visto... ¿un proyecto de ley para legalizar el expendio libre de armas de fuego que es un mero plagio de la legislación que rige en Orre? Ya veo que tienen cimientos los rumores de que el congresista Puyero tiene nexos con fabricantes de armas de fuego, pero en fin, votaré para evitar esa barbaridad. Lo que realmente necesito ahora es una copa de vino tinto para refrescar mi seca garganta, pero me comprometí a acabar con esto antes de hacerlo, para disfrutarla mientras escucho una pieza de Vivaldi o veo alguna batalla transmitida por el canal oficial de la Liga Pokémon; debo admitir, no obstante y sin ánimo de presumir, que los torneos actuales no son ya tan emocionantes como lo fue el primer y único torneo nacional realizado en este país, el único en que muchísimos Entrenadores de reconocida habilidad y debutantes con potencial y capacidad se reunieron para dar las mejores batallas que las ligas de Kanto, Johto, Hoenn y Sinnoh no han vuelto a ver, al menos sin considerar la liguilla bianual por el título de Campeón Regional de cada una; a pesar de lo ocurrido en la ceremonia de cierre, recuerdo con añoranza dicho certamen, ya que fue en éste donde él y yo tuvimos ese enfrentamiento tan emocionante al que me referí anteriormente.

Apenas he podido soportar hora y media más del suplicio que supone revisar estos absurdos proyectos de ley y recopilar argumentos para desestimarlos, así que los dejaré para mañana y me relajaré... he ahí la gran ventaja de tener un estudio en casa, que me permite mucha más libertad que la oficina del Congreso, además de algo de intimidad. Me levanto y llevándome las manos a la nuca suelto el lazo que sujeta mi rojizo cabello, el que como una sanguínea cascada cae hasta llegar a la mitad de mi espalda y danzar caóticamente con cada paso que doy; el trayecto hasta mi habitación es corto, a través de un pasillo cubierto por una alfombra verde e iluminado por una tenue luz amarilla, y ya en ese lugar me despojo primero de mi calzado, para cambiarlo por un par de cómodas y esponjosas pantuflas color melón;  también siguen ese destino mi falda larga y chaleco, ambos de color gris, así como mi blusa celeste, quedándome sólo en... ¡no, ni loca voy a revelar qué es lo único que evita mi desnudez! Y para asegurarme de que nadie mire más de lo debido mi aún intacta buena figura, con presteza me atavío con una suave bata de seda color durazno.

Qué agradable se hace estar sentada por fin en mi sofá preferido, con una copa de vino tinto de la cosecha de 1020 y escuchando una interpretación de “Las Cuatro Estaciones”, mi pieza favorita de Vivaldi, la que nunca pude imitar a la perfección, a pesar de los años que me dediqué a tocar el violín; cada refrescante sorbo me hace olvidar lo tedioso y pesado del día, mientras mis músculos se van soltando después de toda esa actividad laboral y mi mente se transporta hacia parajes lejanos, tanto en el tiempo como en el espacio, al cerrar los ojos y arrellanarme en este cómodo mueble. Pasan unos cuantos minutos antes de que los abra y vuelva a degustar ese maravilloso elixir, instante en que las últimas notas del arreglo musical se hacen uno con el silencio, es cuando una vieja foto situada sobre la chimenea que tengo a unos metros llama mi atención, la que fue tomada hace poco menos de veinte años; en ella aparecemos mi esposo, quien les habla y el entonces chico con quien tuve aquel electrizante cotejo del que hablé antes, además de su novia y su prima, todos frente al colosal estadio principal de ciudad Evergrande, en Hoenn, el día previo al inicio de la ronda de campeonato. Ah, esa batalla... es sin duda una de las que más me han marcado, y una de las pocas en las que realmente no tenía indicio alguno del posible resultado final; corrobora esto el hecho de que prácticamente todos los espectadores de ese encuentro recuerdan vívidamente su emocionante ronda final.

Ese había sido un día sumamente agradable, con escasas nubes y cálido brillo solar, como suele ser en aquella región de clima ligeramente tropical, mucho más acentuado en aquella ciudad insular, a diferencia de la frialdad presente en Sinnoh, especialmente en ciudad Snowpoint, lugar en el que resido (y sí, la calefacción está encendida, si alguno se preguntó cómo podía soportar la baja temperatura con las no tan abrigadoras prendas que llevo puestas); por esa razón había decidido llevar puestos un pantalón blanco de dril y una camiseta morada ligeramente escotada, además de una casaca jeans de color azul eléctrico, el mismo color de las zapatillas deportivas que usaba ese día, además de un cinturón marrón del cual pendían las seis Pokébolas que seleccioné para afrontar esa lid; el gentil viento ondeaba mi roja cabellera (en ese entonces apenas llegaba a la altura de mis hombros), pudiendo sentirlo también en mi rostro, ya que para esa ocasión había decidido no llevar mis típicas gafas de cristales anaranjados. Aparentemente mi contendiente había tenido la misma idea acerca de las condiciones meteorológicas, pues vestía un pantalón deportivo negro con franjas rojas en los laterales y un chaleco cerrado con los mismos colores que sólo dejaban ver las mangas de la camiseta blanca que llevaba debajo, además de unas deportivas que combinaban con las demás prendas; todas ellas se encargaban de crear un leve contraste con sus llenos de determinación ojos café y su levemente profusa cabellera castaña, que por su peinado parecía ser más amplia de lo que era realmente. En ese preciso momento, teniendo como fondo un bucólico atardecer de tonos anaranjados y rojizos, ambos nos encontrábamos situados en los extremos de un terreno de roca de cuarenta metros de largo y la mitad de ancho, el cual presentaba gran cantidad de grietas de formas irregulares y una capa mezcla de gravilla y fragmentos pétreos que no pasaban de los diez centímetros de largo; el motivo de que dicha superficie estuviera tan ajada era la contienda que se había desarrollado en ella instantes atrás, la que nos había dejado con un solo Pokémon por lado, los cuales el público presente ansiaba ver, dado el desempeño mostrado por ellos en las rondas anteriores; y claro, si ellos tenían esa sospecha, no era de extrañar que ambos supiéramos con certeza qué monstruo de bolsillo era el que le quedaba al otro, pero cada uno pensó más en el propio al momento de manipular el panel central de las plataformas en las que estábamos parados (verde la mía, roja la suya), el cual exhibía un octágono blanco formado por 8 botones triangulares del mismo color y tamaño entre sí, de los cuales presioné el que tenía un símbolo que se asemejaba a un matojo de hierba fresca; no tardé en percatarme de que mi rival había hecho la misma elección cuando la totalidad del área de batalla en medio del estadio principal de Evergrande se hundía con parsimonia para ser reemplazado por dos bloques cuadrangulares de lozano pasto verde, que incluso presentaba algo de rocío, lo que le hacía parecer un campo lleno de finas agujas hechas de esmeralda.

Las aproximadamente diez o quince mil voces abarrotadas en las graderías del estadio principal no cesaron en su aliento, fuera para mi oponente, para mí o para que ambos siguiéramos brindando un espectáculo que valiera el precio que habían pagado por sus entradas; un agarre gentil y firme a la vez de mi diestra bastó para separar de mi cinturón la esfera blanquirroja que contenía al único Pokémon hábil para combatir que me quedaba, y un suave toque al botón central de ésta con el índice para hacerla aumentar de tamaño, con lo que apenas cupo en dicha mano; aquel Entrenador situado en el lado opuesto del campo había hecho lo propio con la suya, la que añadía a su diseño dos círculos laterales amarillos y un rayo en la parte superior del mismo color (obviamente no podía verla desde mi posición, pero sabía que el Pokémon en cuestión había sido capturado con una Bola Rápida, el nombre de aquella Pokébola especializada). Sin dejar de sujetar dicho contenedor, ambos dejamos que éstos se abrieran solamente un poco para liberar en el tierno césped a quienes serían los protagonistas del epílogo de aquel enfrentamiento, que se había extendido más de lo esperado, pero no por ello había decepcionado a la audiencia.

Luego de la emisión de un fino rayo carmesí proveniente de cada Pokébola, dos siluetas bastante diferentes hicieron acto de presencia en el área de combate, ambas rodeadas de una cegadora luz blanca que no tardó en disiparse; el Pokémon al mando de mi oponente era un gecónido antropoide de piel verde y casi tan alto como éste (alcanzaría el metro y ochenta centímetros a lo sumo), que ni bien pisó la hierba se agazapó y flexionó sus delgados brazos, dejando ver tres gruesas garras y dos afiladas prominencias en forma de hojas a los lados de sus muñecas, a la vez que balanceaba lentamente su cola similar a una gruesa rama de pino, la que le servía como contrapeso cuando requería erguirse por completo (al parecer esa pose le permitía tener los músculos de sus fuertes extremidades inferiores listos para correr o saltar, en particular esto último); todavía en esa postura, describió un círculo con el movimiento de su relativamente pequeña cabeza de perfil afilado, dejando ver su quijada de color rojo pálido y una delgada franja del mismo color en su vientre, así como un par de las seis ambarinas protuberancias presentes en su espalda; tras ese calentamiento, entornó sus amarillos ojos de irises negros al darse cuenta de la presencia de mi Pokémon, quien sin dejarse intimidar a pesar de su escaso metro de estatura le devolvió aquel gesto con una desafiante mirada de sus vivaces ojos café, el mismo color de sus cuatro finas patas. Las diferencias anatómicas entre ese Sceptile y mi Leafeon eran más que evidentes, pues la piel del segundo poseía un hermoso tono canela pálido (similar al de los veraneantes de las playas de Sunyshore, incluyendo a esta servidora en su juventud), además de un par de orejas y una cola idénticos a grandes hojas verdes llenas de pliegues que eran mecidas gentilmente por la suave brisa presente en el lugar, así como una mucho más lisa que nacía en su frente; completaban su apariencia de un cruce entre zorro, gato y planta varios tiernos brotes puntiagudos que se originaban su pecho, espalda y rodillas, que a la distancia parecían más bien punzantes espinas.

Restándole importancia a las miradas que intercambiaban ambos Pokémon, el árbitro alzó sus banderas del mismo color de los palcos y las bajó rápidamente, con lo que oficialmente había iniciado la ronda final de aquella batalla, para exaltación del público presente; en ese preciso momento hubiera dado lo que fuera para poder estar parada al nivel del campo, para darle indicaciones a Xanadu (y sospecho que Dan quería lo mismo para dirigir a Kusanagi), pero no me quedaba mucho más que hacer lo que pudiera desde mi posición elevada, la que me daba una mejor visión del terreno. A pesar de que el transcurso de la lid había sido de ida y vuelta debido a las estrategias sorpresivas por parte de cada uno, ambos estábamos seguros de que éstas harían acto de presencia durante el resto de éste (y sí que lo hicieron, para el bien del espectáculo).

Como no era mi intención revelar desde el principio lo que tenía bajo la manga, me apresuré a ordenar una Hoja Sable, por lo que Xanadu arremetió en pos de su contendiente con las hojas de su frente y cola adquiriendo un intenso brillo verde claro y alargándose prácticamente al doble de su longitud original; sin embargo, el gecónido se incorporó al recibir las instrucciones del castaño y también se lanzó en pos de mi Leafeon, con las afiladas prominencias de sus antebrazos prolongándose y fulgurando también, con lo que comenzó un intercambio de cortes horizontales, verticales y diagonales que ambos eludieron en su gran mayoría, notándose apenas leves marcas en sus correspondientes costados cuando se separaron y esperaron más órdenes, quizá por un leve contacto de esas afiladas cuchillas con sus pieles, en tanto el público dejaba constancia de su presencia y apoyo con ininterrumpidas y sonoras ovaciones. Se notaba que para ellos el resultado final no era importante, y que creían que todos los participantes, humanos y Pokémon por igual, podíamos sentirnos más que orgullosos de nuestro desempeño; a pesar de ello, ni Dan ni yo pensábamos irnos de ese lugar sin haber derrotado al otro, cada uno motivado por sus propias razones, las que de por sí no nos daban derecho a reclamar la victoria, no más que nuestra propia habilidad. Dicho esto, lo único que podía asegurarse en ese instante es que nuestros ojos reflejaban por completo el espíritu de lucha que nos llenaba y dominaba, llevándonos a darlo todo para ganar... era quizá una de las pocas veces en las que cualquiera habría podido ver con extrema claridad a través de las ventanas de nuestras almas.

Estoy segura de que más de uno se preguntará cómo termino esto; temo decir que no puedo revelarlo, no sin arruinar lo especial que fue dicho combate para mí, por lo que será en otra ocasión que lo relate... si considero que quiero hacerlo, claro está.[/color][/font]
« Última modificación: Noviembre 08, 2010, 14:59 por Danot Okino » En línea

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« Respuesta #4 : Febrero 25, 2008, 03:07 »

Round 001 — Rompiendo el hielo

Pueblo Mahogany, 06 de Octubre de 1042 NC, 3:27 PM

El otoño ya había hecho su parsimoniosa llegada a Johto, una región bastante rica en cuanto a variedad geográfica, con marcadas elevaciones al norte y fértiles planicies al sur como sus escenarios predominantes. Mahogany era uno de los pueblos situados dentro del primer entorno mencionado, ostentando el título del centro poblado más frío de los existentes en esa región; hogar de la desaparecida escuela ninja Iga, de las más reconocidas tiendas de dulces basados en el arroz, y de un especialista en Pokémon de hielo. En esos momentos, el elegante portal tallado en caoba que demarcaba el ingreso occidental del pueblo era atravesado por dos recién llegados. El primero de ellos era un muchacho relativamente alto, quien fijó sus ojos verdes en los adornos que colmaban las viviendas y postes cercanos a la entrada, mientras la fría y suave brisa de la tarde mecía su algo revuelto cabello castaño; acusando un poco la temperatura del lugar, subió la cremallera de su chaleco rojo, dejando solo a la vista las cortas mangas de la camiseta negra que llevaba bajo esa prenda, tras lo cual introdujo las manos en los bolsillos de sus pantalones color beige; a pesar del ligero frío que sentía, tenía el alivio de que sus pies, protegidos por unas acolchadas zapatillas deportivas rojinegras, no se iban a congelar súbitamente; habiendo acabado su observación del lugar, continuó la marcha, atreviéndose a sacar ambas manos de sus abrigados refugios para acomodar los translúcidos lentes deportivos celestes que prácticamente cubrían la mitad superior de su rostro, dejando notar además las muñequeras de color negro que portaba, las que contrastaban con su piel de tonalidad relativamente clara; dicha persona llevaba consigo una mochila de tamaño mediano sujeta por dos tirantes, de color marrón claro.

—¿Qué pasa Pyro? ¿No vienes? —preguntó el chico, al notar que su acompañante, que poseía un solitario cuerno cubierto de piel sobre su cabeza, observaba el lugar con desconfianza, o quizá, incomodidad.

El aludido, un lagarto bípedo de brillantes escamas doradas, volteó a verle con un ligero dejo de enojo, lo que el chico notó cuando esos orbes azules se encontraron con los suyos; tras emitir un pequeño gruñido, dicha criatura reanudó la marcha meneando un poco su cola, con lo que la flama en la punta de ésta calentó un poco ese ambiente tan desagradable; al compás de ello, movía sus relativamente cortas extremidades con tres aguzadas garras blancas en cada una, alcanzando a su acompañante.

—¡Char, char! —exclamó la criatura de feroz mirada, mientras con las garras de su miembro superior derecho indicaba la presencia de un ligero hálito saliendo de su boca, dejando ver un poco sus pequeños pero afilados colmillos.
—Entiendo Pyro, es normal que a un Pokémon de fuego como a ti no le agrade un ambiente como éste —contestó el chico, sabiendo que el lagarto preferiría mil veces un lugar cálido, en lugar del refrigerador natural en el que se encontraban.
—Char —asintió el reptil flamígero, que por poco no alcanzaba el metro y veinte centímetros de estatura.
—Pero bueno, sabes que tenemos aquí un asunto pendiente con el Gimnasio local, así que por lo menos tendremos que quedarnos un par de días —reflexionó el castaño, mesándose la barbilla; esta frase no cayó para nada bien al Charmeleon shiny—; pero si tanto te molesta, lo mejor será que vuelvas —agregó, lo que el Pokémon aceptó.

Alzando un poco la sección inferior de su chaleco, el ojiverde dejó ver un cinturón marrón ceñido a su pantalón; dicha correa tenía seis pinzas redondeadas, tres a cada lado, las cuales sujetaban igual número de esferas de tamaño de pelotas de ping pong, aparentemente hechas de metal y divididas en dos secciones, blanca la inferior y roja la superior. El joven asió con la mano derecha uno de esos objetos del mismo lado y pulsó el pequeño botón blanco situado en el centro, marcado por una franja negra; esa acción causó que ese adminículo conocido como Pokébola alcanzara el tamaño de una pelota de béisbol, con lo que apenas podía rodearla con su mano. Tras ello, apuntó el botón central de ese objeto hacia Pyro, con lo que repentinamente un rayo escarlata se originó desde dicha protuberancia; al alcanzar al citado Pokémon le rodeó, con lo que ambos se volvieron uno, tras lo cual esa emanación regresó a su punto de origen, con lo que el chico colocó la Pokébola en el lugar de donde la había sacado tras devolverla a su tamaño original con el mismo botón, retomando así la marcha.

—Qué rápido pasa un año —dijo el muchacho para sí mismo al notar más y más adornos conforme se adentraba en el pueblo, recordando que su primera visita a ese lugar ocurrió en el lapso que mencionaba—; al menos, esta vez Shady no molestará a quienes celebren el aniversario del pueblo —comentó, quizá rememorando tal suceso.
 
Siguiendo el camino, el chico se topó con muchas más casas decoradas en alusión al festival que iba a celebrarse al día siguiente, además de varios carteles anunciando la realización de las actividades relacionadas a éste, los que a cada paso parecían multiplicarse como la peste; sin embargo, algo que también parecía aumentar de modo alarmante era el número de parejas que pululaban por toda la zona, quienes sin duda estaban concentrados totalmente en el cercano festival, obviando cualquier cosa ajena a éste. Si bien en ese momento su principal objetivo era llegar al Centro Pokémon local, pensó que no le vendría mal tener una batalla, sobre todo por la posibilidad de obtener algo de dinero en caso tuviera que quedarse en el pueblo más de un par de días; para su buena fortuna, no tardó mucho en llegar a la que parecía ser la plaza central, lugar en el que se desarrollaba un enfrentamiento entre dos dispares criaturas. Una de ellas, cuyo redondeado cuerpo parecía estar hecho de roca sólida, eludía con torpes saltos rápidos disparos de agua de su contendiente, una rechoncha criatura de piel azulada que se asemejaba ligeramente a un conejo, por sus largas orejas. En una desesperada acción defensiva, el primer Pokémon intentó guarecerse de una amenazante columna de agua al colocar sus brazos para cubrirse el rostro (y posiblemente, de haber tenido piernas también las hubiera usado para ese fin); ello, sin embargo, demostró ser inútil ante la presión ejercida por el ataque conocido como Chorro de Agua, que con facilidad arrastró al rocoso Pokémon hasta los pies de su Entrenador, que resignado hizo volver al derrotado Geodude a su Pokébola; como celebración, el vencedor meneó un poco su delgada, zigzagueante y negra cola terminada en una esfera de tamaño mediano, del mismo color que predominaba en su piel.

—¡Ja, ese no duró ni dos minutos! —exclamó el dueño del Pokémon acuaconejo, que con orgullo cruzó los brazos, o intentó hacerlo, pues todas sus extremidades eran muy cortas comparadas con su regordete cuerpo—. Bueno, ¿quién quiere enfrentarse a mí, el gran Mack, y convertirse en mi sexta víctima consecutiva? —preguntó con burla mientras entornaba sus ojos pardos, pero luego se rascó un poco su cabello negro con la mano derecha, temiendo que esa baladronada hubiera desanimado a algún potencial retador.
—Yo lo haré —dijo el recién llegado chico de cabello castaño, al abrirse paso entre los espectadores de la batalla anterior y dejarse ver.

Habiéndose acercado, el muchacho de ojos verdes pudo observar con más detalle a su contendiente y su Pokémon; el Entrenador de este último vestía un chándal rojo y zapatillas color granate, y era apenas más bajo que quien le veía en ese momento. El Pokémon a su lado era conocido como Azumarill, y contrariamente a lo que le había parecido en un principio, su cuerpo no era completamente celeste, pues la zona inferior de éste era blanca, el mismo color de las marcas circulares regadas por su pecho; completaba su anatomía un par de vivarachos ojos negros y una pequeña boca, cavidad por la cual había liberado el ataque que había ocasionado la derrota del Geodude que acababa de enfrentar.

—Bien, por fin un valiente —comentó socarronamente Mack, considerando que su contrincante no era la gran cosa—; ¿cómo te llamas? —preguntó, deseoso de saber el nombre de quien consideraba su siguiente víctima.
—Danot Bisel, de ciudad Cherrygrove —fue la ligeramente parca presentación del castaño, que no parecía muy a gusto con la actitud mostrada por su interlocutor; sin embargo, estaba dispuesto a soportarlo con tal de obtener lo que necesitaba—; ¿uno a uno, verdad? —inquirió, refiriéndose al número de Pokémon que cada uno podría usar.
—Sí, me parece bien; ¿Azumarill, quieres divertirte un rato más? —preguntó a su Pokémon, a lo que éste asintió dando un par de saltitos.
—Oye Mack, ¿qué te parece si hacemos más divertido esto con una apuesta?—preguntó Danot, mientras extraía del bolsillo derecho de su pantalón un aparato rojo, que sobresalía apenas un par de centímetros de la mano que lo sujetaba—. Aunque, tienes un Pokédex, ¿verdad? —cuestionó con solapada sorna, posiblemente para darle a Mack una probada de su propia medicina.

Con un ligero movimiento de su dedo pulgar, Danot apretó el traslúcido botón azul situado en el centro de la franja negra que separaba al tercio inferior del Pokédex de la parte superior, para que después de retirarlo, ésta se plegara hacia arriba, dejando ver dos pantallas de cristal líquido que ocupaban casi la totalidad del espacio en el que estaban contenidas. Mack tomó eso como una declaración de guerra, pues consideraba que Danot creía ser mejor que él al presumir esa enciclopedia electrónica.

—¡Claro que lo tengo! ¿Acaso crees que soy como esos Entrenadores de pacotilla que encuentras en la ruta 29? —inquirió con tirria, sacando de su pantalón un aparato parecido al de Danot, aunque aparentemente era un modelo antiguo, pues tenía solo una pantalla—. Entonces, ¿cuánto vas a pagarme por ganarte? —preguntó con guasa.
—¿Qué tal mil yenes? No quisiera dejarte en la bancarrota —respondió el castaño, con la intención de picar más a su oponente, mientras sacaba una tarjeta de plástico de uno de los bolsillos de su chaleco; dicho objeto era llamado Tarjeta de Entrenador y fungía como su identificación y acreditación como Entrenador oficial.
—Que sean dos mil, a menos que tengas miedo de perder —estableció Mack, para luego sacar de otro de sus bolsillos una tarjeta similar a la de su interlocutor.
—Como quieras —dijo Danot, colocándose a casi un metro de Mack y poniendo su Pokédex a la vista.

Mack no tardó en hacer lo mismo, y con eso listo, ambos presionaron un pequeño botón blanco con un dibujo consistente en dos Pokébolas que parecían chocar; no pasó mucho tiempo para que ambas enciclopedias electrónicas solicitaran a sus respectivos dueños que insertaran sus Tarjetas de Entrenador, lo que los dos muchachos hicieron de inmediato. Transcurrieron apenas un par de segundos antes de que esas máquinas establecieran contacto, por lo que Danot y Mack presionaron el botón con el número uno en la hilera que fungía como teclado numérico, finalizando la preparación para la batalla en sí, para curiosidad de los espectadores; en consecuencia, el castaño se alejó diez metros del chico de cabello moreno, para después voltear y fijar su mirada en el Pokémon acuaconejo, pensando a qué integrante de su equipo podría enviar.

—No sé si vayas a luchar mañana en el Gimnasio, así que mejor lo haces ahora —pensó Danot mientras tomaba una Pokébola del lado derecho de su cinturón, diferente a la de Pyro; tras hacerla aumentar de tamaño al presionar su botón central, dejó salir al Pokémon en su interior.

Del rayo carmesí emitido por la Pokébola comenzó a tomar forma la criatura que ésta contenía, rodeada aún de una deslumbrante luz blanca, aunque ya se podía notar que su anatomía era la de una estrella de mar de cinco brazos, que tenía una estatura similar a la de Pyro. Sin embargo, cuando ese fulgor desapareció, todos los presentes pudieron notar que el Pokémon liberado por Danot en realidad estaba formado por dos cuerpos radiales color púrpura, de cinco miembros cada uno, los cuales estaban unidos por su zona central; no obstante, el rasgo más notorio de ese Pokémon conocido como Starmie era el esplendente rubí octogonal incrustado en el centro de su zona anterior, gema que estaba protegida por un dorado marco que poseía una forma similar.

—Oh, la niña saca sus joyas para presumirlas —comentó sarcásticamente Mack, ocasionando un par de risas entre los espectadores—; así que no te quejes si se rompe —remarcó, dirigiendo la mirada hacia su propio Pokémon—. Chorro de Agua —ordenó tranquilamente.
—¡Azu! —asintió el Pokémon acuaconejo, tras lo cual disparó un rápido y delgado torrente de agua desde su boca.
—Alfa, esquívalo —pidió Danot, sin la intención de dejarse llevar por alguna burla de su contendiente.

El veloz ataque de agua, que reflejaba la escasa luz solar, no tardó en llegar a la posición del Starmie de Danot; sin embargo, y para enojo de Mack, el Chorro de Agua terminó golpeando el suelo, pues Alfa se había apartado rápidamente del lugar con un brinco lateral hacia su derecha. Sintiéndose insultado por el hecho de que su oponente no ordenara ataque alguno, el chico de cabello negro ordenó a su Pokémon continuar con su ofensiva hasta que la estrella de mar acabara debilitada, lo que éste se dispuso a hacer, lanzando la primera de una serie de delgadas corrientes del líquido elemento; no obstante, a pesar de hacer su mejor esfuerzo, la tentativa de ataque de Azumarill quedó solamente en eso, pues el Pokémon misterioso evitó cada Chorro de Agua con saltos y movimientos cortos, como si estuviera haciendo el mínimo esfuerzo para eludir esos ataques… menos el último, que el ya enfurecido monstruo de cuerpo rechoncho expelió con tanta fuerza y velocidad que dio a Alfa en el núcleo y le hizo retroceder un par de metros, lastimándole solamente un poco debido a la resistencia a los ataques de su propio tipo; no obstante, esa presión impedía que la estrella de mar avanzara para ejecutar su contraofensiva.

—No debimos subestimarlo… al menos, no tanto como él hizo con nosotros —dijo Danot para sí mismo, observando tranquilamente la situación—; Alfa, salta lo más alto que puedas —indicó a su Pokémon, esperando pacientemente el momento para atacar.
—¡Joh! —afirmó la estrella de mar con un peculiar sonido, que hacía pensar que era un ente femenino, aunque por su constitución anatómica, era difícil determinar su posible género.

Para sorpresa de más de uno, la parte posterior del cuerpo de Alfa empezó a girar en sentido horario, tras lo cual lo hizo en la dirección opuesta, para finalmente dejarse caer un poco hacia atrás, apoyada en los apéndices traseros; súbitamente, empleando esos cuatros apéndices se impulsó en el aire, haciendo girar su zona trasera como si fuera un ventilador para ganar más velocidad y elevarse casi hasta los ocho metros de altura, dejando a muchos espectadores con la boca abierta. No obstante, Mack vio ello como una gran oportunidad para embolsicarse de una vez los dos mil yenes apostados.

—¡Azumarill, salta y usa tu Puño Certero! —ordenó el muchacho oriundo de pueblo Mahogany, al apuntar al Pokémon suspendido en el aire.

Siguiendo las indicaciones de su dueño, el acuaconejo tensó su brazo derecho, con lo que una gran cantidad de energía comenzó a concentrarse en éste, destellando de color entre blanco y celeste, rodeando así todo ese miembro; con eso listo, Azumarill emprendió la carrera en pos de Alfa, con su “puño” listo para darle un furibundo golpe.

—Alfa, usa tu Rayo —pidió calmadamente Danot, tras lo cual pudo observar cómo la confiada expresión de su contendiente se trastocaba en una de total desconcierto.

Cuando la gravedad comenzó a hacer su trabajo en Alfa, éste detuvo súbitamente la rotación de su zona posterior, para inmediatamente después reiniciarla en sentido antihorario, al mismo tiempo que un brillo amarillento parecía llenar su joya central; de esa manera, cuando prácticamente ya tenía enfrente a Azumarill, la estrella de mar disparó desde su resplandeciente rubí una veloz y deslumbrante saeta eléctrica que dio de lleno a su objetivo, electrocutándolo y ocasionando que la energía acumulada en su brazo derecho se disipara en el acto; como consecuencia, ambos Pokémon acuáticos se precipitaron al duro suelo, sólo que Alfa aterrizó sobre dos de sus apéndices frontales, mientras que Azumarill lo hizo sobre su vientre y cara, resintiéndose aún de la descarga recibida. A pesar del dolor, el acuaconejo fijó sus vivarachos orbes negros en su rival e intentó levantarse, pero ese esfuerzo fue obstaculizado por un súbito entumecimiento que se propagó rápidamente por toda su anatomía; dicho hándicap era simplemente la manifestación del efecto secundario del ataque Rayo, que ocasionalmente podía causar una severa parálisis en sus blancos. El Starmie de Danot no tardó en aprovechar esa coyuntura para liberar desde su joya una veloz hilera de rápidas burbujas del tamaño de pelotas de baloncesto, las que al impactar a Azumarill explotaron sonoramente, con lo que éste no pudo levantarse más.

—¡Bien hecho Alfa! —felicitó Danot a su Pokémon, sobre todo después de que su Pokédex emitiera un sonido que confirmaba su victoria y la transferencia de dinero a su cuenta bancaria—. Regresa, mereces un buen descanso —le dijo a su monstruo de bolsillo mientras le hacía volver a su contenedor, cosa que su contrincante había hecho poco antes—; gracias por la batalla Mack, fue muy entretenida —comentó con un algo de sarcasmo, tras lo cual dejó su posición y se alejó del lugar en dirección sureste.
—… —el aludido se marchó sin decir palabra alguna, sintiéndose humillado por tan inesperada y relativamente rápida derrota.

Con la tranquilidad de tener financiada ya su estadía por un par de días, Danot no tardó en reanudar la marcha hacia el Centro Pokémon, el cual era un establecimiento dedicado al tratamiento médico de dichas criaturas, además de ofrecer alojamiento a los Entrenadores de éstas; pensó lo agradable que sería llegar a ese lugar y poder por fin estar protegido del frío y de algún posible fenómeno climatológico relacionado, que no eran poco comunes de Mahogany. Sumido en esas cavilaciones, avanzó quizá dos cuadras, ignorando los adornos alusivos al festival y lo extrañamente vacía que estaba la vía que recorría, o al menos, ello fue hasta que escuchó un sumamente agudo grito; desconcertado por ello, el muchacho de cabello castaño volteó hacia la derecha, viendo sólo el muro verde de un local comercial situado en la esquina de esa cuadra; asumió que aquel alarido provenía de la calle a la vuelta de la esquina, por lo que se aproximó prestamente a ésta para escudriñar qué ocurría, asomando tan solo la mitad derecha de su faz, para evitar ser avistado.

La aparentemente tranquila calle contigua fungía como escenario de una actividad tan antigua como la humanidad misma… un ruin acto de latrocinio. Ante la mirada del castaño, un desgarbado sujeto, cuyos rasgados jeans azules y avejentado chaleco rojo dejaban ver partes de su cetrina piel, intentaba despojar de su bolso a una mujer de avanzada edad, la que se aferraba a ese objeto como si su vida dependiera de ello.

—Ah, era eso… —pensó Danot al observar lo que acontecía, sin moverse de aquel lugar—; bueno, no es asunto mío —añadió mentalmente, nada entusiasmado ante el prospecto de no salir bien librado por inmiscuirse en donde no le llamaban—; además, solamente es dinero, quizá algún documento… cosas que se pueden recuperar —murmuró, quizá no tan convencido de sus propias palabras.

No pudo evitar sentir algo de lástima por la anciana ataviada con un vestido con diseños de flores de variados colores, la que a pesar de su edad se aferraba con uñas y dientes a su bolso, dándole buena pelea al pillo que intentaba arrebatárselo. «Parece que resistirá hasta que alguien más aparezca», llegó a pensar el chico de ojos verdes, en el momento en que se disponía a dejar el lugar; sin embargo, a causa de los tirones entre ladrón y víctima, Danot vio algo que le hizo detenerse abruptamente: un amenazante brillo, algo opacado por escasas manchas de óxido, se perfilaba desde el bolsillo trasero del pantalón del atacante, con seguridad un arma punzocortante. Mil y más posibles corolarios pasaron por la mente del Entrenador en ese momento, con la gran mayoría de ellos graficando explícitamente a esa mujer sumergida en un charco de sangre, con su vida escapándose por cada puñalada recibida; ese solo pensamiento le causó una serie de incómodos escalofríos que recorrieron a pasmosa velocidad su espina dorsal. Si bien segundos antes había desestimado la idea de ayudar a esa mujer sólo por unos cuantos bienes materiales que podían ser reemplazados o repuestos, una vida, humana o Pokémon, era algo que escapaba a ese simple razonamiento, pues una vez perdida, era utópico creer que podría ser recuperada de algún modo; a pesar de ello, el temor de Danot a ser lastimado había aumentado con la visión del parcialmente oxidado cuchillo, que el ladrón podría sacar en cualquier momento para cumplir su macabro objetivo.

—Ah, ¿qué hago? No quisiera ser yo quien termine en un charco de sangre —dijo el castaño en pensamientos, aún intimidado.

Mientras se debatía qué hacer, Danot llevó de modo inconsciente la mano derecha hacia su cinturón, dándose cuenta de ello cuando las yemas de sus dedos tocaron una de las ligeramente frías Pokébolas en éste; se sintió idiota por no haber recordado que tenía a sus Pokémon para ayudarle a lidiar con esa situación, y sobre todo, para no salir lastimado en el proceso. Con diligencia, tomó el contenedor de Alfa y lo liberó en la misma vía donde se estaba cometiendo el atraco, en el preciso momento en que el delincuente derribaba a su víctima y asía el arma blanca que tenía semioculta.

—Alfa, usa Psíquico en ese tipo y aléjalo de la anciana —pidió Danot con un tono de voz más bajo del que solía usar para dar órdenes, para no delatar su presencia.

Siguiendo de inmediato la orden de su Entrenador, el rubí del Pokémon misterioso se rodeó por una intensa luz cerúlea, al punto de aparentemente transformarse en un fulgente zafiro; sin que el sujeto de aceitunada piel lo notara, una misteriosa fuerza lo rodeó por completo, haciéndose evidente eso cuando intentó apuntar el cuchillo contra la mujer de avanzada edad y no pudo mover ni un solo músculo; el avieso ladrón trató de buscar con la mirada la causa de su inmovilidad, pero lo único que encontró fue la oscuridad, luego de que la estrella de mar empleara sus habilidades telekinéticas para aventar al infeliz hacia unos metálicos contenedores de basura cercanos a la pared opuesta, dejándole inconsciente después de ese duro golpe; en cuanto a la anciana, ésta había escapado lo más velozmente posible al notar que su atacante no se podía mover, quizá agradeciendo a la providencia o lo que fuera que le hubiera salvado. Con la situación solucionada, Danot dejó la seguridad de su escondite y junto con Alfa se aproximó hacia el sujeto de desaliñada ropa, quien había dejado caer su arma a un par de centímetros de su mano derecha.

—Creo que ya no necesitará esto —comentó el chico de ojos verdes al darle una patada al cuchillo, alejándolo un poco, tras lo cual dejó salir a Pyro de su Pokébola.
—Chaar —bostezó el lagarto ígneo al terminar de materializarse en la calle, tras lo cual le dedicó una aburrida mirada a su Entrenador.
—Sólo necesito que fundas eso, nada más —le dijo Danot, entendiendo el motivo del aletargamiento de su Pokémon—; después de esto, iremos al Centro Pokémon y podrás comer todo lo que quieras, ¿vale? —inquirió condescendientemente.

Quizá entusiasmado por la mención de la palabra “comer”, el Charmeleon shiny de Danot exhaló una bocanada de fuego hacia el arma blanca, transformándola en una amorfa masa de metal humeante, además de chamuscar el suelo alrededor de ésta.

—¡Char! —gruñó Pyro, indicando con una garra su totalmente abierta boca.
—Sí, apenas lleguemos al Centro Pokémon —contestó Danot, suspirando, al hacer volver a los dos Pokémon a sus respectivos contenedores—; voy a tener que comprar más comida —comentó, resignado por lo glotón que su Charmeleon podía ser a veces.

Dándole una última mirada al desmayado ladrón, que respiraba lentamente, Danot abandonó presurosamente el lugar, retomando su ruta como si nada hubiera ocurrido. No tardó mucho en llegar a su destino, pues éste se encontraba a sólo dos cuadras del lugar del intento de atraco, siendo éste un edificio cuya fachada era de blanca madera; desde el exterior se podía apreciar que dicha construcción de amplia base poseía dos niveles, siendo el segundo cubierto por un muy inclinado tejado rojo. Sin prestar tanta atención a esos detalles, el muchacho de revuelta cabellera castaña se aproximó a la entrada: una puerta conformada por dos hojas de cristal guarnecidas por finos marcos de aluminio, las que se separaron cuando Danot se encontraba a poco más de metro y medio de éstas, dejando ver la recepción situada en la primera planta del inmueble. El suelo de ésta estaba recubierto de caoba barnizada, un material mucho más cálido que la loseta empleada en otros edificios similares a ese, esparcidos por el sur de la región; las paredes eran de un color blanco tan puro como la nieve, sobre las cuales estaban pegados algunos afiches alusivos al campeonato regional que se iba a llevar a cabo en aproximadamente un mes, mientras que las escasas ventanas del lugar tenían a los lados cubiertas plegables de madera, para conservar el calor durante las noches. Con paso tranquilo, el recién llegado se aproximó a la recepción, donde una joven mujer de cabello rojizo atado en dos coletas que se asemejaban a aros aparentemente ordenaba unos documentos; al llegar a donde se encontraba esa persona, Danot notó que ésta llevaba puesto un vestido rosa y un delantal blanco sobre éste, además de una cofia blanca con una pequeña cruz roja sobre su cabeza, elementos distintivos de su cargo como enfermera; ésta, notando la presencia del chico, dirigió sus azules orbes hacia éste, acompañando esa mirada con una sonrisa, la de alguien que estaba plenamente comprometida con su trabajo.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó amablemente la enfermera, dejando lo que estaba haciendo.
—Buenas tardes —saludó Danot, correspondiendo a la educación de la pelirroja—. Traía a mis Pokémon para un tratamiento completo, ya que mañana retaremos al Líder de Gimnasio —explicó, mientras bajaba el cierre de su chaleco, dejando a la vista su camiseta negra y el cinturón con sus seis Pokébolas.
—Claro, déjalos en mis manos —respondió la enfermera, extendiéndole al chico una bandeja metálica con seis cavidades semiesféricas del tamaño de una Pokébola maximizada; con eso, éste fue soltando cada contenedor, agrandándolo y situándolo en algún espacio disponible hasta que no quedara ninguno, tras lo cual devolvió esa escudilla—. Puedes recogerlos mañana a primera hora si es que piensas pasar la noche aquí —añadió, tomando esa fuente y situándola sobre un carrito con varios soportes.
—Sí, me gustaría pedir una habitación, por favor —pidió Danot, deseando poder por fin descansar en una cama luego de haber pasado días durmiendo al aire libre.
—Vale, dame un segundo —solicitó la sanitaria, tras lo cual se agachó para poder ver la sección inferior del escritorio en forma de semicírculo, la cual estaba repleta de clavijas con pares de llaves colgadas en ellas; asió una de las que tenían adheridas una pequeña etiqueta con el número siete, para después erguirse nuevamente y darle ese objeto al ojiverde.
—Gracias, nos vemos mañana —dijo a modo de despedida el chico, alejándose de la recepción poco después.

Con la tranquilidad de que sus Pokémon estaban en buenas manos, el muchacho de ojos verdes observó alternadamente las dos puertas laterales de la habitación en la que se encontraba; aparentemente conocedor del lugar, se dirigió hacia la que estaba situada hacia la derecha del acceso de la calle, llegando a un pasillo algo estrecho, en cuyo final se encontraban las escaleras que conducían al segundo piso; se dispuso a ir hacia ellas, cuando se percató que la puerta justo delante del acceso que había tomado conducía a un cuarto lleno de videoteléfonos, con lo que recordó que llevaba casi una semana sin poder hablar con su familia. Decidió que lo mejor sería llamarlos antes de ir a descansar, para poder hacerlo tranquilamente, por lo que ingresó a esa recámara y se sentó en uno de los bancos de madera situados frente a cada aparato, cada uno de los cuales tenía una pantalla cuadrada de cristal líquido de veinte centímetros de lado, un pequeño teclado numérico, otro con botones para variadas funciones del teléfono, una pequeña cámara con micrófono integrado y un auricular empleado para llamadas sin vídeo, además de dos ranuras horizontales: una corta y gruesa para monedas, y otra más alargada y fina para tarjetas.

—Supongo que será decir hola y ya —pensó Danot, mientras sacaba su Tarjeta de Entrenador y la insertaba en la muesca más alargada; en esos momentos, agradecía poder usar ese objeto como una tarjeta de débito.

Con ese objeto de plástico fijado en la ranura del videoteléfono, el castaño apretó con presteza la retahíla de dígitos que conformaban el número telefónico de su hogar, situado en ciudad Cherrygrove, una urbe a varios kilómetros al sureste de su posición actual; con la secuencia de números ya marcada, el ojiverde tomó el auricular y esperó a que le respondieran, lo que sucedió tras algunos segundos, mientras en la pantalla aparecía un mensaje que decía “Sólo voz”.

—¿Hola, buenas tardes? —preguntó una fina voz femenina a través del auricular, probablemente perteneciente a una adolescente, la que el chico reconoció en el acto.
—Hola Mina, habla Danot —le respondió el castaño, con tono cálido.
—¿Eres tú, hermanito? —inquirió la dueña de la fina voz, evidentemente alegre.

Antes de que Danot pudiera siquiera contestar, la pantalla delante de él cambió su mensaje a “Conectando…”, activándose poco después el modo de videoconferencia; de esa manera, en la superficie de cristal líquido apareció la imagen de una muchacha de vivarachos ojos color café y largo cabello de la misma tonalidad que su interlocutor, la que llevaba puesta una colorida camiseta celeste, la única prenda que se podía ver en ese espacio.

—¡Hola hermanito! —le saludó la chica llamada Mina, agitando contentamente su mano derecha.
—Hola Mina, ¿cómo estás? —preguntó Danot, sintiéndose más que aliviado por notar que su hermana menor no se mostraba preocupada o angustiada por la semana que habían pasado incomunicados.
—Bien, sin salir de la rutina usual… ya sabes, ir a la escuela y ayudarle a mamá con los quehaceres —respondió despreocupadamente Mina, quizá debido a que estaba acostumbrada a ese ritmo de vida.
—Y seguramente Yamen no levanta ni un dedo para ayudarles —comentó Danot con tono burlón, riendo un poco por ese comentario.
—Mira quién habla, hermanito —acotó a través del auricular una voz masculina relativamente grave, poniendo especial énfasis en la última palabra y con un tono que delataba su descontento con el comentario anterior.

Junto a Mina, en la pantalla apareció un hombre de treinta años y cabello marrón oscuro, el que contrastaba un poco con su tez de idéntico color al de Danot y Mina; sus ojos color café, protegidos por unas gafas cuadradas de marco plateado, observaban acusadoramente al que presumiblemente era su hermano menor.

—Hola Yamen, qué gusto de verte —dijo Danot, con una expresión que parecía contradecir esas palabras; presintiendo que sería mejor dejarlos solos, Mina se retiró para seguir haciendo lo que había interrumpido para contestar el teléfono.
—Es lo mismo que yo diría si no hubiera hablado con mi familia por una semana entera —contestó Yamen, reprendiendo sutilmente al castaño por el tiempo que habían pasado sin poder conversar.
—Bueno, eso fue por un pequeño inconveniente con la batería de esto —explicó el chico de ojos verdes, sacando de su mochila un peculiar teléfono móvil de color rojo, el cual estaba rodeado en su parte más delgada por un fino pero fuerte cordón negro.
—Así que era eso —musitó Yamen, mesándose la barbilla, dejando ver que llevaba puesta una bata de laboratorio blanca, la que cubría todo menos el torso de su camisa color crema—; en todo caso, nos preocupó un poco que no llamaras, especialmente a mamá —añadió, con un tono mucho más conciliador.
—Entiendo… —fue la escueta respuesta de Danot, sintiéndose un poco mal por no haber considerado cómo podría sentirse su familia al no tener noticias de él—; ¿cómo están todos allá? —preguntó, pensando que con eso podría resarcirse, aunque sea un poco.
—Bueno, aquí en el laboratorio estamos tan atiborrados de trabajo como siempre; por suerte, algunos practicantes llegarán en un par de semanas, ya sabes, porque Elm solo quiere profesionales para superar la investigación del viejo Oak —comentó Yamen con socarronería, quizá porque el último hecho mencionado era algo usual para él—; mamá y Mina están bien, con menos carga que yo, por suerte —añadió el hermano mayor, aunque se podía notar en él un leve dejo de duda.
—¿Sucede algo? —inquirió el joven de ojos verdes al sospechar de la actitud de su hermano; sabía que sus súbitos cambios de humor eran evidencia de que algo pasaba y no quería decirlo.
—Sí, sucede algo… —respondió Yamen, resignado al pensamiento de que tarde o temprano Danot iba a descubrir qué ocurría—; la verdad es que mamá está realmente ocupada ahora, preparándose para viajar, aunque pensó en postergarlo hasta tener noticias tuyas —explicó, tras lo cual se quitó las gafas y las limpió un poco con el borde de su bata.
—Bueno, debe ser muy importante como para que no se haya quedado prendida al teléfono, esperando que llamara —especuló el castaño, preguntándose cuál podría ser el motivo de ello—; ¿obtuvo un puesto mejor en otro hospital? —inquirió de nueva cuenta, con una curiosidad muy típica en él.
—Sí, en el Hospital General de Mauville; ya sabes, el más grande de Hoenn —dijo el investigador, retomando su usual tono bromista.
—¡Pero si esa es una excelente noticia!—exclamó el entusiasmado muchacho, sin importarle si llamaba la atención con esos gritos—. No veo la razón por la que querías ocultarme eso —agregó, bastante contento porque su progenitora pudiera ejercer su carrera de obstetricia en las mejores condiciones posibles.
—Bueno, aún no he terminado —carraspeó el hombre de ciencia, con tono serio—; como sabes, el alquiler en esa ciudad es muy alto, así que mamá pensó en pueblo Verdanturf para quedarse, pues está bastante cerca de Mauville —expuso el hermano mayor, anticipando la reacción del castaño ante ese hecho.
—¿Y qué tiene eso de malo? Si Verdanturf es un lugar tan tranquilo… —Danot dejó de hablar al recordar un detalle sumamente importante acerca de ese lugar—; ¿no me vas a decir ahora que se está yendo a la casa del viejo? —interrogó, dejando muy clara su molestia al respecto.
—Te guste o no, es precisamente como lo sospechas —respondió Yamen con tono firme, pero sin ser agresivo—; ella pensó que sería una buena oportunidad para volver a empezar, después de cinco largos años —comentó, mostrándose comprensivo con tal hecho.
—No sé cómo puede perdonarlo después de todo lo que hizo… —replicó Danot con amargura; se hacía obvio que la relación con su padre no era exactamente la mejor.
—Son cosas de ellos, las que ya no deberían afectarnos; prueba de ello es que te haya dejado salir de viaje, considerando lo sobreprotectora que solía ser con nosotros —argumentó el hermano mayor, lo que pareció calmar las aguas.
—Cosas de adultos, ¿verdad? —preguntó Danot, asimilando aún el trago amargo que le había significado esa noticia—. Lo único que quiero es que mamá sea feliz, así que… solamente queda confiar en ella, supongo… —añadió, sin estar convencido aún.
—Confiar en ella y apoyarla en todo lo posible, sí —afirmó Yamen, con mucha más convicción que su hermano menor; si bien consideraba que éste exageraba en cuanto a la animadversión que sentía por su progenitor, no negaba que dicha persona había cometido más de un error en su vida familiar—; en todo caso, ¿de dónde llamas? —fue la pregunta que eligió para cambiar radicalmente de tema.
—Ahora estoy en Mahogany, listo para retar a Pryce —contestó Danot, con mucha más disposición a causa del nuevo tema de conversación—; cuando tenga su medalla y la del Gimnasio de Blackthorn, por fin podré participar en la Liga Johto —comentó con optimismo, recordando los duros enfrentamientos que había librado para conseguir las otras seis que ya tenía.
—Al parecer, el sistema instaurado este año no te ha dado tantos problemas como temíamos —dijo Yamen, admirado por el hecho de que Danot hubiera obtenido sus seis medallas en poco más de tres meses.
—Supongo que fue cosa de acostumbrarse —admitió el castaño, rascándose con el índice derecho la sien del mismo lado—; además, me ayudó mucho la información que pude conseguir de los Líderes… aunque en Blackthorn tendré que comenzar de cero, pero eso hará más interesante la batalla por la medalla final, ¿no crees? —preguntó, mostrándose muy emocionado por ese hecho.
—¿Desde cuándo crees que la diversión en la vida viene de las cosas imprevistas? —cuestionó irónicamente el investigador, sabiendo muy bien que su hermano era del tipo de personas que parecían aficionadas al planeamiento.
—Digamos que es un pequeño capricho, ya sabes, por ser la última —argumentó el castaño, tranquilo a pesar del irónico comentario de Yamen—; en todo caso, mañana en la tarde les llamaré, cuando haya solucionado el problema con mi Pokégear y tenga ya la medalla —expresó, con mucha seguridad.
—Vale, yo le diré a mamá que llamaste, para que esté tranquila —dijo Yamen, un poco extrañado por la tranquila respuesta del ojiverde a su sarcasmo.
—Sí, mándale un abrazo de mi parte —pidió Danot, a lo que su hermano asintió, con lo que la comunicación telefónica concluyó.

El castaño no tardó en quitar su tarjeta de la ranura, guardándola en el acto en el bolsillo del que la había extraído, pero no se levantó de inmediato; necesitaba tiempo para terminar de asimilar el hecho de que su progenitora hubiera decidido reanudar la relación con su cónyuge, tras casi cinco años de separación; era la causa de ésta, la infidelidad de su padre, una de las tantas cosas que hacía que Danot sintiera repulsión hacia esa persona que detestaba llamar “padre”. Transcurrieron algunos minutos para que por fin se pusiera de pie, no sin cierta pesadez, pero cansado ya de sólo estar ahí, dando lástima.

—Ojalá salga todo bien… más le vale al viejo no hacerla sufrir de nuevo —susurró el castaño, sintiéndose totalmente impotente con respecto a ese tema.

Intentando dejar atrás esos pensamientos que solían desanimarlo en demasía, se alejó del videoteléfono para volver al pasadizo y dirigirse, ahora sí, hacia las escaleras; asió el redondeado barandal de caoba con la mano derecha para subir pues, cansado como estaba, la probabilidad de sufrir un accidente no era tan baja, y definitivamente no estaba dispuesto a correr tal riesgo. Diecinueve escalones después, Danot llegó a un pasillo más amplio, largo y acogedor que el del piso inferior, en particular por una gruesa alfombra color vino que evitaba el contacto con el frío suelo; avanzó a través de ese corredor, en cuya pared izquierda estaban situadas puertas de numeración par, mientras que en la opuesta estaban las impares, hasta que encontró la que tenía el mismo número que la llave que recibió minutos atrás. Sin demora, introdujo ésta en la cerradura y la giró hacia la derecha, y tras un ligero empujón la puerta retrocedió lo suficiente como para dejar ver parte del interior de la habitación: una acogedora cama de sábanas blancas, con dos gruesas frazadas dobladas y situadas en la cabecera y un radiador situado a un metro de la parte opuesta de ese mueble; al ingresar al cuarto tras tomar la llave, Danot notó la presencia de otro catre al lado derecho de la entrada, así como la de una mesa y silla, ambas de caoba, próximas a la única ventana del lugar, la que tenía las mismas cubiertas de madera que sus pares en la planta baja; la mayoría de los objetos en esa estancia tenían la obvia función de evitar que sus ocupantes pasaran frío, dado que durante las noches la temperatura en Mahogany llegaba hasta por debajo de los cero grados centígrados.

Tras examinar con la mirada la habitación en la que pasaría la noche, Danot dejó caer el íntegro de su cansada humanidad sobre la cama que había visto primero, sin siquiera molestarse en quitar las frazadas o dejar su mochila en un lugar más idóneo que el suelo; lo que realmente deseaba en ese momento era descansar no sólo su agotado cuerpo, sino también su fatigada mente, sin querer pensar en nada más por un largo rato. De esa manera, quedó sumido en un profundo sueño en un breve lapso, dando vueltas ocasionalmente sobre la superficie de esa cómoda litera, adentrándose poco a poco en un mundo onírico, mezcla de sus recuerdos, deseos, temores, fantasías e imaginación.

Una vez que estuvo completamente inmerso en ese universo existente en lo más recóndito de su mente, el chico de ojos verdes se vio rodeado de un níveo hálito que le impedía la visión a más de medio metro de distancia; a pesar de esa dificultad, sentía curiosidad por saber dónde se hallaba o qué secretos ocultaba ese lugar, por lo que se dispuso a avanzar; cada paso le ocasionaba la extraña sensación de estar caminando sobre una gran pila de algodón, pero lo más raro era que no se tambaleaba al avanzar, pero claro, estaba en un sueño y cualquier cosa podía ser posible dentro de éste. Sin que eso siquiera le incomodara, el chico siguió andando, al menos hasta toparse con lo que parecía ser un espejo; no obstante, como para no desentonar con la tónica de ese extraño lugar, esa diáfana superficie no reflejó la imagen del muchacho, o al menos de manera fiel, pues su imagen le estaba dando la espalda en esos momentos, teniendo al lado a un mediano Pokémon de hirsuto pelaje amarillo; súbitamente, esa criatura se impulsó hacia delante dejando una estela blanca tras de sí, impactando así a una gran ave de plumaje predominantemente pardo, la que se alejó para atacar con su cuerpo rodeado de una chispeante aura celeste y varios veloces céfiros circundándole. Sin embargo, en ese momento el espejo emitió un cegador brillo blanco, de tal intensidad que el castaño fuera de éste tuvo que cubrirse los ojos, incluso con la presencia de la niebla, dado que estaba a apenas centímetros de ese objeto; no pasó mucho tiempo para que ese resplandor se desvaneciera, con lo que Danot finalmente pudo ver cómo había cambiado la proyección del espejo, o mejor dicho, lo que había cambiado, pues seguía viendo a su doble parado en la misma posición de antes; la diferencia radicaba en que frente a éste se encontraba Pyro, envuelto en una notoria aura azur, luchando contra una mantis antropomorfa de afiladas guadañas; el reptil flamígero hacía su mayor esfuerzo para eludir esos letales filos y exhalar sendas bocanadas de fuego que el insecto esquivaba gracias a su desarrollada agilidad. Cuando el silente ojiverde pensaba que podría ver el final de ese enfrentamiento, el espejo delante de él volvió a emanar un deslumbrante destello, obligándole a cerrar nuevamente los ojos y cubrirse con un brazo; nuevamente, la imagen proyectada cambió solamente con respecto a los Pokémon enfrentados en ella, en esa ocasión una gran ave protegida por una fulgente armadura de acero esquivaba los embates de lo que parecía ser una veloz esfera rosa y negra, al mismo tiempo que intentaba darle golpes de sus alas cubiertas por un brillo metálico. Habiendo visto esas tres escenas, el muchacho concluyó que lo que estaba observando era algún tipo de sucesión de los recuerdos que tenía de sus batallas de Gimnasio anteriores; ello se confirmó cuando un nuevo fulgor se hizo presente, el que al concluir dejó ver un fiero intercambio de oscuras esferas entre una canina de pelaje negro como la noche y un regordete fantasma púrpura de temibles escleróticas rojas; el brillo hizo nuevamente acto de presencia, para que poco después la pulida superficie exhibiera la pugna entre una salamandra celeste de expresión relajada y una ciclópea serpiente de tosco cuerpo metálico; siguió a ello el molesto y ya conocido destello, que trajo consigo la lid entre Alfa y un musculoso renacuajo de piel azul, que intentaba con coraje asestarle furibundos golpes con sus puños cubiertos de cristales de hielo. Como colofón a esa retahíla de imágenes, aparecieron dos figuras envueltas en sombras, que se asemejaban a un hombre aparentemente mayor y una robusta bestia cuadrúpeda, pero antes de que el castaño pudiera hacer cualquier cosa, una irradiación mucho más intensa que cualquiera de las anteriores se apoderó no solo del espejo, sino también de los alrededores, tragando al chico y a la niebla.

Danot despertó súbitamente de su reminiscente sueño, pero tardó en separarse de la cama, incluso sin estar del todo cómodo en ella a causa de las frazadas debajo de sí; cuando por fin decidió ponerse de pie, lo primero que sintió fue el frío apoderándose de sus descubiertos brazos, los que frotó con sus manos para poder calentarlos un poco; cuando esos miembros estuvieron lo suficientemente cálidos, buscó su mochila en la oscuridad que ya se había apoderado del lugar, encontrándola rápidamente al haberla dejado prácticamente al lado de su litera, tras lo cual la colocó sobre ésta y deslizó la cremallera más larga, con lo que comenzó a rebuscar en su interior; ese sondeo acabó cuando el castaño sacó una abrigadora chompa negra, la que se colocó tras quitarse el chaleco, sacando de esa última prenda su Tarjeta de Entrenador y poniéndola en uno de los bolsillos de su pantalón.

—Ah, qué hambre —pensó Danot una vez que estuvo protegido del frío, tocándose el vientre con la mano derecha.

Se movió en medio de la penumbra con dirección a la puerta, encontrando en la pared próxima un interruptor que no tardó en presionar; debido a ello, la bombilla de luz blanca adherida al techo se encendió, iluminando esa estancia, lo que el muchacho aprovechó para buscar nuevamente en su mochila, sacando en esa ocasión una libreta de apuntes y un bolígrafo, los que colocó en uno de los dos grandes bolsillos de su chompa. Con ello listo, se aproximó a la puerta luego de coger la llave y ponerla en el mismo lugar que los dos objetos que había cogido antes, abriéndola y apagando la luz antes de cerrarla de nuevo.

Después de caminar por el pasillo y descender por las escaleras para llegar al otro (todos ellos iluminados por bombillas que emanaban luz amarilla, para dar una cálida apariencia al sitio), Danot llegó a la recepción, aunque en ese momento la encargada no se encontraba en ese lugar; sin darle importancia a ese hecho, se dirigió a la puerta del lado izquierdo, llegando así a la cafetería del Centro Pokémon. Dicha división del edificio era quizá la que ocupaba la mayor área en el primer piso, con un gran número de mesas circulares y sus respectivas sillas repartidas por más de la mitad de dicho espacio; en la zona más cercana a la puerta se hallaba la barra, donde la dependiente leía aburridamente un diario del día, esperando que algún cliente llegara antes de que la comida se enfriara y tuviera que hacer el esfuerzo de calentarla de nuevo. El chico se acercó a ese punto y observó el menú disponible para la cena, eligiendo un guiso de vegetales con arroz, el que de inmediato pidió a la encargada del cafetín, pagándole con algunas monedas que llevaba en un pequeño bolsillo encima del lateral de su pantalón; luego de un par de minutos, la mujer de delantal blanco y redecilla negra alrededor de su cabello le entregó una bandeja con un plato hondo, depósito que contenía la merienda ordenada, la que liberaba un poco de vapor, además de una cuchara; Danot tomó esa fuente y la llevó cuidadosamente a una de las mesas en el lugar, dejándola sobre la superficie de ésta y sentándose en una de las sillas cercanas.

—Necesitaré efectivo apenas llegue a Blackthorn… o si tengo que permanecer aquí —fue el pensamiento que cruzó la mente del ojiverde al notar que sólo le quedaban un par de monedas de baja denominación, las que apenas alcanzarían para su desayuno del día siguiente.

Hundió la cuchara en el guiso y comenzó a mezclarlo con el arroz, causando que el vapor contenido en éstos fuera liberado, nublando un poco sus lentes deportivos; dejó eso cuando la masa resultante tomó un uniforme color naranja claro, y para esperar que se enfriara un poco antes de poder comer aquello, sacó su libreta y el bolígrafo del bolsillo de su chompa; abrió el primero de esos objetos, dejando ver varios apuntes en tinta azul, la misma del lapicero que acababa de colocar entre las dos hojas, usándolo como una especie de marcador.

—Primero que nada, Pryce es un especialista en Pokémon de hielo —pensó Danot, leyendo lo que había escrito durante su última estadía en Mahogany—; prefiere el uso de ataques compatibles con el tipo de sus Pokémon en la mayoría de casos, pero en ocasiones sorprende con alguna técnica auxiliar o disruptiva —añadió, al mismo tiempo que tomaba un puñado de la mezcla con la cuchara y se la llevaba a la boca con la mano derecha, sosteniendo la libreta con la izquierda—; casi todos sus Pokémon son de doble tipo, siendo el secundario uno que le dé ventaja sobre los tipos fuertes contra el hielo —dijo para sí mismo, mientras mascaba el guiso mezclado con arroz; no era lo mejor que había probado en su vida, pero estaría bien para saciar su apetito—; uno de los Pokémon que más usa para empezar es Dewgong, que tiene mucha ventaja contra Pokémon de fuego y roca, así que llevar un tipo eléctrico no estaría mal; Pyro y Hellga podrían encargarse de sus otros Pokémon, pero al parecer, el mejor Pokémon de Pryce tiene ventaja contra todos ellos, así que es mejor no descartar a Alfa… de todos modos sus Pokémon son lentos, así que eso nos da buenas oportunidades —concluyó, con lo que cerró la libreta y la guardó donde estaba antes, abocándose así a saborear su no tan desabrida cena.

Luego de terminar esa comida nocturna y dejar la bandeja y su contenido con la dependiente, Danot regresó pausadamente a su habitación, satisfecho con la comida y más con el simple pero (a su criterio) efectivo plan de batalla urdido para el desafío del día siguiente; una vez en su habitación, con la luz ya encendida, sacó de la mochila su Pokégear y un largo cable negro con un enchufe al final, conectando el otro extremo a una ranura en la parte inferior del teléfono móvil.

—Ojalá cargue… no quisiera tener que gastar dinero en una nueva batería —pensó el castaño al dejar el artefacto sobre la mesa y conectar el enchufe del cargador en el tomacorriente al lado de ese mueble.

Dejando el Pokégear y esperando que se recargara, Danot se sentó en la cama y jaló su mochila para ponerla a su lado, sacando de ésta un pantalón y una camiseta de color gris, los que solía usar como pijama; se sacó los lentes deportivos, pero al no tener dónde dejarlos, optó por colocarlos sobre la otra cama, pues difícilmente alguien llegaría a ocuparla en la madrugada; por esa misma razón, situó sobre esa litera las otras pertenencias guardadas en su ropa, como su Pokédex. Con esto listo, se despojó tanto de su chompa como de su camiseta, dejando expuesto su delgado torso (aunque más de uno habría afirmado que por poco no era un enclenque); después de ponerse la parte superior de su pijama, repitió el proceso con sus pantalones, dejándolos junto a las otras prendas que se había quitado y poniéndose el que correspondía a su ropa de dormir; ya cambiado, cogió el montón de ropa que había usado durante el día y lo dejó en la parte libre de la otra cama, pensando en encargarse de ella el día siguiente, tras lo cual acomodó la frazada, apagó la luz de la habitación y se arrellanó debajo de ese cobertor, para descansar tranquila y abrigadamente, o al menos esa era su intención; pronto recordó que tenía algo más que hacer, por lo que en la oscuridad llevó los dedos a sus ojos y con precisos movimientos retiró de estos lo que parecían ser lentillas, las que sin miramiento aventó en dirección de la otra cama, pensando que no importaba mucho al ser éstas desechables y haber concluido su vida útil; ya sin esa protección ocular, se dispuso a dormir, sin saber que afuera, el oscuro firmamento comenzaba a expulsar finos copos de blanca pureza.

El amanecer en Mahogany habría pasado desapercibido para cualquiera que se hubiera levantado temprano, de no ser porque la escasa presencia de luz solar estaba siendo potenciada por una ligeramente reflectora capa blanca adherida al suelo y a la mayoría de tejados del lugar; lo especial del fenómeno ocurrido durante la madrugada es que se trataba de la primera nevada del año, pero Danot no se enteraría de ello hasta más tarde, puesto que aún dormitaba cómodamente en su habitación. Transcurrieron quizá dos horas luego del alba antes de que el castaño despertara y decidiera salir de su cálido refugio, estirándose y bostezando al mismo tiempo para quitarse la pereza de encima; cuando por fin despertó, lo primero que hizo fue tantear el interior de su mochila con los ojos entrecerrados, hasta que finalmente encontró un estuche hermético hecho de plástico, del cual extrajo un par de transparentes y planas cajas cuadradas del mismo material que contenían lentillas de color verde, con una capa de gel hidratante adherida a las paredes de esos receptáculos; tardó poco en colocarse esos lentes de contacto, y ya con la tranquilidad de que su leve miopía no se conjugaría con la modorra matutina para hacerle tropezar o golpearse los dedos del pie con la pata de la cama, sacó de su mochila una toalla crema y una máquina de afeitar descartable, además de una camiseta limpia del mismo color que la había vestido el día anterior.

El castaño salió de su habitación y caminó por el pasillo, en dirección opuesta a las escaleras que llevaban al primer piso, volteando hacia la derecha para encontrar más habitaciones; giró nuevamente hacia la derecha, divisando al final de ese pasadizo dos puertas de color blanco, y aproximándose a ellas pudo ver que la de la izquierda era el baño para hombres, en tanto la otra era del de mujeres. De esa manera, se aproximó a la primera y giró la perilla para poder entrar, tras lo cual aseguró el pestillo de ésta para poder tener tranquilidad mientras se aseaba; tuvo suerte de encontrar cerca del lavabo de impecable color blanco una lata de crema de afeitar, la que se aplicó en la mitad inferior de su rostro luego de poner su toalla y camiseta en unas clavijas al lado izquierdo de esa estructura, para luego comenzar a recorrer su piel con la máquina de afeitar; a pesar del cuidado que tenía al realizar esa actividad, no podía evitar sentir alguna pequeña incomodidad cada dos o tres pasadas, señal de algún posible corte. A pesar de la dedicación que en ponía ello, lo cierto es que afeitarse todas las mañanas era una de las cosas que Danot detestaba más; no obstante, para él era una obligación autoimpuesta hacer lo posible para no asemejarse a su padre, quien solía llevar barba de hasta una semana antes de rasurarla. Cuando terminó con esa tortuosa actividad, arrojó la endemoniada máquina de afeitar al basurero cercano y se quitó el remanente de crema y vello facial con agua del grifo; con eso listo, se quitó la camiseta y, a pesar del frío, se lavó primero el torso y luego el cabello, aprovechando la presencia de botes de jabón líquido y champú, para después secarse con la toalla y ponerse rápidamente la camiseta negra al lado de ésta.

Sintiéndose ya mucho más despierto y limpio, Danot regresó diligentemente a su habitación para terminar de vestirse, cambiando su pantalón de pijama por uno muy parecido al que usó el día anterior, de color marrón, además de su chompa; después guardó su Pokédex y Tarjeta de Entrenador en el bolsillo derecho de su prenda inferior, y sus otras pertenencias en el del lado opuesto; con eso listo, el muchacho se acercó a la mesa donde había dejado su Pokégear, desilusionándose al notar que la batería de éste no se había recargado durante la noche, por lo que lo desconectó de la corriente eléctrica; ya se encargaría de su teléfono móvil y ropa sucia después de su batalla de Gimnasio, por lo que sacó de su mochila las prendas de vestir que tenía y la llevó con los demás objetos que ésta albergaba en su interior.

Se dirigió rápidamente a la cafetería, la que a diferencia del día anterior, lucía un poco más de vida al albergar a quizá una docena de personas, la mayoría de las cuales desayunaban tranquilamente en las mesas del lugar; no queriendo demorar mucho, el ojiverde se acercó a la barra y pidió a la dependiente unas tostadas y un vaso de jugo de bayas Oran, los que le fueron entregados en una bandeja tras un par de minutos de espera y el pago correspondiente, dejándole sin nada de efectivo. Luego de llevar esos alimentos a una mesa libre, Danot no tardó en dar cuenta de ellos, con lo que devolvió los enseres a la encargada y se dirigió prestamente a la recepción, donde la sanitaria al mando del lugar revisaba algunos documentos; sin mayores preámbulos, Danot se acercó a ésta y le pidió a sus Pokémon, además de tres platos de plástico y una bolsa mediana de comida Pokémon, pagando por esa última con su Tarjeta de Entrenador; un par de minutos bastaron para que la enfermera le entregara a Danot sus Pokébolas en la misma bandeja en que él se las había dado el día anterior, además de los cuencos solicitados; mientras la taheña iba al almacén a traer la bolsa, el muchacho de Cherrygrove tomó las esferas y las fue situando una a una en sus respectivos lugares a lo largo del cinturón que portaba, dejando la bandeja sobre el escritorio y llevando los cuencos hacia una de las esquinas alineadas con la puerta al exterior; puso esos platos sobre un ancho y confortable mueble de cuerina beige ubicado en ese lugar, mas antes de sentarse, divisó a la sanitaria cargando una bolsa marrón con una amplia impresión de una Pokébola sobre su superficie, por lo que se acercó a ésta y recibió ese paquete, llevándolo consigo, tras lo cual situó los cuencos en el suelo de caoba barnizada.

Bastó un fuerte tirón con ambas manos para que la bolsa cediera y dejara caer su contenido sobre cada uno de los tazones de plástico rojo, separados medio metro entre sí; cuando todos los trozos de color marrón oscuro que constituían ese alimento para Pokémon estuvieron finalmente servidos, el castaño tomó tres de sus Pokébolas y dejó salir a las criaturas en su interior, siendo éstas Pyro y otros dos Pokémon cuadrúpedos, los que habían aparecido en el sueño del chico. El lagarto ígneo saludó a su Entrenador y compañeros de equipo con un gruñido, tras lo cual prácticamente se abalanzó sobre el plato del extremo izquierdo para saciar su apetito; en cambio, los otros dos fueron menos precipitados en cuanto a la comida y tras dedicarle un saludo a Danot, hicieron lo propio entre ellos, de una manera muy peculiar. La más grande de ellos, de pelo tan negro como la noche, acercó su hocico de color rojo pálido al del otro Pokémon, cuyo cuerpo estaba rodeado por completo de hirsuto pelaje amarillo brillante, excepto por un espeso y erizado collarín blanco; entre todo ese híspido pelo resaltaban unas largas orejas de interior lila oscuro, el mismo color de sus vivarachos ojos, los que estaban fijos en los orbes de irises rojos de la canina de delgada cola, de punta similar a una flecha; no obstante, las características más llamativas de esa lebrela eran sus delgados cuernos y las estructuras óseas que aparentemente sobresalían de su piel: gruesos grilletes dobles en la articulación más baja de cada pata, tres arcos que recorrían su espalda de lado a lado y uno más que, junto a un disco similar a una calavera situado en el pecho, formaban una especie de terrorífico collar. A pesar de esos rasgos, el otro Pokémon no parecía en lo absoluto intimidado, sino por el contrario, era obvio su gozo al estar tan cerca de su compañera.

—Muy poca gente imaginaría que una Houndoom y un Jolteon harían buena pareja —pensó Danot, mientras observaba cómo esos dos Pokémon se disponían, por fin, a ingerir su alimento—; luego compraré comida para los demás —dijo para sí mismo.

El chico de Cherrygrove dejó que sus tres Pokémon comieran tranquilamente, sin decir palabra alguna mientras les observaba masticar ávidamente su alimento; cuando éstos acabaron, su Entrenador juntó los tazones y se dispuso a hablarles.

—Sé que ya lo saben, pero igual se los diré —empezó, para llamar la atención de sus Pokémon, cosa que logró en el acto—; nuestra siguiente parada será el Gimnasio local y esta comida es para que tengan energía extra para luchar ahí dentro —expresó con una sonrisa, a lo que sus interlocutores asintieron—; bien, vamos de una vez, no sea que alguien se nos adelante —añadió, con lo que no tardó en hacerlos volver a sus correspondientes Pokébolas.

Después de colocar los cuencos empleados en el escritorio arqueado situado en la recepción, el ojiverde abandonó el Centro Pokémon y se enrumbó raudamente hacia la zona noroccidental del pueblo; en el camino, pudo notar que las calles lucían un poco más adornadas que el día anterior, aunque todavía no había mucha gente circulando por las calles (cosa que Danot agradeció sobremanera). Finalmente, luego de una tranquila caminata de casi veinte minutos, divisó una construcción rodeada de paredes de color crema, la que identificó como el lugar al que quería llegar; con determinación, empezó a caminar más rápido, al menos hasta llegar a donde se alzaba una imponente reja de metal negro que fungía como separación entre el interior y la vía pública. Pudo ver a una persona parada cerca de dicha entrada, la que vestía holgados pantalones rojos que iban a juego con su casaca, mas el diario que leía en ese momento cubría por completo su rostro y parte de su torso; el castaño supuso que ese individuo era el portero del Gimnasio, por lo que se dispuso a acercarse a él.

—¡Ah, qué aburrimiento! ¡¿Es que acaso el maestro piensa que alguien vendrá a retarlo hoy?
« Última modificación: Noviembre 08, 2010, 15:18 por Danot Okino » En línea

Minna no Tabi / Advance Tournament


Ellos ya escogieron sus equipos; ¿cuál es el tuyo?
 
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« Respuesta #5 : Febrero 25, 2008, 03:12 »

Round 002 — ¿Casualidad o causalidad?

Gimnasio de pueblo Mahogany, 07 de Octubre de 1042 NC, 11:58 AM

Nadie sabía decir si era casualidad o no que la primera nevada del año se hubiera dado precisamente en el aniversario de Mahogany, aunque no era de extrañar, dada la estación que transcurría, por lo que ello debía ocurrir tarde o temprano; irónicamente, el lugar más frío de la ciudad en ese momento no era alguna de las calles que acogían una gran cantidad de adornos, sino el interior del Gimnasio Pokémon local, lugar en el que se había estado desarrollando una fiera batalla entre Pryce y su retador Danot; el segundo permanecía inmóvil, con la cabeza gacha y el contenedor esférico de su único Pokémon disponible firmemente sujeto por su mano derecha, habiendo quedado con el rostro cubierto por su profuso cabello castaño.

—Retador Danot, libere a su Pokémon o será descalificado —indicó la regordeta réferi de abultado cabello castaño, al dirigir su mirada hacia el aludido; ciertamente, le extrañaba esa actitud, dado que se había mostrado tranquilo durante toda la lid.

El chico de ojos verdes no respondió a ese pedido, al menos no con palabras; con lentitud alzó la cabeza, dejando ver nuevamente su rostro, en el cual se dibujaba una expresión de total determinación, al mismo tiempo que con un «¡Ve Alfa!» dejaba salir al Pokémon que obligatoriamente debía usar para lo que quedaba del combate; grande fue la sorpresa de Pryce y Sheila al ver que la estrella de mar se erguía sobre el hielo, totalmente despierta, como si Jynx nunca hubiera empleado su Beso Amoroso.

—Vaya, así que ese Starmie tiene Cura Natural —pensó el Líder de Gimnasio, ya recuperado de la impresión inicial—; aunque no tenía que montar todo ese numerito —añadió en pensamientos, insatisfecho por la actitud de su retador; a pesar de ello, no podía negar que le daba gusto que éste realmente no se hubiera rendido.
—Entonces… ¡continúen! —exclamó Sheila, reponiéndose también de la sorpresa.
—¡Piloswine, llena el campo con tu Granizo! —ordenó Pryce, sabiendo que con esa condición climática su Pokémon tendría más éxito para eludir cualquier ataque de Alfa.
—¡Alfa, no lo permitas! ¡Rayo Burbuja! —mandó prestamente el castaño, al pensar en lo ventajosa que sería para sus oponentes esa técnica de hielo.

Fijando sus apéndices sobre el suelo rocoso cubierto de nieve, la estrella de mar desplegó desde su rubí una andanada de burbujas de variados tamaños en dirección del peludo jabalí, las que le impactaron en el lomo, explotando ruidosamente; a pesar de ese feroz castigo, el Pokémon de Pryce expulsó de su hocico una ingente cantidad de vapor blanco que ascendió hasta el cielo raso y formó espesas nubes, las que en el acto comenzaron a liberar finos trozos de hielo; dicha precipitación ocasionó que las pompas desplegadas por Alfa estallaran antes de alcanzar a su objetivo, e incluso un par le causaron daño a su propio usuario, que dejó ello por indicación de Danot.

—¡Usa Psíquico! —mandó el castaño, al tener anuladas las otras dos opciones de ataque de su Pokémon, mientras se protegía de la granizada con ambas manos.
—¡Muévete y Terremoto! —ordenó el veterano Entrenador de Pokémon de hielo, con la intención de que la habilidad de su monstruo de bolsillo le permitiera esquivar la ofensiva que su contendiente iba a utilizar.

Siguiendo las instrucciones de su dueño, el porcino de largos colmillos comenzó la lenta pero segura marcha por el campo de batalla, al mismo tiempo que el carbúnculo de su contendiente se llenaba de un notorio brillo cerúleo; cuando esa joya tomó por completo la apariencia de un zafiro, una potente onda telekinética se expandió desde ésta y empujó los trozos de hielo situados hasta una altura de dos metros en dirección de Piloswine, que viéndose desprovisto de la protección de éstos fue expelido por esa fuerza invisible; como resultado de ello, el piloso Pokémon terminó chocando con una de las rocas de su lado del campo, la que por la violencia del impacto terminó hecha terrones; a pesar de ese castigo, el jabalí no tardó en reincorporarse y dar un fuerte pisotón al suelo de roca, produciendo una onda expansiva que se propagó por éste a gran velocidad, sacudiendo tanto a Alfa como a Danot.

—Claro, eso podría funcionar —pensó el castaño, al notar el ángulo de caída de la granizada, mientras se seguía cubriendo la cabeza con ambos brazos—; Alfa, salta e inclínate en dirección de Piloswine —indicó, con la intención de que su Pokémon usara su cuerpo como escudo para el ataque que estaba a punto de realizar.
—¡Joh! —fue la respuesta del Pokémon misterioso, al emplear los dos apéndices delanteros con los que se apoyaba y la rotación de su parte posterior para impulsarse en el aire y evitar el golpe de la peligrosa columna de tierra generada por Piloswine.
—Buen movimiento, pero eso no bastará para ganar mi medalla —pensó Pryce, al ver el inicio de la maniobra ejecutada por Alfa y tener decidida la forma de anularla.

Justo como el chico de Cherrygrove había planeado, el espacio frente a Alfa se vio libre del granizo que ahora golpeaba sólo su zona posterior; rápidamente, ordenó un Rayo Burbuja a su monstruo de bolsillo, el cual desplegó desde su cristalino núcleo una andanada de translúcidas pompas en dirección de Piloswine; esas membranas esféricas avanzaron rápidamente hacia su objetivo, manteniendo su forma al tener al cuerpo de su emisor como una barrera y aproximándose amenazadoramente hacia su objetivo.

—¡Detenlo con tu Ventisca! —ordenó con presteza el Líder de Gimnasio, pensando en defenderse y atacar al mismo tiempo.

Liberando un atronador rugido, el jabalí de limitada vista generó alrededor de sí mismo una vertiginosa corriente de aire que comenzó a arrastrar los copos de nieve y trozos de hielo en las cercanías, para después dirigir ese helado flujo hacia el frente; el resultado de ello fue que las burbujas terminaran estallando o congelándose, acabando éstas últimas hechas añicos al tocar el suelo, además de que la estrella de mar acabó siendo alcanzada por ese ataque; como consecuencia de ello, Alfa fue lanzado hasta la zona central del área de batalla, justo sobre la congelada superficie de la alberca, con lo que ésta se resquebrajó un poco; en ese preciso momento, el núcleo del Pokémon psíquico empezó a titilar de un brillante color rojo, el que increíblemente era visible en medio de la fuerte granizada.

—¡Usa tu Recuperación! —ordenó rápidamente Danot, al percatarse de ese fulgor rojo, el cual era una clara señal de que su Pokémon estaba por llegar al límite de su resistencia.
—¡No lo dejes Piloswine! ¡Acábalo con tu Terremoto! —fue el mandato de Pryce, considerando que era el tiempo de darle al Pokémon de Danot el golpe de gracia.

Tras reincorporarse al usar sus cinco apéndices posteriores como soporte, Alfa dio inicio a su técnica regenerativa, cubriéndose de inmediato de un destellante resplandor dorado; con dicho brillo activo, las heridas externas de la estrella de mar empezaron a cerrarse a gran velocidad, justo como Pryce lo había previsto; éste urgió a su Pokémon para que se apurara en atacar, con lo que pronto se pudo sentir un violento remezón en toda el área de batalla, sin ninguna señal previa debido a que la granizada ocultaba efectivamente a Piloswine. La onda telúrica generada por el pisotón del jabalí lastimó moderadamente al equinodermo, aunque Pryce sabía que el golpe definitivo lo daría la gruesa estaca de tierra que surgiría debajo de Alfa, pero para frustración del veterano, ésta emergió a quizá tres o cuatro metros de donde él había anticipado; aprovechando ese aparente error de cálculo, quizá causado porque la vista de Pryce no era tan aguda como en sus tiempos mozos, el Pokémon misterioso prosiguió con su Recuperación, a pesar de que el hielo debajo de éste se había resquebrajado de manera notoria.

—¡Piloswine, usa tu Derribo, rápido! —fue la indicación del veterano Entrenador, al considerar que la Ventisca no sería tan efectiva para noquear a Alfa.
—Otra vez ese ataque… —pensó Danot, recordando cómo Ray había sido vencido con dicha ofensiva, pero luego recordó sobre qué superficie se apoyaba Alfa—; sí, eso podría funcionar —dijo para sí mismo, aún observando el brillo dorado que saltaba a la vista en medio de la granizada.

Guiándose por el peculiar aroma que liberaba el equinodermo, una mezcla de agua salina y lavanda, Piloswine cargó en dirección de éste luego de haber rascado el hielo a sus pies; de esa manera, dejando tras de sí una gruesa estela naranja que era visible a pesar de los trozos de nieve y hielo que seguían azotando el área de batalla, el jabalí avanzó a toda velocidad (o al menos, la que podía alcanzar si se esforzaba al máximo), dispuesto a golpear de frente a su oponente. A pesar de percatarse de esa arrolladora marcha, el castaño permaneció callado, esperando el momento adecuado para dar la orden que podría definir el resultado de dicha confrontación, al mismo tiempo que el granizo dejaba de caer y mejoraba la visibilidad en el área de combate.

—Un poco más, sólo un poco más —pensó ansiosamente Danot, mientras el cerdo cargaba hacia su contrincante, listo para derribarle—; ¡salta y usa Rayo Burbuja! —fue la indicación del ojiverde, cuando el peludo Pokémon de Pryce se encontraba ya a poco más de cinco metros de Alfa.
—Pensé que sería algo mucho más elaborado que eso —dijo Pryce para sí mismo, mientras el Pokémon misterioso se valía de sus apéndices delanteros y la rotación de su zona posterior para elevarse casi diez metros—; ¡voltea y libera tu Ventisca hacia arriba! —instruyó prestamente a su Pokémon.

Manteniéndose aparentemente suspendido en el aire (quizá debido a su habilidad telekinética, el movimiento de su zona posterior o incluso ambas cosas), Alfa desplegó nuevamente desde su núcleo una gran cantidad de diáfanas pompas dirigidas hacia su contendiente; éste, obedeciendo las indicaciones de su dueño, frenó al ejercer presión sobre el hielo con sus pezuñas (debilitándolo un poco más), luego de lo cual una fuerte corriente de viento comenzó a girar a su alrededor; al mismo tiempo que ese Pokémon volteaba para encarar a su oponente, dicho flujo de aire y nieve aumentó su velocidad, para después ser proyectado de forma ascendente, alcanzando y congelando así todas las burbujas liberadas por Alfa, empujándolas rápidamente hacia su emisor, todo ello ante la atenta mirada de Pryce. La derrota de la estrella de mar parecía ser inminente, pues apenas fuera impactada por sus solidificados glóbulos acabaría cayendo y siendo presa fácil para un nuevo ataque de Piloswine, o al menos ese pensamiento ocupaba la mente del Líder de Gimnasio; para pasmo de éste, esas esferas y fragmentos de hielo que parecían haber derrotado fácilmente a la gravedad se detuvieron a un palmo del Pokémon misterioso, después de que el ojiverde gritara «¡Detenlo con Psíquico!», con lo que el rubí del primero comenzó a destellar de color cerúleo; ese mismo resplandor rodeó por completo toda esa masa de nieve y hielo, que al igual que Alfa, permanecía estática en el aire, como si el tiempo se hubiera congelado (de hecho, más de uno diría que eso era lo único que no lo había hecho en ese gélido lugar)

—¡¿Pero qué diantres?! —vociferó el maduro Líder de Gimnasio, observando cómo Alfa era rodeado por el mismo halo zafirino que la nieve y burbujas solidificadas.
—¡Cáele con todo, Alfa! —ordenó el castaño al señalar al patidifuso jabalí, que aún esperaba el sonido del impacto de su oponente con el piso para atacar con lo que su Entrenador le indicara, sin saber qué ocurría metros arriba.

Haciendo un magnánimo esfuerzo para mantener suspendidos en el aire la helada materia y su propia anatomía, el Pokémon acuático hizo caer la primera aprovechando la misma gravedad que ésta había vencido y su propio poder telekinético, produciendo así algo similar a una masiva granizada focalizada en Piloswine; en consecuencia, dicho jabalí y el helado piso en el que éste estaba parado fueron asediados principalmente por las frígidas pompas, dañando así al primero, pero sobre todo, fracturando con cada impacto al segundo; el colofón de esa ofensiva fue la colisión entre los dos Pokémon, pues la estrella de mar se usó a sí misma como un proyectil impulsado por su ataque Psíquico, ocasionando que la capa de hielo finalmente cediera y que ambos terminaran sumergiéndose en la frígida masa de agua.

—¡Piloswine! —llamó Pryce a su Pokémon, conociendo de antemano lo dañino que era para éste el contacto directo con el agua en estado líquido, sin importar lo fría que ésta estuviera.
—¡Acábalo con Rayo Burbuja! —ordenó Danot, con su monstruo de bolsillo todavía dentro del líquido elemento.
—¡Joh! —exclamó la estrella de mar al emerger de la alberca, después de lo cual desplegó desde su núcleo una ingente cantidad de diáfanas pompas dirigidas hacia su oponente, a pesar del cansancio que ya empezaba a apoderarse de su cuerpo, además de la excesivamente baja temperatura del medio en el que se encontraba.

Sin que el lanudo porcino pudiera hacer algo para evitar ese ataque, en particular por su desesperación para salir del agua, las rápidas y claras burbujas producidas por el Pokémon misterioso impactaron contundentemente en la totalidad de su anatomía, estallando sonoramente mientras le empujaban hacia el borde de la piscina; el asedio de tal ataque fue tal que, al chocar con la dura pared de roca, Piloswine ya había caído debilitado por todo el daño acumulado, amenazando con hundirse por su propio peso, en tanto su contendiente se situaba de un brinco sobre la parte sólida de la arena, no sin algo de esfuerzo.

—¡Piloswine no puede continuar! —decretó la réferi al ondear su banderín rojo en dirección del retador, al mismo tiempo que Pryce hacía volver a su vencido Pokémon—. ¡El retador Danot y su Starmie ganan la batalla, y por ende, la medalla Glacier! —fue la acotación hecha por Sheila, al decretar el final definitivo del encuentro.
—Bien hecho amigo… como siempre, luchaste extraordinariamente —dijo el Líder de Gimnasio al sujetar cerca de su rostro la Pokébola del jabalí, sintiéndose satisfecho por su desempeño.
—¡Genial trabajo Alfa! —congratuló Danot a su Pokémon al alzar el brazo derecho formando un puño, para después recorrer medio campo de batalla y acariciar el pico superior del aludido.

Después de que el castaño hiciera regresar a Alfa al interior de su Pokébola, tanto éste como su veterano oponente y la réferi se aproximaron hacia el pedestal colocado cerca del campo de combate; ésta última presionó de nueva cuenta el botón de la zona media, ocasionando que la cúpula se abriera, luego de lo cual apretó un botón verde, ocasionando que una luz roja sobre una ranura cercana a la que contenía al Pokédex de Danot titilara en intervalos constantes.

—Puedes hacerlo cuando gustes —comentó Sheila, dirigiéndose hacia Danot—; de verdad que esta máquina es muy útil para evitar que los Entrenadores se queden sin dinero si es que pierden contra Pryce —añadió en pensamientos, al recordar el monto del premio monetario que ofrecía su Gimnasio, el cual era financiado por la Federación Regional de Johto.
—Pero no demores mucho —comentó por lo bajo el Líder de Gimnasio, ganándose un suave codazo de parte de la réferi.
—Sí, ya lo hago —respondió el muchacho de Cherrygrove, un poco intrigado por la peculiar relación entre Pryce y Sheila, que no parecía limitarse sólo a lo profesional.

Sacando prestamente su Tarjeta de Entrenador del chaleco que llevaba puesto, el castaño introdujo ese objeto de plástico en la muesca diseñada para tal fin, esperando un resultado que ya conocía de antemano; con ello, la palpitante luz roja se estabilizó, y tras unos segundos una voz electrónica proveniente de ese zócalo confirmó que la transferencia monetaria hacia la cuenta de Danot se había realizado exitosamente, por lo que éste, con la venia de la réferi, extrajo tanto su Pokédex como su carné.

—Pues bien —dijo Pryce para llamar la atención, carraspeando sonoramente antes de continuar—; por lograr la victoria en mi Gimnasio, yo te entrego la medalla Glacier —agregó luego de haber sacado del único bolsillo de su camiseta un objeto hexagonal de metal celeste, cuyo centro estaba rodeado por seis triángulos equiláteros blancos, haciéndole parecer un estilizado copo de nieve.
—Gracias señor —respondió el ojiverde al recibir dicha insignia, la que sujetó con sus dedos índice y pulgar derechos, dejando ver que en la parte posterior contaba con un prendedor para adosarla a su chaleco.
—En todo caso, la batalla que tuvimos colmó mis expectativas —expresó Pryce, a modo de felicitación adicional—; espero que el resto de tu viaje esté lleno de éxitos —añadió, extendiéndole la mano a su interlocutor.

Respondiendo a la cortesía del anciano, Danot estrechó la mano de éste, pudiendo darse cuenta de que detrás de esa apariencia fría y hosca se hallaba la calidez de otro ser humano; tras ello, repitió ese mismo gesto con la réferi, y con su nueva medalla en mano, el chico de Cherrygrove se retiró del lugar tranquilamente, colocándola en uno de los bolsillos de su pantalón. Caminó a paso ligero por la vereda que varios minutos atrás le había conducido de la calle hasta la vía de la arena auxiliar y después al Gimnasio en sí, tarareando en ese momento una canción de onda roquera, sin darse cuenta de que alguien le observaba; dicha persona se había ocultado tras una esquina del edificio de cristales reflectores, siendo la parte superior de su rostro prácticamente cubierta por la capucha de su casaca negra, aditamento que sólo dejaba ver los rojos mechones de cabello de aquel posible acechador.

—¿De verdad ese tipo ganó la medalla Glacier? No parece la gran cosa —comentó en voz baja dicha persona, cuya voz lo delataba como un adolescente, posiblemente de la misma edad que el ojiverde—. Bueno, da igual… ojalá que sea más fuerte que el anterior —susurró, mientras metía su mano derecha en el bolsillo del mismo lado de su pantalón azul de mezclilla.
—¿Acechando de nuevo a mis retadores? —la grave voz de Pryce resonó detrás del bisoño Entrenador de melena roja, quien dando un respingo volteó a verle.
—Maestro, creí que estaba aún en el Gimnasio —respondió el aludido, dirigiendo su nerviosa mirada hacia el anciano.
—Oficialmente no eres mi estudiante… de serlo, difícilmente tendría retadores —comentó el veterano Entrenador, ahogando una risa—; y entiendo tu afán por hacerte más fuerte, pero no puedes ir a buscar pelea con cualquiera que me venza… —añadió al fruncir el ceño—; además, sería terrible que ellos supieran que todavía estás vivo, tras tantos años —comentó con genuina preocupación, causando que su interlocutor se rindiera ante esas palabras.
—Es cierto… —admitió el pelirrojo, apretando sus puños—; juro que esos cabrones del Equipo Rocket algún día pagarán por lo que hicieron—expresó con sincero enojo.
—Lo harán, porque nadie en esta vida sale impune de sus crímenes, hijo —fueron las palabras de aliento proferidas por Pryce, quien dio un par de palmadas al hombro del misterioso joven antes de retirarse al Gimnasio, siendo seguido por éste.

Tanta era la satisfacción del chico de Cherrygrove por haber obtenido su séptima medalla que no se había enterado de la conversación suscitada cerca de él; de hecho, era tanta que ni las abarrotadas calles en el trayecto de regreso al Centro Pokémon ni el barullo de la gente en ellas le ocasionaron incomodidad, y mucho menos el frío que dominaba el ambiente, ya que el exterior era mucho más cálido que el Gimnasio local. Luego de casi media hora de caminata, el castaño finalmente llegó a su destino, algo cansado por todo el trajín de la mañana; a pesar de ello, lo primero que hizo al arribar a ese lugar fue ir directamente a la recepción y dejar a sus cansados Pokémon con la encargada, para que les aplicaran el correspondiente tratamiento. Sin ese peso sobre sus hombros, Danot se dirigió con toda calma hacia su habitación al recordar que aún tenía asuntos pendientes por resolver antes de almorzar; de hecho, aunque no tuviera esas tareas pendientes, debía esperar a que le regresaran a sus Pokémon, para honrar la costumbre que habían adoptado después de su primera batalla de Gimnasio, la cual consistía en tener el almuerzo o cena juntos tras una victoria, dependiendo de la hora del día en que se dieran esos enfrentamientos.

Ya en su habitación, Danot se dispuso a encargarse de los dos retos irresueltos del día anterior; lo primero que hizo fue quitarse la mochila y extraer de ella una bolsa de plástico negra, en la que introdujo toda la ropa sucia que había dejado en la cama que no había usado durante la noche, cerrándola con un nudo doble; con ello listo, tomó su Pokégear y lo guardó en el bolsillo izquierdo de su abrigadora chompa, esperando que algún local de servicio técnico estuviera abierto aún. Antes de irse, el castaño sacó de su pantalón la medalla que acababa de ganar y la guardó en un estuche dorado con el diseño de una Pokébola roja que estaba en el interior de su mochila, dentro del cual se hallaban seis objetos del mismo tamaño pero de muy distintos diseños; con esa funda cerrada y colocada de nuevo dentro de su equipaje, el Entrenador de Cherrygrove salió de ese dormitorio con la bolsa de plástico a cuestas y su Pokégear a buen resguardo, tras lo cual aseguró la cerradura, para evitar que algún eventual ladrón se apoderara de sus otras pertenencias.

Encontrándose nuevamente en las frías calles de Mahogany, el ojiverde tuvo que bregar contra la marea humana allí presente para poder avanzar con la bolsa de ropa que llevaba consigo, al mismo tiempo que debía cuidarse de que nadie en esa turba le arrebatara lo que llevaba en los bolsillos; con algo de esfuerzo, finalmente pudo llegar al primer lugar que necesitaba visitar: el servicio técnico de Pokégears, que para su buena suerte atendería hasta las seis de la tarde, según indicaba un anuncio adherido al lado de la entrada de dicho establecimiento. Luego de dar dos golpes de moderada fuerza a la puerta de madera y notar que estaba abierta, Danot la empujó para entrar al local de cálidas paredes color crema y un mostrador de aluminio y vidrio con un gran número de Pokégears de diversos colores; apoyado en ese mueble estaba un hombre de mediana edad, cuyos oscuros ojos resguardados por gafas circulares se posaron de inmediato en su potencial cliente. Bastaron un par de palabras de éste para explicar la situación mientras le mostraba su averiado Pokégear rojo, por lo que ese técnico pidió hora y media para encontrar la falla y solucionarla; éste no tardó mucho en llenar una pro forma tras pedirle al castaño su nombre y apellido, además de anotar el número de serie del teléfono móvil, la que le entregó rápidamente para comenzar a trabajar. Sin que hubiera algo más que pudiera hacer en ese lugar, Danot se marchó para buscar el segundo establecimiento que necesitaba: una lavandería, la que estaba situada a dos cuadras al este de su primera parada.

El olor a lavanda y otras esencias se mezclaban en aquel lugar de limpias paredes de mayólica blanca y piso de losetas celestes con diseños de jazmines, al que el chico de Cherrygrove ingresó junto al sonido de una aguda campanilla anexada al picaporte; ello advirtió a la encargada, una muchacha de cabello lila y ojos verdes ataviada en un uniforme celeste, de la llegada de Danot. Sin demora, éste le entregó a la dependiente la bolsa llena de ropa, solicitándole que esas prendas fueran lavadas y secadas en el menor tiempo posible; no obstante, eso era costoso, pero era indispensable para que su viaje no se prolongara más de lo debido, por lo que resignadamente pagó haciendo uso de su Tarjeta de Entrenador, la que pasó por la ranura del terminal punto de venta de ese comercio, recibiendo poco después su comprobante de pago; ante la disyuntiva de aburrirse esperando en el lugar que visitó antes y morir de tedio en la lavandería, prefirió la segunda opción, porque al menos podría estar sentado, con lo que simplemente caminó hasta una de las acojinadas sillas cerca de la pared próxima a la calle y se acomodó en ella; el repetitivo e incansable sonido de las lavadoras en el otro ambiente del local invitaban al sopor, en el que el chico de orbes verdes fue cayendo poco a poco, al menos hasta que un largo y grave sonido proveniente de su abdomen le recordó que tenía hambre; en consecuencia, recordó que tras culminar esas labores pendientes tendría el almuerzo con sus Pokémon, pero habiendo ganado ya su séptima medalla, era su obligación darles algo más sabroso que la aburrida, aunque nutritiva, comida preparada de bolsa; teniendo en mente lo que compraría, el castaño se puso de pie y se estiró lo más posible para quitarse la modorra de encima, luego de lo cual se marchó de la lavandería.

A pesar del tiempo transcurrido, la cantidad de gente en el exterior no disminuyó en lo absoluto, e incluso, pareció aumentar, considerando que el atardecer estaba cada vez más cercano; incluso con tal inconveniente, el chico de Cherrygrove pudo moverse con mucha más comodidad que antes, al no llevar carga alguna, dirigiéndose así hacia el sureste del pueblo, zona en la que se encontraba el único Mercado Pokémon local. Un agradable timbre acompañó al paso de Danot al interior de dicho establecimiento, cuya puerta automática se había abierto segundos antes para dejarle el camino libre; gran cantidad de estanterías, cada una abarrotada de diversos artículos para Pokémon, se erguían imponentes ante los glaucos ojos del recién llegado, quien no notó la poca clientela presente en ese momento. Recordando la distribución de los productos en esa tienda, el castaño se dirigió hacia la esquina más alejada de la entrada, sección en la que se hallaba todo tipo de comida Pokémon; cogió cinco latas de distinta presentación y un tubo lleno de una sustancia pastosa de color turquesa, objetos que llevó en una canastilla hasta el mostrador donde se encontraba el dependiente, un joven de cabello y ojos castaño oscuro que portaba el típico uniforme de ese tipo de comercio: pantalón y camisa de tela blanca, además de un delantal azulino que cubría buena parte de la segunda; esa persona embolsó esos productos luego de leer sus respectivos códigos de barras con un sensor para determinar sus precios, con lo que Danot le pagó con su Tarjeta y pidió un retiro de efectivo, regresando sin demora a la lavandería.

Tras esa compra, no ocurrió nada destacable hasta que el chico de Cherrygrove retornó al Centro Pokémon, ya que simplemente tuvo que esperar hasta que su ropa y su Pokégear estuvieran listos; éste último había requerido un cambio de batería, tal y como su dueño había temido, lo cual se convirtió en el último pago que éste pensaba hacer con su tarjeta en lo que quedaba del día. Con sus entrañas pidiéndole alimento de manera desesperada (y desesperante, también), el aún adolescente se dirigió hacia la cafetería del lugar para ver qué quedaba del menú de mediodía; para buena fortuna suya, todavía quedaban algunas raciones de espagueti con salsa de carne, por lo que pidió que le calentaran una y la pusieran en un depósito para llevársela, teniendo que hacer malabares para llevar eso junto a la bolsa con su ropa y la que tenía el alimento Pokémon. Teniendo ya el que sería su almuerzo en un envase de poliuretano, además de un tenedor de plástico, el chico decidió dejar en su habitación todo lo que no fuera a usar en ese momento, por lo que inició la tortuosa marcha hacia ese lugar, teniendo particular cuidado al subir por las escaleras; tras la dura prueba final que resultó ser poner la llave en la cerradura y darle vuelta aún con todas esas cosas en brazos, Danot no tuvo reparo en dejar caer la bolsa de ropa sobre la cama que no había ocupado (recogiendo después las lentillas que había arrojado el día anterior), por lo que atinó en volver a la planta baja para poder, por fin, almorzar; con esa motivación, no demoró ni un minuto en llegar a la recepción para preguntar por el estado de sus Pokémon, pero al notar la ausencia de la encargada tocó con insistencia la campanilla en el escritorio de ésta.

—Ah, eres tú —comentó la enfermera con tono de voz neutral, al salir de la parte posterior de la recepción y notar la presencia del chico—; tus Pokémon ya están listos, los traeré enseguida —añadió, para nuevamente internarse en esa área restringida al público en general.

Tuvieron que transcurrir dos minutos para que la mujer de vestido rosa y delantal blanco retornara junto a una bandeja metálica que contenía las seis Pokébolas que el castaño había dejado horas atrás; éste las tomó con presteza, las redujo y las colocó en el bolsillo derecho de su chompa, mientras la sanitaria le indicaba que tanto Hellga como Ray debían reposar por lo menos un par de días para recuperarse totalmente de la batalla que habían tenido en la mañana; el muchacho dio una respuesta afirmativa a ello y aprovechó para pedirle a la pelirroja que le facilitara seis cuencos, uno de ellos lleno de agua. A pesar del fastidio que sentía, quizá por haber tenido un pésimo día, la enfermera marchó pesadamente por esas cosas, en tanto Danot dejaba las bolsas con diversos alimentos en el mueble que había empleado para ese mismo fin durante la mañana.

—Aquí tienes —dijo la enfermera al dejar una pila de cuencos cerca de donde se encontraba el chico, estando lleno de agua el más elevados de ellos.
—Gracias, por hoy ya no te molestaré —comentó el ojiverde con un leve dejo de ironía y buen humor; su interlocutora prefirió no responder y se marchó raudamente—; qué humorcito —pensó al verla alejarse, preguntándose por qué ese cambio de actitud.

Sin darle importancia más importancia a ese asunto, el Entrenador de Cherrygrove ordenó los cuencos en dos hileras de tres, con una distancia de alrededor de cuarenta centímetros entre ellos, quedando el que tenía agua en la esquina superior derecha, desde el punto de vista del chico; terminado ese ordenamiento, éste tomó el tubo que había comprado y tras sacarle la tapa vertió su pastoso contenido en el tazón con el líquido elemento, disolviéndose bien en éste cuando el ojiverde utilizó ese contenedor como una improvisada cuchara. Luego de haber realizado esa mezcla, sacó de una de las bolsas que tenía cerca las cinco latas de alimento Pokémon, las que abrió gracias a las “orejas” que cada una de ellas tenía en la parte superior (evitando así el uso de un abrelatas, una gran ventaja cuando se está viajando); vertió el contenido de cada una en un plato diferente, con lo que finalmente liberó a los Pokémon que tenía consigo en ese momento; de esa manera, cerca del castaño se hicieron presentes Alfa, Pyro, Ray, Hellga y dos Pokémon más, ambas de género femenino. La primera de ellas era un ave casi tan alta como su Entrenador y de peculiar apariencia, debido a que todo su cuerpo era protegido por una reluciente armadura de acero y no por livianas plumas, las que sólo estaban presentes en sus amplias alas, que parecían afilados abanicos de color rojo sangre; dicha criatura fijó sus amarillos ojos de negros irises en Danot y emitió desde su alargado pico un graznido a modo de saludo, con lo que el chico le acarició el extraño cuerno sobre su cabeza, lo que pareció agradar a esa Pokémon. De pronto, el ojiverde sintió que algo rozaba su pierna derecha, por lo que bajó la mirada para ver de qué se trataba; era la otra Pokémon que no había visto durante todo el día: una ratona de pelaje predominantemente naranja y ochenta centímetros de estatura, que se apoyaba en el suelo con sus relativamente cortas extremidades de color marrón oscuro y alzaba su larga cola negra de punta en forma de relámpago amarillo hasta la cintura de su Entrenador.

—Rai —gruñó tiernamente la Pokémon conocida como Raichu, fijando sus vivaces ojos negros en Danot tras pararse en dos patas y dejar ver su vientre blanco, además de dos gruesas rayas marrones que surcaban su espalda de lado a lado.
—Sí Sparkle, también me da gusto verte —comentó el chico al hincarse y acariciar las negras orejas de la roedora, que se curvaban para darle una apariencia adorable.

Antes de que el chico pudiera decir algo más, notó que sus otros Pokémon no se habían dado la molestia de esperar y que ya estaban dando cuenta de la comida en los cuencos; no obstante ello no le enojó, pues supuso que estaban tan hambrientos como él, así que le indicó con gestos a Sparkle que se uniera a sus compañeros, mientras él tomaba el envase con el espagueti y les imitaba. A diferencia de los otros Pokémon, los que disponían de bocas para masticar el espeso alimento con trozos de carne y alguna cosa más, Alfa puso uno de sus apéndices en el cuenco con la mezcla de agua y pasta turquesa para asimilar esos nutrientes por medio de un proceso de absorción y posterior filtración, cosa a la que los demás ya estaban totalmente acostumbrados. No faltaron las bromas o “robos” de comida de parte de los Pokémon con mayor apetito, como Pyro, pero en general el ambiente en esas celebraciones por la victoria era sumamente agradable, una forma más de compartir entre humanos y Pokémon, una manera de buscar las similitudes y no las diferencias.

Satisfechos por la comida consumida, tanto el chico como sus Pokémon se dieron un tiempo para reposar en ese lugar, sin importarles lo que pudiera pensar cualquier eventual transeúnte; una vez que el letargo ocasionado por la digestión amainó, Danot hizo volver a Pyro y compañía al interior de sus respectivas Pokébolas, para luego asir los cuencos y apilarlos, así como poner todos los envases de comida y las lentillas del día anterior en una bolsa para arrojarla en el primer cesto de basura que encontrara; dejó los tazones al lado de la recepción y sin esperar que la sanitaria apareciera se marchó hacia el segundo piso, dejando la bolsa llena de basura en un cesto dispuesto en el cuarto de videoteléfonos.

Ya en su habitación, el chico de diecisiete octubres se dejó caer sobre la cama que había usado la noche anterior, observando el blanco techo sobre él y recordando algún pasaje de su batalla contra Pryce; gracias a su victoria estaba a un solo paso de poder participar en el torneo anual de la Liga Regional de Johto, evento en el que con toda seguridad competirían muchos Entrenadores sumamente hábiles. A pesar de confiar en sus habilidades, el castaño dudaba de poder ganar tal certamen, en particular porque solamente contaba con diez Pokémon en su arsenal, una cantidad relativamente baja para una competencia en que el recambio era un importante factor para conseguir la victoria final; sin embargo, aquello no era una preocupación para él, ya que su objetivo primordial era mejorar sus habilidades, y ello sólo lo podría lograr fogueándose contra los mejores en torneos de ese tipo, sin descartar alguno menor que se presentara en cualquier momento; a pesar del entusiasmo que ello le ocasionaba, no había olvidado el compromiso que había hecho consigo mismo, el de postular a la universidad luego de culminar su participación en la competencia para la que estaba juntando medallas, pues era difícil pensar que el entrenamiento de Pokémon podría generarle un ingreso suficiente para mantenerse a futuro… eso estaba reservado sólo a quienes lograran destacar de manera superlativa en esa actividad; sumido en esas cavilaciones, el chico no tardó en quedarse profundamente dormido.

Conforme iban pasando las horas, el frío reinante en Mahogany se hacía sentir más y más, pero ello no fue impedimento para que la gran mayoría de sus habitantes, muchos de ellos ataviados con coloridos y muy cómodos kimonos, salieran a las calles a divertirse en esa noche tan especial para ellos; cientos de puestos ubicados en la vía pública para dicha ocasión ofrecían desde golosinas y otro tipo de bocadillos hasta una gran variedad de juegos de feria como el lanzamiento de dardos. El bullicio de aquello y una gélida brisa causaron que el durmiente Entrenador de ojos verdes despertara del sueño que le había embargado por suficiente tiempo para hacerle sentir descansado; consecuentemente, no le fue difícil levantarse de su lecho y caminar hacia la ventana para cerrar una de sus cubiertas de madera, momento en el que pudo percatarse de la actividad nocturna de esa urbe.

—Cierto, hoy es la celebración por el aniversario del pueblo —pensó mientras veía a la distancia a un par de elegantes chicas, ambas ataviadas con vistosos kimonos—; no sería mala idea dar una vuelta y ver qué hay, para variar —añadió, recordando que había pasado más de una semana viajando y encendiendo el radiador cercano.

Caminando calmadamente, el chico de cabello castaño volvió a su cama y se sentó en el borde de ésta, observando los objetos dispersos en el otro catre, tras lo cual se acercó a éste y abrió la bolsa que trajo de la lavandería, para guardar toda esa ropa en su mochila, a excepción del pantalón y camiseta que había usado el día anterior, así como una chompa parecida a la que llevaba puesta en ese momento; al terminar con ello, sacó de su equipaje lo que parecía ser un pequeño pedernal, para poco después liberar a cada uno de sus Pokémon, que a pesar del limitado espacio podían moverse con cierta comodidad.

—Bien chicos, voy a salir y quiero saber quién me acompañará a dar una vuelta —dijo el chico, mientras algunos de sus Pokémon se desperezaban tras haber salido de sus respectivos contenedores esféricos—; aunque ya sé de uno que querrá quedarse —añadió al mismo tiempo que le arrojaba con suavidad el pedernal a Pyro, que se había aproximado al radiador.
—Char —gruñó el lagarto flamígero, quien definitivamente prefería la calidez de la habitación al frío de la calle; atrapó con algo de dificultad el objeto arrojado por Danot y lo colocó en el piso, para luego recostarse sobre éste y situar la ardiente punta de su cola sobre dicho pedernal.
—¿Alguien más piensa quedarse? —preguntó el castaño, a la expectativa de lo que harían sus monstruos de bolsillo.

Ante esa indagación, las respuestas no tardaron en llegar; Alfa se tumbó al pie de la cama en la que su Entrenador no estaba sentado, al mismo tiempo que Hagane se arrellanaba en la esquina más cercana al radiador, a una distancia prudencial de Pyro y esa flama en la punta de su cola que tanto le incomodaba; en cuanto a Hellga y Ray, ambos se acomodaron juntos en el espacio entre las camas, mimándose mutuamente, sin prestar atención a sus compañeros; la única que no pareció buscar un lugar para descansar fue Sparkle, quien rápidamente se acercó a su Entrenador.

—Veo que sólo quedamos tú y yo, Sparkle —dijo el chico al esbozar una sonrisa—; venga, vamos —añadió al levantarse, luego de acariciar la cabeza de su Pokémon—; espero que este lugar siga entero cuando regrese —comentó con tono burlón, a lo que sus otros Pokémon asintieron perezosamente.

De esa forma, Danot y Sparkle dejaron la habitación mientras los otros Pokémon del primero se relajaban dentro de ese espacio cerrado; ese dispar dúo bajó con calma las escaleras y después de caminar un poco salieron por la puerta principal del Centro Pokémon, encontrándose con la fría y bulliciosa calle.

—Al menos no sentiremos tanto frío con toda esa gente cerca —dijo el castaño con una forzada sonrisa, a lo que su Pokémon se limitó a asentir con la cabeza.

Pensando que las cosas más llamativas estarían en la plaza central del pueblo, el chico y su Pokémon caminaron en esa dirección, percatándose de cómo el número de gente se elevaba considerablemente con cada metro que avanzaban; tanto hombres como mujeres lucían vistosos kimonos en su paseo por la calle, o al menos la mayoría de ellos, recorriendo los distintos puestos presentes en la vía pública; sin importar qué hicieran en ese momento, se podía apreciar que todos disfrutaban de ese muy grato ambiente, sin que Danot o Sparkle fueran la excepción a ello. Ésta última procuraba no separarse del chico, en particular cuando tenían que atravesar un mar humano para poder avanzar, pero casi lo perdió de vista cuando el ojiverde se detuvo en un puesto en particular; con curiosidad, la ratona eléctrica se acercó guiada por su olfato, el que le indicaba la presencia de algo de sabor dulce, encontrándose con un stand de madera pintada de blanco, donde una anciana de amable apariencia vendía lo que parecían ser unas peculiares golosinas de color crema y consistencia suave con forma de diversos peces Pokémon, como Goldeen, Remoraid o Finneon; tal cosa era nueva tanto para el ojiverde como para su Pokémon, quienes observaban antojadizamente dichos postres.

—Cinco okashi por trescientos yenes —dijo la tendera al percatarse de que Danot y Sparkle veían con interés su dulce mercancía, llamando la atención de ambos.

Recuperando la percepción de la realidad, el castaño vio que su interlocutora ya había preparado una bolsa de papel con la mencionada cantidad de golosinas y en ese momento extendía la mano derecha para recibir el pago correspondiente; suponiendo que ya no había vuelta atrás, el Entrenador pagó el importe pedido tras sacar un par de monedas de uno de sus bolsillos.

—Bueno, al menos esto sabe bien —comentó el muchacho, saboreando el relleno de crema de una de esas golosinas, al igual que su Pokémon, mientras ambos seguían caminando por la calle, la cual estaba menos congestionada en ese momento.

Ambos continuaron recorriendo el pueblo con tranquilidad, gozando del ambiente festivo presente en cada rincón, manifestándose de todas las maneras posibles, como en la sonrisa de los niños intentando ganar en un juego, sintiéndose bien sin importar el resultado, o en las numerosas parejas de todas las edades que caminaban juntas y se detenían en algún puesto en particular; consecuentemente, el castaño pensó que definitivamente había sido una excelente idea salir y distenderse del cansancio que le había provocado tan prolongado viaje desde Ecruteak. Dejando esos pensamientos de lado, Danot siguió andando con Sparkle siguiéndole de cerca, cuando ambos ya habían acabado con las golosinas que tenían, las que provocaron que se les abriera el apetito; por tal motivo, el primero buscó un puesto que ofreciera algo que hacía tiempo quería probar, encontrándolo en pocos minutos.

—¿Tiene onigiri dulce? —preguntó el ojiverde al encargado de ese puesto.
—¿Eh?

Una de las dos personas que atendían en el puesto adyacente al que Danot había elegido para comprar volteó súbitamente, dándose cuenta de la presencia de éste; sus ojos de irises negros como la noche se abrieron completamente al verlo, por lo que con disimulo volteó su corpulento cuerpo para evitar que ese Entrenador le viera, mientras usaba una pequeña espátula metálica para cocinar una tortilla de mariscos y cebolla en una plancha metálica. Ese extraño comportamiento pasó completamente desapercibido para Danot, pero no para la otra persona en ese stand.

—Oye, ¿qué te pasa? —preguntó una mujer de rasgos algo toscos al jalar con algo de fuerza uno de los negros mechones de cabello de su compañero de trabajo; éste tuvo que refrenarse para no responderle con una trompada.
—Espera y te lo digo, pendeja —respondió el forzudo hombre, concentrándose en que el okonomiyaki que preparaba no se quemara.
—Vale Gort, pero no olvides que debemos vender lo más posible de esta mierda —arguyó la mujer de largo cabello castaño, el cual estaba peinado en dos desaliñadas trenzas, observando con el rabillo de sus ojos café al aludido.
—Y si no fuera por él, no tendría que estar humillándome ahora —pensó Gort, al dirigir una disimulada mirada de odio al Entrenador de Cherrygrove, quien llevaba una bolsa llena de onigiri, los cuales eran unos suaves pasteles de arroz con una pequeña cubierta de algas negras, cuyo centro estaba relleno de una dulce mermelada.

De esa manera, sin saber de la rencorosa mirada que se cernía sobre su persona, Danot siguió disfrutando de lo que el festival tenía para ofrecer junto a Sparkle, quien mantenía el ejercicio de evitar que le separaran de su Entrenador; cuando el castaño estuvo a una distancia relativamente lejana, Gort pareció por fin dispuesto a hablar, o al menos eso pensó su compañera, pues notó que ya no estaba tan intranquilo como hacía unos instantes.

—¿Me dirás qué pasa ahora? —inquirió con molestia la mujer de cabello castaño, observando inquisitivamente a Gort.
—Sí Jade, pero antes dejemos algo claro —respondió con tosquedad el corpulento hombre—; no quiero quedarme calvo antes de los cuarenta, así que no vuelvas a jalar mi cabello —reclamó airadamente, cruzando los brazos.
—Oh, es por eso que nunca quieres quitarte la gorra del uniforme —comentó burlonamente Jade, controlándose para no caer en el piso y revolcarse de la risa—; no pensé que esas cosas te importaran… sólo falta que vayas con la Subcomandante Rubí y le pidas que te enseñe a pintarte las uñas —continuó con la burla, después de haber apagado las hornillas internas de la plancha que ambos habían estado usando.
—¡Al carajo con eso! ¡Ahora no te diré nada! —bufó el burlado hombre, tomando una de las tortillas que había preparado para comenzar a engullirla.
—¡Oye, te estás comiendo nuestras ganancias! —gritó exasperadamente Jade; al parecer, Gort había elegido la mejor forma de desquitarse de ésta—. Ya, escúpelo de una vez —expresó, harta de que su interlocutor se hiciera el interesante.
—¿Recuerdas qué pasó en el Pozo Slowpoke, hace cosa de dos meses? —preguntó Gort con un tono de evidente fastidio.
—¿Pozo Slowpoke? —Jade intentó recordar algún hecho relacionado con ese lugar, sin mucho éxito—. No, no me suena de nada —glosó, demostrando escaso interés en dicho tema.
—El tipo que estaba parado en el puesto del costado fue quien arruinó mi jugosa venta de colas de Slowpoke —expresó en voz baja, pero aún con enojo.
—Ah, eso —fue la parca respuesta de Jade—; claro, recuerdo que el Comandante Linus te dijo tu vida cuando se enteró que estabas haciendo eso por tu cuenta —añadió pícaramente—; ¿pero estás seguro de que era él? —preguntó con cierta preocupación.
—Tan seguro como que eres marimacha —respondió ácidamente Gort, obteniendo como respuesta un fuerte pisotón en el pie derecho—; ¡jodida pûta, eso sí me dolió! —se quejó groseramente.
—Pues te aguantas, señor machote —replicó Jade, indignada por el comentario de su interlocutor—; en todo caso, si realmente tienes razón, tendríamos que avisarle de esto a ya sabes quién —recomendó.
—¡No puedo equivocarme! ¡Ese plumero castaño que lleva sobre la cabeza y esos estúpidos lentes lo delatan! ¡Dudo que alguien en Johto se vea más ridículo que él! —bramó Gort, al rememorar hechos desagradables para su persona.
—Si tú lo dices, grandote —respondió escépticamente Jade—; bueno, ahí viene alguien que seguramente estará interesado en escucharte —expresó, percatándose de la presencia de dos personas vestidas muy elegantemente.

Completamente inconscientes de las vengativas ansias que apuntaban sobre uno de ellos, Danot y Sparkle siguieron su recreativo paseo por el festivo pueblo hasta que finalmente llegaron a la plaza central, lugar que había sido escenario de la batalla del primero y otro de sus Pokémon el día anterior; ahí se topó con un considerable gentío, el que extrañamente no estaba rodeando un puesto comercial o una atracción propia de festival alguno, sino a un hombre de mediana edad, quien parecía estar llevando a cabo una apasionada disertación.

—¿Qué será? —pensó el castaño con curiosidad, acercándose a esa muchedumbre.
—Rai —suspiró resignadamente Sparkle, siguiendo de cerca a su Entrenador, para no perderle de vista.

Ambos empezaron a abrirse camino entre los otros curiosos presentes con cuidado para no ganarse algún problema con quienes habían llegado antes, en particular con algún anciano cascarrabias o alguna mujer histérica; así, el ojiverde y su Pokémon se posicionaron en el perímetro interior de aquel anillo de gente, pudiendo ver al causante del interés de la muchedumbre. Los dos recién llegados observaron a quien parecía ser uno de los monjes que habitaban en ciudades como Violet o Ecruteak, pues la túnica negra y los cobertores de tela púrpura que llevaba alrededor del torso y brazos eran idénticos a los de la indumentaria de los acólitos pertenecientes a dichas ciudades; sin embargo, ese entusiasta declamador se distinguía de sus pares porque no llevaba la cabeza rapada, sino más bien dejaba ver su saludable cabello castaño oscuro, el que se agitaba a la par de los ademanes que acompañaban a sus palabras. Su tono de voz era imponente, al igual que su vehemencia al expresarse, pero quizá su desarreglado bigote y su apenas perceptible barba sin afeitar le daban un toque de informalidad, no así las sandalias que portaba, pues esas eran típicas de quienes, como él, predicaban la fe en una sociedad que ya no tenía tan en cuenta ese precepto.

—Así es, amigos míos, el día prometido está cerca; ese maravilloso día en que el todopoderoso Arceus despierte de su milenario reposo tras crear y dar forma al mundo como lo conocieron nuestros antepasados —aseveró el prominente predicador, con una fuerza tal que captó la atención de todos los presentes—; sin embargo, el mundo dista de ser lo que nuestro señor Arceus y su heraldo Taiji dejaron a humanos y Pokémon como un hogar común, debido a nuestro afán por adecuar el mundo a lo que queremos en vez de ser nosotros quienes vivamos en armonía con él —expresó con severidad, sobrecogiendo a algunos de los presentes—; ¡humanos y Pokémon, todos estamos al mismo nivel, como iguales, como hermanos hijos de Arceus! —agregó prontamente, quizá con la intención de reconfortar a los afectados por sus palabras anteriores.

Ese fervientemente pronunciado discurso pareció encandilar a varias personas de las presentes en el lugar, mientras que otros eran un poco más escépticos en cuanto a las promesas de una era mejor. A pesar de no haber escuchado completa la alocución de aquel predicador, Danot encontró interesante su manera de dirigirse hacia la gente para transmitir su mensaje, dado su objetivo de estudiar en la universidad una carrera de ciencias de la comunicación; sin embargo, tuvo que admitir que le era difícil creer del todo en esas palabras, aunque comprendía en cierta forma los lazos de los que esa persona disertaba, pues su experiencia como Entrenador Pokémon le había enseñado día a día cómo éstos se formaban y fortalecían. Desafortunadamente, ese ambiente de quietud y reflexión se vio perturbado por la tambaleante llegada de un escuálido sujeto vestido con una polera y pantalón jeans azules, de ralo cabello negro y ojos del mismo color, aunque éstos últimos eran protegidos por un par de anteojos oscuros; la gente próxima a dicha persona se apartó rápidamente de ésta, no por miedo o respeto, sino por el insoportablemente intenso aroma que despedía, siendo la posible causa de ello la gran botella de transparente licor que llevaba en la mano derecha.

—A ver, a ver… ¿qué coño pasa aquí? ¡Quítense del camino, que parecen jodidas estatuas! —bramó el borracho, quien aún mantenía la coherencia en el lenguaje, pero no la coordinación de sus movimientos; ciertamente, daba la impresión de que caería antes de que alguien le contestara siquiera.
—Calme sus ímpetus, mi buen señor; mi misión aquí es traer la palabra de Arceus y el mundo de paz que vendrá con su despertar, luego del juicio —informó el prelado, aparentemente seguro de poder manejar a dicha persona enajenada por el alcohol.
—¿Arceus? ¿Paz? ¡Todo eso es una mierda que deberías meterte por el culo! —vociferó aquel sujeto, sin medir sus palabras, tras lo cual se aprestó a seguir bebiendo del pico de la botella que traía consigo.
—Señor, eso es herejía y merece un castigo muy drástico —aseveró el predicador, mostrándose menos conciliador que antes; se notaba que realmente estaba ofendido por tan altisonantes expresiones, lo que pareció enardecer a su interlocutor, que sin reparo alguno emitió una sonora carcajada.
—¿Castigo? ¡Jajajaja! ¡Esto es castigo! —contestó el irascible ebrio con una mezcla enfermiza de enfado y burla, al abalanzarse sobre el hombre de fe.

Danot, que como muchos de los presentes observaba con indignación al macilento borrachín, dio un respingo al notar esa agresión, sobre todo por la potencial arma que el beodo atacante portaba; percatándose de la preocupación de su compañero, Sparkle se colocó al frente con los brazos alzados y sus mofletes liberando pequeñas y rápidas chispas de color amarillento. No obstante, todo ello fue innecesario, pues una oportuna reacción del ferviente orador le permitió sortear esa arremetida, provocando que su agresor cayera aparatosamente al suelo y se golpeara la cabeza con éste, quedando en un aparente estado de inconsciencia. Ello no pareció preocupar al predicador, que se sacudió las mangas al dirigir nuevamente su atención hacia el público, viendo de frente al castaño y a su Pokémon, quienes paulatinamente parecieron calmarse tras el susto que había representado la fallida acometida.

—Qué interesante, sí —dijo para sí mismo el monje, que a diferencia de los demás parecía haber observado algo llamativo—; gracias por la intención, amigos míos —dijo al acercarse al ojiverde y la ratona eléctrica, que le veían extrañado; sin previo aviso, estrechó la mano de interlocutor humano, que simplemente atinó a corresponder ese gesto.

Pasado el revuelo por el ataque al monje, la improvisada audiencia en torno a éste comenzó a dispersarse, con lo que él, habiendo soltado ya al chico de Cherrygrove, se despidió de todos ellos y se marchó, no sin antes recordarles que debían profesar su fe no sólo a través de oraciones, sino también de acciones. Considerando que ya se había hecho tarde, Danot y Sparkle se enrumbaron de vuelta al Centro Pokémon, sin siquiera saber que eran observados a la distancia por la misma persona que minutos antes se había acercado a ambos.

—Definitivamente tienes potencial para lo que necesito, pero todavía es pronto para requerir de tu asistencia… mi estimado Danot —murmuró con aire divertido aquel misterioso predicador, luego de lo cual empezó a caminar hacia las afueras del pueblo, a pesar de la oscuridad imperante.

Habiendo decidido dejar en el olvido la sorpresa que le causó el apretón de manos de aquel monje, el ojiverde continuó caminando junto a la roedora de alargada cola, la que de rato en rato olisqueaba el contenido de la bolsa, disfrutando del aroma que despedían los onigiris en su interior; el chico sonrió ante esa acción de Sparkle, sobre todo al recordar la debilidad que ésta tenía por las cosas dulces, en ese caso, el relleno de los pasteles de arroz que había comprado. Felizmente para ambos, las calles lucían más despejadas y andar por ellas ya no era una titánica labor, por lo que disfrutaron de un tranquilo regreso al lugar donde pasarían la noche.

Cuando el chico de orbes verdes abrió la puerta de su habitación, encontró a los cinco Pokémon que había dejado ahí dormitando pacíficamente, lo que le arrancó una sonrisa de satisfacción al verlos así; supuso que despertarlos o hacerlos volver a sus Pokébolas sin aviso no contribuiría a su reposo, por lo que atinó a dejarlos descansar fuera de sus receptáculos por esa noche; con cuidado, pasó entre los durmientes Pyro y Hagane para cerrar por completo las cubiertas de la ventana e impedir que el frío les molestara durante la madrugada, mas no pudo evitar preocuparse por la presencia de la flama del lagarto, debido a que ésta consumiría oxígeno en un ambiente en el que ese vital gas era limitado; si bien la obvia solución a ese mejor predicamento era dejar la puerta abierta, el ojiverde era reacio a sacrificar su privacidad, en particular en un lugar con tanta gente desconocida; no obstante, ese desasosiego no duró mucho, pues pronto divisó una opaca cadena gris colgando del marco que demarcaba la entrada a esa estancia, con lo que una idea vino a su mente; ante la atenta mirada de Sparkle, el castaño se dirigió hacia el acceso a esa alcoba y colocó el extremo de aquella serie de eslabones en una abertura circular de metal que se estrechaba hacia la izquierda, la que estaba situada por encima de la cerradura; después de eso, Danot abrió la puerta y comprobó que la cadena soportaría un par de sacudidas, dejando espacio suficiente para que entrara el aire y dificultando que algún curioso viera más de lo que debía. Con ese problema solucionado, el muchacho de Cherrygrove caminó cuidadosamente hacia su cama, habiendo dejado la bolsa llena de onigiris en la mesa, mientras Sparkle se acomodaba al lado de la cama desocupada, a poco más de un metro de donde Ray y Hellga dormían apaciblemente; sin mayor dilación, dicho Entrenador se cambió de ropa y guardó sus lentillas en sus respectivos estuches tras limpiarlas , con lo que se arropó con la gruesa frazada de la que disponía su cama, quedándose dormido de inmediato a causa del trajín del día.

Empezaba otra fría mañana en pueblo Mahogany, donde pasada la efervescencia de la celebración, quedaba una pesada carga laboral para los empleados de limpieza pública de aquella localidad. Totalmente ajeno a ello, Danot seguía descansando en su cómoda cama del Centro Pokémon, pero una súbita y húmeda lamida sobre su mejilla izquierda le hizo despertar de golpe; sobresaltado, prácticamente tiró al piso el grueso cobertor que le cobijaba, para encontrarse al lado de su cama con Hellga, que al igual que sus otros Pokémon, estaba ya despierta y lista para afrontar el día; luego de soltar un ligero bostezo y estirarse un poco, el chico se percató que todos sus Pokémon, menos Alfa, veían con interés la bolsa que había dejado sobre la mesa el día anterior, por lo que decidió repartir su delicioso contenido, sacando cinco onigiris y reservando los demás para su propio desayuno. De esa manera, a cada uno de sus compañeros le fue asignado uno de esos pasteles de arroz, siendo los primeros en recibirlos Sparkle y Pyro, pues ambos podían sostenerlos con sus extremidades superiores; poco después, colocó uno en el pico de Hagane, luego de que ésta lo abriera ampliamente, con lo que comenzó a devorar ese bocadillo, con lo que el castaño continuó con Hellga y Ray, y ya libre, cerró la puerta para que nadie escuchara a sus Pokémon comer. Cuando sus monstruos de bolsillo terminaron de ingerir ese matinal alimento, Danot los devolvió a todos al interior de sus Pokébolas, pues todavía tenía que prepararse para salir; dejó su cinturón con esos contenedores en la cama más cercana y llevó consigo una muda completa de ropa, además de sus lentillas, ya que tenía planeado darse un buen baño antes de partir.

Totalmente aseado y llevando la misma ropa con la que había llegado al pueblo, más una abrigadora chompa similar a la usada el día anterior, Danot se encontraba en la salida del Centro Pokémon, con su mochila a cuestas, una bolsa de plástico colgada de su mano izquierda y sus Pokébolas sujetas a su cinturón; dirigió una mirada llena de añoranza a la calle sobre la que estaba parado y los edificios a su alrededor, ya que dicha urbe prácticamente marcaba el límite de lo que conocía en Johto, al menos si no se tomaba en cuenta el Camino de Hielo; dicha vía era la que conectaba Mahogany con Blackthorn y, según tenía entendido, cruzarla tomaba aproximadamente siete u ocho horas, lo cual explicaba su temprana salida. Finalmente, decidiéndose a andar, el chico de ligeramente alborotada cabellera dio un paso al frente y luego otro, dirigiéndose así hacia el este, con expresión decidida.

La vegetación cercana a la ruta por la que transitaba el castaño en ese momento era del mismo tipo que la predominante en la vía entre Ecruteak y Mahogany: árboles leñosos sin frutos visibles, pequeños arbustos de ralo follaje y hierba corta que dejaba ver porciones del suelo; tanto los primeros como los últimos mostraban un ligero tono amarillento, propio de la estación. Contemplando por momentos el paisaje, el ojiverde devoraba con ahínco el último onigiri que le quedaba, quedando todavía en la bolsa un bulto de forma cilíndrica, el que se develó como una lata de bebida gaseosa de bayas Cheri; bastó un minuto para que su burbujeante contenido refrescara la garganta del chico, que puso aquel envase metálico en la bolsa, guardando ambos en su mochila y continuando con la marcha.

—Lo mejor es siempre ir preparado para la guerra —dijo repentinamente el chico, mientras alzaba la mirada para contemplar la bóveda celeste, sobre la que se cernían varias esponjosas nubes—; creo que eso es en lo único que tenías razón, viejo —pensó irónicamente, recordando que su padre usaba la mencionada frase para prácticamente cada aspecto de su vida, satisfecho por la comida y observando su cinturón.

El motivo de esa última acción era que, antes de salir del Centro Pokémon, había llamado a su hermano mayor para comentarle de su reciente victoria y cambiar tres de sus monstruos de bolsillo, quedándose Sparkle, Pyro y Alfa en el laboratorio de Yamen; la razón para ese trueque era que la vía que iba a usar para llegar a Blackthorn estaba plagada de Swinub, pequeños cerdos Pokémon de tipo tierra y hielo, siendo el primero uno totalmente ventajoso contra Sparkle; en cuanto a Pyro, si bien sus ataques ígneos le daban una oportunidad contra esos oponentes, también era débil a las técnicas de tierra, además de odiar y aletargarse en un ambiente tan frígido como el del Camino de Hielo; y si bien Alfa tendría una enorme ventaja contra los Swinub, llevaba semanas siendo exigido en combate, al ser el Pokémon más fuerte con el que Danot contaba en ese momento. Además, necesitaría de la asistencia de sus recién transferidos Pokémon para que Hellga no tuviera que esforzarse en demasía, considerando el hecho de que tras su batalla contra Pryce, no estaba al máximo de su capacidad. A pesar de esas previsiones, estaba a punto de ocurrir algo que el chico difícilmente hubiera pensado que ocurriría, mientras dos pares de ojos ocultos entre algunos arbustos a la distancia le observaban a través de modernos binoculares.

—Ahí viene ese desgraciado —comentó con áspero tono Gort, quien junto a Jade se encontraba escondido en la vegetación al lado del camino, a poco más de cincuenta metros de una gran pared rocosa que se extendía hasta perderse en el horizonte.
—Justo como lo previó el Comandante —respondió Jade, admirada por el hecho de que esa persona que mencionó hubiera acertado con su especulación—; señor, el chico se acerca —dijo al tomar una pequeña radio
« Última modificación: Noviembre 08, 2010, 15:28 por Danot Okino » En línea

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« Respuesta #6 : Febrero 25, 2008, 03:15 »

Round 003 — Infierno glacial

Camino de Hielo, 08 de Octubre de 1042 NC, 3:02 PM

La frase “cálida bienvenida” podría haberse empleado como la antítesis perfecta de la abrupta aparición de Linus ante el anonadado Danot, particularmente con todo lo acaecido desde el encuentro de éste último con los felones subalternos del primero; a pesar del sobresalto inicial, el castaño pronto recuperó la compostura y, sabiendo que no podía quedarse tieso como un monigote, se dispuso a hablar.

—¿Eres otro de los enviados del famoso Comandante Linus? —inquirió el ojiverde, mostrándose envalentonado para dejarle saber a su interlocutor que no le temía en lo absoluto.
—Je, no creí que mi supuesta fama me antecediera tanto —contestó con un dejo sarcástico el Comandante Rocket, cruzando los brazos—; en todo caso, la hostilidad es innecesaria, sólo quiero tener una tranquila conversación contigo —añadió, notando el propósito de la actitud asumida por el castaño.
—… —Danot apenas atinó a entornar sus glaucos orbes, poco dispuesto a hacer caso a la sugerencia de Linus.

Aquella indiferencia del muchacho de Cherrygrove no sólo servía para esconder la impresión inicial ocasionada por su interlocutor, sino también la curiosidad que sentía por lo acontecido desde su encuentro con Jade y Gort; poco antes de huir de ambos, había llegado a escuchar que la primera reclamaba al segundo el hecho de no haberse ceñido a su plan original; su posterior encuentro con Rubí le dio más pistas acerca de las verdaderas intenciones de ese grupo, pero la comprensible incredulidad mostrada hacia las palabras de ésta condujeron hacia una fiera batalla, cuyo resultado dejó claro que la pelirroja era una persona mínimamente honorable; las alabanzas de ésta hacia su superior y el hecho de que a pesar de todo el tiempo transcurrido éste no hubiera exhibido intención alguna de atacarle, incitaron a Danot a al menos escuchar lo que tenía que decir; ello, sin embargo, no significaba que fuera a bajar la guardia, no con la terrible reputación de la organización a la que esa persona pertenecía.

—Te escucho —dijo parcamente el ojiverde, intentando mostrarse poco interesado en el asunto.
—Me alegra ver que eres una persona mínimamente razonable —halagó Linus a su interlocutor, sin dejar de lado su aparentemente característico uso del sarcasmo—; en todo caso, la razón de mi presencia obedece a que… —hizo una larga pausa, quizá para añadir cierto impacto dramático a lo que estaba a punto de decir— quiero que te unas a nosotros, el Equipo Rocket —agregó mientras extendía totalmente sus brazos, quizá a manera de gesto de bienvenida, el que podría haber intimidado a más de uno.

Tal proposición, inesperada o no, definitivamente fue una sumamente inquietante, no tanto por el hecho de que un soldado Rocket de alto rango viniera con la intención de reclutarlo, sino por la misma idea de formar parte de la organización a la que éste pertenecía, cuya nefasta fama y conexiones con infinidad de actividades ilegales eran de tal magnitud que simplemente pensar en ellas podía apabullar a cualquiera; si bien el prospecto de una vida relativamente cómoda (el atractivo de las actividades ilícitas radicaba precisamente en sus amplios márgenes de ganancia) era tentador, la idea de ser un proscrito de la sociedad ciertamente era un convincente contraargumento en la mente de Danot.

—¿Pero, por qué yo? —cuestionó el ojiverde, evidentemente dubitativo ante dicha oferta, causando una disimulada sonrisa en su interlocutor—. Dudo que agentes de tu rango vayan por el mundo ofreciendo cupos como éste, mucho menos a los que se han entrometido en sus misiones —analizó con un ligero dejo sardónico, en un intento de dominar la conversación.
—Tienes razón en eso —convino Linus, mostrándose tranquilo tras darse un breve lapso para pensar su respuesta—; no importa qué tan fuerte, inteligente o hábil sea un Entrenador… quien se oponga al Equipo Rocket debe ser eliminado sin miramientos, sea humano o Pokémon —estipuló el hombre de cabello negro, entornando sus orbes del mismo color.
—¿Entonces, por qué? —insistió el chico de Cherrygrove, sin entender del todo las verdaderas motivaciones del superior de Rubí, aliviado de que no fueran a liquidarlo.
—Digamos que a tu favor han actuado conjuntamente ciertos factores —disertó el Comandante Rocket, con expresión divertida—; para empezar, tuviste la buena suerte de no entrometerte en una misión oficial, sino en un intento individual de hacer dinero —glosó con tono despectivo hacia quien había realizado tal acción—; en segundo lugar, a pesar de la directiva que mencioné, mi rango me da discrecionalidad para decidir qué hacer en un caso como éste, y eso es darte esta oportunidad, debido al potencial que veo en ti —declaró con notoria suficiencia, cruzando los brazos y alzando altivamente la mirada.
—Ya veo… —contestó escuetamente Danot, comprendiendo la situación luego de haber escuchado aquella elucidación—; antes de darte una respuesta definitiva, quiero saber una cosa más —pidió, a la vez que pensaba con cuidado las palabras que usaría a continuación; Linus le dio su venia con un leve movimiento de cabeza—; si yo fuera parte de su grupo, ¿realmente tendría que eliminar a potenciales estorbos? —inquirió mientras procuraba mostrarse calmado, como si el tema fuera poco relevante, a pesar de que en realidad sí lo era.
—Si no quieres que ellos lo hagan contigo, creo que la respuesta es obvia —fue la categórica respuesta del Comandante Rocket, que no esperó a que Danot dijera algo y se dispuso a seguir—; también debes hacerlo si ese es el objetivo de una misión o si tu superior lo ordena, a menos que quieras ser ejecutado en el acto por insubordinación —añadió con semblante tétrico, como si supiera en carne propia de qué hablaba—; por supuesto, todo ello depende de quién te dé ordenes —acotó de inmediato, para mitigar la impresión que esa información pudo haber ocasionado en su interlocutor.
—En tal caso, tendré que rechazar tu oferta —dijo Danot, mostrándose muy firme en su decisión—; no sé del todo cuáles sean los beneficios personales de trabajar con ustedes, pero su forma de hacer las cosas va contra mi principio más importante, así que no podrá ser —agregó, más que consciente de que con esa respuesta podría estar cavando su propia tumba.
—Si esa es tu respuesta definitiva, entonces ya no tengo nada más que hacer aquí —expresó Linus, quien extrañamente no parecía decepcionado—; sin embargo, sabes demasiado y ese es un cabo que no puedo dejar suelto, aunque ésta no sea una misión oficial del Equipo Rocket —añadió, para luego extraer del bolsillo izquierdo de su abrigo un revólver de pulida superficie plateada y mango negro, el que inconmoviblemente apuntó hacia la cabeza del adolescente, colocando su índice derecho en el gatillo.

La visión de aquella arma de fuego provocó que a Danot se le erizara cada cabello del cuerpo, que su ritmo cardiaco aumentara y que sudor literalmente frío comenzara a recorrer su espalda, derivando todo ello en que temblara imperceptiblemente; como si ello no fuera suficiente, un sonriente Linus empezó a mover dicha pistola para apuntar alternadamente al encéfalo y torso del castaño, quien de tener una vejiga incontinente posiblemente habría mojado sus pantalones con ese perverso juego. No obstante, para sorpresa y alivio del chico de Cherrygrove, el Comandante Rocket guardó prontamente su revólver, musitando «Basta de tonterías» o algo parecido.

—Cualquier otro Comandante te hubiera disparado por lo menos dos veces, pero a mí eso me parece un desperdicio de Entrenadores con potencial, sobre todo cuando no tienen complejo de héroe y cosas similares para cometer la tontería de oponérsenos abiertamente —explicó Linus ante la atenta mirada de su interlocutor, quien asintió a esto último, en parte por convicción personal y en parte porque no quería volver a ser amenazado por el arma del agente Rocket—; sin embargo, tampoco te puedo dejar ir como si nada —añadió con un ligero tono amenazante.
—¿Qué harás entonces? ¿Cobrarme peaje o algo así? —cuestionó Danot con ironía, para reafirmar su propia seguridad, sobre todo al saber que Linus no tenía intención de acabar con su vida.
—No, será algo mejor —afirmó el hombre de cabello moreno, sacando un objeto de su otro bolsillo con la mano izquierda y rodeándolo totalmente con la otra—; no me he rendido en mi intención de reclutarte, así que, ¿por qué no apostamos? —sugirió, dejando ver que lo que tenía en su diestra era una reducida Pokébola, la que infló al presionar su botón central—. Una batalla de tres contra tres; si ganas, puedes irte y no tomaremos acciones contra ti; si pierdes, tendrás que unirte a nosotros sin objeción y en el acto —sentenció con firmeza y procurando ser convincente.
—¿Crees que voy a arriesgar toda una vida planeada en una batalla Pokémon? —inquirió el prácticamente maduro adolescente, entornando sus glaucos ojos—. En una situación normal no lo haría, pero no me eliminaste cuando podías hacerlo y si existe siquiera una oportunidad de que salga de aquí sin perder algo valioso, la aprovecharé —agregó con determinación.
—Veo que confías mucho en tu propia habilidad… eso es bueno, hasta cierto punto —comentó Linus, dándole la espalda al que sería su oponente y deteniéndose a veinte o veinticinco metros de éste, precisamente alineado con la única salida—. ¡No obstante, dudo que eso sea lo único a lo que quieras recurrir, así que no tomaré el riesgo de que intentes escapar durante el combate! —exclamó, para luego dejar salir al Pokémon guardado en el contenedor esférico que sostenía.
—Parece que no lo puedo sorprender con nada —pensó Danot al ver frustrado su recurso más inmediato para escapar de ese gélido lugar.

Dejando de lado ese pensamiento, el ojiverde prestó atención a la criatura elegida por su oponente para empezar, la cual era un peculiar pulpo de casi un metro de altura y grandes ojos de pequeñas pupilas negras que veían aburridamente los alrededores; saltaba a la vista su lúcida piel roja, pero no tanto como su enorme y dura cabeza, en cuya frente comenzaba una hilera de protuberancias amarillas que alcanzaba la parte inferior de su cuerpo; de dicha zona nacían ocho tentáculos con extrañas ventosas de color amarillo pálido, siendo los dos frontales mucho más grandes y aparentemente funcionales, en tanto los otros servían como apoyo trasero para el cefalópodo, de cuya alargada boca emanaba un ligero vaho con cada exhalación que realizaba al estar en ese frío ambiente.

—Un Pokémon de agua que seguramente tendrá ataques de hielo —caviló Danot al observar a ese ser conocido como Octillery—; Ray podría acabar con él fácilmente si no tuviera que reposar y Geist está debilitado… quizá podría usar a Salma… —con algo de irresolución, movió su mano derecha entre las Pokébolas de su Jolteon y su Quagsire, sin poder decidir.
—¿Y bien? —preguntó Linus, extrañado por el rápido cambio de actitud del chico de Cherrygrove, al mismo tiempo que su pulpo dirigía una amenazante mirada a éste.
—¿Eh? —ese llamado sacó a Danot de su ensimismamiento y le hizo dar un paso hacia delante; lamentablemente para él, fue uno en falso, pues pisó el charco de agua que había divisado apenas entró a esa bóveda, lo que provocó que resbalara y se diera un buen golpe en la espalda; sin embargo, lo peor sucedió cuando escuchó una de sus Pokébolas chocar con el piso, a lo que siguió la emisión de una luz nívea y la liberación de la cansada Salma, ante la atenta mirada de sus antagonistas.
—¡Enfoque de Energía! —ordenó prestamente Linus, cuyo rostro mostraba en ese momento una expresión sumamente seria.
—¡Espera! ¡Yo iba a usar otro Pokémon! —protestó el ojiverde ante esa situación.
—Accidente o no, no tienes más elección que seguir; afronta las eventualidades y utiliza lo que tengas a mano para triunfar o deja morir tus planes —sentenció el agente Rocket de alto rango, viendo cómo su Pokémon tensaba todo su cuerpo mientras una tenue nube de vapor era expulsada de su cabeza dura como roca.
—Entonces no nos queda de otra; ¡Salma, usa tu Hidropulso! —mandó el castaño, al recordar que sobre todo el campo se cernían filudas estalactitas que podrían caerle encima si ordenaba un Terremoto.

Mientras tanto, a mitad del camino entre el improvisado escenario de batalla y el lugar donde Danot y Rubí se habían encontrado, ésta última avanzaba tan rápidamente como lo permitía su calzado de tacón ancho; si bien le molestaba haber sido derrotada, lo que realmente le irritaba era haber dejado que su Venomoth fuera debilitada, sobre todo al no contar en ese momento con alguna medicina revitalizadora, lo que le había obligado a hacer ese trayecto sin su asistencia; a pesar de ello, su convicción por llegar al lugar donde su superior se encontraba demostró ser muy fuerte, incluso más que el suplicio de las ampollas que amenazaban con formarse en las plantas de sus pies. Los pensamientos de la pelirroja pronto fueron interrumpidos por el sonido de pasos detrás de ella, motivo por el cual detuvo la marcha y se giró para comprobar la identidad de quienes acababan de alcanzarle: Jade y Gort.

—Subcomandante Rubí, ¿qué hace aquí? —inquirió la extrañada mujer de cabello castaño, mostrándose poco discreta ante su superior.
—Cumplo con mi trabajo, al igual que ustedes —replicó la pelirroja con sarcasmo, sin molestarse siquiera en ser sutil—; por cierto, necesito un Revividor; ¿tendrán uno? —inquirió a sus subordinados.
—Sí, aquí tiene —dijo Jade luego de arrebatarle a Gort el morral que éste llevaba y sacar una pastilla octaédrica de color amarillo pálido, la que entregó a Rubí.

Sin decir palabra alguna, la agente Rocket de alto rango liberó a su inconsciente Venomoth, dejándola yacer en el suelo ante la sorprendida mirada de sus subalternos, quienes no esperaron ver en ese estado a alguno de los Pokémon de la pelirroja; ésta no les prestó atención y soltó aquel medicamento, el que al contacto con la gran polilla se disolvió y fue absorbido inmediatamente por su piel; pasaron apenas unos segundos para que muchas de las heridas de la venenosa criatura cicatrizaran como por arte de magia y que recuperara la conciencia, con lo que aleteó lentamente para separarse de su frío y duro lugar de descanso.

—Subcomandante, ¿por qué su Venomoth estaba debilitada? —inquirió Jade, aún mostrándose impertinente.
—No es de tu incumbencia —fue la seca respuesta de la aludida, quien sin previa advertencia sacó otra Pokébola del bolsillo de su abrigo para liberar a su Drifblim, que sin dilación descendió mientras formaba un peculiar asiento con sus cuatro apéndices—; lo importante es que debemos reunirnos con el Comandante Linus, ya que ahora mismo debe haberse reunido con nuestro invitado —les instó con tono ligeramente imperativo, para luego sentarse en el respaldo que le ofrecía su Pokémon, el que tras asegurarla se elevó un poco al generar gas dentro de su cuerpo.

Sabiendo cuál era su labor, Venomoth agitó lentamente sus alas para generar una suave Ráfaga que impulsó hacia delante a su compañero de equipo, quien procuraba que su dueña estuviera cómoda; detrás de ellos, Jade y Gort avanzaban con relativa lentitud, posiblemente queriendo descansar del esfuerzo que había representado llegar hasta ese lugar en el menor tiempo posible.

—Oye Gort, ¿no te parece raro que la Venomoth de la señora ricachona estuviera debilitada? —preguntó una insistentemente curiosa Jade a su compañero.
—Hasta yo sé que es porque algún Pokémon la dejó así —respondió ácidamente el musculoso soldado Rocket, procurando mostrarse superior ante la que consideraba una pregunta estúpida.
—Eso es obvio, Einstein —contraatacó la castaña, conociendo de sobra la intención de aquella respuesta—; el detalle es quién lo hizo… y apostaría que fue ese muchacho —conjeturó con expresión burlona, provocando una mueca de incredulidad en Gort—. Oh, no seas tan orgulloso; sabes que no hay otra explicación para que él esté delante de todos nosotros y que uno de los Pokémon de la ricacha estuviera fuera de combate —argumentó con convicción.
—Quizá tengas razón —contestó escuetamente Gort, sin querer admitir de manera abierta la posibilidad planteada por su compañera—; y conociendo a Bisel, no dudará en retar al Comandante —afirmó, como si fuera un experto en el tema.
—Si es así, ¿crees que el señor rectitud pueda ganarle? Casi todos sus Pokémon están en la unidad de cuidados intensivos tras la última misión que tuvimos —glosó la mujer de ojos café, dejando en claro la aparente disminución en el poderío del equipo de su superior.
—Si ese presumido de Bisel llega a ganarle al Comandante, empezaré a pensar en cambiarme de escuadrón —bufó el forzudo soldado, cruzando los dos brazos.
—No habrá necesidad de eso porque el Comandante Linus estará bien, incluso con esos Pokémon que no usa mucho, así que ahórrense la cháchara si no quieren que ver su paga aún más descontada —les amenazó Rubí, quien a pesar de la distancia parecía haber escuchado cada palabra de la conversación de sus subordinados—; además, Nick tiene aún a su Pokémon más confiable —dijo para sí misma con tranquilidad.

De vuelta a la bóveda próxima a la salida, la esfera de agua generada por Salma con la escasa humedad del ambiente ya había sido arrojada hacia Octillery, que seguía emanando un poco de vapor; a pesar de no ser un ataque efectivo, el cefalópodo era conocido por ser frágil en el aspecto defensivo e incluso ello podría lastimarle de forma notoria.

—Cascada —pidió calmadamente Linus, confiando en el respetable poder ofensivo de la criatura a su mando.

Cumpliendo cabalmente la orden de su amo, el pulpo acumuló violentamente una cortina de agua a su alrededor al valerse también de la humedad presente en la cueva, con lo que se lanzó primero en pos del ataque de su oponente; la fuerza del impacto fue tal que desestabilizó el Hidropulso y causó que se fundiera con el acuático manto que cubría a Octillery, quien sin dudar se dirigió hacia la cansada salamandra.

—Eso es —pensó el castaño al observar la ejecución de esa potente ofensiva, cosa extraña considerando el daño que podría ocasionarle a su Pokémon—. ¡Salma, usa tu Golpe de Cuerpo! —mandó, apostando por un choque frontal al saber que ésta poseía una mejor constitución que su antagonista.

Con pasos lentos y aparentemente torpes, la Pokémon de agua y tierra avanzó en dirección de su contrincante, quien se desplazaba apenas más rápido que ésta; a pesar de la poca velocidad de los monstruos de bolsillo, la colisión entre ambos fue tremenda y dejó claro que sus fuerzas estaban igualadas, al menos momentáneamente; el punto de inflexión de aquella pugna se dio cuando, imprevisiblemente, la totalidad del líquido elemento en torno a Octillery fue absorbido por el cuerpo de Salma, como si ésta fuera una enorme esponja, con lo que ésta le arrastró un par de metros con su embestida corporal; la consecuencia de aquel choque fueron un súbito entumecimiento en toda la anatomía del pulpo y una recuperación en la Pokémon de tierra gracias a su habilidad especial, con la que le recuperaba energía vital al ser alcanzada por ataques de agua.

—¡Dale con tu Rayo de Hielo, Salma! —ordenó entusiastamente el ojiverde, quizá motivado por la aparente tranquilidad de su antagonista tras ese revés.

La única respuesta del Comandante Rocket ante la indicación de Danot fue tronar sus dedos y observar el desarrollo de la batalla con atención, como si cada segundo de ésta le permitiera adquirir información sobre su oponente; sin darle importancia a ese hecho, Salma abrió ampliamente su gruesa boca y acumuló dentro de ésta una copiosa cantidad de frígidas partículas, las que servirían como base para su rayo congelante; no obstante, esa corta distancia le sirvió al paralizado Octillery para, mirada siniestra mediante, expulsar desde su boca tubular cuatro medianas semillas de color verde, las que al contacto con el vientre de Salma explotaron estrepitosamente, para total pasmo del castaño; como consecuencia, la anfibia de ya no tan resbalosa piel fue expelida a varios metros de su posición, aterrizando como un costal de papas sobre el frío suelo, aún consciente pero seriamente lastimada, con cuatro marcas negruzcas en su vientre.

—¿Semilla Bomba? —se preguntó un dubitativo Danot tras haber hecho regresar a su lastimada salamandra, pues era poco común que un Pokémon de agua aprendiera ataques de tipo hierba, los que eran efectivos contra sus congéneres.
—¡Mejor deja los trucos y pelea en serio! —exclamó Linus, a la distancia, con algo de molestia —. ¡No creas que no noté que el resbalón fue intencional, sobre todo para liberar a una Pokémon que aparenta ser vulnerable a los ataques de agua! —añadió con una confiada sonrisa.
—Definitivamente no puedo pillarlo desprevenido —pensó el chico de Cherrygrove con preocupación—; pues bien, no queda de otra —murmuró al colocar la Pokébola de Salma en su lugar y tomar otra.

Un par de movimientos de la mano izquierda bastaron para que Ray, su Jolteon, hiciera acto de presencia en el área de batalla, para beneplácito del Rocket de cabello moreno, cuya seguridad no parecía haber disminuido a pesar de la desventaja de tipo y la aflicción sufrida por su monstruo de bolsillo.

—¡Semilla Bomba! —mandó prestamente Linus, apelando a la seguridad que un ataque de largo alcance le daría a su Octillery.
—¡Que no te alcance y usa Rayo! —ordenó Danot a su Pokémon, considerando lo fuerte que era el ataque de su contendiente, más en un blanco veloz pero frágil en el aspecto físico.

Como si se tratara de un cañón, el pulpo de brillante piel roja apuntó con su boca tubular al Pokémon eléctrico y le disparó cuatro veloces simientes de color verde, las que estallaron violentamente al golpear el suelo sobre el que Ray había estado parado, pues éste hizo buen uso de su velocidad para iniciar una rápida carrera en torno de su enemigo; ello se asemejaba al enfrentamiento entre una pieza de artillería y un avión de combate, sobre todo porque el asedio de la primera no permitía ofensiva alguna de parte del segundo, al menos hasta que la parálisis eligió el peor momento para afectar a Octillery. Aprovechando ese intervalo, el Pokémon de erizado pelaje soltó electricidad desde el interior de su cuerpo que, aunada a la de los iones negativos presentes a su alrededor, formó una zigzagueante flecha dorada dirigida hacia el entumecido cefalópodo; éste, haciendo un gran esfuerzo, aprovechó el frío ambiente para generar una corriente de aire y nieve a su alrededor, la que dirigió hacia el ataque eléctrico para bloquearlo por completo mientras recuperaba su movilidad.

—Sí, ahora mismo la Ventisca es nuestra mejor opción —caviló Linus, sabiendo que uno solo de esos Rayos era capaz de noquear a su Pokémon—; ¡Octillery, mantén tu Ventisca! —ordenó con tono autoritario.
—¡Muévete Ray! ¡Usa tu Rayo apenas flaquee! —mandó el castaño, conocedor de que emplear un ataque de tal potencia requería mucho denuedo, sobre todo si no era del mismo tipo que su usuario.

De esa manera, un frígido muro de aire y nieve se materializó en torno a Octillery, quien enviaba considerables porciones de éste en dirección de su rival para lastimarle o al menos intentar inmovilizarle, pero los reflejos y velocidad del Pokémon relámpago impedían que aquel potente ataque fuera capaz de atinarle; a pesar de la ayuda que el cefalópodo obtenía del frío ambiente que le rodeaba, éste no evitó que gruesas gotas de sudor comenzaran a recorrer su piel, clara señal de que se estaba llegando al límite de su resistencia; no obstante, no fue el cansancio lo que causó que la Ventisca se detuviera súbitamente, sino la parálisis sufrida por su usuario, la que cortó totalmente su concentración. Viendo su oportunidad, Ray se detuvo para darse un respiro, ya que aún no estaba en las mejores condiciones para luchar; tras ese breve descanso, liberó una portentosa descarga eléctrica hacia su todavía entumecido contrincante, quien sin poder moverse ni un ápice cerró los ojos y esperó lo peor; un par de segundos fueron suficientes para que no sintiera nada más.

—Regresa —dijo Linus con tono de voz neutral, aparentemente impasible a pesar de que su Pokémon despedía un poco de humo tras ser electrocutado—; no tienes que sentirte apenado, hiciste exactamente lo que necesitaba —susurró mientras guardaba esa Pokébola de donde la sacó, extrayendo otra de ese mismo bolsillo—. Encárgate de esto, Hypno —expresó con confianza al dejar salir al Pokémon dentro del contenedor que sostenía con la mano derecha.

Un tapir antropoide de piel amarilla y casi el doble de estatura de Ray no tardó en materializarse delante del Comandante Rocket, apoyando sus pies de tres dedos sobre la fría superficie de roca; una tupida melena blanca en torno de su cuello le protegía de la baja temperatura del lugar, aunque no podía evitar que de su alargada nariz saliera un hálito de vapor o que sus orejas triangulares se contrajeran; a pesar de todas esos peculiares rasgos, eran sus pequeños y urdidores ojos y el péndulo que portaba en una de sus manos de cinco dedos los que más llamaban la atención.

—Éste sí va a ser duro de vencer —comentó Danot por lo bajo, sabiendo que ese Pokémon en particular poseía una buena resistencia contra ataques especiales, los que dominaban el repertorio ofensivo de Ray.
—Como lo pensé, los Pokémon defensivos le preocupan —dedujo Linus al observar la expresión de su oponente, que a pesar de la distancia era evidente; extrañamente, todo su cuerpo se tensó mientras la imagen de un refulgente relámpago pasaba por su mente—; creo que nunca me acostumbraré a la Alerta de Hypno, pero al menos ya sé que el Rayo es el ataque más fuerte de ese Jolteon —pensó con satisfacción—; ¡Hypno, Psicorrayo! —ordenó con presteza, señalando al monstruo de bolsillo de su oponente.
—¡No lo dejes! ¡Rayo! —fue la contraofensiva indicada por el castaño.

Antes que Danot o Ray pudieran notarlo, un fulgor multicolor salió disparado del péndulo gris del Pokémon hipnótico en dirección del segundo, impactándole de lleno y empujándole varios metros hasta hacerle caer; afortunadamente para el ojiverde y su Jolteon, éste último tenía también un buen aguante contra ataques especiales, por lo que rápidamente se reincorporó… para darse de morro contra el piso, que en esa zona estaba cubierto por una traslúcida capa de hielo.

—¡¿Pero cuándo?! —Danot pronto cayó en la cuenta de que las fallidas Ventiscas de Octillery habían congelado todo el suelo de la bóveda, a excepción de un irregular círculo de diez metros de radio alrededor de Linus y su tapir antropomorfo—. ¿Estás bien, Ray? —preguntó a su Jolteon, que aprovechando el hielo quebrado debajo de él pudo mantenerse estable.
—¡Yolt! —asintió el Pokémon relámpago, apretando los dientes y dirigiendo una molesta mirada a su antagonista, con lo que desplegó una potente centella sin previo aviso, lastimando un poco a su rival.
—Hypno, sigue usando tu Psicorrayo hasta que caiga —indicó el maduro hombre de cabello negro, sabiendo que el resbaladizo terreno dificultaría los esfuerzos evasivos del Jolteon del castaño.

Sin tiempo para escuchar la orden que su Entrenador se disponía a darle, Ray se lanzó hacia delante para eludir una rauda emanación policroma desplegada desde el péndulo del malicioso tapir, pero pronto otra impactó justo delante de él, lastimándole apenas; no obstante, ese ataque también le brindó un relativamente estable punto de apoyo, desde el cual, por indicación del ojiverde, lanzó lo más rápidamente posible una portentosa descarga eléctrica, justo a tiempo para interceptar un veloz Psicorrayo del Pokémon de Linus y contrarrestarlo parcialmente.

—Esos Psicorrayos son demasiado rápidos y Ray puede anular apenas uno a la vez con su Rayo… ¡ah, qué idiota soy! —exclamó mentalmente al recordar que disponía de algo que le podría ayudar—. ¡Ray, dale una muestra de tu Doble Rayo! —ordenó en el acto, justo cuando se aproximaba otro ataque de Hypno.

Sin dudar por un segundo, el Pokémon cuadrúpedo generó cerca de su boca dos esferas de energía ya conocidas por su Entrenador, una roja y otra verde, de las que surgieron delgados rayos espirales que se entrelazaron al avanzar; ese ataque de tipo bicho no sólo interceptó el Psicorrayo del tapir, sino también lo neutralizó e incluso fue lo suficientemente intenso para llegar a éste y ocasionarle un poco más de daño que el Rayo previo.

—Je, qué conveniente… el héroe sacando una técnica que su oponente no conocía —ironizó el Comandante Rocket, como si no le importara todo el daño recibido por su Pokémon, que había mantenido erguido en la misma posición desde el inicio de la lid—; Hypno, usa tu Descanso —pidió con tranquilidad.
—Jipnou —gruñó el Pokémon hipnótico a modo de afirmación, tras lo cual se sentó cruzando las piernas y cerró los ojos, sumiéndose en una reparadora siesta que alivió por completo las heridas producidas por los ataques previos.
—Bueno, al menos no puede usar Maleficio y eso nos da una ventaja —recapacitó el chico de Cherrygrove al observar cómo Hypno se dormía rápidamente—; ¡Deseo, ya! —mandó a su Pokémon, para que pudiera recuperarse del daño recibido sin dejar de atacar a su dormido antagonista.

A pesar de sentir la urgente necesidad de atacar a su transitoriamente indefenso enemigo, Ray siguió al pie de la letra la indicación de su Entrenador y se concentró en su técnica recuperativa tras cerrar los ojos, murmurando algo ininteligible en su propio patrón de habla; pronto, varias pequeñas estrellas doradas formaron un anillo sobre el Pokémon eléctrico, descendiendo todas ellas de manera oblicua y dejando una estela brillante a su paso; habiendo concluido eso, se dispuso a asestarle a su oponente otro Doble Rayo, pero al abrir los ojos fue alcanzado por un Psicorrayo que le impactó en el rostro, cegándole y tumbándole al mismo tiempo.

—¡Imposible! —exclamó Danot, a la vez que volteaba bruscamente a ver a Hypno, constatando que aún seguía dormido.
—Veamos cómo lidias con el Sonámbulo de mi Hypno —pensó Linus al observar la situación, sin dar orden alguna—; está entrenado para usarlo mientras duerme, por lo que no necesita que le dé ordenes hasta que despierte —dijo con satisfacción para sí mismo.

Todavía sin saber exactamente qué había ocurrido, el ojiverde pudo ver cómo otro fulgor multicolor se formaba en el péndulo del dormido Hypno, por lo que sólo atinó a gritarle a su Pokémon que se apartara del lugar en donde había caído; alzándose como un resorte, Ray dio un brinco hacia delante a pesar de tener los ojos todavía cerrados, con lo que el efluvio psíquico sólo quebró el hielo que cubría el suelo. Lastimado, pero no vencido, el valiente Jolteon finalmente abrió sus orbes al mismo tiempo que iniciaba la ejecución de su peculiar disparo, formando una esfera roja y otra verde cerca de su boca; no tardó en desplegar ese ataque, aprovechando que su oponente no atacaba en ese momento, con lo que el doble rayo espiral avanzó hasta su objetivo y le golpeó sin mayor dificultad, provocando una explosión bicolor en torno de éste. Situándose en un punto de roca descubierta (gracias a un Psicorrayo errado), el Pokémon relámpago se aprestó a generar más esferas para su ataque de tipo bicho, pero inesperadamente, su contrincante también formó cerca de su péndola dos orbes de idénticos colores, con lo que ambos Pokémon liberaron sus disparos helicoidales casi al mismo tiempo; como resultado, una explosión de moderada intensidad se dio a escasos metros del Pokémon hipnótico, que poco después despertó de su poco prolongada siesta y nuevamente se puso de pie.

—Hypno, usa de nuevo tu Descanso —indicó Linus, considerando que lo mejor era no confiar solamente en la sólida defensa especial de su Pokémon.
—¿Otra vez eso? —se preguntó el chico de Cherrygrove, un poco frustrado por esa táctica que representaba una rápida recuperación sin sacrificar la capacidad de ataque de Hypno—. ¡Ray, acércate y usa otro Doble Rayo! —mandó, pensando que la ofensiva de su monstruo de bolsillo podría ser más contundente a una distancia menor, a riesgo de disminuir el margen que éste tendría para eludir los ataques de su contrincante; no obstante, confiaba en los reflejos y la velocidad de su Jolteon.

Zigzagueando como solían hacer sus ataques eléctricos, Ray avanzó en pos de su estático antagonista, que nuevamente se había sumido en una reparadora siesta que le alivió de todas las heridas y lesiones recibidas tras la primera vez que empleó dicha técnica; a pesar de ello, éste no demoró en desplegar desde su péndulo un rápido rayo multicolor, el que el Jolteon de Danot sorteó al deslizarse hacia su izquierda y producir cerca de su boca las ya conocidas esferas de energía roja y verde, de las que proyectó su Doble Rayo; ese ataque interceptó otro idéntico lanzado por Hypno, formándose así una pequeña nube de humo que empujó a Ray algunos metros atrás, mientras que su antagonista se mantuvo firme en su posición, a pesar de recibir un poco de daño.

—¡Ray! —gritó el Entrenador de éste, dando un par de pasos adelante, sin llegar a pisar la capa de hielo en la que estaba parado su Pokémon.
—¡Yolt! —respondió Ray al reincorporarse trabajosamente, apretando los dientes y observando con molestia a su dormido contendiente.
—Supongo que ya no podemos prorrogarlo más —pensó el castaño al notar que su Pokémon estaba situado a algunos metros enfrente de su antagonista—; ¡Ray, usa tu Ataque Rápido! —pidió con determinación, a pesar de las dudas que tenía en cuanto al bienestar de su monstruo de bolsillo.
—¿Un ataque directo? No es una mala idea, pero así dejará muy vulnerable a su Pokémon —reflexionó Linus, en ese momento convertido en un mero espectador.

Para pasmo del Comandante Rocket, una intensa luz dorada rodeó por completo al Pokémon eléctrico cuando éste ya cargaba a toda velocidad hacia donde se encontraba el tapir antropoide; no obstante, lo peor para el miembro de esa organización ocurrió cuando, contrariamente a lo anticipado, su Hypno no realizó acción alguna para evitar el inexorable impacto.

—¡Maldición, ha intentado usar Descanso mientras estaba dormido! —rabió Linus en pensamientos, sabiendo de sobra que esa era la principal limitación al emplear tal estrategia.

Sintiéndose aliviado y lleno de energía gracias a la desaparición del dolor que se había apoderado de él instantes atrás, el cuadrúpedo eléctrico aumentó la velocidad de su ofensiva y arriesgadamente embistió con la cabeza el vientre de su antagonista, arrastrándole un par de metros fuera del hielo, con lo que no resbaló al detenerse el movimiento de ambos; ello, sin embargo, coincidió con el súbito despertar de Hypno, que le dirigió una aviesa mirada al Pokémon relámpago, al tiempo que su péndola empezaba a cubrirse de un brillo multicolor, para complacencia de su amo.

—¡¡¡Rayo, ahora!!! —prorrumpió a todo pulmón el ojiverde, quizá impulsado por la peligrosa situación en la que se hallaba su Pokémon o quizá para infundirle la valentía necesaria para tan osada maniobra.
—¡Apresúrate Hypno! ¡No dejes que ataque! —ordenó el Comandante Rocket a su tapir, recriminándose a sí mismo por el hecho de no haber previsto tal ofensiva.

Empleándose a pleno para cumplir la orden de su Entrenador, Ray acumuló como pudo la mayor cantidad posible de iones de los alrededores con la ayuda de su erizado pelaje, los que aunados a la electricidad generada por células especializadas para dicha función, produjeron un potente Rayo que descargó por completo en Hypno, debido al contacto directo entre ambos Pokémon; éste último pudo sentir cómo todos los músculos y neuronas de su relativamente desarrollado sistema nervioso eran sobreestimulados por dicho ataque, pero no dejó que ello le detuviera en la ejecución del suyo, con lo que expulsó en forma de rayo la aglomeración de energía psíquica en torno de su colgante. El resultado de aquello fue una estruendosa explosión que engulló a los dos monstruos de bolsillo y poco después les expulsó violentamente, haciéndoles aterrizar de manera brusca a un par de metros de su punto de origen; ambos habían quedado magullados y con varios pequeños cortes en toda la piel, menos notorios en el caso de Ray, pues su hirsuto pelaje no dejaba verla sin apartarlo; tuvieron que transcurrir unos segundos para que el adolorido Ray se reincorporara a duras penas, aunque no se podía decir si sonreía triunfalmente al ver caído a su enemigo o si apretaba los dientes para soportar el padecimiento que le había provocado ese último intercambio de ataques.

—Regresa Hypno —ordenó sucintamente el Comandante Rocket al apuntarle con su correspondiente Pokébola, introduciéndole en ésta después de que el rayo tractor tocara al tapir y se fusionara con él.

Como si fuera el anticipo de un hecho terrible, un gélido viento empezó a recorrer la espaciosa bóveda en la que se desarrollaba el enfrentamiento, agitando la profusa cabellera del ojiverde y la más corta y ordenada de su oponente; éste, con tranquilidad a pesar de lo lejana que parecía su victoria en ese momento, extrajo de su bolsillo una Pokébola completamente negra, a excepción de la notoria R roja grabada en su parte superior; todo ese espectáculo desconcertó al ojiverde, pues ni siquiera los Líderes de Gimnasio a los que se había enfrentado se mostraban tan confiados al tener que luchar contra tres Pokémon con solo uno. Ambos combatientes estaban tan concentrados en el otro que no notaron la poco discreta llegada de Rubí, Jade y Gort; éstos, conociendo de sobra la seriedad con la que su superior se tomaba las batallas Pokémon, ni siquiera pensaron en aprovechar que Danot les daba la espalda para atacarle; en lugar de eso, caminaron casi pegados a la pared de roca, para poder situarse detrás del hombre de cabello moreno.

—Aunque éste sea mi último Pokémon y a ti todavía te queden tres, no creas que tienes la batalla ganada —aseveró firmemente el Comandante Rocket, sorprendiendo a sus tres subordinados por ese hecho y a su rival por esa muestra de autoconfianza—; de todos modos, no pienso faltar a mi promesa si es que logras derrotarme —añadió, quizá con la seguridad de que aquello no ocurriría.

—¿Quieres que te traiga la solicitud de cambio de escuadrón? —preguntó Jade por lo bajo a Gort, tras recomponerse del desconcierto inicial.
—Cierra el hocico —respondió amargamente el interpelado, quizá decepcionado por lo que pensaba había sido un pobre desempeño de su superior.
—Dejen de decir estupideces y sigan avanzando —les recriminó Rubí, que a pesar de parecer molesta, en realidad estaba tranquila; el Jolteon del castaño se veía muy cansado y sabía de su lid anterior que la Quagsire de éste estaba extenuada, por lo que la criatura de Linus podría lidiar cómodamente con cualquier otro Pokémon rival.

Ante las expectantes miradas de Ray y su Entrenador, Linus finalmente dejó libre al que sería su tercer y último Pokémon en esa contienda; dicho ser comenzó a tomar la forma de un can de lustroso pelaje negro que contrastaba con los ornamentos óseos presentes en sus patas, cuello y espalda, una especie que sus oponentes conocían muy bien: Houndoom; a diferencia de Hellga, la corpulencia y gruesos cuernos de éste lo delataban como un macho de casi metro y medio de estatura. A pesar de la diferencia de tamaño y la mayor fuerza física de su próximo adversario, el persistente Jolteon no se mostró intimidado; él solo se las había arreglado para derrotar a los predecesores del fiero lebrel, lo que le había inyectado una gran dosis de confianza; ésta fue robustecida por la experiencia obtenida en batallas de práctica con Hellga que Danot les imponía de manera ocasional, de las que había ganado quizá la mitad, casi al punto de olvidar que no estaba exactamente en las mejores condiciones; fue devuelto instantáneamente a la realidad cuando intentó dar un paso al frente, sintiendo cómo sus patas se entumían con ese simple movimiento, lo que causó una malvada sonrisa en el rostro de su fiero antagonista.

—No creo que Ray pueda aguantar mucho más en ese estado —pensó el castaño, observando a su persistente Pokémon, que a pesar del dolor recuperó su postura y se alistó a cumplir la próxima orden que el primero le diera—; ¡usa tu Deseo! —le indicó, queriendo aprovechar que la pista de hielo era igualmente inconveniente para ambos monstruos de bolsillo, lo que le daría más oportunidades al suyo de ganar tiempo para recuperarse.
—Houndoom, aprovecha que está distraído y usa tu Aullido —solicitó con calma el Comandante Rocket, intentando anticiparse al plan del castaño.

Con su instinto diciéndole que el canino siniestro sería un contrincante mucho más rudo que los dos anteriores, el Pokémon relámpago cerró los ojos y dio comienzo a su peculiar cántico compuesto por gruñidos y sonidos similares, con que pronto un círculo formado por infinidad de pequeñas estrellas doradas se generó encima de él. Al mismo tiempo, Houndoom presionó sus cuatro patas contra el helado suelo y arqueó su cuerpo hacia delante, sin dejar de vigilar a Ray, expectante de cualquier movimiento que éste hiciera; sintiéndose seguro, se alzó por completo a la vez que emitía un largo, sonoro y sumamente siniestro Aullido, que provocó instantáneos escalofríos en sus dos antagonistas, como si fuera el llamado de la mismísima Reina Muerte; de hecho, tal bramido hubiera sido capaz de romper la concentración del Jolteon del ojiverde, y por ende hubiera anulado el Deseo, de no ser porque el can de pelaje negro había iniciado su técnica segundos después.

—Ya comenzó —dijo Rubí para sí misma, satisfecha por lo que estaba viendo.

—¿A pesar de todo va a usar ataques físicos? Igual eso nos conviene… —meditó el chico de Cherrygrove, aún intentando reponerse del susto previo—; ¡Rayo! —ordenó al apuntar al Pokémon siniestro, cuyos músculos se habían tensado un poco tras el uso de su Aullido.
—Finta —susurró Linus, apelando al excelente sentido del oído de su Pokémon con el fin de tomar desprevenidos a sus antagonistas.

Con presteza, el Pokémon de erizado pelaje amarillo comenzó a hacer buen uso de éste para captar iones negativos de los alrededores para generar su potente ataque; al mismo tiempo, el can se concentró en elevar la temperatura de sus patas para luego lanzarse a toda velocidad en pos de su adversario, con lo que el desgastado hielo bajo él se fundió y le permitió avanzar sin resbalarse. Con la energía eléctrica lista para ser desplegada, Ray dirigió la mirada al frente, divisando a su rival, por lo que en el acto le disparó sin dudar su poderosa centella; sin embargo, el malicioso sabueso desapareció imprevistamente poco antes de ser tocado por esa flecha dorada, para reaparecer de inmediato por el flanco izquierdo de su antagonista, con un negro vaho rodeándole por completo, y así le propinó un fuerte cabezazo; como resultado, el Jolteon de Danot fue impelido un par de metros poco después de que se escuchara el sonido de sus costillas fracturándose, con lo que terminó expulsando un poco de sangre por la boca, dejando clara la gravedad de su lesión; dicho Pokémon intentó reincorporarse a pesar del brutal castigo recibido, el que provocó que sus heridas del día anterior volvieran a escocerle; tenía miedo, como nunca antes lo había sentido en su vida, pero rendirse no era una opción para él. En cuanto al fiel can de Linus, tal punición había sido escasa, por lo que se lanzó nuevamente en dirección de su antagonista, estando seguro de que con la fuerza ganada gracias a su aumento de poder sería capaz de romperle algunos huesos más y así inhabilitarle definitivamente; para su sorpresa, eso no ocurrió, ya que un veloz rayo carmesí envolvió a su presa y se la llevó al fundirse totalmente con ella.

—¿Otro cambio de Pokémon? Ese truco ya comienza a hacerse aburrido —comentó sarcásticamente Linus, mientras su Houndoom volvía cerca de él; dicho Pokémon bufó sonoramente para demostrar su insatisfacción al no haber podido darle a su adversario el golpe de gracia.
—Sé que hay mucho en juego aquí, pero no por eso dejaré que mis Pokémon sean lastimados innecesariamente; pero claro, dudo que entiendas de eso, pues para ti ellos no son más que herramientas reemplazables —contraatacó ácidamente el castaño, a la vez que ponía la Pokébola de su Jolteon en su lugar y cogía la de Salma, a la que liberó en el acto—; no dejaré que el esfuerzo de Ray se desperdicie —añadió mentalmente.
—Iluso… —rezongó el Comandante Rocket, cuya impasible expresión en realidad ocultaba que dichas palabras sí tenían o habían tenido algún significado para él—; usa Finta de nuevo —instruyó a su Pokémon.
—¡No lo dejes, Salma! ¡Rayo de Hielo al piso! —ordenó como contraofensiva, para extrañeza de los espectadores detrás de su antagonista.

A pesar de las heridas y magulladuras que llenaban su cuerpo de la cabeza a los pies, Salma abrió su ancha boca y dentro de ésta formó rápidamente un gélido cúmulo de un color celeste muy claro, casi blanco, del cual disparó tres zigzagueantes rayos congelantes separados entre sí por apenas un par de centímetros; tal como el castaño le había indicado, la salamandra apuntó ese ataque hacia el suelo que le separaba de Houndoom, causando que la serpenteante arremetida de éste acabara con un resbalón cuando pisó el recién formado hielo, que fue capaz de soportar la temperatura de sus gráciles extremidades; sintiendo aquello como una afrenta a su orgullo, el can de gruesos cuernos grises se levantó de inmediato y no escuchando otra orden de su amo volvió a cargar contra su antagonista por el flanco izquierdo de ésta; no obstante, una rápida repetición del Rayo de Hielo por parte de Salma provocó un resultado idéntico, con la diferencia de que el sabueso terminó deteniéndose en una porción descubierta del piso situada a poco menos de diez metros a la derecha de la Pokémon terrestre; el resultado de todo ello fue la formación de una deslizadiza superficie en torno de donde estaba Pokémon acuática, que comenzó a brillar de color dorado por efecto del Deseo de Ray, con lo que sus heridas empezaron a cerrarse y su energía a ser repuesta; con ello y la aparente protección que le brindaba la diáfana y abrupta superficie en torno a ella, la salamandra decidió detener su Rayo de Hielo y preparar en su amplia boca una gran esfera de agua, por lo que su Entrenador decidió dejarle seguir con eso, incluso con el recelo que aún sentía por el imponente Pokémon ígneo.

—Fue inteligente de su parte usar con su Quagsire usar una táctica parecida a la de mi Hypno… en fin, ya es tiempo de usar eso… —reflexionó el Comandante Rocket, al parecer preocupado y emocionado al mismo tiempo por la intensidad de la lid que se estaba desarrollando—; ¡Houndoom, prepárate para utilizar tu ataque más poderoso! —exclamó al mismo tiempo que el aludido se reincorporaba y fijaba su molesta mirada en Salma, más por humillación sufrida que por la pérdida de su incremento.
—¿Eso va en serio o es un bluf? —pensó dudoso el ojiverde, intentando recordar a qué ataques de fuego o siniestros tenían acceso los Houndoom.

Sabiendo exactamente lo que debía hacer, el can flamígero se posicionó viendo de frente a su antagonista, luego de lo cual cerró los ojos para concentrarse en aumentar su temperatura corporal; le bastaron unos segundos para tomar una coloración rojiza, idéntica a la de un trozo de carbón al rojo vivo, señal obvia de ese cambio que sublimó el hielo en un radio de tres metros de su posición, para pasmo de Danot; sin embargo, eso no pareció impresionar a la usualmente despreocupada Salma, que no demoró en lanzar hacia el lebrel su ya formada esfera de agua, justo cuando un intenso hálito rojo se extendía del cuerpo de éste. Cuando el líquido orbe se encontraba ya a poco más de un metro de su objetivo, éste abrió ampliamente sus aterradoras fauces y expulsó del interior de éstas una tórrida tromba de fuego que fue aumentando de grosor con cada centímetro que avanzaba, al punto de duplicar el radio máximo del ataque de agua al momento de impactar con éste; aquella técnica conocida como Súper Calor provocó la instantánea evaporación del Hidropulso de Salma y siguió rápidamente su curso hacia ésta, abrasándola por completo y desvaneciendo todo rastro de la cristalina y desigual capa en el suelo a su alrededor; tras varios segundos, Houndoom cesó la emisión de ese potente fogonazo y bajó la cabeza hasta casi tocar el desnudo suelo, jadeando de cansancio por el empleo de tan devastadora técnica, la que había dejado a su víctima tendida cuán larga era, inconsciente y con su antes glutinosa piel totalmente reseca; como efecto adicional, la temperatura en ese ambiente se había elevado varios grados, haciendo que a más de uno le incomodara tener su abrigo encima.

—Regresa Salma… —pudo decir apenas el castaño, todavía conmocionado por lo que había presenciado; sabía que el can infernal sería un contendiente muy rudo, pero no esperaba que la confiable resistencia de la salamandra fuera derrotada de manera aplastante por un ataque teóricamente inefectivo.
—Va un uso y nos quedan dos, los suficientes para derrotar incluso a un Pokémon de agua o roca —reflexionó el Comandante Rocket, quien parecía conocer cada uno de los efectos secundarios del ataque Súper Calor—; ¡vaya, vaya! ¡Dónde quedó toda la confianza que tenías antes! —exclamó cáusticamente para restarle aún más seguridad a su rival.

—Oye Jade, ¿no deberíamos aprovechar la oportunidad para atacarlo y tomar sus Pokémon de una buena vez? —sugirió Gort con poca discreción al señalar al castaño.
—Ni se les ocurra intervenir o harán que el comandante se enoje con ustedes, de nuevo —remarcó severamente la taheña, haciendo énfasis en las dos últimas palabras, mas ello no pareció intimidar mucho a sus interlocutores, quizá acostumbrados a ese hecho—; y además, tendré que descontarles la paga —añadió con tono insidioso, cosa que sí provocó que los interpelados quedaran pálidos, quienes en el acto comenzaron a proferir expresiones de ánimo para su superior.

A pesar de lo audible de la provocadora sentencia de Linus y de los complementos provistos por sus dos subordinados, ninguno de éstos sacó al chico de Cherrygrove del ensimismamiento en el que se había sumergido tras haberse disculpado con Salma y colocado su respectiva Pokébola en el lugar que le correspondía; todo lo que llenaba la mente del ojiverde en ese momento era la elección del mejor monstruo de bolsillo para lidiar con el Houndoom del agente Rocket, o al menos el que pudiera vencerle sin sufrir daños excesivos. Sin poder contar ya con dos tercios de su equipo, debía escoger entre Hellga y la otra Pokémon que había transferido del laboratorio de Yamen; a pesar de la ventaja de tipo que la segunda tendría contra el canino ígneo, que en esos momentos parecía haberse recuperado un poco del uso de su último ataque, consideró que en esa situación lo mejor sería neutralizar ese recurso con inteligencia; así, tomó con decisión el contenedor esférico que llevaría a cabo tal tarea.

—¡Vamos Hellga! —profirió Danot para romper su prolongado silencio, con lo que dejó salir a su propia Houndoom.
—¡Jer! —gruñó la fiel canina tras materializarse a partir del láser escarlata emitido por su contenedor esférico y divisar a su congénere.
—Interesante elección —glosó el Comandante Rocket al observar a Hellga, quizá admirado por la valentía de aquello, pues muchos Entrenadores rehuían a una batalla entre Pokémon de la misma especie, por considerarla una situación muy incómoda—; sin embargo, te demostraré que mi Houndoom es mucho más fuerte que cualquier otro que hayas podido enfrentar —agregó con orgullo, siendo secundado por un ladrido de su fiel lebrel.

—¡Esa debilucha Houndoom no podrá contra el del Comandante! ¡Basta con ver la diferencia de tamaños para saber quién será el ganador! —sentenció categóricamente Gort, con ínfulas de conocedor.
—Este tipo de batallas se definen más por la habilidad que por el tamaño —pensó Rubí, perpleja ante el pensamiento tan poco estratégico de su subordinado—; espero que con esto, ninguno de los dos vuelva a dudar de él —reprendió a sus subordinados, al mismo tiempo que procuraba no mostrar la ansiedad que le producía esa situación.

—Al menos ese Súper Calor despejó el suelo, así Hellga tendrá más libertad para moverse y atacar —reflexionó Danot, observando el estado del campo de batalla.

Habiéndose recuperado finalmente del devastador ataque que había empleado, el Houndoom perteneciente a las filas del Equipo Rocket se irguió orgullosamente, viendo a su próxima oponente con superioridad; sin embargo, esa pedante expresión cambió pronto a una de sorpresa cuando su fino olfato detectó un particular aroma procedente de su congénere, uno que había percibido poco después de salir de su Pokébola y que le parecía simplemente repugnante.

—¡Gar gaar! —ladró altivamente el lebrel al mando de Linus, llamando la atención de su semejante, que cambió su fiera mirada por una de extrañeza.
—¡Jer, jer! —contestó Hellga, posiblemente dando una respuesta afirmativa a lo que su interlocutor había expresado.
—¡Jer jer, gar jer gar! —volvió a bramar la criatura de gruesos cuernos, mientras esbozaba una malvada sonrisa y clavaba una pérfida mirada en su antagonista.
—¡Jeer! —rugió resonantemente la enojada Pokémon del castaño, viendo con odio a su congénere.
—A saber de qué discuten estos dos —dijo el ojiverde para sí mismo, luego de que el intercambio entre ambos Houndoom llamara su atención—; ¡Hellga, usa tu ataque Triturar! —ordenó prestamente, al haberse decidido por el combate cuerpo a cuerpo.
—Finta —mandó sucintamente Linus, seguro del poderío de su Pokémon.

Con la ira que sentía en cada célula de su cuerpo como una motivación adicional para luchar, Hellga inició una veloz carga en dirección de su antagonista, abriendo por completo sus fauces llenas de punzantes dientes, entre los que se escurrió un poco de espesa baba; observando esa arremetida con calma, el can del Comandante Rocket se agazapó, a la espera del momento ideal para ejecutar su preciso ataque, oportunidad que se suscitó cuando su congénere, a poco menos de tres metros de distancia, bajó la mandíbula para propinarle una fuerte dentellada; con destreza y tomando ventaja de ese descuidado ataque, se levantó para avanzar rápidamente y en el acto desaparecer de la vista para, envuelto por un hálito negro, impactar a su par en el costado derecho con un preciso golpe de cabeza; afortunadamente para la fiera canina, eso no le causó demasiado daño, y aprovechando la cercanía intentó morder el cuello de su oponente, pero sólo logró rozarle el pecho con sus colmillos ya que éste se alejó de inmediato.

—¡Hellga, sea lo que sea que te haya dicho, mantente tranquila! —instó el castaño a su normalmente calmada lebrela, notando que lo que su semejante le había dicho le había afectado; la aludida pareció tranquilizarse un poco luego de volver con el chico—. No nos precipitemos, ¿sí? Estamos parejos y si aprovechamos sus errores, podremos ganar —le alentó con una mirada llena de convencimiento y determinación.
—¿Parejos? —preguntó socarronamente Linus, llamando toda la atención de sus antagonistas—. Parece que olvidas algo en particular —glosó, para total extrañeza de sus interlocutores; no dijo más y sólo chasqueó los dedos índice y medio derechos.

Entendiendo perfectamente la señal dada por su dueño, el astuto lebrel de pelaje predominantemente negro como el carbón apoyó firmemente sus patas sobre la capa de roca y aulló con toda la potencia de su voz mientras levantaba la cabeza, con sus cuernos prácticamente tocando su espalda; dicho bramido no tardó de llenar de vigor y espíritu combativo a su usuario, cuyos músculos se tensaron de manera muy notoria y cuyo cuerpo se hallaba imbuido en una intensa aura imperceptible a la vista humana, a diferencia del fulgor producido por técnicas de incremento de ataque físico o especial con tipos elementales diferentes del normal.

—Mierda, había olvidado ese molesto Aullido —se lamentó el chico de Cherrygrove al observar cómo el ya de por sí amenazante Houndoom Rocket se acercaba de forma mucho más atemorizante, con sus colmillos rodeándose de brillante energía eléctrica—; ¡Hellga, Triturar de nuevo! —instruyó a su diligente lebrela.

A pesar del intenso encono que sentía por su contrario, Hellga comenzó la carrera hacia éste sin quitarle la vista de encima, para evitar un descuido que pudiera ponerle en desventaja de nuevo, y así ambos canes se dispusieron a lastimar lo más posible al otro con sus fauces abiertas y listas para morder; cuando el blanco de cada uno estuvo al alcance de éstas, la Pokémon del castaño bajó la cabeza para asestarle una dolorosa dentellada en la pata delantera izquierda, recibiendo a cambio un electrizante mordisco en el costado izquierdo; a pesar del dolor y la incómoda sensación causada por el paso de la energía eléctrica a su cuerpo, la tozuda canina no soltó su presa e intentó clavar mucho más sus aguzados dientes, pudiendo sentir cómo varios finos hilos de sangre se posesionaban de su paladar, a la vez que los que salían de su costado se volatilizaban al contacto con la electricidad del ataque de su congénere. Finalmente, tras poco más de medio minuto de ese forcejeo, ambos perros infernales se replegaron hacia donde se encontraban sus correspondientes Entrenadores, siendo la de Danot la que se había llevado la peor parte en cuanto a daño recibido; sin embargo, en cuanto a la activación de efectos secundarios la fortuna le había sonreído, pues su ataque había ocasionado que la piel de su contrario se reblandeciera un poco.

—Atacar directamente no está funcionando, pero tampoco quisiera dejarle tomar la iniciativa… podría usar el Lanzallamas, pero me preocupa que no sirva de mucho… quizá… —justo en el momento en que el chico fijaba sus glaucos orbes en el can de su adversario, una idea vino a su mente—; ¡oye Linus, dónde quedó el supuesto ataque más poderoso de tu Houndoom! ¡¿Acaso te da miedo que mi Houndoom sea capaz de soportarlo?! —exclamó con evidente altanería, con la intención de inducir a su rival a ordenar un Súper Calor.

—¡Sí Comandante, dele una buena tunda con el Súper Calor! —bramaron Jade y Gort, emocionados ante la posibilidad de ver nuevamente ese ataque en acción.
—Idiotas… —dijo Rubí entre dientes, mientras se cubría el rostro con una mano en una clara señal de frustración.

Los segundos transcurrieron sin que la altisonante bravata del castaño recibiera una respuesta, lo que le hizo preguntarse qué ocurría con su oponente, al menos hasta que éste empezó a reír poco menos que disimuladamente.

—¿Qué es tan gracioso? —inquirió el muchacho de Cherrygrove, quizá intrigado o molesto por la reacción de su interlocutor.
—No le he ordenado a Houndoom que use el Súper Calor por la misma razón que tú no lo has hecho con algún ataque de fuego, quizá uno de largo alcance, que la tuya pudiera saber; con tu intento puedo afirmar con total seguridad que nuestros Pokémon tienen la habilidad Absorción Ígnea —disertó el Linus, que había anticipado la intención de su contrincante al tener la misma sospecha que éste—; termínala de una buena vez con tu Colmillo Eléctrico —indicó a su monstruo de bolsillo, viendo que la perteneciente a su antagonista estaba bastante lastimada.
—Debí suponerlo —masculló el ojiverde con algo de amargura, sabiendo ya que su única opción era la más arriesgada de las que disponía su Pokémon—; ¡Hellga, no te muevas! ¡Deja que vaya a ti! —ordenó con presteza, para sorpresa de los Rockets.

Siguiendo la instrucción de su compañero humano, Hellga se afirmó sobre el frío suelo al ejercer presión con sus cuatro patas, viendo atentamente cómo su congénere se acercaba con sus fauces abiertas y electricidad emanando de sus temibles colmillos; esa quietud acrecentó la sensación de duda en Linus, pues durante el combate Danot había procurado que sus Pokémon esquivaran cualquier ataque enemigo, característica típica de los Entrenadores especializados en Pokémon veloces y contrapuesta a lo que su fiel Houndoom estaba haciendo en ese momento. Estimando que ambos monstruos de bolsillos estaban equiparados en ese atributo, el Comandante Rocket sospechó que su antagonista planeaba que la suya esquivara el ataque eléctrico en el último segundo y empleara un ataque físico para aprovechar la disminuida defensa de su adversario, lo cual sin duda sería sumamente contraproducente; sin embargo eso no le alarmó, pues tenía a su disposición un ataque bastante preciso, el que arruinaría cualquier artimaña que el chico de Cherrygrove tuviera en mente.

—¡Houndoom, detén tu Colmillo Eléctrico y usa Finta! —mandó prestamente Linus, calculando que ese último ataque sería suficientemente efectivo para acabar con su objetivo al mantenerse aún el incremento proporcionado por el Aullido.

La expresión del adolescente pareció desencajarse al oír ese cambio de órdenes, y mucho más al observar cómo la energía eléctrica en el hocico del sabueso infernal se desvanecía para dar paso a una tenue aura negruzca, poco antes de que éste pareciera desvanecerse en el aire; no obstante, pronto una apenas perceptible sonrisa se hizo patente en el rostro de Danot, pues ese era el momento de cosechar los frutos de su aventurada estrategia.

—¡Contraataque! —exclamó prontamente Danot, alzando apenas su brazo derecho con el puño cerrado.

Quizá uno o dos segundos antes de que el Houndoom de Linus reapareciera con un hálito negro más acentuado, su semejante fue envuelta completamente por un fino e intenso fulgor cobrizo, que pareció darle la fortaleza de una pesada puerta de hierro; por ese motivo, el can de los Rockets vio su arremetida detenida de improviso apenas hizo contacto con su antagonista, y tras no más de dos segundos de inútil pugna, fue expulsado en la dirección opuesta por una fuerza invisible, cuya potencia doblaba la de su reforzada Finta. Como resultado de ello, el magullado atacante acabó tendido en el suelo, a poco más de quince metros de su congénere,
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